Escocés hasta en el amor
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Capítulo 1 — Tarifa por minuto
Tengo veintinueve años y nunca he tenido un paraguas. En mi defensa: soy de Almería.
Lo pensé en la marquesina de Strathdreich, si es que puede llamarse marquesina a un techo de chapa con tres agujeros colocados —juraría— con criterio artístico, mientras el autobús que me había traído desde Inverfarr se alejaba levantando una cortina de agua que me alcanzó de lleno y de lado.
De lado. Eso fue lo primero que aprendí del norte de Escocia: aquí la lluvia no cae, viaja.
Tiene una dirección, una intención y, sospecho, una matrícula.
Yo llevaba mi chubasquero amarillo, comprado el jueves anterior en Madrid por cuarenta y nueve euros con noventa y cinco.
La etiqueta decía «resistente al agua», que es una manera educada de decir que el agua y él se llevan bien.
A los cuarenta segundos de intemperie ya éramos tres los empapados: la maleta, el chubasquero y yo.
La maleta, al menos, no se había gastado cincuenta euros en autoengaño.
Hice lo que hago siempre que el mundo se desordena: una lista.
Una: cruzar la plaza hasta el edificio con luz, que según el mapa era el pub y según el rótulo era The Thistle uno era rojo—, cruzó los seis pasos que nos separaban y lo sostuvo sobre mí con la resignación de quien cumple una condena breve.
—Gracias —dije—. Es usted muy amable.
—No —dijo él.
Lo dijo con total tranquilidad, mirando al frente, como quien corrige un dato en un formulario. Olía a serrín y a lana mojada, y de cerca era todavía más grande, una de esas personas que hacen que los portales parezcan mal medidos.
—¿No?
—Amable no. Si esto fuera un negocio, le estaría cobrando veinte peniques por minuto.
—¿Veinte peniques? —Me salió el tono de quien revisa una factura—. ¿Cobertura completa o solo el flanco derecho? Porque por la izquierda me está entrando media Escocia.
—La izquierda es del viento. Yo no gestiono el viento. —Hizo una pausa exacta—. Veinte peniques es la tarifa de 1987. Congelada. No encontrará nada mejor en el condado.
Caminamos. Es decir: él caminó y yo fui debajo, dando pasos y medio por cada paso suyo, calculando —porque una no se apaga de un día para otro— que a veinte peniques el minuto y a aquel ritmo, la travesía de la plaza salía por unas ochenta peniques, gastos de viento aparte.
En mi tierra, con ese dinero, te dan un café y conversación.
Aquí, por lo visto, techo portátil y monosílabos.
—¿Y usted es…? —pregunté cuando el rótulo del pub ya nos goteaba encima.
Me miró un momento. Tenía esa clase de cara que no informa: cejas oscuras, barba corta, una bufanda de cuadros que había conocido décadas mejores.
—Me debe tres minutos —dijo—. Se los perdono. Bienvenida a Strathdreich.
Y se fue. Así, sin nombre, de vuelta a la lluvia con su paraguas remendado, como si el diluvio fuera un vecino de toda la vida con el que no hace falta ser cortés.
Dentro del pub olía a turba, a cerveza y a perro razonablemente seco. Detrás de la barra, una mujer de unos cincuenta años con el pelo recogido a lo práctico me miró de arriba abajo, tomó nota de mi estado general y sacó una toalla de debajo del mostrador antes de que yo dijera esta boca es mía.
—Tú eres la notaria española —dijo. No era una pregunta.
—Abogada. Fedataria a efectos del testamento. Rocío Salmerón. Tengo una reserva…
—Habitación de arriba, la que da a la plaza. Eilidh. —Se señaló a sí misma con el pulgar—. Si oyes ruido por la noche, es el canalón. Si oyes música, es Hamish, que ensaya el parte del tiempo. Si oyes las dos cosas, es viernes.
Era martes. Tomé nota mental de todo, que es mi manera de rezar.
Pedí una caña —media pinta, tradujo una adolescente desde la otra punta de la barra, sin levantar la vista del libro— y esperé, por reflejo, lo que en mi tierra viene con la caña: el platillo.
Aceitunas, unas patatas, un ajillo si el bar se quiere.
Esperé como espera un girasol de noche: con fe y sin fundamento.
La cerveza llegó sola, hermosa y viuda, y comprendí que estaba en un país donde las bebidas no vienen acompañadas, vienen huérfanas.
Lo apunté en la lista de agravios comparativos, sección primera, epígrafe uno.
En el móvil tenía tres audios de mi madre que sumaban once minutos —los dejé en barbecho; mi madre no deja mensajes, deja pódcast— y una llamada perdida de Villalba. Villalba no deja audios. Villalba te hace llamarle, que es más barato para él en todos los sentidos.
Llamé desde la habitación, con el chubasquero escurriéndose en la ducha como un ahorcado amarillo y la ventana convertida en un documental sobre el agua.
—Salmerón. —Villalba pronuncia los apellidos como quien pasa lista de un rebaño—. ¿Instalada?
—Instalada y calada, por este orden. Mañana a las cinco es la lectura. Enviaré informe diario, tal y como…
—Sé lo que pone el encargo, lo redacté yo.
—Papeles al fondo; Villalba siempre tiene papeles al fondo, creo que los agita para dar ambiente—.
Escúcheme. Este asunto es más importante para el despacho de lo que parece desde ahí.
El causante nos designó fedatarios y algo más: si la condición testamentaria no se cumple, la administración del traspaso pasa por nosotros. Diez años de fideicomiso. ¿Me sigue?
—Le sigo. —Le seguía. Fideicomiso durante una década: honorarios recurrentes, la palabra favorita de la casa después de «facturable».
—Bien. Entonces entiéndame esto: rigor, Salmerón. Rigor absoluto. Ni una firma de cortesía, ni un criterio flexible, ni una interpretación generosa. Si esto acaba como tiene que acabar, la plaza de asociada sénior lleva su nombre.
Colgó antes que yo, que es su manera de firmar.
Me quedé un rato con el móvil en la mano, mirando la plaza. «Como tiene que acabar.» Lo archivé donde archivo las frases de Villalba: en la carpeta de cosas que significan «hágalo perfecto». Rigor. Eso sabía dárselo. El rigor es lo único que en mi familia no se ha embargado nunca.
Saqué el plan de la funda del bolso. Mi plan a cinco años, plastificado —sí, plastificado; ríete, pero el papel se moja y los planes no deberían—, con sus casillas y sus fechas.
En la casilla de este trimestre pone: «Expediente Escocia.
40 días. Volver. Plaza.» Cuarenta días son cuarenta días: una legislatura corta, un barbecho breve, sesenta horas de sol almeriense repartidas con cuentagotas británico. Se sobrevive.
Abajo, en la plaza, el hombre del paraguas cruzaba de vuelta hacia la ferretería con el granate abierto, solo, enorme, absurdo y —esto lo pensé sin permiso— bastante bien llevado. Caminaba como si la lluvia le debiera dinero.
Me senté en la cama, saqué el portátil y abrí una plantilla nueva. Hay gente que llega a los sitios y enciende una vela, o se hace una foto, o llama a casa. Yo levanto acta. Cada una reza como puede.
«ACTA N.º 0 — Día 1 del plazo.
En Strathdreich, condado de Inverfarr, siendo las 19:40 del martes, comparece ante sí misma la letrada que suscribe y HACE CONSTAR:
Primero. Que ha llegado al término municipal por el autobús de las 17:55, con un retraso de once minutos que el conductor ha atribuido, textualmente, "al tiempo", sin especificar si al meteorológico o al tiempo en general.
Segundo. Que el plazo testamentario de cuarenta días ha comenzado a computar en el día de hoy, por así disponerlo el causante, que al parecer calculó hasta la fecha de mi billete.
Se hace constar que esta letrada no había sido nunca la manecilla de un reloj ajeno y que la experiencia, de momento, moja.
Tercero. Que el chubasquero adquirido al efecto ha resultado decorativo.
Cuarto. Que un vecino no identificado ha prestado a la compareciente servicio de cobertura pluvial durante aproximadamente cuatro minutos, informando de una tarifa de veinte peniques por minuto, tarifa de 1987, congelada, cuyo cobro ha condonado unilateralmente.
No consta a esta letrada la inflación escocesa.
No consta el nombre del vecino. Consta el paraguas: granate, de varillas largas, con cuatro remiendos a la vista, uno de ellos de hilo rojo.
Quinto. Que mañana, a las 17:00, se procederá a la lectura del testamento en el establecimiento The Thistle & Thimble, en horario de precios reducidos, por expresa disposición del causante.
Sexto. Que la que suscribe ha venido a dar fe, no a mojarse, y que confía en que ambas actividades resulten compatibles.
Doy fe.»