Capítulo 3 — Protocolo
Convoqué la reunión de protocolo a las nueve de la mañana en el pub, con orden del día impreso por triplicado, y a las nueve de la mañana estábamos en la reunión el orden del día y yo.
A las nueve y veinte llegó Eilidh, pero no cuenta porque vive arriba, como yo.
A las nueve y cuarenta entró Hamish, colgó el chubasquero, miró mis papeles y emitió su parte —«frente cálido a mediodía, precipitación moderada, visibilidad decente para lo que es agosto»— con la solemnidad de quien comunica un ascenso propio.
A las diez y cinco apareció el heredero, seco, puntual a su manera —después supe que para él «las nueve» significa «cuando abra la carpintería lo que tenga que abrir»—, y detrás de él fue goteando el pueblo entero con sus desayunos, porque aquí una reunión sin público es un desperdicio y el desperdicio, por lo visto, sí que ofende.
No me descompuse. Una se ha examinado en enero con gripe; una sabe trabajar en condiciones adversas.
—El protocolo es sencillo —dije, y levanté el documento—.
Uno: presencia física de la fedataria en la ejecución de cada ítem.
Dos: acta por escrito, con lugar, fecha, hora y testigos hábiles.
Tres: los pagos, documentados; los gestos, presenciados.
Cuatro: interpretación conforme a la letra y, en su defecto, al espíritu del testador.
Y cinco: todo ítem que resulte viciado podrá subsanarse mediante repetición íntegra dentro del plazo.
—Repetición íntegra —dijo el heredero. Estaba apoyado en la barra con su café, sin sentarse, como quien no piensa quedarse a vivir en la conversación—. ¿Eso quiere decir pagar dos veces?
—Solo si lo hace usted mal.
—Entonces defíname mal.
—Se lo definiré cuando lo vea. Es mi especialidad.
Se quedó callado un segundo de más y comprendí, con retraso de dos días, que aquello era humor. No sonrió. No sonríe sus propias frases; las deja en la mesa como quien deja el cambio exacto y se va. Tardé en aprender a cobrarlas.
Morag pidió la palabra para «una cuestión de procedimiento». Le di la palabra. Error de novata.
—¿El protocolo prohíbe expresamente las apuestas sobre los ítems?
—El protocolo no se pronuncia sobre las apuestas.
—Con eso me vale —dijo Morag, y cerró su libreta con un golpe seco de escribana medieval.
Levanté la sesión a las once, es decir, la sesión me levantó a mí: descubrí que la reunión no había terminado, sino que se había transformado en otra cosa, un organismo con turnos de barra y opinión ilimitada, y que mi orden del día circulaba de mano en mano recibiendo enmiendas verbales que nadie pensaba someter a votación.
En mi despacho de Madrid las reuniones duran cincuenta minutos y sobran cinco.
Aquí «tomar algo» es una unidad de tiempo sin equivalencia métrica.
Lo comprobé empíricamente: entré en el pub a las nueve de la mañana y salí a las tres y media de la tarde, sin haber almorzado y habiendo almorzado, si eso tiene sentido, porque de la cocina fueron saliendo cosas —un caldo, un pastel de carne, algo frito de identidad reservada— que se posaban delante de mí sin que yo las pidiera y desaparecían de la cuenta sin que yo las pagara.
—Esto lo tengo que pagar —le dije a Eilidh, señalando el plato.
—Ya lo pagará alguien —dijo ella, y «alguien», en su contabilidad, es una categoría estable, solvente y sin rostro, como un fondo de inversión de la bondad.
Aproveché la tarde para lo que Villalba llamaría reconocimiento del terreno y yo llamé, en el informe, «verificación de infraestructuras».
Strathdreich tiene una calle principal con forma de ese, una iglesia gris con un reverendo que saluda como si te absolviera en diferido, un cine muerto —el Regal, con su cartelera vacía y sus letras de otra década— custodiado por una señora llamada Senga que me miró de arriba abajo y dictaminó: «Forastera al amanecer», lo cual, me explicó la sobrina de Eilidh, es un título de película y un diagnóstico.
La sobrina se llama Isla, tiene diecisiete años, lee en la barra novelas con dragones y ejerce de traductora oficial entre los mayores del pueblo y el resto del planeta.
—Lo que ha dicho Morag —me tradujo en un momento dado, señalando con la barbilla— es que le caes bien.
—Ha dicho, literalmente, que parezco de las que embargan.
—Eso. Que le caes bien.
También está Dougie, el mecánico, que me explicó sin que yo preguntara que el microclima de Kirkbraw «no es natural», que hay antenas en el monte, que un primo suyo vio los camiones.
Le pregunté qué camiones y me dijo que eso quería saber él.
Me cae bien Dougie. Tiene la épica de mi tío Paco cuando habla del pantano.
Y luego está lo que vi al volver, y que consigno aquí porque no sé todavía en qué columna va.
Al pasar por la calle de atrás, el heredero estaba subido a una escalera en casa de Morag, con la lluvia recién reanudada —frente cálido de mediodía, había prometido Hamish, y cumplió—, cambiando un tramo de canalón.
Sin prisa. Sin paraguas. Morag le sostenía la escalera y le daba conversación, y él respondía con la cabeza dentro del canalón, y cuando terminó recogió las herramientas, bajó, rechazó con un gesto algo que Morag le ofrecía —dinero no: un táper— y aceptó el táper a la segunda, que por lo visto es el precio de mercado de los tápers aquí.
Cobra por minutos de paraguas y no cobra por mañanas de tejado. La contabilidad de este hombre tiene agujeros o tiene un idioma. Todavía no sé cuál de las dos cosas, y me fastidia más de lo razonable no saberlo, porque los idiomas se aprenden y los agujeros se caen.
De vuelta en mi habitación escuché por fin uno de los audios de mi madre.
Cuatro minutos cuarenta y siete. Asuntos tratados: que si como caliente; que la niña de la Puri se ha echado un novio de Huércal; que ha visto en la tele que en Escocia hay un monstruo en un lago y que no me bañe; que el pantano está al treinta y uno por ciento, «fíjate tú, con la de agua que te está cayendo a ti, hija, si se pudiera mandar»; y que me deja ya, que no quiere enrollarse.
Mi madre lleva sin querer enrollarse desde 2011.
Le contesté con un mensaje de texto: «Aquí sobra agua y la tiran. Te quiero. No hay monstruo.» Lo del monstruo no me consta, pero a mi madre se le da fe como a los documentos públicos: por sistema.
Informe a Villalba, enviado a las 19:58: dos folios, membrete, cero adjetivos. Respuesta de Villalba a las 20:03: «Recibido. Rigor.» Cinco letras y me sobraron dos para notar que la palabra empezaba a oler raro, como esas frutas que se estropean por dentro y por fuera siguen de foto.
«ACTA N.º 1 — Día 3 del plazo.
En Strathdreich, jueves, siendo las 22:10, la letrada que suscribe HACE CONSTAR:
Primero. Que el protocolo de certificación ha quedado aprobado en reunión pública celebrada en The Thistle & Thimble, por el procedimiento local de aclamación etílica, con la única enmienda de facto de que las reuniones en este término municipal carecen de hora de cierre, de orden del día vinculante y de final detectable.
Segundo. Que queda establecida la cláusula de subsanación: todo ítem viciado podrá repetirse íntegramente dentro del plazo.
El heredero ha preguntado si repetir significa pagar dos veces.
Se le ha respondido que solo si lo hace mal.
Se hace constar que la definición de "mal" queda reservada al criterio de esta letrada, que lo ejercerá con arreglo a Derecho y sin ningún placer, o con muy poco.
Tercero. Que el término municipal dispone de una calle, una iglesia, un cine clausurado, un mecánico con hipótesis y un servicio meteorológico unipersonal de fiabilidad, hasta la fecha, del cien por cien.
Cuarto. Que la manutención de esta letrada viene siendo sufragada por una entidad local denominada "alguien", de la que no consta CIF.
Quinto. Que el heredero ha sido observado ejecutando trabajos de canalón a título gratuito bajo precipitación moderada. El dato se consigna sin calificación jurídica, a resultas de ulterior análisis.
Sexto. Que mañana comienza la ejecución del ítem primero.
Doy fe.»