Esclavo Tuyo La Historia Se Repite #3
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La Historia Se Repite #3

—¿José? —le pregunto a mediados de enero, tras una reunión.

Aster todavía no acaba de incorporar a su padre cuando José ya ha salido por la puerta, yendo directo a los ascensores.

No se voltea cuando le hablo. Tom me echa una mirada como sugiriéndome que deje en paz al viejo, pero su silencio me tiene preocupado, así que, cuando llega el ascensor, me meto dentro detrás suyo y cierro la puerta en la nariz de Klein.

José bufa.

—¿Qué quieres, Evan?

—Asumo que ya sabes que no soy yo quien está con Maddie.

—Me ha quedado claro que soy un imbécil, si eso es lo que quieres refregarme por la cara.

—Por Dios, José. ¿Por qué piensas eso? ¿No crees que puedo querer ofrecerte algo de apoyo?

—…Lo siento, Evan —me dice, y se ve realmente compungido—. A veces te miro y me olvido de que no estoy hablando con tu padre. Él sí estaría refregándomelo por la cara: siempre pensé que se abocó tanto a conseguir a Maddie porque sabía que yo la había visto primero…

—Era un total desgraciado, ¿verdad?

—Pero con un arrastre… Maddie no tuvo ninguna chance. Perdió la cabeza como tú has hecho que Milly la pierda. ¿De verdad no son hermanos, verdad? DNA y todo eso. Porque tu padre no iba a hacer ascos a follársela, aunque Maddie estuviera casada con otro en esa época…

—José —digo en voz baja—. De verdad lamento lo de Maddie. Ella parece muy feliz con Armando, al menos. Connie no, pero…

—Sí, ella me preocupa —dice José en voz baja—. Maddie siempre hace eso.

—¿Eh?

—No quiero que pase nada malo —me dice, y me mira a los ojos con intención.

El reflejo del interior del ascensor cromado es hipnótico, duplicando las luces, las figuras.

La intensidad de José parece multiplicarse en un montón de caballeros latinos de mediana edad mirándome de hito en hito—.

Teniendo en cuenta el pasado… me preocupa.

Si pudieras tener un ojo en Maddie, yo… La verdad me había quedado en el directorio para estar cerca.

Es hora de que me jubile. Tengo una propiedad en Chappadiquick que me gustaría mucho arreglar…

—¿Qué es lo que temes? —digo con aprensión. Dios mío, ¿se refiere a que Maddie eligió a mi padre, que era un bastardo absoluto? Armando parece un buen tipo, pero… y si estamos equivocados… No, no permitiré que nadie haga sufrir a Maddie.

—Tengo que informarle a Milly que, estos meses, le traspasé algunas acciones a Maddie —continúa José—.

No son tantas, pero como Milly tenía todo tan ordenado al milímetro, no quería desordenarle las carteras de inversiones y…

no es mucho. Pero para que sepas que, cuando compren mi parte, van a faltar algunas…

—José, no tienes que irte —le digo con una súbita sensación de pérdida. Este viejo siempre me desaprobó, sí, pero fue parte de mi vida desde que tengo memoria.

—No me necesitas, no con Milly al frente.

Y no soportaría quedarme de nuevo y ver a Maddie otra vez…

no. Es lo mejor para todos —dice, enderezándosepara finalmente echar a andar el ascensor.

Bajamos en silencio, pero antes de que se vaya lo asalto, le quito el teléfono, grabo mi número (y agrego una selfie dientona como identificación) y se lo devuelvo.

José emite una risita seca y se va.

Enero es un borrón.

Cubro el mini desfalco en la Fundación y me sobra para empezar el pequeño fondo con el que planeo comprarle un anillo a Milly.

Ella no tiene idea, pero cada vez que Sebastian tiene que traerme solo al Edificio, lo obligo a desviarse para pasar por la joyería favorita de Maddie, donde recuerdo haber acompañado a mi padre de niño a comprarle joyas.

Para mi sorpresa, una tarde me encuentro con Aster Gustloff en la joyería, charlando con el dueño y recogiendo una cajita de terciopelo azul.

—¿Te compraste algo bonito para lucir con tus vestidos? —le comento.

Aster arruga las cejas, pero me da una sonrisa; se ve feliz.

—Es para mi mujer. Le encantan las joyas.

—Supongo que a todas las mujeres…

—No, no. No es por lucirlas, ni por el precio ni…

—Aster se agacha, coloca la cajita en el mostrador y la abre para mostrarme una pulsera de extraño diseño: un tubo de malla hueco de oro, que parece blando y deformable, por donde, dentro de la malla, se deslizan unas cuentas oscuras—.

Mi mujer ama la belleza. Hace joyas artesanales y piezas como esta la fascinan.

Ama todo lo que es creado con arte, todo lo nuevo, es tan…

—y su ancha cara, que no es guapa y normalmente es tan inexpresiva, se distiende en una enorme sonrisa—.

Se enorgullece de la habilidad artística como si fuera suya.

Supieras la cantidad de museos que he visitado con ella…

—Vaya, Aster —digo conmovido al ver lo mucho que la ama. No imaginaba que un Gustloff cara de palo podía iluminarse así—. Te felicito.

—Hace tiempo que quería comprarle esta pieza. Con las ganancias anuales… Milly ha estado increíble. No esperaba tener estos ingresos, la verdad. Ha sido una alegría inesperada y… —menea la cabeza, guardando amorosamente la cajita en su bolso—. ¿Viniste a comprarle algo?

—Soy obvio, ¿verdad?

—Lo de Navidad fue una pancarta… —dice, y su forma de arrugar la nariz me hace sentir que tengo que hacerme amigo de este tipo—. Hay un anillo que podría quedarle muy bien, y es su color favorito…

Aster hace el primer depósito en el anillo, lo que me deja boquiabierto. Me entero de que se corre la voz: Tom, el viejo Klein, Hugh y hasta la señora Courtland añaden algo al depósito de ese anillito de diamante gris, único en su tipo, delicado y elegante.

Me tiene fascinado; Aster tiene un gusto exquisito. Vale 18.000, pero luciría tanto en su mano.

Y sólo faltan 7.000.

Si todo sale bien, el primero de marzo estará en mi bolsillo y el dos de marzo en su mano.

Hugh condesciende en regresar para las dos premiaciones en los primeros días de febrero: el clima ha mejorado y la salud de Maddie también, por lo que es llevándola a ella del brazo que Hugh acepta ambos premios, que gana por una mayoría aplastante.

Los aplausos a su diseño me emocionan; Milly, a mi lado, lo aplaude a rabiar, pero nos mira como si no fuera el dinero que ella gana lo que nos permite poner en marcha el proyecto.

Hugh se va viral con su discurso de agradecimiento, por supuesto.

—A mí me parecía obvio que si vas a construir sobre agua tiene que parecerse a un barco y no a una casa.

Sentido común. Nadie tiene sentido común hoy en día —suelta, con su trofeo bien abrazado, pero frunce el ceño—.

Donen dinero para la reconstrucción en las comunidades ribereñas inundadas en Texas en vez de aplaudir —acaba, antes de mirar a la cámara y agregar—: Texas, acabo con New Orleans y tú sigues, para que sepas.

Lo aplauden a rabiar. Le toman un montón de fotos: Claudio, Tom y yo aparecemos también, e insisto en que Lily —que ha coordinado todo el acarreo de material para John en New Orleans— pose también, muy rosada en su traje blanco.

Esa misma noche la comunidad asiática se obsesiona con ella, pero Claudio lo esperaba, lo sé.

El primer jueves de febrero, Milly y yo probamos sexo en una piscina olímpica arrendada privada y, vaya, casi nos ahogamos, pero mi nadadora me salva, y por Dios cómo nos gusta.

El fin de semana siguiente nos vamos a Nantucket con Maddie, y Armando se nos une para una cena, pero no Connie. Cuando le pregunto, frunce el ceño.

—Tuvimos una discusión. Está incontrolable.

No sé qué hacer con ella, la verdad. Pero este año entra a la Universidad, y aunque originalmente habíamos pensado en un community college para que no se alejara de casa, Maddie me ha hecho ver que quizás es justo espacio lo que necesita, aprender a valerse sola…

Hablé con el director de la Universidad de Maine, que es amigo mío.

Va a empezar en marzo, un trimestre de prueba.

—¿A Maine? —le digo yo con acidez—. ¿Por qué no Alcatraz mejor? Queda más cerca y hace menos frío…

—Oh, shush, Evan. Connie es una chica grande y tiene que probar sus alas. Yo era igual. Es tan sexista que no quieran dejarla probar… —me reconviene Maddie, haciendo que Miriam nos sirva un buen café con leche.

Armando, al que se le cae la baba cada vez que ella le besa el pelo, asiente y pronto están secreteándose en un sofá como dos colegiales enamorados. Yo me vuelvo a Milly, que está, irritantemente, en la misma posición con Sebastian.

Voy y me siento al medio inmediatamente, por supuesto, usando mi trasero para separarlos.

—Lo que yo quiero saber —digo interrumpiéndolos— es si hay alguna forma de que te tomes unas vacaciones. Nos tomemos unas. En marzo. Ni las gallinas ponen huevos todos los días. Sebastian, dile.

—¿Hay algún lugar donde quieras ir? ¿Algo que quieras ver? —me dice ella dulcemente.

—¿El techo sobre nuestra cama para empezar?

—No se puede hablar con ustedes dos…

Sebastian hace amago de pararse, así que lo inmovilizo girándome sin volcar mi taza, plantándole las piernas en el regazo y mis hombros en el regazo de Milly, al mismo tiempo que le hago ojos de gatito, que nunca fallan en derretirla.

—Cuéntanos qué pasa con tu hermana. Te la has pasado yendo de visita; creo que has superado el millón de millas en ese auto ida y vuelta… ¿hay algún secretito? ¿O es tu “hermana” así como, bueno, la mía…?

—No, porque no soy un cerdito como tú —me suelta Sebastian, intentando infructuosamente evitar que yo cruce las piernas encima de sus rodillas—. Le he comprado una casa antigua y estamos remozándola. Ella y sus hijos están mucho más cómodos que en el apartamento horrible donde estaban.

—Debiste haberme dicho antes para hacer algo —dice Milly, seriamente.

—Lo hiciste. Se la compré con lo que gané en mis acciones en la empresa —dice él, con tanta ternura que Milly se sonroja—. Igual que mucha gente este año, de tus empleados, Milly…

El jueves por la mañana estoy relamiéndome pensando en que ella tiene prometida una sorpresa para la noche, así que es con pasitos felices que paso a la cafetería a buscar su té desabrido y mi café, y valseo hasta su oficina, planeando molestarla un rato antes de largarme a la Fundación a molestar a Lily.

Pero cuando llego hay algo raro en el ambiente: está Aster, y también un tipo de finanzas que no conozco, que se largan en cuanto me ven. Y Milly, muy pálida, está recostada en su sillón, mirando su teléfono sobre el escritorio como si fuera una culebra viva.

—¿Milly? ¿Pasó algo? No me digas que el Arcade…

—Evan —dice ella con un hilo de voz—. Siéntate.

—¿Le pasó algo a Maddie? ¿Está todo bien? Milly…

—Me acaban de llamar los albaceas. Hay… un desfalco.

—Pero pensé que ya habían revisado toda la empresa.

—Sí. Revisaron toda la empresa y no encontraron nada —dice, juntando los dedos en su regazo. Dios mío, ¿le están temblando?—. Así que entonces decidieron revisar la Fundación.

Oh.

Ya entiendo. Atraigo una silla y me siento a su lado, extendiendo una mano aplacadora.

—Ya sé… deja que te explique. No quisimos molestarte en ese minuto, Sebastian lo sabe también… Habíamos hecho un fondo para cubrir las deudas de Charles y Vernet no pudo cumplir con su parte; en la emergencia recurrí a la Fundación. Ya lo repuse, no pasa nada…

—¿De cuánto eran las deudas de Charles? ¿Cuánto sacaste? —me dice Milly, y su voz es severa. Metálica. No se la oía desde que fue a buscarme. Pero lo que me asusta al mirarla a la cara no es esa voz helada y tranquila. Es que tiene los ojos llenos de lágrimas.

—Era un millón cuatrocientos. Lo repuse, no tienes que…

—¿Un millón cuatrocientos? —dice ella, y se pone de pie lentamente—. Entonces, ¿por qué hay un desfalco de ciento cuarenta y cuatro millones, Evan?