Esclavo Tuyo Lo Que Se Promete #3
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Lo Que Se Promete #3

Se trata simplemente de que aún tengo un mínimo ahorro en mi cuenta, gasto poquísimo aquí —la comida es barata y John se niega a dejarme pagar arriendo— y de que, sencillamente, no me creo capaz de empezar juegos románticos y no ponerme a llorar.

Sin contar que todo el Viagra del mundo me va a dar un infarto antes que una erección.

La extraño.

No, extrañarla no es la palabra: extrañas aquello que era tuyo, y Milly nunca fue mía, aunque Dios sabe que traté. Traté de atarla a mí, cosérmela al cuerpo, devorarla de alguna forma.

Era mi casa, mi paz, mi lugar seguro.

Mi salvadora.

Nunca me paré a pensar que ella necesitaba más que mi amor y mi entrega, más que la liberación sexual, la autoconfianza que le di. Ella necesitaba protección, la protección de un hombre de verdad; no ser siempre mi “caballero blanco”.

Y es ella quien está herida ahora, tras pelear con mis dragones.

La amo con toda el alma, pero está mucho mejor sin mí. Estoy tratando de ser el hombre que ella debería haber amado, pero no espero recuperarla ni complicarle la vida de nuevo.

Nunca la olvidaré.

Ella rehízo a un chico destruido e imaginó un hombre como Hugh imaginó esas casitas capaces de resistir un tsunami.

A ver cómo floto ahora.

En tu honor, mi Milly.

Nunca había visto una multitud tan… homogénea.

Puesto en plata: es un mar de mujeres. Los grupos empiezan a chillar desde el primer número, cuando sale el primer grupo a empezar la fiesta entre saludos, con un cover de Fever que Jean tiene a sus chicos memorizado desde el día uno, y luego el grupo de Antoine, de New Orleans, con Do I Wanna Know?

Hay un par de grupos que Jean conoce y que se han sumado: para mañana, al cierre, tendremos cuarenta y cuatro bailarines en el escenario, Tony y yo incluidos.

Es asombroso lo rápido que aprendió y lo mucho que disfruta el número al que lo sumaron, un muy atlético Love to Love You Baby, pero a pesar de su fantástica musculatura, no tiene la práctica para un solo.

Mikael, Terry, Sidney, Antoine y yo vamos a hacer diferentes solos ambas noches.

He preparado mis dos números a fondo. Uno es un poco un refrito de Learn to Crawl, pero después de bailarlo para Milly no me siento capaz de hacerlo de nuevo para el público.

Adapté algunas movidas y las usaré con The End of the Beginning Is the End, con cuernitos de demonio, y en el penúltimo baile Jean me pidió que haga el número romántico.

Será Darts of Pleasure.

—¡Parecen mujeres locas! —grita Tony por sobre la música tras bambalinas, mientras esperamos para el siguiente baile grupal (Tainted Love, en looks góticos).

Pero se ve absolutamente encantado cuando un grupo de chicas en primera fila, al ver a Mikael hacer su show de ángel (que es realmente increíble; el tipo estudió danza y es coreógrafo) se levantan la camiseta y le ofrecen una visión de boobs saltarinas.

Hace un par de años, la escena me habría entusiasmado. O mi libido está completamente asesinada por las horas de trabajo de sol a sol, o simplemente se quedó (muy obediente) atadita junto a Milly.

El número grupal de S puedo hacer saltar una moneda en los pectorales…

The End of the Beginning Is the End les da la sensación de corrupción y perversión que quiero insinuar.

Corrompí a mi Milly, ¿saben? Conseguí que la chica más decente y angelical del mundo se aficionara a cosas que jamás habría imaginado… y la hice disfrutar.

Haya acabado como acabó, qué lindos eran nuestros jueves, y cuánta vida había en su paso los viernes, cuánta más seguridad en sus ojos (aunque yo caminara tieso algunos viernes, vaya).

Mírenme: soy un demonio seductor. Voy a tentarte hasta que no puedas resistirte, y voy a mostrarte cómo disfruto.

Mi número de íncubo continúa sin camisa en la barra, arqueándome sin vergüenza, acariciándome, arrancándome los pantalones de un tirón para provocar. Porque estoy pensando en ser deseado por una mujer en especial, y sólo recordarlo me hace querer ofrecerme de nuevo, entregarle todo lo que tengo…

No me he acostado con nadie desde ese último jueves juntos.

No sé si fue un presentimiento o qué, pero ese jueves último estaba insoportablemente caliente: aún después de una larga sesión con pelotas chinas, una sonda en mi uretra y gotas de cera caliente en todas mi partes sensibles ( y por error, una en mi párpado) tuve energía para perseguirla y follármela de nuevo en la ducha de pie a la mañana siguiente hasta que se le doblaron las piernas.

Aún recuerdo lo dulce de su boca bajo el agua tibia y el aroma a jabón…

Supongo que no hay nada más diferente a esa pasión de muy temprano en la mañana, a plena luz, en una ducha soleada con aroma a manzana, que esto: mi número de seducción demoníaca.

Pero soy el mismo, no llevo más máscara que un poco de delineador.

Mi cara se ha hecho mucho más conocida: sé que mañana alguien posteará una foto de Evan Wexstone bailando el caño con shorts de brillos y cuernitos.

¿No era el diablo que había seducido a Mildred Wexstone y desfalcado la empresa? ¿No creían eso?

Pues mírenme.

Y quizás, quizás Milly me vea… y quizás vuelva a desearme.

Oh, mi amor.

Cuando acabo, a pesar de la ovación y de que tienen que rastrillar los billetes que las chicas han lanzado al escenario, bajo con un sabor amargo en la boca y un dolor en el pecho que no tiene nada que ver con el esfuerzo físico.

Me quedo unos minutos entre bambalinas, las manos en la cara, recobrando el aliento, oyendo a las chicas bramar de nuevo cuando sale Sydney a bailar Bootylicious, cuando Jean se acerca y me alarga una botella de agua.

—Oye, hay una dama…

—No voy a acostarme con nadie. No me importa si es una clienta D’Amalfi —respondo, y él me sujeta del cuello.

—Creo que deberías hablarle. Insiste mucho. Y te trajo flores.

—¿Eh?

Le toma un poco más convencerme, pero al fin me rindo y voy con una vaga esperanza. Seguro, si fuera Milly, Jean me hubiera dicho.

A un costado del escenario, en la vaga privacidad de unos parlantes enormes y la escalerilla por donde suben y bajan los muchachos, veo a una elegante dama de pelo gris, con un Chanel a cuadros negros y un brazado de tulipanes.

—Evan.—me dice, con una ceja escéptica a mi torso desnudo y transpirado y mis cuernitos luminosos.

—¿Qué hace aquí, tía Gertrude?—barboto. Ella me alarga los tulipanes: deben ser al menos cincuenta.

—Charlie no podía salir para venir a verte aún, pero dijo que lo había prometido, así que…

vine yo.—dice con severidad, haciéndose a un lado cuando una docena de bailarines en speedos dorados y trajes de fantasía de gladiadores pasan a nuestro alrededor.

—Te ves bien. Quiero que sepas que ni yo ni Charley nos tragamos la historia del robo.

Ha sido todo para quitarte tu herencia, y ya le dijimos a Maddy y al directorio lo que pensamos…

—agrega, cruzándose de brazos.—Los Wexstone seremos malvados, tercos y putos, pero estúpidos no.

—Tía.—digo, sin saber si abrazarla, abrazar los tulipanes o explotar de la risa.

—Charley, Vern y yo… bueno, supongo que puedes ganarte los 144 millones mucho más rápido con tu… danza… pero si algo te falta, no dudes en recurrir a nosotros. Puede que me haya creído mentiras estúpidas hace años, pero no voy a creer más excusas imbéciles dos veces… somos familia.

La abrazaría, pero estoy cubierto de glitter. Ella me hace un gesto imperioso para que me agache, y me da un beso muy torpe en la mejilla transpirada, antes de palmearme el pelo y sacarme un poco de glitter de los cuernitos.

—¿Vio a Milly, tía?

—No, estaba de vacaciones, me dijeron, pero olvídate de ella.—me dice, antes de fruncir los labios como un pato.—Después de verte bailar… si te dejó ir es que es tonta.

—Tía.—gimo.

—¿Y es necesario que todos se afeiten tanto?

En los noventa, cuando yo todavía visitaba estas cosas, siempre había algunos peluditos.

No a todas les gusta el linóleo; a algunas nos gusta tendernos en alfombra, vaya.

Nadie adulto quiere follarse un muñeco Ken.

Dile a tu mánager que deje a alguno frondoso, ¿quieres… ?

—Tía.