Capítulo 7 — Save Like a Scot
El martes a mediodía aparcó en mitad de la plaza un coche eléctrico del tamaño de mi piso de Madrid, y de él bajó un hombre con chaleco acolchado, dientes de anuncio y la sonrisa ya encendida desde dentro del coche, como quien viene con la luz dada de casa.
—El sobrino del pódcast —diagnosticó Eilidh desde la puerta, secándose las manos en el paño con más energía de la necesaria.
—Sobrino nieto —corrigió Morag, y abrió la libreta—. Cuota sobre cuánto se queda: menos de una semana se paga a uno con cincuenta.
Malcolm MacRae entró en el pub como entran los que viven de entrar en los sitios: repartiendo la mirada en abanico, buscando el ángulo.
Traía un micrófono de mano, un trípode, un aro de luz y a nadie que le ayudara a llevarlo, de lo que deduje que el equipo humano se había quedado en otra temporada. Me localizó a los cuatro segundos.
—¡La notaria española! —Dos besos por sorpresa; en esta profesión te enseñan a encajar de todo menos el afecto preventivo—. Un placer, un honor y, si me lo permite, un contenidazo. Malcolm MacRae, Save Like a Scot . Ciento treinta mil oyentes que hoy van a conocer este pueblo.
—Abogada, no notaria. Y sujeta a secreto profesional en todo lo relativo al expediente.
—Por supuesto, por supuesto. El secreto es sagrado. —Bajó la voz a confidencia de vestuario—: ¿Y en términos generales, sin entrar en detalle, diría usted que la cosa va… bien, mal, regular?
—Diría que va en secreto.
Se rio como si le hubiera contado el mejor chiste del trimestre, apuntándome con el micrófono apagado, y fue a montar el estudio. Eilidh lo interceptó a medio camino con los brazos cruzados.
—Tarifa de rodaje. Cinco libras el plano de la barra, diez si sale el grifo dorado.
—Perdona, ¿me estás cobrando por grabar en el pub de mi propia familia?
—De tu familia era Fergus, y pagaba sus rondas. —Pausa de artillera—. Una, pero la pagó.
Pagó Malcolm las cinco libras con la cara de quien dona un riñón a un desconocido, y a las cinco de la tarde arrancó el directo.
Lo tituló, leyendo de su propio móvil con voz de tráiler: «La herencia MacRae: el testamento más romántico y más ruinoso de Escocia».
Su tío, dijo, le había enseñado «todo lo que sé sobre el ahorro», afirmación que provocó en el pub un silencio tan compacto que se oyó al perro tragar.
Lo que pasó durante la hora siguiente lo he visto hacer a los pueblos pequeños con los forasteros que vienen a llevarse algo, y es una forma de arte marcial sin contacto.
Nadie le negó nada. Le dieron de más. Hamish pidió intervenir y coló el parte del tiempo «patrocinado por Canalones Dougie, los canalones que no gotean ni queriendo», y Dougie, desde el fondo, gritó el eslogan.
Morag se sentó al micrófono a explicar el interés compuesto «para los oyentes jóvenes» y acabó ofreciendo cuotas en antena.
Senga, consultada como «memoria viva del pueblo», respondió a las tres preguntas de Malcolm, por este orden: «Hasta que llegó su hora», «La muerte tenía un precio» y «Por un puñado de dólares», y Malcolm asentía a cada título con gravedad de entrevistador, sin entender que le estaban poniendo la banda sonora.
A la media hora entró el heredero a recoger un pedido de la cocina, vio el aro de luz y calculó la retirada un segundo tarde. Malcolm se le echó encima con el abrazo preparado.
—¡Mi primo! ¡Señoras y señores, el hombre de los cuarenta días! —Lo abrazó para la cámara. Fue como ver a alguien abrazar un armario ropero: el armario aguantó, por educación con el mueble—. Crecimos juntos, oyentes. Juntísimos.
—Tres veranos —dijo el armario—. Y en dos llovió.
—¡Ese humor MacRae! —Malcolm se giró hacia el trípode—. Primo, una pregunta que se hace toda mi comunidad: ¿no te parece que el tío Fergus, en el fondo, nos dejó a todos un mensaje?
—A ti te dejó las libretas.
Las libretas, en efecto, estaban sobre la mesa: Drummond las había hecho llegar al pub esa misma mañana, seis décadas de contabilidad en dieciocho cuadernos atados con bramante.
Malcolm los había hojeado al llegar, delante de mí, buscando algo —una dedicatoria, una cifra escandalosa, un titular— y había encontrado columnas de peniques de 1963 con la letra de nivel y plomada de la familia.
—¿Y esto es todo? —me había preguntado, pasando páginas con el pulgar como quien busca el capítulo bueno—. ¿Números?
—Es constancia —le había dicho Eilidh desde la barra, sin volverse.
El momento de la tarde, en cualquier caso, no lo dio el pueblo.
Lo dio la técnica. Isla, promovida a ayudante de sonido por el método de estar cerca del cable, tocó algo que no debía o exactamente lo que debía —su cara no aclaró el punto y yo no pienso investigarlo— y durante ocho segundos el directo emitió lo que Malcolm le susurraba a alguien por el auricular en la falsa pausa: «…
que me han caído dos patrocinios, Gav, que me hace falta esto, tú dile a los de la app que el pueblo da mucho branding…
». Corte. Sonrisa. «Problemillas técnicos, familia.
» El pub, piadoso, fingió unánimemente no haber oído nada, con esa disciplina suya para fingir que ya conozco del sábado de la ronda, y Morag abrió en su libreta, sin comentarios, una página nueva.
A mí me buscó al final, ya sin cámara, que es cuando esta clase de hombres dice lo que ha venido a decir.
—Le seré franco, letrada. Mi equipo legal está valorando opciones respecto al testamento. Nada personal: diligencia. —El chaleco crujió en plan confidencial—. Y una curiosidad de oyente: los pagos de los ítems, los justificantes… ¿los custodia usted, o cada establecimiento?
—Custodio el expediente. El expediente es secreto. Y su equipo legal, si existe, sabe dónde está el juzgado.
—Existe —dijo, con una dignidad que le duró casi entera—. Kirkbraw. Bufete Fairbairn e Hijo. Llevan mis temas de tráfico.
Se despidió del pub en general con dos palmadas al aire, anunció «cobertura continuada» de la herencia y que se alojaba en Kirkbraw «porque el hotel tiene spa», frase que le costó más caro que la tarifa de rodaje, y la plaza se quedó mirando cómo el coche eléctrico se iba en silencio, que es la manera más cara de irse sin hacer ruido.
Antes de subir, repasé la tarde con la puntilla del oficio, y en el repaso se me quedó enganchada una cosa pequeña: la pregunta de los justificantes.
Pensé, sin motivo concreto, en una cifra redonda que oí el sábado junto a una caja.
Lo descarté. Las cifras redondas no son delito, y los hombres como Malcolm preguntan por los papeles de todo el mundo porque los suyos no aguantan una mirada.
«ACTA N.º 3 — Día 8 del plazo.
En Strathdreich, martes, siendo las 21:35, la letrada que suscribe HACE CONSTAR:
Primero. Que no se ha ejecutado ítem alguno en el día de hoy, dedicando la jornada el término municipal a una actividad que este expediente clasificará como visita de pariente radiofónico.
Segundo. Que don Malcolm MacRae, sobrino nieto del causante, ha manifestado en conversación privada que "su equipo legal está valorando opciones", identificándolo posteriormente como un despacho de Kirkbraw especializado en sanciones de tráfico. Se consigna a efectos de mapa.
Tercero. Que el citado pariente ha preguntado dos veces por el calendario de ejecución de los ítems y una por la custodia de los justificantes de pago. Se consigna a efectos de celo.
Cuarto. Que el establecimiento The Thistle & Thimble ha facturado al visitante cinco libras en concepto de tarifa de rodaje, operación que esta letrada consigna con una neutralidad que le está costando mantener.
Quinto. Que mañana se inicia la ejecución del ítem cuarto, cuya naturaleza exige de esta letrada funciones no previstas en su hoja de encargo, entre ellas el sigilo.
Doy fe.»