El Héroe
La playa de Hilo, en la noche, era un lugar mágico, con antorchas tiki mostrando el camino hacia donde la fiesta de la boda seguía, la música mezclándose con el ruido de las olas.
No tengo ninguna duda de que van a bailar hasta el amanecer: Tony, Charlene, Freddy, Charles y Claudio tienen energía para seguir bailando hasta que salga el sol.
Mi Milly no, así que he regresado con ella pasadas las dos a nuestra chocita frente al mar.
No me saca nadie de la cabeza que Constanza —que en realidad es muy tierna cuando no está llena hasta las orejas de psicotrópicos— eligió ese tono amarillo mantequilla para sus damas de honor, a pesar de lo tropical del entorno, solo para que Milly no desapareciera.
Se ve lindísima con esa túnica de fiesta, suave, con borlas.
Armando y Maddy no estaban invitados, por supuesto, así que me pidió que yo la entregara, y como parte del pequeño grupo de honor llevo una camisa del mismo color y pantalones blancos.
Los envidio un poco.
La boda de Tony y Connie ha sido discreta, aunque numerosa: Tony tiene mucha familia dispuesta a viajar desde Australia y Nueva Zelanda, y Connie pudo invitar a unas pocas primas, además de todos sus amigos de la empresa.
Y sí, es joven para casarse, pero todo lo que le ha pasado la maduró mucho más allá de su edad. Tiene solo veintiún años, pero se ve mucho más adulta que Tony, que aunque tenga treinta y dos parece tener mentalmente quince para siempre.
Espero que sean muy felices. Tony la hace reír a carcajadas; ella lo centra, tanto. Y nuestra adolescente gótica se ha casado con un magnífico vestido blanco, salpicado de flores tropicales…
¿Porqué los envidio? Porque nuestra boda fue un despelote, con helicópteros rondando, barreras de contención en la entrada y periodistas peleándose por entrar como si hubiera sido un concierto VIP.
Nunca asumí que la manía de Claudio de promocionarme por la empresa —incluyendo artículos, rumores sobre mi auge, caída y redención (¡si supieran la verdad!) y el trabajo de la Fundación— iba a convertirme en una celebridad, y a mi boda en algo digno de TMZ.
Milly, que detesta aparecer en las noticias, aceptó por amor a mí dar una pequeña entrevista a la gente del matinal y luego posar para algunas fotos.
Esa fue, en verdad, mi parte favorita, porque la mujer de Aster —que tiene mucha influencia— le consiguió un vestido de un diseñador japonés que no era blanco ni crema, sino…
algo como color perla, en el que se veía hermosa como nunca jamás se había visto.
Posó con un ramo de cosmos color chocolate y… wow.
Tengo esa foto enmarcada en mis dos escritorios: en la Fundación y en el mostrador de Recursos Humanos de la empresa.
Nuestra luna de miel si valió mucho más la pena que ese día exasperante.
No teníamos tiempo para un largo viaje, ni para pasarnos un mes en el Caribe en topless como a mí me habría gustado: pero empacamos lo mínimo, y me la llevé a California.
Plena primavera se sentía como verano, y por fin con ella perfectamente sana y yo perfectamente feliz, pudimos recorrer lugares juntos en donde alguna vez fui miserable y ahora podía mirar atrás sin vergüenza.
Paseamos por viñedos: nos amamos en hotelitos diminutos, y la llevé a clubes muy exclusivos, en donde pudo admirar a algunos Dom en acción. Compramos una docena de nuevos juguetes: algunos días me costaba un poco levantarme, pero los probamos todos.
Y Milly me canturreó canciones de amor al oído mientras nos metíamos hasta las rodillas en el Pacífico…
— Me da gusto ver a Tom tan contento.— me dice Milly, alargándome una botella de agua, porque en Hilo hace calor todo el día y toda la noche.
Tom está radiante porque Charlene ha aceptado comprometerse con él: el hombre, que nos trajo en su yate, un poco más y nos estrella en unos arrecifes por estar ocupado besando a su chica.
Pero Charlene, que se ha recibido con honores, no está menos contenta, y la he felicitado desde el fondo de mi corazón: cómo me alegra que no haya seguido los pasos de Helena.
Mi única preocupación es Sebastian.
Me la entregó él en la boda: Milly se lo pidió, y vi, por un segundo, una hebra de vieja desconfianza en sus ojos, el momento en que no hubiera querido soltarle el brazo para dármelo.
Mientras Milly, Connie, Clara, Myra, Lilly y Charley (Charley y Vern lo organizaron) tenían su despedida de soltera (creo que una muy infantil con helados y películas — supongo que Milly ya tiene suficiente de desnudistas para toda la vida) los chicos me llevaron a beber a mí y a mirar striptiseras para escucharme criticarlas cada vez más ebrio.
Pero antes de que me llenaran de vodka, Sebastian se sentó a mi lado, y su tensión era tan obvia que lo miré de reojo.
— ¿De verdad me vas a dar la charla paternal de la palita a estas alturas, en serio? ¿Si la lastimo, sabes donde enterrarme para que no me encuentren y todo eso?
— Así es pero no viene al caso.- me dice cruzándose de brazos.
- Evan… lo que siento por Milly es platónico, que te quede muy claro.
Simplemente, cuando volví de Afganistán, ya había visto todo lo horrible que existe en este mundo y ella…
era la primera persona buena, buena de verdad, que conocía.
Sé que la haces feliz. Sé cómo te ama: tú no la viste los meses que te fuiste a New Orleans, santo Dios…
— ¿Pero? Detecto un pero. Lo oigo desde acá.
— Pero si la lastimas…
— Yo sabía que ésta era esa conversación.— le digo dándole un puñetazo en el brazo. Sebastian me mira despectivamente, como si no pudiera creer mi poca fuerza.
— Nunca la abandonaré.
— Lo sé. Y me gustaría hacerlo oficial.—le digo, mi mano ahora yendo a trepar como una araña por su brazo. Sebastian enarca una ceja.
—¿Cómo?
— Tú sabes que me hice la vasectomía. Corte definitivo, zip, RIP, nada.
— Lo sé.
— Pues… no puedo tener menos ganas de compartirla porque la verdad es que su marido es la empresa y yo sólo soy su sex toy, sigh, sigh…
— agrego, mi mano llegando a su cuello y jugando con el botón de su camisa.
Puedo ver que empieza a alarmarse.— … en el caso de que Milly quisiera enanos, o simplemente se le antojara un trío, que tarde o temprano se le va a antojar con todo lo que hemos experimentado…
— agrego, y apoyo el mentón en su pecho, para mirarlo con mis mejores ojos de gatito— Hijos tuyos serían muy decentes y entrenables.
Y algo me dice que tú eres muy entrenable también, no sé si alguna vez te han…
Sebastian huyó tan rápido que tuvieron que ponerme maquillaje para el matrimnio, porque me dí en la cara con el respaldo de la silla.
Pero aunque él piense que sólo lo hice para encocorarlo, está equivocado. Y aunque sé que no se le pasado la idea por la cabecita a mi Milly, aún, estoy preparado para cuando se le ocurra.
Porque no me gusta verlo solo.
Además, lo que mi Milly quiera, yo me las arreglaré para que lo tenga, y se acabó.
Claudio sigue cambiando de chica como de camisa, y estoy bastante seguro que en verdad Freddie es gay; son los únicos que me falta ver felices.
Pero hay tiempo, y con Milly al timón de la empresa, no tengo ningún miedo.
La Fundación sigue haciendo su magnífico trabajo: Hugh, que no puede estar sin trabajar, estaba tomando notas durante la boda sobre cómo traer sus casitas flotantes aquí a Hawaii, que también ha sufrido tsunamis.
Es un genio, y la Fundación y el Directorio lo apoyará.
No que yo tenga mucho que ver con el Holding ya.
Milly intentó devolverme mi parte de la herencia después de que hubimos resuelto el caos de Maddy, pero me negué en redondo y sólo le acepté un uno por ciento para poder ir a molestar ocasionalmente a las reuniones del Directorio.
¿Qué voy a hacer yo tomando decisiones financieras u opinando de sus decisiones?
Las acciones están mucho mejor en sus manos.
Milly no peleó mucho: pero después fue calladamente y me transfirió veintiún millones de dólares.
Yo si peleé y le armé una pataleta en la oficina.
Pero no me esperaba que ahí toda vestidita de traje y formal en su escritorio se cruzara de brazos y me dijera que ese dinero no tenía nada que ver las acciones, sino que era el pago con la cantidad de cosas sexuales innombrales, indecibles e indecentes que planeaba hacerme por los siguientes cincuenta años.
Tuve que arrastrarme desnudo como un gusano para asegurarme de que la puerta estuviera con llave luego. No habría sido bueno que nos encontraran, una vez acabamos esa conversación.
Sí, mandé la mitad de ese dinero a la Fundación ya. No lo necesito, y no le tengo miedo al futuro en los brazos de mi Milly. Mirando esta extensión azul bajo la luna, cuesta creer que exista algún peligro, pero lo que venga… aquí estoy.
Es un paisaje inolvidable, el olor de los hibiscos llegándonos junto con la música: es una canción de amor.
I am the man
Who will fight
For your honor
I’ll be the hero that you’re dreaming of…
Capturando la mirada de mi esposa, me quito la camisa y los pantalones con estilo, y troto hasta las olas, para darme un buen chapuzón. Una vez refrescado, regreso caminando tan lento y sexy como puedo, porque hay un motivo por el que le acepté volver tan temprano de la fiesta.
La idea de esas chocitas abiertas a la noche me excita…
Pero no alcanzo a aferrar su pie para empezar la seducción que planeaba, porque ella se sienta, cubriéndose las rodillas púdicamente con la túnica, y mantiene la vista baja.
— No, Evan.— me dice con firmeza. Me descoloco un poco: no recuerdo haber hecho ningún desastre que amerite un rechazo…
— ¿Milly? Hice algo que…?
— Chist.- me dice ella, entrelazando los dedos.— Has estado muy coqueto, ¿sabes?
— ¿Hola, soy yo, te acuerdas de mí? Te casaste conmigo…
— Evan.— me interrumpe ella, y cuando levanta la vista, sus ojos son absolutamente incendiarios. — Has sido un niño realmente, realmente, pero realmente, MUY malo.
La carcajada de alivio que me nace resuena en la noche. Me inclino hacia ella, goteando agua salada, y manteniendo mis ojos en los suyos, me quito la última prenda de ropa que me quedaba.
— ¿Sí, qué me va a pasar por eso, hmm?
— Ve a la choza, saca mis pañoletas de seda y espérame. Voy en un momento.— me dice ella levantándose, deslizando sus dedos por mi sexo ya sumamente interesado, y echando a caminar hacia la cabaña de atención.— Voy a conseguir hielo y vengo. ¿Me esperarás?
Hielo. Oh boy.
— Por supuesto.— le digo dócilmente, mirándola caminar tan decidida, enmarcada por lo hibiscos, auroleada por las luces del hotel.— Soy tu esclavo.
__FIN__