Esclavo Tuyo La Dama de Los Hielos #3
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La Dama de Los Hielos #3

Tiene que haber googleado esto también, porque sé que no tiene tanta experiencia: lo hace tan bien como podría hacerlo yo, y ciertamente yo lo he hecho órdenes de magnitud más veces que… oh, fuck me, tengo mucho autocontrol pero tengo que morderme el puño, porque…

Ella presiona suavemente mis testículos con la base de la palma, en un suave movimiento de ocho, y yo pierdo cualquier control, mi otra mano agarrando su cabeza y follando su boca sin poder controlarme.

Me he ido como un surtidor: no tuve aire ni para avisarle.

Por Dios, con lo apretada que la tengo debe estar respirando por las orejas.

—Milly… lo siento, lo siento… ¿estás bien? —jadeo.

Su peinado se ha ido a paseo y tiene la nariz marcada por el cierre de mi pantalón, pero su sonrisa de gato que se comió al clan canario completo es cegadora incluso en la penumbra.

—Pero Dios, qué loca eres… eso ha sido increíble… —jadeo.

Ella, que ha tragado sin un parpadeo, se endereza, abanicándose con uno de los benditos programas.

La sujeté tan fuerte que no me sorprendería que esté en su estómago, pero la beso.

—No pensé en snowballing… —me dice con voz doctoral mientras sigo tratando de besarla, yo acalorado y radiante tras mi orgasmo y ella tan calma y satisfecha como si esto fuera el cierre perfecto del primer acto del ballet.

Ella echa una mirada al escenario, en donde entre aplausos los bailarines saludan.—Rudy ya ha sido seducido —me anuncia, ojos radiantes—. Vamos a buscar champaña, el entreacto no es largo…

El teatro, que es absurdamente rococó cuando todos los edificios cercanos son art déco, tiene un salón especial para mezclarse y charlar en los entreactos, no como el lobby de la Ópera de Los Ángeles, en que te sentías en un acuario con toda la gente pasando afuera.

Aquí estás bien guardadito en un salón con sillones, cuadros en las paredes y luces sutiles que hacen lo más que pueden por semejar candelabros y velas, pero para tanto lujo, la champaña es malísima.

Lo que es agradable de saber es que no hay entrada a paparazzis ni nadie que vaya a tomar una foto de la nariz de Milly hasta que se le vaya bien la marca de mi cierre; y mientras la señora Courtland hace ruiditos y la peina con los dedos en un rincón como una niña, yo les llevo champaña a las dos y luego atiendo a Claudio, que creo que es la persona que más me quiere en el mundo.

—Esa foto de ti tomando las manos de Maddie y Milly para ayudarlas en la escalera ya está viral, hashtag WexPrince.

Ya se están photoshopeando a sí mismas en su lugar, eres nuestra mejor arma…

—dice, gesticulando elegantemente en mi dirección con la copa de champaña—.

Pórtate bien en el late show mañana, sé buenito en la Gala y juro que no te pido más fotos ni te molesto hasta marzo.

—No me molestas —le digo con cierto afecto. No sé si la ternura de la Dama de los Hielos con Rudy en el palco o las palabras de Charley, me han puesto sensible, pero me he encariñado con este relamido. Le doy una palmadita en el hombro; él me sonríe de oreja a oreja.

—Nos están fotografiando, ¿verdad? —le digo, ampliando mi sonrisa hasta hacerla extra fotogénica.

—Exactamente —me confirma él, ampliando la suya hasta parecer una rana. Claudio es tan eficiente que da frío a veces.

El entreacto se usa normalmente para beber champaña y criticar el ballet, pero una vez más, en un rincón, Armando sigue usándolo para putearse con su hija.

Connie lo deja hablando solo y sale a la calle con pasos determinados (noto que, bajo el vestido victoriano, lleva Martens), y Armando se queda paseándose enojado en la escalera, fumando en un sitio no apto para ello.

—Hay estudios que dicen que la adolescencia Gen Z llega hasta los 24. Como para que te armes de paciencia —le digo, escondiéndolo un poco, poniéndome de espaldas a la fiesta—. ¿Prozac no has probado?

—Constanza era una niña muy dulce, antes —me dice con ronca emoción—. No sé qué carajos le pasa. Pensé que iba a estar feliz desde que dejé de correr y arriesgarme, pero odia todo lo que la empresa representa. Y nos ha ido tan bien, y ahora, con el Arcade…

—Armando, es imposible ser adolescente y capitalista. Si no eres adolescente y antisistema, eres un futuro nazi, está demostrado.

—No es eso. No… lo entenderías.

He mirado fotos de Armando de joven. A diferencia de José Mancini, no se le notan sus raíces: parece el americano promedio, engreído, no muy astuto, más hombre de acción que de pensamiento.

Un Clark Gable trasnochado y deportista, empezando a engordar, y absolutamente confundido con una baby Scarlett goth y enojadísima.

—Prueba. Soy bastante bueno entendiendo desastres adolescentes; si lo miras en Wikipedia, sale mi foto…

Armando se encoge de hombros, apaga su cigarrillo y se cruza de brazos.

—Evan… —me dice, mordiéndose el labio—. Sé que no siempre he sido… bueno con Milly o contigo. Es que a veces creo que voy a volverme loco…

—¿Por Connie? —sonrío.

—Por Maddie.

Oh. Oh, oh, oh. Si yo la vi besarla hace unos meses. Ya me parecía que eran muchas visitas en Nantucket.

—Pensé que flirteaban, Armando…

—No flirteas con una mujer como esa. Te lanzas. No te encuentras dos de esas en toda la vida. —Armando aprieta los puños, belicosamente—. Y no voy a perderla, Evan. Tenga que hacer lo que tenga que hacer, pasar por encima de quien sea… ningún hombre tiene principios cuando se trata de amor…

Yo pensaba que esto no era tan intenso, pero guárdeme Dios de los romances en la tercera edad: parece que son épicos.

Maaaaaddie, en serio. (Mentalmente, me siento como un padre de adolescente mitad orgulloso, mitad reprobatorio). No pongas locos a los niños, pues. Ni yo me pondría a flirtear a la vez con un italiano y un latino, que no soy Carmen. Esto podría ponerse espeso…