Esclavo Tuyo La Historia Se Repite
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La Historia Se Repite

La casa está silenciosa: incluso Miriam, que normalmente no se despega de Maddy ni con espátula, se ha ido a su casa por Navidad.

A pesar de lo feo que es este cubo de ladrillo, se siente como llegar al hogar, y mientras Milly enciende las luces y se quita el abrigo y los tacones, me siento frente al estiloso árbol Ralph Lauren que Maddy instaló, sus lazos relucientes.

Me pregunto cuándo esta casa se convirtió en mi casa, este año, tras no serlo durante toda mi vida.

—¿Quieres comer algo? —me pregunta ella, regresando descalza y quitándose las joyas para colocarlas en una cajita en forma de concha que deja en el arrimo—. Hay néctar de manzana si tienes sed…

—Nada, comí tanto de esas tartaletas… —extiendo las piernas: el tuxedo es muy cómodo, pero tengo los pies cansados—. Si quieres acostarte, ve a la cama, te sigo en un ratito… me siento muy despierto —confieso—. No sé si ha sido el viaje o el frío, pero aunque son las cinco no tengo nada de sueño.

Milly se sienta frente a mí con un vaso de néctar y lo bebe, recogiendo las piernas al sofá.

—Es curioso: yo tampoco. Creo que aún tengo adrenalina de la gala. Fue…

—Sí —asiento; sé lo que quiere decir—. Lo fue. Y me imagino que la media está divirtiéndose, pero no tengo ganas de ponerme a leer historias sobre nosotros. Simplemente no creo que pueda dormir todavía.

—Quizás yo pueda hacerte pensar en otra cosa… —me dice ella, una chispita en sus ojos. ¿Eh?

Soy el perrito de Pavlov, definitivamente. Ella se endereza, baja el cierre oculto en la cintura del vestido rojo, lo que lo afloja y profundiza muchísimo su escote, y mi cuerpito está todo ON.

—Pero no es jueves —le digo, mi sonrisa de oreja a oreja.

—Tenía algo preparado para el jueves; podemos adelantarlo, no necesito mucho… —dice ella con un mohín. Oooh, oooh.

—Fantástico. Ya me tienes pensando en otra cosa. ¿Es una de esas poses de sacacorchos del Kamasutra o…?

—Humillación/alabanza —dice ella, y por un minuto parece insegura—. Escribí todo un guion y lo memoricé, pero es una idea, sólo si…

—Hagámoslo —murmuro—. Aunque la verdad te va a costar encontrar un insulto que puedas largarme que no sea cierto. ¿Puto? Check. ¿Indigente? Check. ¿Fuckboy…?

—Pensé que era una buena idea hacerlo —me dice, su mirada enigmática. Cuando va a la cocina y vuelve con dos bebidas energéticas me echo a reír.

—Me tienes esperanzas, ¿eh?

Al fin subimos y me indica que la espere en el estudio mientras va a cambiarse de ropa, pero la idea de revolcarnos con mi elegante tuxedo, que ya está un poco arrugado, es tan sexy que me lo dejo puesto.

La vista desde el estudio es maravillosa: se ve todo Providence nevado.

Acá no ha llovido, y las luces de Navidad de todo el pueblo se reflejan en el manto blanco, e incluso en la parte baja de unas nubes cargadas de nieve. Es una visión preciosa.

Me giro, y mando estrellitas y palomitas de luces al carajo.

Esto sí que es una visión preciosa: mi dulce Milly, con el pelo recogido en un moño severo, usando tacones con plataforma de ocho centímetros, sostén y panty negro de satén, portaligas y guantes.

GUANTES DE MALLA. Si la visual calentaría a absolutamente cualquier hombre como una olla al fuego, la idea de ella comprando sus cositas pensando en mí me derrite por dentro.

Sé que mi expresión debe ser graciosa, porque ella me saca la lengua un minuto antes de volver a la escena.

—Vas a sentarte ahí, en esa silla, y seguir mis indicaciones. Si algo te disgusta o te parece demasiado, por favor no dudes en decir tu palabra de seguridad. No voy a atarte ni a amordazarte, y sólo pido tu permiso para un par de palmadas. ¿Está bien eso?

—¿Con esos guantes? Por favor —digo, volando a la silla y balanceando los pies—. ¿Éste es mi regalo de Navidad, verdad? He sido un niño muy malo, malísimo…

—Evan —me dice ella con suavidad—. Sí, has sido un niño malísimo.

Su tono me eriza el vello. Es íntimo, pero serio. Va hasta mí y se sienta en mi regazo a horcajadas, acariciándome el mentón.

—Sé que cuando empezamos esto, sólo lo hacías para seducirme y conseguir que te diera un buen reporte…

Oh. Oh, ya veo por dónde va esto. Esto no es castigo para mí.

Esto es catarsis para ella.

Me quedo callado: no tengo cómo defenderme, y no debería. Ella tiene razón. Pero la miro a los ojos, dejo que vea todo el honesto amor que siento.

—Estabas jugando conmigo. Eso, más que todo lo que hiciste estos diez años a tantas mujeres que caían por tu belleza, es lo que te hace una mala persona.

Mala persona.

¿Por qué esas palabras me pinchan inesperadamente? Me han llamado tantísimas cosas peores. Pero las palabras me duelen, y de pronto, con frío en el estómago, recuerdo.

En este mismo estudio.

La mano de mi padre como una pinza en mi brazo, un sacudón, su cara roja de ira.

—A pesar de que tienes todo en el mundo, ¡eres una mala persona, Evan! Hay algo malo en ti, pero no voy a dejar que digan que un hijo mío es un criminal, un bastardo sin moral ni principios…

—No tienes moral, ni principios. Hay algo malo, peligroso en ti… —está diciendo Milly, y el frío del recuerdo me sube por la espalda.

¿Vale la pena detenerla, arruinar el juego?

No: va a parecer que le discuto las verdades que me está diciendo, que está sacando de su corazón… y que me merezco.

Pero mi excitación se ha ido de paseo al reconocer esa inflexión familiar en su voz, aun más que las palabras.

La crió mi padre. No es raro que use los mismos términos, la misma dicción. Pero este entorno, la sombra familiar de los muebles por el rabillo del ojo, incluso la luz de las dos lámparas… me lleva al pasado.

Me transporta.

No: estoy allí.

“Cada día encuentras una forma nueva de decepcionarme contigo.”

—Cada vez que me coqueteabas, que te lanzabas… yo sabía que no debía aceptarlo, porque para ti era un juego, pero siempre habías sido mi sueño. Tenía esperanzas de que fueras sincero, pero cada vez que me daba cuenta de que fingías, me decepcionaba un poco de ti…

“No sé en qué momento te convertiste en esto.”

—No sé qué pasó en tu adolescencia para que acabaras donde acabaste, pero estuvo mal… muchas de las cosas que hiciste estuvieron mal, aun para un adolescente.

“Hubo un tiempo en que creí que podías enderezarte. Ese tiempo ya pasó.”

—…parecía que nos odiabas, y padre quería tanto enderezarte, ayudarte…

creo que se veía reflejado a sí mismo en cosas tuyas.

Pero… sé que pareció rendirse contigo, pero cuando me pidió que te encontrara y dejó todas las directrices con los albaceas…

no se rindió, Evan. Quería que si él no pudo, yo te trajera a casa…

No quiero oír esto. Las manos suaves de Milly en mis mejillas me hacen daño, como una caricia sobre una herida. Pero sigo ahí, inmóvil, oyéndola. He oído tantos insultos, tantos reproches, y nunca me ha importado porque la mayoría han sido verdad, pero esto…

“No sé si es que no tienes conciencia o simplemente no te importa nadie.”

“No sabes lo humillante que es reconocer que eres mi hijo.”

—…era humillante darme cuenta de que para ti solo era un juego, una forma de asegurarte.

Pero aunque yo quería resistirme, o solo tomar el placer…

mi corazón siempre había sido tuyo. Estaba decepcionada de mí misma, pero sentía que había algo cruel, algo torcido en ti, algo que no podía enderezarse…

era cruel… eras… al prostituirte así nos envilecías a los dos…

“No estoy seguro de que haya algo bueno en ti, Evan.”

“Hay algo torcido en ti que no logro enderezar.”

“Eres una decepción que no quiero seguir justificando.”

Quiero decirle que pare, que se calle, que no soporto esto, pero se me ha secado la boca y siento los brazos… adormecidos.

Milly se levanta; ya no está sentada en mi regazo. De pronto empuja la silla y… aunque termino de espaldas en el suelo, la sostuvo para que no hubiera golpe. Se endereza, tan alta ahí sobre mí, y de pronto ese zapato, con su enorme plataforma y el taco aguja amenazante, me presiona el pecho.

—Reconócelo, Evan. Di que decepcionaste a padre y a mamá. Que trataste de engañarme a mí. Que usaste a tantas mujeres…

—Milly… —gimo sin voz.

Tengo el pecho tan apretado… un dolor que no tiene nada que ver con el peso del zapato irradia desde mi esternón. ¿Estoy teniendo un infarto?

Espero que solo sea pánico…

Trago, me esfuerzo a calmarme, levanto una mano para tocar su tobillo.

—Milly… no quería hacerle daño a nadie al comienzo. Solo… quería llamar la atención, supongo. Pero una cosa llevó a la otra y…

Presión.

Ahora sí siento el tacón. Me está costando respirar.

—Dilo. Di que lo sientes. Di que no lo harás nunca más, Evan —dice ella, moviendo su centro de gravedad para pesar más.

Más allá de ese tacón, de las medias con encaje, de su cabello suelto… deben estar sus ojos oscuros, que siempre han sido dulces y amantes para mí, pero no los veo.

Solo veo el reflejo de la lámpara cegándome.

He estado tirado en este mismo suelo, antes. Mi padre gritándome. Pegándome. Sentí su zapato alguna vez, también. El quiebre en su voz que me decía que estaba perdiendo el control.

Ese quiebre… ese sonido que me avisaba que venía violencia.

Cada vez que hacía algo y sabía que iban a descubrirme, estaba en tensión, como ahora. Esperando ese momento. Ese quiebre en su voz. El anuncio de la violencia.

Después de la paliza, me sentía… limpio. Aliviado. Se había terminado.

Mientras estuviera pegándome, me miraba…

—Milly —gimo, mi mano temblando en su tobillo—. Milly… los decepcioné a todos… no te merezco… pégame…

¿Ella lo entiende? ¿O solo confía en mí? ¿O me obedece? No lo sé.

Pero se inclina, todo su peso en ese tacón y… su mano me da vuelta la cara con esa fuerza explosiva que tiene.