Escocés hasta en el amor Capítulo 6 — Ítem 3 Las zapatillas
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Capítulo 6 — Ítem 3 Las zapatillas

La caja pesaba menos de lo que pesaba.

El ítem decía «tíralas», y tirar, en mi diccionario, es un procedimiento. Llamé a la letrada a las ocho y cuarto.

—Ítem tercero. Hoy. Requiere desplazamiento.

—¿Adónde?

—Punto limpio de Inverfarr. Contenedor de calzado y textil. Salgo a las nueve.

—¿Y no puede tirarlas en el contenedor de aquí?

—No.

Esperó dos segundos a ver si yo añadía algo.

No añadí. A las nueve estaba junto a la furgoneta con su carpeta y unas botas rojas de tacón que en esta comarca durarán lo que un caramelo en la puerta de un colegio, y no dijo nada de la caja que iba en el asiento de en medio, entre los dos, con el cinturón puesto.

El cinturón se lo puse sin pensar. Ella lo miró.

Tampoco dijo nada. Le anoté el silencio en el haber.

Son once millas hasta Inverfarr por la carretera del lago.

Llovía en cortinas, de esas que el limpiaparabrisas aparta y el mundo vuelve a correr, y durante las cuatro primeras millas no habló, cosa que según mis datos de la última semana debía de estar costándole un esfuerzo estructural.

A la quinta milla cedió, pero por el lado bueno:

—¿Por qué el punto limpio, si el ítem solo dice tirarlas?

—Porque en el contenedor del pueblo las habría sacado alguien. Aquí la gente saca cosas de los contenedores por principio, por si acaso, y me las habría encontrado en el rastrillo de la iglesia en octubre a una libra. Los objetos vuelven. Hay que tirarlos donde no sepan volver.

Asintió despacio, apuntó algo, y no preguntó qué eran. Eso también se lo anoté.

Fergus me las compró un jueves. Lo sé porque los jueves mi madre libraba en la conservera de Inverfarr y aquella semana no libró, porque estaba al teléfono con el banco desde el martes, con la puerta de la cocina cerrada, y las puertas cerradas de aquella primavera se oían más que las abiertas.

Mi padre se había ido el domingo. Se fue oliendo a colonia de los sábados, con dos maletas y una frase para cada vecino, y durante unos días fue como si se hubiera muerto alguien que además nos hubiera robado.

Yo tenía once años y unas zapatillas con la suela despegada que aplaudían al andar.

El jueves, Fergus me esperó a la salida del colegio, cosa que no había hecho nunca, me llevó a Inverfarr sin explicar nada, entró conmigo en la tienda de deportes, señaló las blancas del escaparate, las del precio en rojo, y le dijo a la dependienta: «Del treinta y siete.

Que pruebe los dos pies.» Pagó con billetes planchados.

Ya en la calle, con la caja bajo mi brazo, dijo la única frase que le oí sobre el asunto de mi padre en veintiocho años:

«Estas las he pagado yo. Lo pagado no se lo lleva nadie.»

No me las puse casi. Ese es el dato que nadie entiende y que yo no explico: las llevé al colegio dos lunes, vi lo que les hacía la grava del patio, y las guardé.

Usé las viejas hasta que las viejas dijeron basta y luego otras de segunda mano, y las blancas se quedaron en su caja, nuevas, a salvo, porque a los once años yo ya había entendido la contabilidad de mi casa: lo que se gasta se acaba, lo que se acaba no vuelve, y no habría otras.

Que sí las habría. Que Fergus me habría comprado veinte pares antes que verme descalzo.

Eso lo sé ahora, a los treinta y nueve. La información siempre llega, lo que no llega a tiempo es la tarifa.

El punto limpio de Inverfarr abre a las diez. Llegamos a las diez y cuatro. Es un recinto de gravilla con contenedores de colores y un operario en una garita que nos miró como se mira a la gente que viene a tirar algo pequeño con dos personas y una carpeta.

El contenedor de calzado y textil es verde, con una boca de goma a la altura del pecho. Saqué la caja de la furgoneta. La letrada se quedó dos pasos atrás, con el bolígrafo quieto.

Abrí la caja. Por comprobar. Por nada.

Estaban como siempre: blancas, pequeñas, absurdas.

Me cabían las dos en una mano, cosa que en algún momento de estos años había dejado de ser verdad y yo no me había enterado.

Un treinta y siete. Yo calzo un cuarenta y siete.

Entre un número y otro hay veintiocho años, una carpintería, un abuelo muerto y un padre en Alberta que manda felicitaciones de Navidad en enero, cuando los sellos bajan.

Las metí por la boca de goma. Hicieron, dentro, un ruido corto, a hueco, el ruido de las cosas que caen donde ya hay otras cosas.

La caja vacía la doblé y la puse en el contenedor azul, porque el cartón va en el azul, y porque doblar cartón da a las manos algo que hacer mientras el resto de uno termina lo suyo.

—¿Quiere que conste algo más? —preguntó ella. Lo preguntó en voz baja y en tono de formulario, que era exactamente el tono que yo podía permitirme a esa hora.

—Que el ítem está cumplido.

—Consta.

De vuelta paró de llover a la altura del lago, sin previo aviso, como paran aquí las cosas: sin pedir perdón. Ella miró el agua un rato largo y luego dijo, para el parabrisas más que para mí:

—Mi padre tenía invernaderos.

No dijo más. Yo no pregunté. Pero le anoté la frase donde anoto lo que no entiendo todavía, que es un archivo que últimamente crece solo, y casi todo lo que entra lleva su letra.

En el pueblo la dejé en la puerta del pub. Bajó, sujetó la carpeta contra el pecho por la llovizna nueva y, antes de cerrar la puerta de la furgoneta, miró el asiento de en medio, vacío, con el cinturón todavía abrochado sobre nada.

—Buen viaje el de hoy —dijo. Y entró.

Guardé la furgoneta, abrí la carpintería, afilé dos formones que no lo necesitaban. La marca clara del suelo del dormitorio seguirá ahí meses; la madera tarda en igualar los tonos, es de cicatriz lenta.

Quedaban treinta y tres días. Esa noche dormí mal y barato, como siempre; lo segundo empieza a no compensarme lo primero.