Esclavo Tuyo Donde Miras tu Reflejo
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Donde Miras tu Reflejo

La segunda parte del ballet (el intento de infidelidad de Rudy con Babette y la tragedia) acaba con preocupantes aplausos entusiastas de las mujeres a mi alrededor, celebrando que la Dama de los Hielos mande a Rudy al fondo del lago por su coqueteo.

Cruzo una mirada burlona con Tom, que como siempre ha llegado tarde pero igual entiende la broma; Claudio se ve desconcertado por el tema en un ballet “navideño” y Freddie, que se durmió todo el ballet y no se enteró de nada, aplaude el más entusiasta.

—Asumí que apreciarías el tema de mandar a un tipo a dormir con los peces —le digo a Connie cuando bajamos la escalera, sosteniéndola del codo. Ella al fin me sonríe, pero la noto triste: cuando volvió de su salida enojada, se le había corrido todo el maquillaje y tuvo que sacárselo.

—El mundo sería mejor si uno pudiera tomarse la justicia por la mano cuando ve a alguien malo —suspira.

—Connie… —no, me corrijo: está muy grande para que alguien le diga apodos sin su permiso primero—. Constanza, si necesitas ayuda con algo, si estás en un lío…

—Vamos a tener que salir por atrás —oigo la voz de Sebastian, que nos detiene a la mitad de la escalera—. Está lleno de periodistas afuera, y están armando un escándalo.

Levanto la vista, y es cierto que, más allá de las puertas, donde está saliendo la mayoría de la gente, hay un caos de autos y flashes.

—Pero si es por el Arcade o la Fundación, quizás nos sirva… —Claudio se arregla la corbata e intenta adelantarse, pero Sebastian le planta una mano en el brazo.

—Lo siento, señor Varela. Pero ni por una conferencia de prensa gratis voy a arriesgar un accidente estilo Princesa Diana, así que todos por la puerta trasera, por favor.

—Pero ¿cómo se enteraron tan rápido del Arcade…? —pregunta Milly, curiosa, mientras Maddie, que ha sacado un mini cepillo de pelo de su cartera, se arregla el pelo e intenta peinarme por si hay alguna foto más.

—No es por el Arcade —dice Claudio en voz baja, mirando su teléfono—. Hay una publicación en FauxMoi que sugiere que Evan y tú se están acostando.

Me paro en seco. Milly se pone color gris. Tom suelta una risa burlona, pero al verla a la cara, me mira a mí con curiosidad, y yo sólo me encojo de hombros.

—Y ya sabemos quién… —dice pronto Sebastian, con una voz muy, muy oscura.

¿A quién no vemos bajando la escalinata, yendo hacia las puertas principales, arreglándose la corbata como si estuviera ansioso por darle sus diez minutos a la prensa…?

—RICHARD. —muerdo.

El bastardo se gira para mirarnos con un gesto burlón, con una chica muy hermosa —más joven que Connie— del brazo.

—Ah, hola, Evan. Hay unos periodistas afuera que quieren hablar contigo…

—Tuviste que recurrir a FauxMoi porque ahora ningún medio de comunicación serio te tocaría ni con una caña de pescar —le dice Claudio con acidez—. Por qué serás tan resentido, por Dios…

—Es ahora a este al que no le van a creer nada, sabiendo que es el mantenido de Milly… —empieza Richard.

No es la frase lo que me enoja (la verdad, es cierto), pero que me usen para humillar a Milly de nuevo me enfurece, y me lanzo adelante al fin exasperado, pero no soy el único…

Tom, Claudio y hasta Áster Gustloff han dado un paso hacia el idiota.

—No. No —dice Milly, cruzándose, brazos levantados, muy seria—. No le den el gusto con más atención. No arruinen sus reputaciones con estas tonterías. No necesitamos más sordidez…

—Eso, Milly, siempre tan niñita buena, mantén la paz… —se burla Richard, yendo a pararse muy cerca de ella, casi en su oído, una mano en su cintura—. Siempre portándote como el angelito porque es la única forma de que papi y mami te quisieran, ¿no es así…?

CRACK.

Yo podría haberle dicho…

El puñetazo que le da Milly con ese bracito tan bonito le deja la nariz como un pancake.

Richard aúlla y no lo culpo: se la ha partido a fondo.

Me adelanto más bien para evitar que Milly se meta en más líos y, preocupado por el descontrol de ira del que me ha hablado, pero ella se ve tranquila, aunque Richard chilla con chorros de moco y sangre en la cara y su cita ha huido horrorizada.

—Ahora anda a decirle a la media que la “delicada y estúpida” Mildred Wexstone te partió la cara, en serio. Levanta cargos, a ver qué opina Internet de eso —le suelta, sacudiéndose la mano adolorida.

Yo la tomo y se la beso delante de todo el mundo, no sin que Tom suelte la carcajada, Claudio menee la cabeza y, aunque Maddie brame el nombre de Milly, la vieja Courtland dé unos aplausos.

—Te lo buscaste tan a pulso, Dickie…

Creo que Milly no sabía que su madre sabe lo nuestro, pero cuando a la mañana siguiente salgo muy obviamente de su dormitorio sin nada más que una toalla (de mano) en las caderas y recién duchado, Maddie solo hace gorgoritos cuando le beso la oreja antes de ir a buscar mi ropa.

Seguro hay alguna conversación incómoda a mis espaldas, pero no hago caso: me siento renovado y energizado para el día con la Fundación y luego, el Late Show.

Lo que planeamos con Claudio lo llamamos BLITZ y es, básicamente, un asalto: cinco grupos de veinte voluntarios en diez vans, y nosotros en moto detrás, atacaremos once campamentos, dos cocinas sociales y un comedor/hogar.

El proyecto en New Orleans es mi foco, sí, pero la Fundación sigue proveyendo más de doscientos proyectos, y no nos olvidamos de nuestro propio país.

Pero en nuestro país es donde, justamente, a veces más cuesta mover beneficencia, así que hoy, tres días antes de Navidad, nos movemos en persona.

Nuestros equipos no se limitan a dejarse caer con bolsas de comida: hay comida preparada y también provisiones, pero también mantas térmicas militares, ropa de abrigo, tarjetas impermeables con listas de lugares a los que pueden recurrir, direcciones para jeringas de narcan y epi, abogados nuestros que pueden contactar para conseguir más asistencia.

Y sí, mini arbolitos de Navidad con luces y peluches para los niños.

Para que tengan un amiguito.

El BLITZ es un éxito: me intrigó que Claudio aceptara sin quejas el que solo le permitiera fotografiar y poner en la media nuestra partida y algunas capturas del viaje, sin fotografiar ni una sola entrega o a la gente que visitamos, pero debí haber sospechado de su aquiescencia: el pequeño bastardo sabía que, con lo famoso que nos ha vuelto, la gente estaría parada en las veredas filmándonos, que incluso la misma gente que visitamos insistiría en ponernos en sus redes.

No me había dado cuenta de lo famoso que Claudio nos estaba volviendo, sobre todo a mí, a Tom y a Freddie, que disfruta la atención a mares y le guiña el ojo a las cámaras.

(Tiene tanta suerte de que la cámara adore su sonrisa de dentista y no capture su IQ)

Tengo otra prueba de la “fama” que nos hemos ganado cuando esa misma noche, aunque me duelen las manos y la espalda por el BLITZ, me presento muy de traje a la grabación con John Oliver.

El público aplaude y me ovaciona, y me muestro tan agradecido como puedo, aunque estoy sorprendido: suponía que en gran parte les gustaba lo guapo que soy, pero cuando de veras el público brama como espectadores de fútbol es con las fotos del BLITZ y del proyecto en New Orleans.

Vaya por Dios. Primera vez que a alguien le gusta más lo de adentro que mi carrocería, sobre todo considerando lo perfecta que es…

—No sé si te aplaudían tanto haciendo a Shakespeare, pero has capturado el interés de Nueva York, Evan Wexstone —me dice Oliver.

Algo en sus pequeños, vivaces ojitos me inquieta, una chispita traviesa que es, sin embargo, aguda como un láser.

Maldigo un poco.

Claudio seguramente eligió a Oliver porque es el más profundo de los comentaristas de late show (de material general y especialmente fundaciones como la nuestra: en políticas, la mejor es Rachel Maddow, pero no me pondría a tiro de esa mujer sin un enterito de kevlar), y claro, aparecer en su programa nos hace ver muy inteligentes.

Pero el tema es que Oliver, sus escritores e investigadores son muy, muy buenos. Han humillado a Putin.

Y hace diez años, Oliver estaba haciendo el circuito de alta cultura en Inglaterra. Si yo hubiera actuado en cualquier cosa con alguna fama, él lo habría oído.

Joder.

—Lo que ha capturado interés, y lo celebro, es el magnífico trabajo que hacen los hombres y mujeres de la Fundación Wexstone, John. Su profesionalismo y entusiasmo no tienen…

—Tus bíceps también. Oye, Evan Wexstone… —retruca él, haciendo reír a su público en vivo, que rodea el escenario en gradas atiborradas—. ¿Cómo es que no pudimos encontrar tu nombre en un solo Playhouse en todos los países angloparlantes de Europa, Evan?

—Ez que actuaba en telenovelaz ezpañolas, coño —le respondo en español, pero este enano es como un perro con un hueso.

—En serio, Evan, ¿qué andabas haciendo?

—Tú sabes que, en este programa, te ocupas de hacer la verdad, que suele ser muy mala, más palatable con humor y tonteras…

—Sí. Y bromas sobre penes.

—Sí, bueno, a mí también se me da bien —le digo mortalmente serio, antes de distenderme y sonreír.

Puedo ver que los ojos de John se entrecierran: ha comprendido.

Y deja el tema. Es un buen tipo.

—Has tenido un año movidito…

Y que lo digas.

—… pero vaya que llamó la atención ese artículo del New Yorker y el HuffPo en que te “acusaban” de estar salvando la empresa a pulso.

Hay que decir que antes de cinco horas estabas en el matinal desmintiéndolo.

¿Tú sabes lo raro que es que a alguien le digan que hace bien algo y lo desmienta? (*carcajadas*)