Esclavo Tuyo El Accionista Mayoritario #3
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El Accionista Mayoritario #3

Lo primero que colgé en la antigua oficina de Milly, que ahora será la mía en el Edificio, fueron los planes enmarcados de Hugh para Plansingville.

En la oficina de mi padre, justo en en donde había una pintura horrible de un destripe de ciervo, ahora pongo un orondo póster promocional de nuestro show en New Orléans en que es cierto, mi pene parece AI de lo grande que se ve.

Justo en la línea de visión que tendrá Milly desde su nuevo escritorio.

Cortinas negras fuera: delicadas persianas de tela que den una luz suave, diferentes lámparas, una reposera azul para los días que su estómago se porte mal, un escritorio de madera clara muy sedoso en patas plateadas que de alguna idea de ingravidez. De alivio. Grandes sillones de cuero azul.

Lo único que conservo, que me regaló José Mancini, fue una nómina enmarcada de la empresa en 1972, con dieciocho empleados, e hice imprimir una para Milly, con doscientos setenta y tres.

Eso le dirá a la gente lo mucho, mucho, mucho que ella los avalúa, lo poco dispuesta que está a reemplazarlos.

Las coloco lado a lado, junto con una foto de Milly con mi padre, de su graduación.

El viejo sonríe, y la mira con amor.

Es esa foto, que sostengo en mi mano junto con una foto con marco que colocaré en el escritorio, lo que finalmente me hace hacer las paces con el maligno viejo bastardo.

Porque por primera vez me doy cuenta que nos parecemos mucho, y no, esta vez no me dan náuseas.

Tenemos el mismo perfil: a los dos el pelo nos hace esa onda en la frente. Pero es la expresión.

Los dos miramos a la misma mujer en nuestro brazo con tanto, tanto amor, tanto orgullo, por una vez olvidados de nuestro propio ego, y ambas, la Milly graduándose aún con mejillas de niña y la Milly echada atrás en mi brazo riéndose con un pie lleno de calabaza… sí, los dos amamos a la misma mujer.

Tú la criaste, la educaste, la quisiste, le diste el puesto para el que nació. Aún antes de enfermarte, aún antes de morirte, supiste dar un paso al costado y sentarla aquí, en el Directorio, en donde tanto merecía estar.

A los dos nos engañó Maddie, y duele porque la quisimos: los dos amamos a Milly, y eso nos hizo felices.

Puedo perdonarte al fin. No puedo seguir odiando a alguien que le dio tanto, y que al final, aún creyendo que yo era una persona espantosa, trató de salvarme. Descansa en paz, viejo.

Padre.

El cuadro de mi madre del osito está en mi dormitorio de la Fundación: el de la nieve lo traje de la Casa Corliss y lo planté en el lobby del Edificio. Pero en mi oficina junto a la de Milly puse el poema enmarcado, y cada vez que tengo dudas, voy mirarme en sus ojos.

Y regreso a mí mismo.

Ahora trabajábamos muchas horas, era cierto. Yo iba a la Fundación dos días por semana, pero pasaba el resto de los días ayudando a Milly y, por la tarde, solo teníamos que tomar el ascensor y estábamos a pasos de poder acostarla en su cama.

A solas, por supuesto. Tenía nueve puntos en el vientre y otros nueve en el estómago, y su hematocrito estaba en 29. No estaba en condiciones de nada ese primer mes.

Pero un sábado, mientras leíamos informes y ella bebía su leche fortalecida con hierro y vitaminas, noté que me miraba, el informe abandonado en sus rodillas.

—¿Estás cansada ya? ¿Quieres tomar una siesta? —le sugerí, dejando el mío sobre la mesa. El sol del otoño doraba la mesa de vidrio que nos separaba, reflejándose en su cara y en su pelo—. Puedo traerte una manta…

—¿Qué quieres hacer después, Evan? —me dijo con voz suave. Parecía pensativa.

—Eh… si tu estómago lo tolera, había pensado en waffles…

—Me refiero a después.

—Sacarte al sol y comprarte una falda, supongo. Está bien que quedes en calzones cada vez que te levantas, pero el desnudista soy yo; no me gusta que compitas…

Milly se recuesta, lo que ya he aprendido a leer como exasperación, pero mantengo la vista en la ventana, concentrándome en no sonreír.

—Evan…

—¿Mmm?

—Ya estoy caminando bien. Solo me canso porque perdí musculatura en las piernas, pero…

—A mí aún me parecen lindas.

—¡Oh, te detesto! —explota—. Evan, basta de… halagos y coqueteos. Necesito saber si… si aún…

—¿Si aún qué? —entrelazo mis dedos.

Sí, quiero que lo diga. Cómo me gusta ver que han vuelto a chispearle los ojos.

—Desde que volviste me besas y me dices que me amas, pero… te estás comportando como un hermano. ¿Por qué no quieres dormir conmigo? ¿Es porque estoy fea, o es… es por mi madre? —agrega al fin, en voz baja.

Eso fue un paso en falso. No pensé que se le ocurriría esa idea.

—Madelaine no tiene nada que ver —le digo, yendo a su lado, arrodillándome junto a la silla—.

Milly, me he portado como un hermano porque el médico dijo tres semanas sin caminar ni digerir nada denso, mes y medio sin ejercicio…

Estoy cuidándote, mi amor. No es que no tenga ganas; es que tengo muchas más ganas de verte sana.

—Ya estoy sana —dice con un puchero irritado—. Y yo sí tengo muchas ganas, maldita sea. No puedes ponerte esos pantalones nuevos que te mandó T. E. White y esperar que a mí no me pase nada…

Mi sonrisa engreída, seguro, me vende por completo.

—¿Ah, sí?

—Evan —me ordena, voz ronca, con un toque de duda que me conmueve—. Desvístete. Y hazme el amor, por favor…

Oh, amor mío.

Hago exactamente lo que me ordena: es sin nada puesto que la alzo en brazos y la llevo a la cama, y con qué alegría veo sus ojitos codiciosos en mi cuerpo, observándome como si todo lo que pudiera hacer para acariciarme fuera eso.

Lo es por ahora, en verdad; pero basta con eso para excitarme de sobra y la desvisto con tanto cuidado como ayudo a vestirla por las mañanas, peso esta vez me permito seguir mis manos con mi boca besándola, inhalándola, deteniéndome en el valle perlado entre sus pechos, el sitio cálido en donde su muslo se pliega en su cadera, la piel fina por dentro de su codo, su cuello…

— Te necesitaba tanto… si algo te duele, si te falta el aire usa la palabra de seguridad…

— jadeo, yendo a acariciar su pecho desnudo.

Milly hace sonidos de voracidad y pasión, pero sé que le cuesta incluso levantar los brazos aún: y es con una ternura que titila mezclada de pasión que la miro, ahí recostada, inerme y delicada, enjaulada por mis brazos y piernas.

— Estoy bien… hazlo, por favor, ámame…— gime ella, y veo que se le escapa una lágrima, que se pierde en su sien.

La busco con los labios, besando el pelo hasta que encuentro esa gota salada, y la tomo en la lengua como una reconvención.

No debí dejarla en suspenso: debí ser más claro desde el día que regresé, que planeamos cómo detener a Maddie con Sebastian junto a su cama de hospital.

Pero cómo iba a pensar que ella iba a dudar de mi amor…

— Milly, no he dejado de amarte ni un segundo en todos estos meses…— susurro, besándole la cara, la orejita. ¡Cómo se apega a mí: cómo levanta la cara, con las pocas fuerzas que tiene, ansiosa como una florecita por el sol, impaciente que aunque sabe que el beso viene!—… no he estado con nadie más…

— Como habías vuelto a bailar… y estabas sin dinero, me temí…— gime ella, pero sacudo la cabeza.

— John me mantuvo alimentado. Engordamos con gumbo.

Tenía que pagarlo arreglando techos con una camiseta muy ajustada, sí, no creas que no me halagaban las miraditas, pero él no me hacía cosas malas como tú, era un buen jefe, tú eres la perversa…

pervertida… abusiva…— murmuro besando su cuello, su pecho, y muy, muy delicadamente, su vientre por sobre el vendaje.

La herida ya está casi entera cicatrizada, ya no drena ni sangra, pero saber que bajo ese vendaje hay una herida aún despierta en mí instintos de protección tan llenos de testosterona que no sabía que tenía.

— Ahora… quiero que disfrutes pero no te tenses, ¿okay?

Sin importar lo bueno que sea, te aguantas tranquilita que el orgasmo venga, nada de buscártelo tú, ¿de acuerdo? Quietecita, muy pasiva…

Ella logra agarrarme del pelo y darme un beso que me sube la temperatura varios grados: pero me controlo, y bajo para besarle y morderle el pecho mientras mi mano va entre sus piernas.

Ha tenido que usar unas tangas realmente muy chiquitas para no rozar el vendaje: a mí me parecen una coquetería el que quepan en mi palma.

— Evan…— gime con entusiasta alivio cuando mis dedos van al fin adonde los quiere. Está húmeda y caliente, su tejido apretado y ansioso: mi dedos la hacen disfrutar, mi pulgar en su clítoris haciendo que le tiemblen las rodillas, pero trata de contraer el estómago y hace una mueca.

—Te dije que quieta o esto se acaba y tomamos té y vemos una película.— le ordeno, con una palmada en el muslo. Milly me mira con las pupilas dilatadas de deseo, pero es primera vez que le doy una orden así, y aunque recuerdo su disgusto a toda orden o sujeción… ahora no parece importarle.

No, la verdad, parece que le calienta, por cómo separa los muslos, ofreciéndose tan obedientemente…

Es una mezcla tan extraña entre ternura, cuidado y pasión.

Una parte de mí quiere envolverla en algodón y darle los orgasmos más delicados que pueda con dos dedos, sin dejar que se agite siquiera: la otra parte quiere echarla boca abajo en un cojín y follármela hasta que le castañeteen los dientes, marcarla de alguna forma, poseerla…

¿Qué me pasa? Nunca he sido así. Creo que tenerla así de vulnerable ha despertado a un cavernícola y no me reconozco.

Pero la dulzura de su beso mientras mis dedos la llevan lentamente al orgasmo, la forma en que gime de placer aún mientras apoyo el brazo sobre su pecho para obligarla a dejar el torso recostado…

sí, es mía. Es mía en cómo se abandona en mis brazos, y la acompaño con besos y mordidas hasta que se calma y me mira con ojos muy abiertos, tan oscuros.

— Evaaan…— susurra..— te necesito… en mí, por favor…

— ¿Estás segura? Tengo miedo de lastimarte…

—¿No quieres?— gime débilmente.— ¿estoy muy fea?

Me río, presionando contra su cadera la evidencia de que tras el espectáculo que acaba de darme, claramente ni mi pene ni ninguna otra parte de mí piensa que es un yeti.

Me cuestiono un momento las logísticas del asunto, y luego me acomodo a su costado, , volteándola suavemente un poco a la derecha, poniendo un cojín bajo su nuca, otro contra su pecho…

— Si algo te duele, nos detenemos…— le aseguro, besando su espalda, el costado, levantándole el brazo para poder besar su seno que que queda exactamente en el ángulo perfecto para mi boca.

Milly intenta apegarse a mí, ofrecerse más, pero no hace falta: deslizo su pierna sobre las mías, alzo la pelvis y…

sí, ángulo perfecto. Estoy dentro de ella con una presión húmeda sostenida, y sujetando su pubis en mi mano, presiono hasta que sus nalgas se aprietan contra mi pelvis y ella hace un sonido agudo cuando me entierro en su cérvix… ah, qué delicia…

— ¿Duele?— jadeo contra su oído. Ella sacude la cabeza, pero mantiene los ojos fuertemente contraídos.

— No… no la herida… pero arde adentro… se siente tan grande…

No tiene que decirme que ni siquiera usó un dildo sin mí: la presión salvaje de su vagina me lo dice, y aunque la idea de imaginármela follando un dildo furiosamente mientras piensa en mí añade a mi excitación actual, la forma en que se recuesta, tratando de tomar aún más de mi dentro es tan erótica…

… y yo tengo justamente una mano libre para ocuparme de su placer.

Oh, mi Milly… Dios sabe que los jueves me entregaba a ella con un deleite cegador que solía dejarme en estado de plastilina: pero ahora en que no sólo tengo todo el control, sino que ella me deja tenerlo con tanto abandono…

mientras la cubro con mi cuerpo, me apoyo en los codos y ella me rodea con brazos tan amantes…

la emoción que me inunda es diferente a nada que haya sentido antes.

Este placer es nuevo, diferente. va más allá de pertenencia, más allá de seguridad.

Es…

… aún quiero su protección, sus brazos amantes.

Pero ahora quiero como nunca antes protegerla yo, sostenerla yo, envolverla con mi cuerpo hasta que nada más vuelva a lastimarla.

Y puedo hacerlo. Soy un hombre que cumple sus promesas.

Soy el hombre que ella me hizo, y al fin tengo algo, yo, que ofrecerle además de orgasmos.

Mi amor…

— Sebastian me va arrancar piel para cambiarte el vendaje.

— comento cuando al anochecer me levanto a buscar comida, asearnos un poco y revisar la herida que sí, sangró unas gotitas en la gasa.

No hay nada muy tentador en el refrigerador: llamo por uno de esos sandwiches blancos del deli abierto toda la noche, y uno de nuestros guardias nocturnos va a encantado a buscarlo, porque le encargo uno a él y a sus compañeros.

Cuando sube, se queja que el chico de delivery del deli insistió en acompañarlo para cargarle las bebidas. Más bien para ganarse una propina, sin duda: agarro mi chaqueta para darle algo en mano, pero me sorprende encontrar en el bolsillo algo que parece un pedrusco.

¿Qué diablos es…?

Es un estuche diminuto de porcelana blanca pintada.

Después de darles propina, y encerrarme en la cocina so pretexto de preparar una bandeja, lo abro. Es el anillo gris.

¡Dios mío, lo había olvidado por completo! ¿Quién acabó de pagarlo y me lo metió al bolsillo? ¿Aster? ¿Tom? ¿Sebastian? ¡Voy a apretarlos como una pasta de dientes hasta que me digan quién fue!

¡Cómo es tan metida esta gente!

Bufo, me froto la frente. Sólo tengo los pantalones de mi pijama puestos, pero al menos son negros y es satín. Tendrán que bastar.

Me echo el anillo al bolsillo, me arreglo el pelo en el reflejo de la puerta del horno.

Me palmoteo un poco los pectorales para que se vean más grandes y hago un par de burpees rápidos.

Okay.

—¿Evan, llegó la comida? me pregunta Milly del dormitorio. Si no me muevo rápido, va a intentar pararse. Pero ahora tengo algo un poquito más urgente que hacer.

Agarro el control del televisor, y rápidamente elijo Marry You ( karaoke) en YouTube. Luego, apago las luces excepto el foco del pasillo, y tomo impulso para deslizarme hasta que me enmarque la puerta y Milly pueda apreciar el show.

¿Quedará alguna bebida isotónica en el refrigerador?

No quiero que le dé un infarto, pero va a necesitar hidratarse porque si me dice que sí, no hay forma que eso no me dé nuevas energías, vaya.

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