La Historia Se Repite #2
El alivio que me inunda me deja lacio como un trapo.
Cuando me agarra del cummerbund para enderezarme y se encuclilla a ambos lados de mis muslos, al fin veo sus ojos oscuros tan cerca, y no sé qué clase de hambre enloquecida me brota, pero le agarro la cara con ambas manos, presiono mi boca contra la suya como si fuera agua para un sediento, necesitando sus besos con una desesperación que no comprendo.
El único punto de salvación.
Mi única respuesta.
Ese espejo que necesito…
—Los decepcioné a todos… les fallé a todos… —gimo contra su boca—. Soy basura… un mentiroso… un prostituto… un drogadicto… un fracaso… soy un fracaso, Milly…
Una bofetada, seca. Pero creo que esta es para calmarme, porque incluso yo oigo el quiebre en mi voz, una súbita sima de histeria.
Milly tira de mi brazo, tira de mi camisa, y no sé cómo logra levantarme y hacerme tropezar hasta el gran sillón de cuero, pero luego vuelve a mi regazo. Esta vez pegada a mí, tan cerca que veo cómo su aliento mueve las mechitas que le caen sobre la cara.
—No, mi amor —dice, hundiendo los dedos en mi pelo, mirándome a los ojos tan profundo—.
Evan, mírame. Óyeme bien. Fuiste un fracaso, si quieres, un mentiroso.
Pero sobreviviste, no importa cómo. Sobreviviste, fuerte y capaz, y ahora…
ahora has regresado. Has regresado a casa.
La gente de la Fundación te ama y confía en ti.
La directiva te respeta. La media te adora.
Sebastian, Freddie, Charles, Lily, John…
todos te quieren. Y yo te amo con todo el corazón.
Trato de responderle, pero cierro la boca y aprieto la mandíbula, porque lo que salió fue el preludio a sollozos de niño.
—Evan, repítelo. Soy un buen hombre y me aman.
Trato. No sale. Es como si alguien —mi padre, pienso supersticiosamente— me apretara el cuello, no me dejara decir una mentira tan grande…
—Evan —insiste ella, besándome la mandíbula, el hombro, acariciándome el pecho.
Y es como si algo se rompiese. Por un segundo, de veras pienso que ha sido un infarto y me ha estallado el corazón, y mi última preocupación consciente es besarla antes de morirme.
Pero sólo jadeo como un fuelle… y supongo que tengo que darle las gracias a mis años de barra y tacones, porque no sé cómo paso los pies bajo ambos y, hop, en un salto estoy sentado en los talones con ella en el regazo, sujeta por la cintura, sus piernitas aleteando al tratar de mantener el equilibrio, y al siguiente hop estoy de pie, con ella bien apretada contra mi pecho.
Guío sus piernas a rodearme la cintura y me muevo tan bruscamente que todo lo que había en el escritorio se va al suelo cuando la aparco ahí como un bulto y me echo encima.
Ella no lucha; antes bien, a pesar de mi frenesí, rodea mi cuello con sus manos, aun mientras brego con sus pantaletas y los estúpidos ganchitos disimulados de mi tuxedo… tironeo… al carajo, RIIIP, y me tomo a mí mismo en mano, ahora inexplicablemente erecto.
La sensación de ahogo en mi pecho, en mi garganta, es muy parecida a lo que siento en las pelotas cuando estoy desesperado por eyacular.
De alguna forma creo que si logro hacerlo —hacerlo en ella, dentro de ella— toda esa presión que hace que me lata la cabeza se aflojará, acabará al fin.
Ella engancha las manos en mis hombros asintiendo, diciendo algo que suena como consentimiento y deseo, pero no me detengo a estar seguro: un momento luego estoy dentro y la presión en mi cabeza, en mi pecho, entre mis ojos, en mis pelotas va a matarme, voy a explotar como una granada madura…
—¡Evan! —gime ella bajo mis embates. Estoy siendo brusco, violento: el cabello de ella, sus senos, se sacuden a mi energía, pero no puedo detenerme.
La aprieto más contra mí con un deseo vago de protegerla, de consolarla por la misma violencia que ejerzo; perdido dentro de mi cabeza, me pregunto si luego me odiará, me reprochará por todo este desbarajuste, lo que arruiné su escena, mi escapada del libreto.
Soy yo quien la domina ahora, y aunque sudo y olas de placer me suben por la espalda, irradian haciendo temblar los músculos de mi vientre, no consigo el alivio, no logro llegar.
A pesar de que ella me clava las uñas en el antebrazo y veo la lubricidad del orgasmo en sus ojos; a pesar de que mi cuerpo goza tan descaradamente, hay algo… algo que no puedo…
Mi cabeza arde… Con los músculos de los muslos estremeciéndose, cargando todo mi peso sobre ella, apoyo mi frente sudorosa en su pecho, oyendo su corazón, ese corazón que me ama, que confía en mí…
Te amo, quiero decir. Ámame, aunque no te merezca. Cree en mí; si tú crees, nada importará, nada más, nunca más…
—Soy un buen hombre y tú me amas —barboto en cambio, sin sentido. Y ella, sonrojada y orgásmica, asiente, me cubre de besos, y…
…una vez me metí una cantidad excesiva de fentanilo y tuvieron que traerme de vuelta. Cuando me trajeron a punta de desfibrilador, estaba echando fluidos por todos mis orificios como un surtidor.
Esto es peor.
Todo mi cuerpo se arquea, su mano en mi nuca y la presión de su vagina reteniéndome entre sus piernas, y es como si me hubieran electrocutado.
El orgasmo me recorre como una ola que estalla contra las rocas: pierdo pie, aplastándola mientras convulsiono; creo que toda la sangre abandona mi cabeza, todas mis extremidades, se me van los ojos atrás y mis venas se llenan… no sé si es plomo o helio…
—…te amo, te amo, Evan… y sé que eres un buen hombre, sé lo mucho que has cambiado, y estoy tan orgullosa de ti, mi amor…
Besos tenues, caricias.
Parpadeo.
He bencheado pesas triples que me han costado menos que lograr enderezarme ahora en los codos. Uno me duele: lo tenía apoyado en un clip.
El escritorio es un desastre. Cuando logro encontrarme los pies para empezar a enderezarme y sentar a Milly, veo la incómoda posición en que la tenía, medio tendida en esa mesa dura, el borde seguramente clavado en las nalgas con todo mi peso encima. Oh, Milly.
Ella me sonríe dulcemente, y sus ojos son tan amantes que me pierdo en ellos.
Tomo el chal del sofá y la envuelvo: no sé cómo pasó, pero su sexy trajecito está hecho trizas.
Muy delicadamente, porque mis articulaciones tampoco funcionan bien aún, la acomodo en el sofá y me arrodillo en la alfombra, junto a sus rodillas.
—…Evan… —ella abre un poco la manta, ofreciéndome echarme a su lado, pero no sé cómo explicar lo que quiero. Esa presión espantosa se ha ido, pero aún queda el nudo en mi garganta, que lentamente parece empezar a desatarse mientras miro su rostro. Sí, como amarras demasiado tensas.
La miro, siento su mano bienhechora y posesiva en mi pelo…
…y me echo a llorar en su regazo como no he llorado en mi vida.
No sueno como un hombre llorando: sueno como un niño, un chico, llorando de miedo, de angustia, de dolor. He llorado tantas veces en esta habitación: ¿es eso lo que me hace llorar ahora, simple adiestramiento, o…?
No.
Nunca en todas mis lágrimas y mocos en este cuarto había habido manos suaves en mi cara, secando mis lágrimas, alargándome pañuelos de papel, acariciando mi pelo, apretujándome contra senos tiernos.
Nunca había habido amor al otro lado de la violencia: palabras de amor diciéndome que soy suficiente, que soy bueno, que me aman.
Brazos llenos de afecto que me enlazan y me arrastran al cuarto de baño, me asean como a un niño, me acomodan en la cama con sábanas que huelen a ella y completan el tratamiento convirtiéndose en otro edredón —éste hecho de piel tan amada—, envolviéndome hasta que mi corazón está tibio a fuerza de besos.
No me quedan lágrimas cuando ella al fin se duerme exhausta, pero me quedo ahí con los ojos abiertos viendo nevar a través de la ventana, mis brazos como un cerrojo apretados alrededor suyo.
Soy un buen hombre y merezco su amor. Confío en ella con mi vida y, si ella lo cree, pues debe ser cierto: normalmente tiene razón, ¿no la han visto manejar una de las empresas más grandes del país?
Algún día voy a resarcirla de todo este año de mierda que ha tenido que aguantar por mí.
Un día voy a hacer algo tan magnífico y maravilloso por ella —aunque aún no se me ocurra qué— que se equipare a este rescate que ha hecho, mi paladín blanco, de mi alma.
¡Y Maddie todavía me pregunta si estoy seguro de querer casarme con ella!
Duerme, mi amor. Cuando despiertes, aquí estará el hombre que has recreado: un buen hombre. Y ese hombre va a hacer que te atragantes de té y rollitos de canela. Pero ahora, duerme…
Pasamos Año Nuevo desnudos en el penthouse, Maddie pasándolo en lo que parece haberse vuelto tórrido con Armando. Sebastian pasa a buscarnos el primero al mediodía y nos damos un día de descanso antes de volver al trabajo.
Milly está radiante cuando el MIT también anuncia que quiere premiar el diseño de Hugh.
En la Fundación, cuando regreso el dos de enero a trabajar, han impreso globos con la cara de Hugh, lo que él parece considerar superior a ser nombrado caballero por la reina de Inglaterra; y estalla en carcajadas cada vez que le mostramos uno en las videollamadas.
Ya tienen todos los materiales de construcción: están esperando a que afloje la lluvia para acabar los tejados y luego…
Quizá el primero de marzo podamos inaugurar los centros sociales y algunas casas prototipo, si nos movemos rápido…
Pero me preocupa José.
La ruptura con Maddie parece haberlo afectado mucho. En las últimas reuniones ha estado silencioso y hosco, casi ausente. A pesar de los magníficos números que Milly ha conseguido y de todos los honores para la Fundación, su ceño no ha aflojado. Entiendo que perder a Maddie es muy duro, pero…