Esclavo Tuyo Lo Que Se Promete #2
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Lo Que Se Promete #2

Desde mi escándalo, Claudio debe estar encerrado en un sótano, porque no ha habido ni una mención de la empresa, ni una foto, y el instagram está limitado a anuncios, avisos y reels del Arcade y los frenos de tanque que tiene.

—Volvió a trabajar, pero no está bien. Su madre está hablando de reemplazarla para que se tome unas vacaciones, y yo voté de acuerdo. Está tan flaca que el otro día se le cayó la falda mientras hacía una presentación.

Oh, Milly.

—Bueno —me dice, mirando mis dedos parchados—. ¿Estás carpintereando? ¿Intentando, más bien?

—Prometimos estas casas, Hugh, y el centro de reuniones.

—A eso vine —me dice duramente—. Recibí premios y ofertas por estas casas. Me daría asco mirar esas plaquitas sabiendo que me las dieron por una idea mientras los materiales se pudren aquí.

Asiento.

—Las casas 1 y 8 están casi listas, la gente de Plansingville está trabajando gratis fuera de horario, unos pocos nos turnamos en el día…

—Págales con tus 144 millones —me dice, quitándose la chaqueta y subiéndose las mangas.

—Que te jodan, danés.

Jean no me creyó hasta abril, cuando dos de los bailarines del club de su hermano, cuyas madres viven en Plansingville, le confirmaron que yo seguía ahí trabajando. El día que me llamó me costó contestarle, porque me había caído un taladro —afortunadamente apagado— en la mano derecha.

—¿Te robaste ese dinero para dárselo a alguien? Porque si tuvieras ese dinero deberías haberme pagado a mí primero, hijoputa.

—No te debo dinero, Jean. Milly te pagó todo. Y no tengo nada: yo no robé ese dinero.

—… tú sabes que hay algo de fábula con moraleja en todo esto. Si nadie te cree es tu culpa, la verdad.

—Ya sé.

—¿Qué estás haciendo ahí, Evan? Me dijeron que la Fundación abandonó esa zona. Probablemente Milly ni siquiera sabe que estás ahí. Si lo que quieres es impresionarla…

—Lo que estoy haciendo es dejarla en paz. Pero vine a cumplir una promesa que hice, eso es todo.

—¿Y planeas quedarte ahí hasta que John se cabree de ponerte un plato delante?

—Planeo quedarme hasta que sus centros comunitarios estén funcionando.

—Tú sabes que para eso no basta con ponerle un techo encima a cuatro paredes, ¿no? Hay que meter cosas debajo. Escritorios y sillas. Computadores. Baños. Refrigeradores. Y si no tienes ni ciento cuarenta y cuatro dólares…

—No, pero planeo conseguirlos.

—¿Tienes otra hermana que desplumar por ahí?

—No, pero tengo un amigo que trabaja en la industria de que la gente te meta dólares en los pantalones, no sé si has oído de eso…

La Gran Beneficencia Gran Get It Off (the Ground) va a unir a los bailarines de tres clubes en un solo escenario, incluyendo lo que ya estamos llamando “la mayor barbacoa de salchichas jamás vista”.

Jean puede ser un quejoso, pero es un experto vendedor: unas cuantas fotos estratégicas en sus páginas, unos pocos anuncios…

y las mujeres ya están bramando por las entradas cuando se ponen a la venta.

Una vez terminado de colocar los techos, dejo a la comunidad pintando (después de que unas abuelitas negras me cubren de maldiciones por mezclar dos colores azules diferentes) y me uno al grupo de bailarines de New Orleans, donde tenemos llamadas de Zoom para coordinar coreografías con el grupo de Los Angeles.

Ellos ya se están relamiendo el gumbo y el ají de gallina que les prometimos por la visita.

Mikael, el coreógrafo de Jean —que es amigo mío—, me llama aparte para felicitarme por mantener la figura, increparme por mis gustos musicales para bailar y reírse de Jean a sus espaldas.

—¿Sabes que nos hemos ido el doble de virales que de costumbre?

—me comenta en una de esas llamadas, después de criticar mi ejecución de la coreografía de Applause que hizo para mí—.

Alguien en Nueva York nos reenvía, repostea y manda a cuentas clave.

No quiero acusar a nadie, pero ¿estás pagando por un servicio extra o tienes un experto en relaciones públicas que… ?

Claudio. Son sus cuentas. Lo busco y, tras un largo rato preguntándome cómo darle las gracias, qué decirle, le mando el emoticón de un ramo de flores.

El desgraciado me manda tres berenjenas, tres gotas de lluvia y un montón de signos dólar. ¿Por qué espero decencia de alguien así?

—Hay un éclair de carne allá afuera que, si no es de nadie, voy a comerme yo —comenta alguien en julio, después de un ensayo absolutamente agotador una semana antes de la presentación.

Hemos entroncado con las vacaciones universitarias y tenemos vendidos hasta los escalones del pasillo. Ya tenemos el dinero para amueblar el centro, y las casas, y va a sobrar para cuentas de luz y agua por un año, espero.

Pero todos esperamos tener algún extra la noche misma, y con la cantidad de publicidad que hemos tenido, los restaurantes, hoteles y cafés cercanos han decidido que nos quieren mucho y no sólo han aportado, sino que han ofrecido comidita gratis para los bailarines y el staff, y desayunos para el centro comunitario a futuro.

Creo que de verdad nada une tanto a la gente como la emoción de un proyecto juntos, aunque no sea más que un grupo de tipos moviendo el trasero.

El tipo que está en la sala de ensayos, sin camisa y en jeans ajustados, tiene un trasero musculoso gigantesco y unas espaldas a juego. Me pregunto vagamente por qué él no es nuestro póster, cuando caigo en quién estoy mirando y me quedo totalmente patidifuso.

—¿Tony?

El inversor australiano de Milly, que tantos celos me despertaba, va y me abraza, ignorando que los dos tenemos el pecho desnudo y que yo estoy transpirado tras un ensayo. Sonríe.

—¡Hola, mi amigo!

¿Ahora somos amigos?

—¿Por qué estás sin camisa?

—Es que todos estaban sin camisa. Pensé que podía ser cultural. Y hace calor —me dice encogiéndose de hombros—. Así que estás preparando un baile de beneficencia, ¿eh?

—¿Te dijo Claudio?

—Lo vi en Instagram. Pregunté en una reunión del directorio. Nadie me dio una respuesta clara, así que vine a preguntarte a ti mejor —me dice, logrando que se me entrecorte el habla—. ¿Sabes que se te ve un pene muy grande en las fotos promocionales? ¿Es AI?

—¿Dijo algo Milly?

—¿Sobre tu pene? No. No estaba, además. Fue Freddie el que dijo que tenía que ser AI.

—¿Por qué no estaba Milly?

—Me dijeron que estaba de vacaciones. Estaba su madre. Muy guapa, su madre —me dice rascándose la barba de dos días tan sexy que siempre tiene—. Oye, quiero ayudar. Me gustaba mucho tu proyecto, y quiero que lleven esas casitas flotantes mágicas con Hugh a Brisbane. Tengo unas tías ahí…

—Tony, yo ya no tengo ninguna influencia. Es con Hugh con quien tendrías que…

—Tú armaste esto. Quiero que lo hagas de nuevo —Tony me mira de hito en hito. Hay una sencilla, firme decisión ahí—. Es un buen proyecto. Ahora, ¿sirve que les dé dinero o puedo ayudar de alguna otra forma?

—¿Cómo eres bailando?

—Mi película favorita es The Full Monty —me comenta como quien dice cualquier cosa, y luego va y se baja los pantalones.

—Tony, puedes dejarte puestos los calzoncillos… no, espera. Voy a buscar unos shorts con brillos. Quédate ahí… no hay forma de que unos míos te queden: esa anaconda no entraría en los míos…

Hay aplausos detrás de mí. Tony, que no parece saber lo que es azorarse, posa.

Es por una buena causa, me repito.

—¿Evan?

Tuve que cambiar el número después de la primera semana en que se filtró que yo estaba bajo investigación y los paparazzis me cayeron encima. Le di una mini respuesta a Kitti, diciéndole que era inocente, y luego de eso, bajo órdenes de Claudio y Sebastian, cambié el número e ignoré todo lo demás.

Muy poca gente tiene el nuevo número. El cual sigue funcionando y paga Milly, debo mencionar. No lo ha cortado, lo que quiere decir que…

—Evan… te llama una mujer. No quiso decir su nombre… —me dice John, alargándome el teléfono.

Yo estaba en la ducha: casi vuelco la mesa del desayuno al agarrarlo. Cuando me lo llevo a la oreja, me arden los ojos.

—¿Milly?

—Evan… —dice una voz baja y llorosa, y se me aprieta el pecho, antes de que me dé cuenta de que no es la voz de Milly. Es Connie.

—¿Dónde estás? Connie, ¿qué pasa?, ¿estás bien?

—Evan… —gime y se echa a llorar. Me parte el corazón. ¿Qué está pasando?

—¡Connie!

—Evan, ven a sacarme… ¡me van a encerrar! ¡Juro que nunca traté de hacerte nada a ti! —gime desesperada.

Luego oigo un manoteo, y después la voz de Maddy y Armando, lejos, y luego a Sebastian.

—Evan, si eres tú, no hagas caso. Esto no tenía nada que ver contigo —dice, y corta.

Me quedo helado. Quería preguntarle por Milly, de la cual no hay nada en las redes, pero cuando trato de llamar de nuevo, el teléfono está desactivado.

Por Dios, ¿qué ha pasado con Connie? ¿Qué le han hecho a Milly?

Miro a John con angustia, que me obliga a tomar el té y me promete tratar de hacer algunas llamadas, aunque entre su paseo con el arma y mi supuesto robo seguramente somos los más indeseables de la empresa. Oh, maldita sea.

Para el día de la presentación, a mediados de julio, New Orleans parece Mardi Gras.

Jean, que viajó a vernos y a acompañar al grupo de Los Ángeles que bailará, se sorprende al ver el mar de gente afuera del teatro donde nos presentaremos.

Tiene 4.500 asientos: calculando beneficios brutos de las tres noches de presentaciones, Jean me ha asegurado cinco a siete millones sin esfuerzo, y eso sin contar concesiones, derechos de registro y asientos VIP.

Asumo que también se va a hacer un numerito no menor de “bailes privados” con los chicos dispuestos, pero cuando me levanta una ceja sin mirarme al tomar nota de los interesados, sacudo la cabeza.

No es que me esté guardando románticamente para Milly ni que tenga la idea de que ella aparecerá como en un musical en la última escena a tenderme los brazos, decirme que sabe que soy inocente y llevarme al atardecer (y que eso se vería ciertamente incómodo si me encuentra entre las piernas de otra)

No.