Esclavo Tuyo Donde Miras tu Reflejo #2
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Donde Miras tu Reflejo #2

— No, la forma más rápida que te hagan trabajar es que la gente piense que sirves para algo y a mí me gusta mucho ser vago.

(*risas*) Oliver, en serio… fui a desmentirlo no tanto porque Mildred fuera a ofenderse por el despropósito o porque me importara tanto.

Fui más bien porque me enojó: Mildred se pasa la vida esforzándose por sacar la empresa adelante, con ganancias para todos, y un tipo resentido porque ella lo rechazó intentaba crear rumores estúpidos…

¡usándome! Y ya sé que todo el mundo quiere creer en el excepcionalismo, Oliver, pero generalmente, el tipo que tiene razón es el que tiene los posgrados y se acabó.

Mildred es una CEO brillante, le moleste a quien le moleste, pero es la realidad.

(*aplausos*)

— Muy adecuado, ir al rescate de tu hermana. Yo tengo una y no le tiraría un flotador si se ahogara… es parte de ser hermanos…

— Quizás sea un buen momento para recordarte que Milly y yo nos somos hermanos en realidad, Oliver. Mi padre se casó con su madre cuando los dos ya, bueno, existíamos. Mi padre la adoptó legalmente, pero…

— Ahora me confundes. ¿Tu hermana es un genio, pero le refriegas que es adoptada? ¿Qué pasó, se comió tu cereal? Si se pelearon, lo que de paso, es lo más hermanos que puede existir…

— Sí, mira las bromas de “ tú eres adoptado” en mi familia son diferentes porque son ciertas…

— le digo, antes de volverme a la cámara y clavarle la vista, echándome atrás en el asiento, tan intenso como puedo.

— Pero tengo. Muy. Importantes. Motivos.

Para que quede muy claro que Milly y yo nos somos hermanos en lo absoluto.

(*ooohs de la concurrencia*)

- ¡Ooooh! ¿Motivos que me vas a contar?-

- Motivos que después de Año Nuevo todo el mundo va a saber, qué te parece.- digo, cruzándome de brazos y piernas entre los chilliditos del público.

Las páginas de chismes deben estar volviéndose locas…

—Las páginas de chismes se están volviendo locas.

Si lo que querías era enterrar el famoso artículo de Dickie, bien hecho.

Si lo que querías era calmar el paparazzeo de ustedes dos, eres pésimo en ello —Claudio, con un tuxedo azul exquisito, me recibe en la entrada de la Gala (otra vez en Chez La Cariossa).

Yo me he puesto el smoking más elegante que fue capaz de hacerme T. E. White, me peiné y hasta me pinté un poco las pestañas, porque quiero verme increíble y atesorar las fotos de hoy. Sebastian viene con las chicas; yo me vine un poco antes para revisar todo.

Mientras converso con el catering y saludo con la mano a los periodistas apilados afuera (voy a mandarles un poco de sidra tibia; está lloviznando encima de la nieve) me inunda por un momento un sentido de irrealidad.

La Navidad pasada Jean nos regaló nuevos trajes a todos y la pasé en una fiesta salvaje toda la noche, justamente para chicas que no tenían con quién más pasar su Navidad.

Me acosté con dos, que pagaron unos extras altísimos, y estábamos tan ebrios que, aunque no lo hice muy bien, ellas se durmieron casi enseguida.

Recuerdo ese amanecer gris de lengua pastosa, resaca, mis muslos pegajosos de chicas de las que no me acordaba el nombre.

Recuerdo haber apartado mi mirada al verme en el espejo, casi como si pudiera oír la voz de mi padre diciéndome la basura que era.

No importaba si esas chicas habían pagado diez mil dólares por mí: era una basura.

Ahora me miro en el espejo dorado que decora una pared entera en La Cariossa, vestido con el tuxedo más elegante que he visto, tras pasarme el día en una motocicleta ayudando a la gente lo mejor que puedo, y a punto de comprometerme con la mejor mujer del mundo.

La cual hace que me corra hasta que me zumban los oídos.

Y me quiere de verdad.

El Evan del espejo está un poco menos tostado, menos musculoso, y tiene una luz en los ojos que ninguna cantidad de glitter me dio mientras bailaba. Me tomo una selfie y se la envío a Jean.

::Gracias por todo y feliz Navidad, jodido bastardo::

::Te estás poniendo gordo, Evan::

::Espero que les llegue clamidia otra vez a todos ustedes::

::Feliz Navidad, ojalá que Mildred te devuelva al callejón…::

Oh, no soy el único que fue al extremo para lucirse hoy.

Maddie llega en un azul rey pavo real electrizante; su triángulo geriátrico amoroso con José Mancini y Armando Mena me tiene fascinado.

A Armando casi se le salen los ojos de las órbitas cuando la ve; Mancini traga y la mira pasar como un perro a una chuleta.

Está radiante, y va con las manos tendidas a besarme: estoy convenciéndola de la bienvenida y el discurso de entrada cuando veo a Sebastian bajar la escalinata con Milly del brazo.

…Sebastian debe haber hecho lo que le pedí.

Y es terrible.

El vestido en sí es maravilloso, de un rojo amapola radiante.

Pero ahora entiendo por qué ese estilista la dejó con la indicación de vestirse en tonos dignos de camuflaje.

El vestido se la traga como un Pac-Man. Simplemente, los tonos de su piel y su pelo son demasiado pálidos y cenizos para tonos vivos: desaparece.

Un maniquí lo luciría con más personalidad, mientras que los colores grisáceos y sucios la hacen brillar como una perla…

eso me pasa por meterme donde no me llaman.

Y sin embargo me sonríe tan coqueta y feliz, extendiendo el ruedo con ambas manos, que por supuesto que le sonrío.

—Te ves maravillosa —miento con toda la boca. Oigan, era puto y gigoló, hacía todo el trabajo. Soy un mentiroso profesional.

Ella me da una sonrisa cegadora: hay algo nuevo en sus ojos, algo tierno y esperanzado.

Le echo una ojeada a Sebastian, curioso, pero la forma en que él sostiene su mano mientras ella pone la otra alrededor de mi brazo, tiene algo…

no sé, hay una emoción ahí. Aquí hay otra conversación de la que no me enteré.

—Cuídala mucho, Evan —me dice Sebastian, su voz ronca, y se va bruscamente al bar.

Siento a Milly acariciándome el brazo, y me prometo tener una charlita con él luego, pero me giro para inhalar el pelo de ella, esta vez no en su habitual moño apretado, sino en un chignon artístico. Entrelazo sus dedos en los míos y beso sus nudillos, lo que la hace hacer un gorgorito.

—Vamos a abrir el baile; este año no tienes que tolerar a Dickie. Quizá esté haciendo pluriempleo como Rudolph con su nueva nariz.

La carcajada de Milly me hace feliz. Pero no tenemos mucho tiempo para explicarle: Maddy sube al escenario y la orquesta empieza una dulce versión de White Christmas, hasta que ella toma el micrófono.

—Buenas noches a todos. Es un orgullo poder reabrir la Gala Wexstone de Navidad con tantas buenas noticias: con el apoyo del Directorio y de la Fundación, podemos decir con seguridad que este año ha sido transformativo, desafiante y renovador. Cada cambio nos ha fortalecido, ¡y es hora de celebrar!

Maddie sabe animar a la gente: sus ojos chispean, hay aplausos, risas. Juro que a veces podría creer que ella es mi madre y mi padre, y que sus habilidades para los negocios son las de Milly.

—…ganancias récord, una inspección del IRS impecable, y todos vieron hoy el Operativo Blitz de mi hijo Evan —agrega con animación.

Hay gritos, más aplausos: se reparten copas de champaña discretamente mientras Maddie sigue hablando.

—El proyecto Nueva Orléans de la Fundación ha sido nominado para el Premio Americano de Arquitectura, y con la dirección de mi hijo, la Fundación ha llegado con ayuda a diecisiete países diferentes…

Oh, Maddie. Ella sigue parloteando sobre la Fundación, pero aunque estoy muy orgulloso, me azora un poco que no le dedique ni una palabra a Milly, cuyos esfuerzos en la empresa generan el dinero con el que yo hago todo eso.

La miro de reojo, pero ella no está prestando atención, los ojos un poco desenfocados mientras mira fascinada la decoración.

Y es cierto que este año Claudio fue al extremo: árboles dorados, ramos de poinsettias, enormes gigantografías de Navidades tradicionales… hay algo nostálgico y a la vez prometedor. ¿Estabilidad? Sí, creo que ése es el tema.

El convencimiento de que todo saldrá bien.

Maddie dirige un brindis sobre el futuro. Milly y yo tenemos copas con ginger ale: Claudio pensó en todo. Miro de reojo a José y a Armando, los dos encendidos como árboles de Navidad mirando a Maddie brillar, y meneo la cabeza.

—Vamos a tener una pelea a cuchillo y te vas a quedar con un directivo menos si no se decide pronto.

—Le gusta más Armando, pero Constanza no la acepta y José tiene un porcentaje más grande de acciones de la empresa.

Además, quedarse con José sería más escandaloso, ya que fue el mejor amigo de nuestro padre —me telegrafía ella, un deje de reprobación en su voz—.

Le he dicho que deje de jugar, pero no me hace caso…

Los aplausos son ensordecedores, y Maddy baja del escenario para darnos un abrazo, besarme en las mejillas y arreglar el pelo de Milly. Tom se acerca a nosotros mientras empieza la música, y ¿a quién no lleva de la mano si no es a Charlene?

—Hola, Evan —me dice ella con alguna dulzura.

Puedo ver que Milly se tensa por un momento, lo que es asombroso: no pensé que siquiera se acordara de que había salido con Charlene, pero se relaja cuando Tom le rodea la cintura con el brazo.

—Quería saludarte… tenía que contarte, todo ha sido tan rápido…

—Felicítanos —dice Tom, muy engreído. Me alegro por ambos: Charlene es buena chica, y Milly asiente para sí cuando Tom se la lleva a buscar canapés.

—Me alegra que haya cambiado su interés de ti a él. Le dijo a Sebastian que eras “irrealmente apuesto”.

—¿De verdad? ¿Dijo algo más?

Milly frunce los labios.

—Sí, pero no te lo voy a repetir. Con tu ego… —levanta el mentón en un gesto dominante— no quería tener que hacer algo.

—¿Y qué pensabas hacer si me seguía persiguiendo, hmmm?

Ella juega con su anillo, toda modosita.

—Te acuerdas dónde está Helena ahora, ¿verdad?

—Eso es porque era ladrona, ¡Milly! —la reprendo, y ella se echa a reír, llevándome a los canapés.

Mi sorpresa empieza después del segundo brindis y la cena, cuando la música pasa de un jazz suave a algo más enérgico, y el primer violín anuncia que abriré el baile.

Cuando me quedo de pie en el centro de la pista, creo que todo el mundo espera que Maddy o alguna chica avance a bailar conmigo: pero esta gente ignora dos cosas.

La primera es que bailé (“¿profesionalmente?”) por diez años. Y para bailar en la barra, y en coreografías sexys, hay que aprender algunos básicos, ¿saben?

La segunda, por supuesto, es que la vergüenza me la deben haber quitado quirúrgicamente en algún momento. Nada. Zero. Error 404.

Así que me deslizo por la pista… giro… hago un par de pasos… consigo que absolutamente todas las miradas estén en mí mientras empieza a sonar la misma canción del año pasado, pero que esta vez significa algo realmente.

Algo para mí.

Me permito una última ojeada al espejo y sé exactamente lo que me falta para que el cambio sea completo. Mi madre lo dijo mejor que yo:

“…y rompí todos los espejos, y quemé todos los poemas

porque no mostraban más que remedo y no reflejo:

y lo busqué, busqué mi identidad, mi voz, mi rostro verdadero,

y lo hallé en tus ojos sólo, mi amor, mi condena…”

Gracias, mami.

Extiendo la mano, y Milly viene, algo tímida pero sonriente, a mi llamado. No tengo dudas de que le enseñaron el vals, porque se pliega dócilmente a mis manos, y por esta vez,

…por una vez en la vida…

(…For Once in My Life…)

…me siento en la cima del mundo llevándola a la vista y paciencia de todo el mundo.

Sí, éste soy yo, Evan Wexstone: el desastre y derrota de los Wexstone, la vergüenza, el error. Ya no soy nada de eso, y me miro al espejo con orgullo antes de mirarla a ella con amor. Sí, este hombre es digno de ella.

—Te amo, Milly —susurro, y en el último verso de la canción, la beso y que todos nos vean. Que se horroricen. Herencia o no herencia, éste es mi hogar.

Ahora ya no hay vuelta atrás.

For once, I can say, THIS IS MINE, you can’t take it.

As long as I know I have love, I CAN MAKE IT.

For once in my life, I have someone who needs

ME.

—Y tú estabas de acuerdo, por supuesto —le suelta Maddy a Sebastian cuando llegamos al estacionamiento.

La fiesta no acabó hasta las cuatro de la mañana, pero tengo que reconocer que el foco cambió un tanto bruscamente de “los logros del año en la empresa y la fundación” a “¡Dios mío!, ¿esto es INCESTO?”.

Maddie se habrá quedado ronca de explicar la historia, pero nosotros estábamos demasiado felices para que nos importara.

Y aunque creo que ni siquiera la vez que bailé vestido de Hamilton (peluca, espada, frac, nada más) me tomaron TANTAS fotos.

Estamos haciendo un trending aplastante, y Claudio —que es más puto de lo que yo nunca he sido— está absolutamente feliz y listando tropes por las que nuestro romance “es tan vendible”.

Ya tiene de portada del Insta la foto de Milly con el pie con calabaza, en mis brazos.

—Estoy tan de acuerdo como uno está de acuerdo con un tsunami; qué se puede hacer excepto tratar de nadar —dice Sebastian flemáticamente, pero cada vez que Milly se ríe en el asiento trasero le brota una sonrisa irreprimible.

Mi amor sólo bebió una copa de champaña, pero era grande, y no tiene ningún aguante.

Maddie rueda los ojos, pero luego mira su teléfono largamente.

—Sebastian, déjame aquí.

—Perdóneme, pero no voy a dejarla en la intersección de la 42 y la Quinta a las cuatro treinta de la mañana, señora Madelaine.

Un BMW agresivamente plateado frena detrás de nosotros.

Maddy nos echa una mirada digna de Bette Davis y se baja con un floreo de ruedo azul, y en lo que se tarda Armando ya ha descendido del coche, ha corrido a su encuentro y le ha tendido la mano.

Me giro para chequear, pero no está Connie en el auto.

—¿Dónde ha dejado su hija este descastado?

—La señorita Constanza Mena no asistió a la gala —dice Sebastian, echando a andar el auto mientras vemos en el retrovisor lo que parece una sesión muy entusiasta de morreo adolescente—.

Considerando que mañana es día libre, ¿está bien si los dejo en Providence y continúo hasta la casa de mi hermana? Necesito arreglar algo con ella.

—¿Vas a ir a tomarte un trago porque Charlene prefirió a Tom?

—¿Qué Charlene?

—¡Sebastian! —bramo yo, pero Milly sacude la cabeza.

—A mí me gustaría que encontraras a alguien… hay modos…

—¡Sí, se llama Tinder!

—Yo te pillo eso instalado en el teléfono y vas a necesitar cirugía para sacártelo —me suelta Milly, a lo que me río a carcajadas.

—Considerando que me estrujas como una pasta de dientes, no me queda una gota de semen ni para preñar un óvulo in vitro…

—¡Los bajo a los dos si no cambian la conversación! —brama Sebastian.

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