Capítulo 10 — Ítem 8 El jersey
Para que conste donde tenga que constar: el jersey no era una reliquia. Era un jersey.
El ítem decía dos cosas: ropa nueva y fuego. Empecé por la peor.
La sastrería de Menzies, en Inverfarr, huele a naftalina y a década indeterminada, y la atiende el nieto de Menzies, que es Menzies con menos pelo. La letrada vino a certificar, se sentó en la silla de los acompañantes con su carpeta y adoptó una neutralidad tan estudiada que se oía.
Me probé lo razonable: dos pantalones, tres camisas, un jersey de repuesto —de repuesto, que nadie corra— y una americana que Menzies me endosó con el argumento de que un hombre con una herencia en marcha necesita «presencia».
Le dije que presencia ya tenía, que lo que me faltaba era la gana.
Cada etiqueta la giré antes de decidir, porque los precios se miran de frente, y en el espejo triple del probador comprobé que tres Callums con americana eran exactamente tres Callums incómodos, lo que al menos confirma que el espejo no miente.
—A efectos del acta —dijo la letrada, sin levantar la vista de la carpeta—, el azul.
—El acta no opina de colores.
—El acta opina de todo lo que ve. El azul.
Compré el azul. También lo demás. Ochenta y siete libras con cincuenta, la ceja bajó a comprobar el daño, Menzies lo interpretó como regateo y me descontó dos libras, y salí de allí con dos bolsas y la sensación de haber donado un órgano que aún funcionaba, que es en lo que consiste, según voy aprendiendo, la ropa nueva.
Lo del fuego fue el sábado, y no invité a nadie, lo cual en Strathdreich es la manera más eficaz de convocar.
A las seis de la tarde puse el bidón en el huerto de la carpintería; a las seis y diez ya había público en la tapia, con termos.
Hamish emitió un parte especial —«viento del suroeste flojo, condiciones óptimas de combustión, cero riesgo de propagación, un riesgo moderado de discursos»— y Morag repartió papelitos entre los apostantes con la solemnidad de un notario rival.
El jersey lo tuve en las manos un momento antes. Y aquí viene lo que no salió en ninguna cuota.
Con la navaja pequeña, de espaldas al público, con el pretexto de comprobar el bidón, corté el botón de arriba y me lo guardé en el bolsillo del pantalón.
Tres segundos. Nadie lo vio. No voy a explicarlo aquí porque no me lo he explicado a mí: el jersey no era una reliquia, eso lo mantengo, y el botón es un disco de cuerno de dos centímetros sin ningún valor de mercado.
Hay partidas que uno asienta sin saber en qué cuenta van.
Esa noche abrí una cuenta nueva y no le puse nombre.
El jersey ardió como arde la lana: de mala gana y oliendo a oveja ofendida.
El pueblo aplaudió con mesura, los ganadores cobraron en peniques, y la letrada consignó la quema con fecha, hora y una descripción del humo que me pareció excesiva hasta que comprendí que se estaba vengando de la lana por el olor.
—¿Y no le da pena? —me preguntó Isla, que había venido con el libro bajo el brazo y la esperanza, creo, de verme flaquear.
—Era un jersey.
—Ya. Por eso lo pregunto.
Los de diecisiete años preguntan con bisturí. Le dije que la pena es un lujo que se paga a plazos y que yo no financio, y se fue tan contenta, apuntando la frase para usarla contra mí más adelante, que es lo que hace este pueblo con todo lo que digo.
Lo de los dardos fue después, en el pub, y lo consigno porque fue la segunda quema de la noche. Dougie me esperaba junto a la diana con sus dardos de plumas naranjas y una seriedad de duelo.
—Revancha —dijo—. Y esta vez sin caridades. Lo del otro sábado lo vi. Me dejaste los dobles.
—Te dejé un doble.
—Me dejaste el doble dieciséis, que es como dejarle a un hombre la puerta de su casa abierta. Juega en serio o no juegues.
Jugué en serio. Ganó el que gana siempre, por dos dardos, y Dougie pagó su pinta —la mía, por acuerdo antiguo, la paga el perdedor, y esa cláusula la respeto hasta cuando invito yo, que el orden es el orden— y se quedó mirando la diana con una satisfacción nueva.
—Perder en serio ya es un ascenso —dictaminó—.
La próxima caes. —Y bajando la voz, de conspirador en activo—: Y otra cosa.
La furgoneta del ayuntamiento de Kirkbraw.
Parada en el cruce del monte. Dos veces esta semana.
Ahí arriba no hay nada que mirar, Callum.
Nada que mirar es exactamente lo que miran.
Le dije que lo vigilara, porque a Dougie hay que darle una misión como a los perros pastores, si no las inventa peores.
Volví a casa con las bolsas de Menzies, colgué el azul en el armario, donde quedó haciendo bulto de forastero, y puse el botón en la balda de la cocina, junto a la lata del té, que es donde van las cosas mientras uno decide dónde van.
Quedaban veintiocho días. El armario olía a tienda. Yo olía a lana quemada. De los dos olores, ya no sé cuál era el disfraz.