El Accionista Mayoritario
La cara de Aster, el primero que llega, cuando me ve sentado tan ancho en la sala de reuniones es…
el hombre tiene una excelente cara de palo, pero hay un mohín junto a sus ojos y una chispa en su sonrisa cuando se sienta a la mesa en la cual he aparcado mi caja de donas, la bandeja de lattes y mis pies cruzados.
—Qué excelente bronceado tienes.—me dice, acomodando a su anciano padre en su silla y volteándose a verme, agachándose para oírle un comentario y luego ocupando su silla al lado.—¿No tenías una orden de restricción para entrar al edificio?
—Nadie me dijo nada en la entrada.—le digo con una sonrisa dientona.
La verdad es que es cierto. Cuando me acerqué a la entrada y le dije a los guardias que quería entrar a hablar con el Directorio, cruzaron una mirada y me dijeron que les habían dicho que yo “no vendría más”, no que tenían que impedirme el paso, así que estaban MUY, MUY CONFUNDIDOS, y que cuando llegara la señora Madelaine iban a preguntarle qué hacer, pero hasta entonces… no había órdenes ni nada.
Luego me aceptaron una dona, me felicitaron por los ocho millones de beneficencia que conseguimos para el centro en New Orleans, y me preguntaron qué régimen de ejercicios estaba siguiendo, porque para hacer ese shimmy con las caderas, que había salido posteado en TikTok, ¿qué tomaba?
(ya que le había encantado a sus esposas y querían sorprenderlas)
Los dejé practicando y subí con mis donas.
Me asomé a la oficina de Milly, que ahora tenía unas cortinas horrorosas púrpura, y me tropecé con una de las viejas que solían siempre rondarla.
Se veía perdida y triste, sentada en su escritorio, con aspecto de un galgo al que le dicen que ya no va a correr más.
—¿Se sabe algo de Milly?—le pregunté, poniéndole un latte en la mesa. Ella me miró con una mezcla de disgusto y aprensión, pero nunca había notado que en verdad sí es muy vieja.—¿Y tu gemela?
—La señora Madeleine la despidió.—dice con voz muy cansada.—Es que… estábamos preocupadas por la señorita Mildred y fuimos a verla, le contamos…
La escuché. No todo lo que me contó era nuevo, pero claro, me había pasado la tarde anterior hablando con Lily, que no solo me contestó el teléfono, sino que me llenó de maldiciones coreanas por no haberla llamado antes.
Eso había sido justo antes de reunirme con Sebastian y los albaceas.
Ahora, la sonrisa de Aster se ensanchó cuando entraron Tom, el viejo Klein y luego Hugh, y ninguno de los tres hizo ninguna movida para llamar a seguridad y sacarme.
Hugh agarró una dona y se sentó con el aire de quien se instala a ver una película, y Tom tomó su latte, me palmeó el hombro y se instaló muy, muy cerquita mío.
—Felicitaciones en acabar el proyecto en New Orleans, aunque fuera sin la Fundación. Acá hubieron muchas palabras duras sobre eso.
—¿Ah, sí?
—Sí. Las mías en particular.—dice bajando la vista, apretando los labios.—Creo que fui… muy áspero con Milly. Nos habían dicho que estaba de vacaciones, pero oí que en realidad…
—Sí.—le digo.—Está hospitalizada. Su úlcera.
—Evan… lo siento… en realidad no creí…
Tom se ve tan culpable que le aprieto el brazo.—Todos pensaron que había sido yo. Pero ya saben…
—Sí, la verdad, parecía tan absurdo, pero…—Tom sacude la cabeza.—Siento no haberte llamado yo primero…
—Felicítalo por irse viral por una buena causa.
—dice Claudio, que entra con un Tony realmente muy tostado: estuvo la semana completa ayudando en Plansingville, mientras tomaba clases de baile de barra.
Está radiante.—Los reviews son… tengo que reconocer que moví algunos favores, pero ni yo me imaginaba que serían tan buenos.
—No los he leído, ilústrame.—nos dice Aster, recostándose en su asiento con su latte. Claudio saca su iPhone.
“Trascender el burlesque a las verdades fundamentales de comunidad y apoyo…” “Devolver la sensualidad alegre a lo que podría haber sido sórdido y resultó en cambio liberador, memorable e incluso inspirador”
“Evan Wexstone muestra que no tiene miedo a dar todo lo que tiene, que no es poco, pun intended, por su causa, y lo hace exponiéndose sin miedo en el frente del escenario, sin guardarse nada… de nuevo, pun intended”.
Ese fue el WaPo y el Globe.—me dice, agitando el teléfono en mi dirección, mostrándome una foto mía en la cual estoy completamente desnudo, pero la luz artísticamente oculta mi pene y los detalles de mi trasero.
—El New Yorker se extendió en cómo el abandono de la Fundación del proyecto te hizo ir allá a cumplir tu palabra.
Ya habían publicado un artículo sobre eso: Madelaine estaba lívida cuando salió y vino a gritarme que quería un exposé revelando cómo te habías robado ese dinero y, de paso, involucrar a la policía…
—¿Y entonces?
—Milly le bramó que si hacía eso sin pruebas, ella iba personalmente a robarse el doble del dinero y armar un escándalo.
Se gritaron cuarenta minutos; si de verdad acabó hospitalizada por su úlcera, como dicen, apuesto que fue esa pelea la que lo detonó.
—dice ásperamente Tom. Sigue con una expresión culpable.
—El lunes siguiente, Milly no llegó y Madeleine nos dijo que ella se haría cargo…
—Evan.—dice una voz suave en la puerta. Por un segundo pienso que es Maddie, pero son Mrs. Courtland y Freddie, el cual va directo a abrazarme, pero su madre me mira con desconfianza.
—Yo no robé ese dinero, tía.—le digo con tanta dignidad como puedo, pero ella frunce toda la cara.
—¿Y por qué no te defendiste entonces? ¿Abogados o algo? Saliste huyendo; eso se veía muy culpable…
—Me fui porque Milly estaba enfermándose. Madelaine me pidió que me fuera.
—Madelaine te pidió…—musita ella, y puedo ver en su cara que, una vez más, no es la historia que conocía.
Mira a Freddy con una expresión que me dice que ya han discutido esto antes, pero entonces oigo voces en el pasillo y, apresurados, sonrojados, veo a Maddie y a Armando Mena detrás, precipitándose a la puerta.
Maddie nunca ha estado tan bella como con un pantsuit rojo y el pelo alisado. No hay nada de su frágil salud, de su dulzura, de su gesto maternal al verme: me mira como quien miraría a un gusano pegado a su zapato, y no voy a mentir; ver ese cambio en su cara me duele mucho más de lo que pensé.
—¿Qué te crees que haces aquí? ¿No has hecho suficiente daño ya, Evan?—me dice en voz muy alta, mientras Armando cierra la puerta detrás, dejándonos encerrados en la sala de reuniones.
Seguro no quieren que nadie más oiga esto.
—No el suficiente, parece.—le digo, endureciéndome.
Una parte de mí quiere ir a abrazarla, inhalar su perfume que me hacía sentir tan seguro, tan amado.
Solía sentirse como un refugio. Pero me fuerzo a levantar la cara y mirarla a los ojos.
—Maddie, el motivo por el que no hubo ninguna alerta ni ninguna alarma con el robo fue porque la persona que lo hizo conocía todas las claves y tenía todas las autorizaciones como director de la Fundación.
Directora. A mí nunca se me ocurrió revocar tus permisos cuando me hiciste director.
Me preguntaba por qué lo habías hecho… recién ahora lo entiendo.
Maddie no acusa el golpe, pero hay un arqueo en sus ojos que es todo menos disculpa u inocencia ofendida.—Evan, no vas a venir meses después con alguna idea loca que se te ocurrió…
—…y tenías que hacerlo pronto porque, igual que los correos, Milly, sobre todo después de lo que le pasó a Tom, estaba empezando a preocuparse de la seguridad. Tarde o temprano iba a eliminar tu acceso, a poner barreras de seguridad mucho más modernas que unas claves…
—¡Milly!—exclama Maddie, y hay un brillo de disgusto en sus ojos.
—¡Milly, una decepción! ¡Mi mayor decepción!
Todo lo que tuve que hacer para que heredara un imperio, ¿y qué hace la estúpida en cuanto toma las riendas?
¡Bonos! ¡Caridad! ¡Seguridad social! ¡Un poco más y había que hacerle reverencias a las secretarias!
¡Todas las ganancias extras al personal!
—acaba con rabia, mirando alrededor al directorio, como si esperase su apoyo.
—¡Era una locura! Richard tenía razón; lo convencí de que Milly lo quería y solo necesitaba una mano firme, pero el imbécil no fue capaz de seducirla…
Mrs. Courtland emite un gruñido y se cubre la cara. Aster no tiene expresión, pero el resto se ve disgustado, y creo que Armando sí lo nota, porque le pone una mano en el brazo a Maddie, como sugiriéndole que se calle.
—¿Y yo era tu plan B?—le digo dulcemente.
Necesito ganar tiempo.
—¡Nunca me esperé que tu padre se acordara todavía de ti y te pusiera esa locura de salvavidas en el testamento!
Traté de que Milly lo impugnara, pero la estúpida…
en vez de defender su herencia… ¡aún no acababan de tapar a tu padre en la tierra y ya había volado a buscarte!
—agrega con acidez.—Ella era pequeña cuando te fuiste, pero yo sabía la basura que eras…
conté con que se daría cuenta al tenerte en casa, pero no: eras demasiado seductor y la jodida estúpida…
—Maddie, la amo.—le digo fríamente.—No pretendo ser mejor de lo que soy, pero no soy un ladrón, y la amo.
—Eso no importa ahora.—dice acomodándose en su silla.—Voy a llamar a seguridad y, si no te vas en cinco minutos, voy a levantar cargos. Veamos a quién le creen: a la viuda de tu padre o al desnudista drogadicto… Puedo sacar tus antecedentes a la luz; ni sueñes que vas a recuperar tu herencia…
Me cruzo de brazos.—Yo de ti no haría eso, Maddy. Además, ya hablé con los albaceas.—le digo tranquilamente.—Ya les demostramos que no fui yo quien robó ese dinero. ¿Sabes que además les gustó mi evento en New Orleans? Y, como tienen buenos reportes de mí…
—¡¿ Hablaste con…?! ¡¿QUÉ REPORTES?! ¡Milly no pudo haberte dado ningún reporte si no se tiene de pie…!
—Yo le di un reporte.—dice Hugh con su voz seca y desafectada.—He trabajado codo a codo con Evan. Es un buen hombre.