Capítulo 5 — Ítem 2 Los intereses de Morag
—Vengo a cobrar.
—Treinta y nueve años —me dijo a modo de buenos días—. Sé el interés que quiero y sé que él sabe calcularlo. Usted procure que no se escape nadie.
Nadie pensaba escaparse. Para las diez, la noticia había hecho su ronda por el valle y el pub estaba a medio aforo un domingo por la mañana, que según Eilidh no pasaba desde la final de no sé qué año.
Hamish llegó de la iglesia con el parte dominical —«mejora transitoria hasta las doce, luego lo de siempre»— y el reverendo Buchanan se dejó caer «de paso», con ese aire suyo de pastor que ha aceptado que su rebaño tiene dos templos y el suyo es el de peor cerveza.
—¿Y a cuánto sale esa media? —preguntó Morag, entornando los ojos.
—Cuatro coma uno por ciento.
—Rechazado. —Morag ni miró la pizarra—. Yo pido el doce, que es lo que me cobró a mí el banco en el ochenta y nueve por el arreglo del tejado. Lo que vale el dinero lo decide el que espera, no el que debe.
—El doce por ciento compuesto durante treinta y nueve años convierte tres libras con cuarenta en doscientas ochenta y una libras —dijo él, sin tocar la calculadora—. Eso no es un interés. Es una expropiación con merienda.
—Pues mira qué bien, con merienda. Yo la pongo.
Intervine antes de que aquello sentara jurisprudencia.
—El criterio del testador es claro en lo esencial: quería que su nieto pagara intereses, cosa que el causante, en vida, no hizo jamás, según consta en su propio testamento y en el orgullo con que lo consta.
A falta de tipo pactado, procede el más objetivable: la media documentada. Señor MacRae, enséñeme esa serie.
Me enseñó la serie. Año a año, en el cuaderno cuadriculado, con las fuentes anotadas al margen.
Isla, requerida como perito independiente porque era la única persona del local sin dinero apostado, fue cantando los datos desde el móvil mientras él los señalaba con el lápiz, y no falló ni uno, y en algún punto de la comprobación me descubrí disfrutando —una serie limpia, treinta y nueve filas sin un borrón, da un gusto que no voy a justificar aquí— y levanté la vista y él me estaba mirando con la misma cara con la que yo miraba el cuaderno, y los dos volvimos a los números a la velocidad del que retira la mano de una plancha.
—Cuatro coma uno —dictaminé—. Con constancia en acta del desacuerdo de la acreedora.
—Y del agravio —dijo Morag.
—Y del agravio.
La operación la hizo en la pizarra, a mano, con la calculadora de testigo muda: tres con cuarenta por uno coma cero cuarenta y uno, elevado a treinta y nueve. Escribió el resultado y lo subrayó una vez: 16,29 .
—Dieciséis con treinta —dijo Morag.
—Dieciséis con veintinueve —dijo él.
—Yo no cobro cifras cojas.
—Y yo no pago redondeos. El redondeo es la puerta por donde se escapa el dinero de los descuidados.
Se miraron por encima de la pizarra como dos escopetas.
Y entonces, con toda naturalidad, Eilidh alargó el brazo hasta el bote que hay junto a la caja —un tarro de mostaza lleno de peniques huérfanos, de esos que la gente abandona por no llevarlos encima— sacó uno, lo puso sobre la mesa delante de Morag y volvió a sus grifos sin decir palabra.
El pueblo entero suspiró de alivio a la vez, que fue como oír desinflarse un neumático grande.
—Que conste —dijo Morag, guardándose el penique comunal— que la deuda queda saldada y el agravio, vivo.
Él contó dieciséis libras con veintinueve en monedas ordenadas por valor, de mayor a menor, en columnas.
Al empujarlas por la mesa, la ceja izquierda se le venció un milímetro, como un toldo al que aflojan la cuerda.
Fue un momento. Lo vi porque llevo días mirando, con fines estrictamente periciales, esa ceja.
Lo que pasó después no estaba en el testamento, pero era hijo suyo. Morag apiló las monedas, las contempló con la ternura que otras señoras reservan para los nietos, y anunció:
—Queda inaugurada la banca.
—¿Qué banca? —pregunté, y supe al preguntarlo que la respuesta me iba a costar.
—La de apuestas de los ítems. Capital fundacional: dieciséis con treinta. —Palmeó la libreta—. El interés compuesto de Fergus financiando las apuestas sobre la herencia de Fergus. Al viejo le habría dado un ataque de risa y luego un ataque.
Abrió mercado allí mismo. Que si quema el jersey con público: casi seguro, se paga poco.
Que si el baile acaba con alguien pisado: cinco a uno.
Que si llora en el cine: ocho a uno, «y va bien que sea a oscuras, por la dignidad».
La gente hacía cola con monedas y convicciones.
A mí me ofreció, textualmente, «cuota preferente de fedataria», y decliné por imparcialidad, y que Dios me perdone lo que me costó, porque le eché un ojo a la pizarra de cuotas y estaban mal calibradas —lo del cine no es un ocho a uno ni de broma— y no poder decírselo es una forma de tortura que no venía en el máster.
Informe a Villalba, dos folios. Consigné el arbitraje, el tipo, la fuente. No consigné la banca. Hay cosas que Madrid no sabría dónde archivar.
«ACTA N.º 2 — Día 6 del plazo.
En Strathdreich, domingo, siendo las 14:20, la letrada que suscribe HACE CONSTAR:
Primero. Que el ítem segundo ha quedado ejecutado mediante el pago a doña Morag Sinclair de dieciséis libras con veintinueve peniques, correspondientes a un principal de tres libras con cuarenta y a treinta y nueve años de interés compuesto al cuatro coma uno por ciento, tipo fijado por esta letrada conforme a la media documentada del período, cuya serie completa se adjunta como anexo y cuya limpieza aritmética se consigna sin que deba entenderse como elogio.
Segundo. Que la diferencia de un penique entre lo debido y lo exigido ha sido cubierta por una entidad depositaria local sin personalidad jurídica, en adelante «el bote», con cargo a su fondo de peniques huérfanos.
Tercero. Que la acreedora ha exigido que conste su agravio. Consta.
Cuarto. Que con el importe cobrado se ha constituido en el mismo acto una banca de apuestas sobre el resto de los ítems, actividad ajena al objeto de este expediente, sobre la cual esta letrada no se pronuncia, no se pronunciará y lamenta profundamente no poder pronunciarse.
Doy fe.»