Escocés hasta en el amor Capítulo 4 — Ítem 1 La ronda
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Capítulo 4 — Ítem 1 La ronda

El viernes a las cinco y cuatro de la tarde entré en el pub con un objetivo, un presupuesto y un plan. A las cinco y once ya no tenía ninguna de las tres cosas.

El plan era razonable. El ítem decía «invita a una ronda a todo el pub», y el pub, a las cinco de la tarde de un viernes, eran cuatro parroquianos y un perro.

Wullie el de Achnashee, dos jubilados del turno de dominó y el viejo Tam, que técnicamente no consume porque se duerme antes.

Una ronda a ese censo salía por nueve libras con sesenta.

El perro bebe agua. Había elegido la hora como se eligen las cosas importantes: mirando la letra del contrato y el reloj a la vez.

La notaria estaba en la mesa del rincón con su carpeta. Levantó la vista, hizo el inventario de la situación —el pub vacío, mi cara de eficiencia, la hora— y no le hizo falta más.

—No —dijo.

—El ítem dice «todo el pub». Esto es todo el pub.

—Esto es todo el pub igual que un charco es el Atlántico si lo mide usted a las cinco de la tarde. La letra dice «todo el pub» y el espíritu del testador dice el pub lleno, y usted lo sabe mejor que yo, porque el espíritu del testador le enseñó a calcular intereses compuestos.

—Recurro.

—¿Ante quién?

Buena pregunta. Miré alrededor. Wullie levantó su vaso, solidario con quien fuera que ganara. El perro bostezó.

—Que conste mi protesta —dije.

—Constará —dijo ella, y les juro que la vi disfrutar del verbo.

Así que el sábado por la noche volví, y el sábado por la noche el Thistle algún día haré inventario.

Lo que pasó después tampoco estaba en el testamento.

Nadie me dio las gracias, gracias a Dios: aquí la gratitud en voz alta se considera una forma de violencia.

Lo que hicieron fue otra cosa. El dominó me cedió la butaca buena, la del respaldo, sin comentarios, como si llevara años siendo mía.

Dougie me concedió la primera tirada de los dardos y perdió conmigo con una elegancia sospechosa.

Y un granjero de la parte alta, uno al que le habré dicho veinte palabras en la vida, me mandó un whisky «de vuelta», y me lo bebí sin saber dónde ponerlo, porque recibir es un oficio y yo no tengo las herramientas.

Cerró Eilidh, salí el último y no llovía. Lloviznaba, que aquí es el modo que tiene el cielo de no comprometerse. Crucé la plaza sin abrir el paraguas.

Trescientas libras por cincuenta desconocidos contentos. A la hora de cerrar, veinte me habían dado las buenas noches por mi nombre. Salía a seis libras el buenas-noches, quince si se prorratea solo entre los nuevos.

He pagado más por menos. Quedaban treinta y cinco días.