Escocés hasta en el amor Capítulo 8 — Ítem 4 La despensa (I)
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Capítulo 8 — Ítem 4 La despensa (I)

Hay listas de la compra y hay planes de asalto. La mía tenía las dos naturalezas.

La redacté el miércoles a primera hora en el banco de la carpintería, a lápiz, en dos columnas: no perecedero a la izquierda, fresco a la derecha.

La izquierda se ejecutaba esa misma noche.

La derecha, la noche siguiente, porque el pan del miércoles es el pan duro del viernes y una despensa llena de cosas a punto de ponerse malas no es un regalo, es una encerrona.

El ítem decía «llena la despensa de Agnes Lennox sin que sepa que fuiste tú», y yo pensaba cumplir las tres cláusulas: llena, Agnes, sin.

La compra la hice en Inverfarr, en el supermercado grande, por higiene operativa: en la tienda del pueblo, comprar seis kilos de harina y ocho latas de sopa equivale a publicarlo en el tablón de la iglesia.

Recorrí los pasillos con el carro y la lista, y en el pasillo de las conservas me pasó una cosa que consigno porque me la encontré ya hecha: llevaba en la mano la mermelada de la casa Buchan, la de frasco hexagonal, la cara, y no recordaba haber descartado la de marca blanca.

No la había ni mirado. Volví atrás a mirarla, por disciplina, y la dejé donde estaba, y me llevé dos de la cara, porque Agnes unta la mermelada en las visitas y las visitas de Agnes se merecen el frasco hexagonal.

Pagué ciento cuarenta y dos libras con sesenta.

La ceja hizo su servicio completo, ahí no hubo novedad.

La novedad era la otra: yo llevo toda la vida recortando listas, y esa la había alargado.

A las once menos cuarto de la noche recogí a la letrada en la puerta del pub.

Había dejado de llover a media tarde y el cielo se había quedado cerrado en falso, como una puerta que no llega al marco.

Ella bajó vestida de lo que debía de ser su idea del sigilo: todo oscuro, correcto, y unas deportivas que chirriaban en los adoquines como dos ratones informando de nuestra posición.

—Protocolo —susurró, enseñando la carpeta—. Presencia física de la fedataria.

—La fedataria chirría.

—La fedataria ha traído lo que tenía. No todas hacemos vida de contenedor de calzado.

La casa de Agnes es la tercera del callejón de la iglesia, con la puerta trasera al huerto.

No se cierra con llave desde 1979; lo sé porque hace dos inviernos le cambié la bisagra de abajo, que lloraba, y el cerrojo estaba pintado de las veces que se pinta una puerta sin usarlo.

Entramos por ahí a las once y cinco. Dentro olía a casa de Agnes: a caldo del mediodía, a cera de muebles y a ese calor de estufa bien llevada que las casas de los viejos administran mejor que nadie.

La despensa está pasada la cocina, con cortina en vez de puerta.

Trabajamos con la linterna del móvil de ella, tapada a medias con la mano, en una luz de contrabando que volvía todo naranja.

Yo sacaba de las bolsas y colocaba; ella marcaba en la lista y vigilaba el pasillo.

Íbamos bien. Íbamos, de hecho, tan bien que me confié, y cuando ella se asomó a la despensa para pasarme el aceite se quedó mirando las baldas y no me pasó el aceite.

—¿Qué ha hecho? —susurró.

—Orden.

Las latas estaban alineadas por calibre, las etiquetas al frente, la harina con la harina, lo dulce con lo dulce, cada cosa a un dedo del borde. Lo había hecho mientras hablábamos, sin decidirlo, igual que se respira.

—Una despensa sin orden es un almacén —susurré.

—Y una despensa ordenada así es una confesión con las etiquetas al frente. Está usted firmando. Deshágalo.

Tenía razón, que es una costumbre suya de la que ya hablaré con alguien algún día.

Deshice el orden. Quiero que quede constancia en alguna parte de lo que cuesta desordenar con las propias manos lo que uno acaba de ordenar: giré etiquetas, mezclé calibres, incliné un paquete de arroz que quedó apoyado en la sopa como un borracho en una farola, y cada gesto me dolió en un sitio que no sale en los libros de anatomía.

Ella me pasaba los tarros para acelerar y en uno de los relevos su mano y la mía coincidieron en el cristal, un momento, frío el tarro y lo demás no, y ninguno de los dos hizo el comentario, y el no-comentario ocupó la despensa entera, que ya veníamos justos de sitio.

Terminamos a las doce menos veinte. Miré la despensa por última vez desde la cortina: llena, desordenada de manera competente, irreconocible como obra mía. Me pareció, y lo digo con conocimiento de causa, uno de los mejores trabajos de carpintería que he hecho nunca, y no tiene ni un clavo.

Salimos por el huerto. Cerré la puerta trasera dejándola como estaba, es decir, cerrada de mentira.

Los ratones del calzado de la letrada informaron de nuestra retirada calle abajo, y yo iba haciendo el balance del día —ciento cuarenta y dos con sesenta, un ítem al setenta por ciento, cero testigos— cuando doblamos la esquina de la iglesia y miré atrás, por oficio.

En el piso de arriba de la casa de Agnes se encendió una luz.

Nos quedamos quietos los dos, pegados al muro de la iglesia como dos figuras de belén con remordimientos. La luz estuvo encendida el tiempo de un vaso de agua o de una sospecha, y se apagó.

—El baño —susurró ella—. Las señoras de ochenta y un años se levantan al baño. Está estadísticamente de nuestra parte.

—Ya.

—¿Ya, qué?

—Que la estadística no ha conocido a Agnes Lennox.

La dejé en el pub. Guardé la furgoneta, guardé la lista, no guardé la tranquilidad.

Quedaban treinta y un días, una columna de la lista por ejecutar y una luz que se había encendido justo donde no debía, y yo he construido bastantes cosas en esta vida como para saber que lo que cruje a la primera carga no aguanta la segunda.