El Accionista Mayoritario #2
—Yo le di otro.—dice en voz baja Freddie, que se encoge ante una mirada de Maddy, pero se mantiene sentado.
—Y yo le di otro, Madelaine.—dice José Mancini, sobresaltándolos a todos.
No sé cuánto rato llevaba en la puerta.—Me fui porque no quería volver a verte hacer lo que hiciste con Edgar y su hijo.
—agrega despacio, y hay un dolor muy grande en sus ojos envejecidos.
—Te quería, Maddie. Pero tu codicia no tiene límites.
Has abusado de Mildred, exigiéndole lo imposible; has enloquecido a Constanza como hiciste con Evan…
ya basta, Maddie. Déjale su herencia a los chicos y vete a casa; Dios sabe que no te falta nada…
—¡Tú ya no tienes nada que ver en esta empresa!
—brama Maddie.—Y aun si los albaceas intentan traspasarle las acciones a Evan, voy a sacar a la luz toda la basura que ha hecho.
¡No dejaré que te sientes en este directorio!
Casada con Armando, y con las acciones de Milly y las de José, tengo más del cuarenta y cuatro por ciento de la empresa: soy su CEO.
¡Tienes que obedecerme!—agrega, agarrando la mano de Armando como si fuera una presa.
El pobre hombre se ve enfermo: la mira como si no la conociera.
—Quizás lograste sacarle a Milly una firma para poder usar sus acciones.—le digo despacio.—Pero da lo mismo lo que hagas conmigo. Ya vendí todas mis acciones, por un dólar. No tengo intenciones de sentarme en este directorio.
Maddy se ve horrorizada.—¿Que hiciste qué? ¿A quién le vendiste tus acciones, miserable puto?
—A Milly, ayer.—le digo con toda dulzura.
Freddie se precipita y abre la puerta de nuevo y, tan gris que parece una imagen de cine antiguo, está Milly sentada en una silla de ruedas que trae Sebastian, una manta de tartán, el único color vivo, sobre sus piernas.
—Hola, mamá.—dice suavemente. Tiene la mano negra por llevar sueros, pero se ve lúcida y tranquila. Mrs. Courtland vuela a su lado, acariciándole el pelo, su respiración agitada.
—Hijita, no debiste…
—Mamá, no necesito que sigas cubriendo mi puesto. Vuelve a casa, por favor.
—¡No estás en condiciones de nada! ¡Mírenla! ¡No tienes salud compatible! Y sobre la tontería que ha hecho este asqueroso no importa nada, solo tienes que traspasarme también esas acciones…
—No te voy a traspasar nada más.—dice Milly, y aunque su voz es baja, suena implacable.—Tengo el treinta y uno por ciento de la empresa.
—No seas niña, no vas a discutir con tu madre. — Maddy se ríe pero suena hueco—Sigo siendo el accionista mayorit…
—No si yo le traspaso mi cinco por ciento.—dice Tom, enderezándose.—Tómalo, Milly.
—Yo tengo un uno, pero si te sirve…—ofrece Tony, antes de cerrarme un ojo.—Puedo recomprártelo, tengo nuevas formas de ganar dinero…
—Y el mío.—dice Hugh, tras mirar un momento a Claudio.—Cuatro coma cinco por ciento, entre ambos.
—Tengo un tres por ciento.—dice Mrs. Courtland, pasando un brazo protectoramente por los hombros de Milly y mirando a Maddy como una leona con su cría.
—Toma mi dos por ciento, Milly.—dice con voz cascada y, de repente, risueña el viejo Gustloff, pegándole en el brazo a su hijo, antes de voltearse a Madeleine.—Nunca me gustó la puta de Edgar; la madre de Evan sí era una dama, pero esta zorra codiciosa…
—¡No pueden hacerme esto…! ¡No es legal! ¡No voy a aceptarlo…!
—Lo que debería ser ilegal sería que le dijeras a Edgar que Evan había tratado de violarte y que temías que le hiciera algo a Milly.—dice José de repente, y hay una vieja vergüenza en su cara.—Y que yo no fuera capaz de desmentirte hasta poco antes de que Edgar muriera, santo Dios…
—Yo sabía que no tenías COVID largo.—dice Milly tristemente.—Te lo inventaste para no tener que cuidar a Padre en sus últimos meses. Pero podía perdonarte todo, todo, excepto…—musita y, mirándome, intenta levantarse de la silla.
Yo me abalanzo a sostenerla, pero me derriba el equivalente de un misil teledirigido.
—¡MALDITA ZORRA… MONSTRUO!—exclama una voz, y creo que todos nos quedamos un poco estupidizados al ver a Mrs. Courtland agarrar a Maddie del pelo y las dos trenzarse en…
no sé ni cómo llamarlo. Sebastian y Armando reciben bastantes arañazos antes de lograr separarlas; la verdad, estoy seguro de que dejaron a Mrs. Courtland, gritando denuestos muy coloridos, desahogarse un poco, pero yo no tengo ojos para nadie excepto para Milly, que me ha rodeado la cintura con los brazos y se ha desparramado contra mi pecho como una planta cortada.
—Evan… mi Evan…—gime, y hunde la cara en mi cuello.—Lo siento… lo siento tanto…—
—Mi amor…—murmuro, inhalando su pelo, que huele espantosamente a medicamentos.
—Milly, bésalo después. Como accionista mayoritaria, tienes derecho a anular los permisos y poderes de un accionista.
Por favor, haz que lo redacten; tienes la aprobación del Directorio.
—le dice Claudio doctamente, aunque al otro lado de la mesa el par de viejas siguen tratando de patearse mutuamente.
—Ya le pedí a tu secretaria que redactara la inactivación de Maddie.—le digo yo, sosteniéndola; se tambalea.—¿La llamo?—
—Evan…—dice ella, y me besa la mejilla antes de apoyarse en la mesa y volverse a su madre.
Madelaine está despeinada y descalza, tras perder sus zapatos en esas inútiles patadas, pero su cara está contraída en desprecio y rabia. No creo que nada que Milly pueda decirle vaya a arreglar esto.
—No quiero un escándalo. Voy a firmar la anulación de todos tus traspasos y cambios en la empresa, y puedes irte a la casa de Nantucket.
Es tuya. Si todo sale bien…—agrega, y hay algo súbitamente inflexible cuando cuadra los hombros y la enfrenta de hito en hito.
—Te veré más adelante, madre. Eres mi madre y eso no cambiará.
Pero ahora… vete. No soporto mirarte. Y, Armando…
—dice con severidad.—Vas a ordenar que traigan a Connie de regreso a casa y quiero que le hagan una batería testeo de drogas.
Siempre sospeché que mamá le había dado algo a Evan y por eso se estrellaron, pero lo de Connie… su paranoia…
—Su paranoia tenía razón.—dice fríamente Sebastian.—Deme el papel, Armando. Yo iré a buscarla.
—Mi hija…—gime él. Está muy claro que ahora Maddie se ha quedado sola: cuando José intenta acercarse, casi le da un zarpazo.
Pero llama a Armando imperiosamente, y tengo que admirar el poder de su belleza: tras firmar un poder para que podamos retirar a Connie de su clínica, Armando la sigue y se va con ella.
Amenazamos a Claudio con amordazarlo, pero nos convenció de dar una breve —brevísima— conferencia de prensa, en la que, cuando un periodista de TMZ preguntó si yo me iba a desvestir, uno de nuestros guardias lo sacó del salón de un ala.
El resto se comportó bien y, aunque hubo algunas cejas alzadas ante el aspecto de Milly y del resto del Directorio (francamente, parecían matones alrededor de la silla de ruedas, incluso el viejo Gustloff), se anunció que Milly había retomado sus funciones (con ayuda, porque aún estaba convaleciente), que yo había regresado tras limpiarse mi nombre de toda sospecha de malversación, y que el Holding Wexstone seguía funcionando como siempre: todo normal.
Puertas adentro, la historia era muy diferente.
Maddie había hecho emitir —y fichar en las Oficinas de Comercio— una veintena de medidas, todas encaminadas a “recortar gastos inútiles” y “afinar procesos”, que consistían, literalmente, en cortar todas las medidas sociales y de seguridad que Milly había instaurado.
Desarmar eso iba a tomar no poco trabajo, ya que destruir es fácil, pero reinstaurar es difícil.
Y, encima, había recortado tanto la Fundación que buena parte de sus operaciones estaban detenidas y sin financiamiento.
¿De los millones robados en mi nombre? Con Armando ya se había gastado sesenta y no podíamos recuperarlos sin un escándalo, aunque sí obligamos a Armando a vender sus acciones muy baratas y traspasar una herencia a Connie
Había que empezar de nuevo.
Pero el personal apoyaba a Milly como un solo hombre, y con todo el Directorio, Lily de regreso (sí, la habían despedido) y las secretarias A y B de Milly (ok, se llamaban Myra y Clara), nos pusimos a trabajar.
Milly se quedaba dormida a veces en su silla, como un bebé en su coche, y alguien la arropaba y cuidaba de que no se babeara.
Pero todo agosto y septiembre pasaron en un suspiro y, con los primeros árboles otoñales de Central Park, Milly dejó la silla y volvió a usar sus trajes, cada día un poco más fuerte.
Sebastian hizo cerrar la Casa Corliss.
Ninguno de nosotros tenía ganas de regresar.
Hice vaciar las cosas de mi padre del penthouse donde nos quedábamos, y también de su oficina, y doné la mayoría.
Miriam siguió a Maddie, pero Sebastian hizo reubicar al resto del personal de la Casa Corliss en la Fundación en Clayton, y dos doncellas se hicieron cargo del penthouse y de mantenernos alimentados.
Sebastian siempre estaba dispuesto a prepararles sus horrendos sandwichitos a Milly, pero lo nombramos jefe de seguridad y no le sobraba el tiempo: Áster, que tomó la división automotriz que Armando dejara al renunciar, hacía un excelente equipo con él.
Vaciar al fin la oficina de mi padre fue…
extraño y catártico a la vez. Me ocupé personalmente con algunos asistentes, y en verdad, el amor de mi padre por el cuero, la madera tallada más pesada posible y masivos estantes lo hizo un ejercicio de fuerza que me hizo bien.
Se sintió un poco como una lucha que me hizo sudar, descaolgar todos esos espejos y litografías con bordes de metal de cacerías que eran absurdas en la mitad de Manhattan.