Capítulo 2 — El testamento del happy hour
La lectura del testamento, en cambio, iba a salirme cara.
Lo supe por la hora: las cinco de la tarde de un miércoles.
Happy hour. Fergus la eligió por escrito, «para que la asistencia le salga gratis a la parroquia y la parroquia no tenga excusa».
Funcionó. A las cinco menos cuarto no cabía un alma en el Thistle & Thimble, y eso que había dejado de llover a las cuatro, cosa que Hamish anunció desde la barra como se anuncia un armisticio.
Yo llegué a las cinco en punto, con el paraguas del abuelo colgado del brazo porque el cielo no había firmado nada.
Me senté al fondo. Delante de la chimenea habían puesto una mesa, y en la mesa, un abogado de Edimburgo con un traje que costaba lo que un tejado a dos aguas.
Se llamaba Drummond. A su lado, con una carpeta y el pelo todavía húmedo, la mujer de ayer.
La notaria de Madrid resultó ser la mujer a la que fié tres minutos de paraguas.
Yo ya lo sabía desde el minuto uno, claro: en este pueblo, una maleta nueva y un chubasquero amarillo se anuncian solos.
Por eso mismo no me presenté. Al enemigo, ni el nombre.
Y ella era, por definición de su cargo, la persona pagada para verme la cara durante cuarenta días.
Nadie me la había visto tan seguido desde el dentista de Inverfarr, y al dentista, por lo menos, se le puede mentir.
Drummond carraspeó. El pub bajó el volumen hasta ese silencio de iglesia con grifo que tienen los sitios donde acaba de morirse alguien importante.
—Última voluntad de Fergus MacRae —leyó—. «Empezaré por las deudas, que es por donde debería empezar todo el mundo.»
Primera deuda: Morag Sinclair. El pub entero se giró hacia Morag, que ya tenía el bolígrafo fuera.
—«A Morag: las tres libras con cuarenta que le debo desde 1987. Sin intereses, que no soy tonto.»
Morag apuntó algo. Después levantó la cabeza y dijo, a nadie y a todos:
—Treinta y nueve años esperando, y el interés me lo deja de insulto.
—«A Hamish Petrie —siguió Drummond—, mis cuadernos de lluvia, de 1961 a la fecha, con los registros diarios del pluviómetro de la carpintería, para que el día que Kirkbraw discuta el récord tengamos munición.»
Hamish se levantó, recogió la caja que le tendía Drummond, se sentó y lloró un poco, en silencio, con la caja abrazada. Fue el único llanto de la tarde y a nadie le pareció desproporcionado.
—«A mi sobrino nieto Malcolm, ausente por compromisos de su gira, como era de prever, mis libretas de contabilidad. Sesenta años, sin saltarse un día. Para que vea lo que es constancia.»
Hubo risas administradas. Malcolm tiene un programa que se llama Ahorra como un escocés y ciento y pico mil oyentes que le creen. Fergus le escuchó un episodio entero, una vez. Dijo que era como oír a un vegetariano dar clases de matanza.
—«El resto de mis bienes —Drummond pasó una página—, consistentes en la carpintería, el edificio del cine Regal, las tierras de Achnashee y una cartera de valores cuyo detalle obra en el anexo segundo, con un valor conjunto, a fecha de esta escritura, de dos millones cuatrocientas mil libras esterlinas… »
No terminó la frase. No pudo. El pub hizo un ruido que no le había oído nunca: el de sesenta personas tragando a la vez.
Dos millones cuatrocientas mil. Hice la cuenta sin querer, que es como hago todas: eran doscientos años de mi facturación.
Mi abuelo, el hombre que apagaba la calefacción en enero por disciplina, el que remendaba un paraguas antes que jubilarlo, el que me enseñó que un clavo doblado se endereza.
Dos coma cuatro millones, quietos, callados, criando intereses en la oscuridad como setas.
—«…pasan a mi nieto Callum, único pariente que ha heredado lo importante, bajo la condición que sigue.»
Y entonces Drummond leyó la Lista.
No voy a fingir que la recuerdo con serenidad. La recuerdo por partidas, como recuerdo los desastres.
—«Ítem primero. Invita a una ronda a todo el pub sin anunciarlo. Y sin que se te note en la cara.»
Risa general. Yo noté el primer aviso: un tirón pequeño en la ceja izquierda, hacia abajo, como un anzuelo de trucha. No había pagado nada todavía. Mi cara trabaja con previsiones.
—«Ítem segundo. Págale a Morag mis tres libras con cuarenta. Con los intereses de treinta y nueve años. Compuestos, que sé que sabes calcular.»
Morag se puso en pie y aplaudió sola durante un tiempo que consideró justo. Nadie la acompañó y no le hizo falta.
—«Ítem tercero. Tira las zapatillas. Sabes cuáles.»
Eso no le hizo gracia a nadie porque nadie lo entendió. Yo sí. Seguí mirando al frente.
—«Ítem cuarto. Llena la despensa de Agnes Lennox sin que sepa que fuiste tú.
Ítem quinto. Flores, del ramo caro, a una mujer que no sea tu madre, y da la cara al entregarlas.
Ítem sexto. Reabre el Regal una noche, pon una del Oeste, palomitas gratis.
Ítem séptimo. Baila en público. Sobrio. Delante de testigos. »
El pub iba comentando cada partida como se comenta un partido: por lo bajo y con apuestas implícitas. Vi a Morag pasar página y trazar columnas.
—«Ítem octavo. Cómprate ropa nueva y quema el jersey. El del codo. Ítem noveno. Escribe una carta y envíala. No como yo. Ítem décimo. Gasta un día entero. En nada. Con alguien. Ítem undécimo. Ve a Almería. Devuelve lo que robé. Y paga mi deuda. Con intereses.»
Ahí se hizo otro silencio, distinto. En Strathdreich sabíamos de Almería lo que Fergus contaba cuando le daba por contar, que era poco y siempre lo mismo: que estuvo de carpintero en unas películas del Oeste, que el desierto existe y que una vez llovió en él.
Nadie sabía que allí se dejara deudas. Fergus no dejaba deudas ni de palabra.
—«Ítem duodécimo. —Drummond levantó la vista un segundo, me buscó, volvió al papel—. Cómprate un paraguas nuevo. El mío, regálalo. Sabrás a quién.»
Yo tenía el paraguas en la mano. Lo tuve más fuerte. Cuarenta años viéndolo en el paragüero de la carpintería, remendándose a sí mismo como un veterano, y ahora resultaba que era un ítem. El último. Sabrás a quién. Mi abuelo llevaba muerto once días y seguía sabiendo cosas que yo no.
—Condiciones de ejecución —siguió Drummond, y el tono le cambió a moneda—: plazo de cuarenta días a contar desde la llegada de la fedataria, que se produjo ayer.
Llevaba un día de plazo gastado sin haber firmado nada. Muy de Fergus: cobrarme el tiempo por adelantado.
—Cada ítem será certificado por la letrada doña Rocío Salmerón, del despacho Ordax y Villalba, de Madrid, designada por el causante, y cito, «porque un notario de aquí acabaría dejándole hacer trampas, que en el fondo todos le tenemos ley».
El incumplimiento de un solo ítem, o cualquier fraude en su ejecución, transmite la totalidad del caudal al Ayuntamiento de Kirkbraw, con destino a su Centro de Bienestar y Sol.
Lo de Kirkbraw levantó al pub como un resorte.
Hubo abucheos ordenados. Dougie gritó lo del microclima —«¡lo tienen comprado, está documentado!
»— y el reverendo Buchanan, que había venido a bendecir el happy hour y se había quedado por interés pastoral, pidió calma con las dos manos y la consiguió a medias, que es su porcentaje habitual.
—¿Y esto es legal? —preguntó Dougie cuando bajó la marea—. Con todos los respetos al muerto.
La notaria cerró su carpeta y contestó sin levantar la voz, que fue lo que hizo que se la oyera:
—Esto se impugna en dos tardes. Lo sé. Lo sabía Fergus. Por eso el único gasto obsceno de su vida fueron tres bufetes de Edimburgo. Un avaro que paga abogados caros es un hombre muy enfadado o muy enamorado. Aún no sé cuál de las dos.
Me incomodó. No la frase: la puntería. Llevaba veinticuatro horas en el pueblo y ya le leía a mi abuelo por encima del hombro.
—Queda un trámite —dijo Drummond, y sacó una hoja aparte—. Disposición de cortesía: «La primera consumición de la fedataria en Strathdreich corre a cargo del heredero. Que aprenda pronto.»
El pub entero me miró. Eilidh ya estaba tirando la media pinta.
La notaria puso cara de ir a protestar y luego cara de estar cobrando por no hacerlo.
Me acerqué a la barra, saqué una libra con setenta, la puse en la madera y la ceja me hizo lo suyo delante de sesenta testigos y un perro.
Nadie dijo nada. Todos lo vieron. Ella lo vio con más detalle que nadie, con un interés que no era de lástima ni de burla, sino de inventario, y eso fue peor.
—Puede aceptar o repudiar la herencia —me dijo Drummond, ya recogiendo—. Tiene hasta mañana.
Pensé en repudiar. Lo pensé de verdad, durante unos ocho segundos, que en decisiones de siete cifras es una eternidad.
Gastar es abrir la puerta, y yo llevo veintiocho años cerrándola con llave desde aquella mañana de 1998 en que mi padre salió por ella invitando a todo el mundo a un futuro que no era suyo.
Mi padre habría aceptado esta herencia antes de que Drummond terminara la frase. Estuve a punto de negarme solo por eso.
Después miré alrededor. Morag con sus columnas.
Hamish con su caja de lluvia en el regazo.
Senga, en la puerta, mirando el cartel apagado del Regal por la ventana.
Sesenta personas que llevaban toda la vida sin cobrar por aguantarnos a los MacRae.
Y al fondo del papel, esperando, el alcalde Fairweather con su centro de bienestar y su sol comprado.
Firmé. No por los dos millones cuatrocientas mil libras. Firmé porque regalárselas a Kirkbraw era el único gasto peor que gastarlas.
Quedaban treinta y ocho días. Los conté esa noche igual que se cuenta el dinero: dos veces, y a oscuras.