Lo Que Se Promete
El sol es brutal en junio, en Louisiana.
Sólo faltan dos aguadas del último techo y habremos terminado.
Me llena de vergüenza que, entre toda la ayuda comunitaria, un montón de chicos vienen después de clases y…
miden, cortan e instalan mejor que yo a sus catorce, quince añitos.
Es como si llevaran la albañilería en la sangre.
Yo tuve que instalar tres veces unas canaletas para que quedaran decentes, pero ellos corretean por los tejados como si hubieran crecido haciéndolo, y mucho antes del otoño, los tejados estarán listos.
John me llama desde abajo, agitándome una botella de agua helada: por favor sí, me muero de sed. Bajo circunspectamente por la escalera caliente al sol y agarro la botella con ansiedad, bebiéndome la mitad de un trago.
Dios mío, apesto.
—Ni los ecuatorianos trabajan el techo al mediodía, te vas a morir de insolación… —me reprocha John, echándome agua por la cabeza. Estoy tan caliente que se evapora un poco.
—Si me quisiera suicidar no sería con rayos UV —le digo, sacudiéndome un poco de agua.
John me toma del codo y me lleva a la sombra, pero desde debajo de una mata de hibiscos violentamente fucsias admiramos cómo están quedando los tejados.
Se han hecho a pulso: no teníamos dinero para un contratista, aunque los materiales estaban todos comprados, cimientos y paredes hechos según el modelo de Hugh.
Cuando llegué, literalmente con lo puesto, a decirles que la Fundación había cancelado el proyecto a pesar de los premios ganados y de todas las promesas, no parecían furiosos ni me lincharon, como yo esperaba.
Sólo preguntaron si podían usar los materiales ya comprados, y cuando les dije que sí, al día siguiente uno de los canosos abuelos del grupo se subió a una vieja escalera de pintar y empezó a martillar trapecios para vigas.
Cuando se le unieron sus nietos a la hora de almuerzo, me quité camisa y corbata y me puse a acarrearles las tablas.
Eso fue en febrero.
Los últimos días de enero fueron una larga pesadilla.
Milly, que parecía más gris cada día, dejó que los albaceas trajeran tres grupos diferentes de investigadores financieros y el veredicto fue unánime: nadie más que el presidente de la Fundación tenía todas las claves para poder acceder a las cuentas afectadas, y con el robo de líquido…
simplemente, la Fundación quedó mutilada.
Con tal de poder seguir enviando vacunas a Medio Oriente y al sur de Asia, más de la mitad de los proyectos fueron eliminados. Entre esos, Nueva Orleans.
Me dolió… entre todo lo que me dolió, eso ardía.
Pero nada dolía como la cara de Milly…
Sé que trató de creer en mí, de veras. Trató de defenderme día tras día: la pillé sacando cuentas para ver cuánto dinero podía reunir para pagar la deuda si liquidaba TODOS sus activos. Le juré que era inocente; se lo prometí de rodillas.
Pero los informes se apilaban, asegurando mi culpabilidad. Sebastian apenas soportaba mi presencia. Tenía prohibido acercarme a la Fundación y, por supuesto, a la Empresa.
Dos abogados que contacté se negaron a representarme.
Y los albaceas me hicieron saber, en términos no equívocos, que esto me descalificaba para siempre de recibir la herencia, la que había estado a un mes de recibir. Era una pesadilla y, sin embargo, aunque ya no había jueves sexies ni dormir abrazados, Milly aún no me increpaba, aún no me acusaba.
Simplemente, una noche encontré su habitación cerrada y cuando le hablé, me susurró que estaba muy cansada y quería dormir sola.
Y una semana luego, traté de besarla en la cocina, y giró la cabeza, se estremeció — se estremeció, de verdad— y musitó que la perdonara, que no estaba de humor.
Hubiera discutido contra acusaciones. Hubiera suplicado contra lloros.
Contra esos ojos distantes, no me salía la voz.
A las quejas e insultos de Armando o Sebastian se limitaba a musitar que aún estaban investigando; nunca me acusó en voz alta.
—No tengo pruebas suficientes —me dijo cuando me atreví a preguntarle, aunque sus ojos estaban desolados. Ella… tenía todos los motivos para pensarlo de mí. Ella antes que nadie.
No fue ella quien me pidió que me fuera. Fue Maddy, y no puedo culparla.
Milly casi había dejado la casa Corliss, quedándose para trabajar día y noche en el Edificio, y como yo no podía acercarme a la empresa, no podía verla.
Pero me enteré ese martes que se había desplomado en su oficina después de vomitar toda la noche, al oír a Sebastian explicándole a Maddy por qué se iba ahora mismo a la Empresa, su botiquín en la mano.
—Voy a llevarla con el doctor. ¿Y sabes que tengo que despachar otra caja de antiácidos? ¡Es la tercera este mes! Se los está comiendo como dulces, y es tu culpa —me gritó al irse.
Maddie se quedó en el sofá, una mano sobre los ojos un minuto, mientras oíamos a Sebastian salir acelerando en rumbo a Manhattan. Pero tras unos minutos, ella se quitó la mano de los ojos y me miró, cansadamente.
—Evan —me dijo en voz muy baja—. Ven, hijo mío.
Fui a su lado: me arrodillé a sus pies como un penitente, pero sus ojos parecían tan lejanos.
—Evan, me temo que estás haciéndole daño a mi hija. Yo sabía que toda esa atención y apariciones en los medios no eran para Milly, no eran para ella, pero pensé… que bueno, si la amabas…
—La amo, Maddie.
—Pero ahora está con la úlcera de nuevo en el estómago, Evan, y no me dirás que no has tenido nada que ver, ¿verdad?
Trago. Quiero repetir mi protesta de inocencia, pero no me sale la voz.
No tiene caso.
—Por favor, si la quieres, vete. No sé qué hiciste con el dinero, si lo debías o qué, pero puedo darte un poco del mío, y al menos por un tiempo…
vete. Deja que se recupere. La has convertido en el hazmerreír de todo Wall Street…
la empresa entera ha sido humillada, todos por ciegos y estúpidos…
Va a pasar un tiempo antes de que esto se olvide, y para eso… por favor, Evan. Vete.
Nunca podría negarle nada a Maddie. No cuando me lo pide con esa voz.
Llamé a Jean, que me increpó por horas y no creyó ninguna de mis protestas llorosas. ¿Cómo podría, por Dios? ¿Cómo podría nadie?
Bueno… John sí me creyó. John me fue a buscar, me instaló en su casa: está solo, su hija está recuperada ya y se enamoró de un guitarrista creole, coqueto y gordito, que la lleva a todas partes con su silla de ruedas y se llama Baptiste.
Cuando le di las noticias, intentó infructuosamente consolarme, pero en verdad no había mucho que decir.
Y solo en su cuartito de invitados, hecho una bola miserable en la camita baja, al fin pude llorar y maldecir; llorar por todo lo que había perdido.
No lloraba por la herencia: hace diez años que no tengo dinero y he sobrevivido.
No lloraba por la atención de la media, la adulación, las grabaciones de matinales o late shows, la coquetería… aunque sí, cómo me había gustado.
No lloraba por los trajes de T. E. White, o las idas a Nantucket, o las galas.
Lloraba por el respeto en los ojos de Claudio, Tom y hasta Freddie al mirarme. Por hablar de igual a igual con Armando o Aster. Por beberme una cerveza con los chicos al final del día y charlar de la minucia de la Empresa.
Lloro por la amistad de Sebastian, esa aprobación a regañadientes que me daba. Lloro por los brazos de Maddie, que me abrazaba como a un hijo, con tanto, tanto amor; el aroma mágico de su cuello.
Y lloro por Milly. Milly, que sabía lo que yo era y me amaba igual.
Me amó: lo sé, me amó de verdad, como nunca he sido amado, con una pasión que me sobrecogía como una experiencia religiosa. Me amó, se entregó a mí en cuerpo y alma, me dejó mostrarle mi mundo sucio y torcido y lo convirtió en algo tan maravillosamente limpio y risueño esos locos jueves.
Milly me amaba, y creo que yo la amaba con cada fibra de mi ser, y ahora, por eso, debe estar vomitando sangre y es la broma de Wall Street.
Una tonta seducida por su HERMANO para desfalcar la Empresa entera…
sí, ya sé cómo son los rumores. Dios mío, ¿qué le va a hacer el board?
¿Y si por este “error de juicio” le quitan su herencia? Dios mío…
Y sin embargo… pienso, al ver rayar el alba por la ventana después de una noche insomne…
Yo no fui.
Una de las primeras cosas que hicimos fue investigar si mi transferencia a Mr. Sean, el dealer, había sido hackeada de alguna forma.
Claudio usó a los mejores informáticos, amigos suyos: por una vez, los narcos habían sido honestos.
Incluso Vernet hizo algunas preguntas y averiguó: no había nadie enorgulleciéndose de sacarnos ciento cuarenta millones.
—Lo siento —me dijo Claudio, incapaz de mirarme a los ojos, pero con un ceño que indicaba que sí, le dolía decirlo—.
Según ellos, nadie sin las claves podría haber hecho el traspaso, que se perdió en una cuenta offshore en Sudamérica.
Y nadie más que tú tenía todas las claves necesarias. Quizás Milly, pero…
—No seas ridículo —gimo.
Pero aunque todo apunta a mí, soy inocente. Esta vez no estaba drogado ni borracho perdido para dudar si hice o no algo: por una vez en la vida estoy completamente seguro de que soy inocente.
Y no tengo cómo probarlo.
No es raro que todo el mundo dude de mí: soy como el chico que gritó “¡Lobo!” demasiadas veces. Pero John no es el único que me cree.
En marzo apareció Hugh: me lo encontré una mañana en que estaba ayudando a clasificar tornillos, porque para mí eran todos iguales, y los carpinteros de la comunidad casi me ahogan en el río cuando se dieron cuenta de que los estaba usando indistintamente.
—¿Ahora te estás robando los tornillos? —me dijo cuando, tras quedarme parado un segundo al verlo bajo el toldo de herramientas.
—No me robé nada, Hugh —le digo con firmeza. El danés me estudia un minuto, entrecerrando sus pequeños ojos de pestañas blancas.
—Sí —dice al fin—. Parecía un poco idiota. Pero a veces la gente hace cosas idiotas.
—¿Cómo está Milly? —pregunté con ansiedad.