La Dama de Los Hielos #2
Reconozco que me tomó un minuto identificarla cuando se bajó del auto, radiante y orgullosa, mientras su marido se tironeaba el corbatín.
Asintió al verme esperando a Milly, cuya segunda entrada ocupaba yo. Sebastian la traería del Edificio tras alguna nueva crisis en la división automovilística, directo al ballet: a Milly le encanta, pero Sebastian lo aborrece y prefiere esperar en el auto viendo series.
Tomo a Lily de la mano para hacerla girar sobre sí misma.
—Estás despampanante, Dios mío. Por favor, deja que Claudio te haga tomar fotos; sé que no te tenemos contratada como modelo, pero van a lucir tanto en nuestras redes sociales…
así no parece que soy un jefe tan abusivo, si tienes esa tez…
Hola, Dougie, tu mujer va a noquear a todos hoy, no la sueltes… —
El marido farfulla algo sobre estar muy honrado de conocerme y de lo orgulloso que está del trabajo que hace Lily en la Fundación; ella parece sorprendida y feliz por sus palabras.
Le estrecho la mano y los mando al palco mientras veo a Sebastian ayudando a subir a Milly la escalera con un vestido feo, con pliegues, color cucaracha.
Por qué, Dios, por qué me fui a enamorar de la chica del cuento de Piel de Asno.
Tener buen gusto y que tu pareja sea ciega es terrible.
Milly viene bufando y acalorada; Sebastian arruina aún más el look al alargarle una botella de una bebida isotónica verde y una bolsita de plástico con chips.
En la ridiculez de cartera que tiene —del porte de una tarjeta de crédito— no cabe; me lo echo en los bolsillos, aunque me arruina las líneas, y juro que cuando tenga mi dinero voy a convertir toda su ropa en relleno de camas de gatos y le presentaré el rosa, el naranjo y el rojo, diablos.
—Tuvimos una movida inesperada con el Wexstie Arcade —me dice apresurada, trepando la escalinata y agarrándose la falda para caminar más rápido—.
Hubo un accidente en cadena, en un puente anoche en Washington, y se ha informado que fue por un defecto de fabricación en los frenos del nuevo Ford Explorer Active.
Sus ventas se fueron al suelo, y nuestro Arcade es lo más semejante en todo el mercado.
Están acabando de filmar el nuevo comercial y mañana vamos live con una nueva campaña, es muy posible que logremos posicionarnos a la cabeza.
La seguridad es su principal atractivo, y Arturo lo ha logrado entrar a tantas concesionarias que…
sería el mejor golpe del año, justo antes de que se acabe —me dice, radiante y sin aliento.
Le alargo la bebida y le doy un beso en la coronilla mientras se la bebe.
—Sabes que eres una CEO tiburón, ¿verdad? Ford no va a saber quién le comió el mercado hasta que sea muy tarde.
—Si les explicas a las personas por qué vamos a hacer horas extras, les prometes bonos y les dejas pizzas, te sorprendería lo muy entusiastas que se ponen —dice, ojos brillantes—.
Además, vimos las fotos del accidente. Fue horrendo…
ese trasto no puede seguir en el mercado hasta que lo arreglen.
Nunca hubiera pasado con nuestro Arcade.
—Milly… —digo, conmovido. No sé cómo logra mantener tantas cosas en su cabeza, y me gustaría mucho darle su premio en besos y algo de calidad (yo), pero entonces oigo la voz de Maddie.
—¡Evan, va a empezar! —nos llama desde la entrada del vestíbulo.
Ella sí es toda una visión en terciopelo azul marino con brillos. Cómo puede ser tan hermosa, por Dios; sus ondas brillan como si fueran melaza líquida.
Milly y Maddie se ponen muy contentas y se quedan contándole excitadamente el asunto a la vieja Courtland, mientras me asomo al palco.
Armando y su hija ya están ahí, peleándose para variar, aunque Connie está muy bonita en un vestido goth con malla en el pecho y los brazos.
Armando bufa y la deja conmigo, cruzándose con Aster Gustloff, que entra ayudando a su padre a sentarse, y parte a buscar a Maddie, supongo.
—No es tan malo, a mí me relaja sentarme a ver sudar a otra gente —le sonrío a Connie, pero ella se ve realmente disgustada y apenas me da un asentimiento, sentándose lejos.
No es un palco pequeño: caben dieciséis personas. Reconozco el echarpe de Maddie, una cosa carísima que cubre tres asientos, y me acomodo en el más cercano a la puerta, tomando los pequeños programas de ballet.
La verdad, sé que deberían gustarme (tienen nuestro logo, ya que somos los principales mecenas del ballet anual de Navidad), y son muy elegantes: un díptico de papel imitación cuero con letras doradas y esquinas metálicas.
Pero… ¿qué diablos pueden tener adentro?
No es como que haya un verdadero programa: es solo un ballet, no es como que sea una ópera y traiga una lista de arias…
Abro el que estaba sobre el asiento que elegí y casi lo suelto. Una araña enorme está muerta adentro, aplastada y seca, y el programa está escrito en marcador negro, sobre todas las letritas elegantes —el nombre de los bailarines, del director, los nuestros como invitados de honor—:
WHORE
Lo cierro. Me había olvidado completamente de mi otro chantajista. Porque sería mucho pedir que fuera un tercero que me odie, ¿no?
Después de todo, este solo me insulta, pero no ha pedido nada: quiere amedrentarme para que… ¿qué? ¿No reclame mi herencia? ¿No me quede con Milly? ¿Me aleje de la empresa?
Por un momento me pregunto si no será Richard, furioso porque no lo apoyé en su lucha contra Milly.
Pero no tiene mucho sentido. Aunque ahora podría entender que me llamara puto (lo soy, y la sonrisa satisfecha de Milly dice que lo soy con talento), me cuesta imaginarme algo tan ridículo como ataque.
No me ofende que me digan la verdad, pero no hay necesidad de asustar a nadie con arañas, gracias.
Imaginarme que lo hubieran abierto Milly, o Maddy, o la pobre Connie, me enoja de verdad.
El chillidito de Freddie habría sido un poco gracioso, uhm.
Las chicas se acomodan, y Maddie graciosamente responde al saludo del director de orquesta —que conoce— antes de empezar la pastoral obertura.
A Milly le gusta esto: puedo ver cómo se apoya en el respaldo de la silla y se pierde completamente en la delicada puesta en escena, que es tan pastelosa y primorosa que a mí me hace pensar en un juego de jabones bailarines, pero las dejo disfrutar.
Armando y Aster están tan aburridos como yo; en cambio, el viejo Gustloff está ilusionado y parece conmovido, y Connie, por cómo tiene la vista perdida y asiente para sí a veces, se ha puesto audífonos y oye un podcast.
Mi teléfono vibra, y me escapo despacio al pasillo, donde me sorprendo al ver un número que no conozco: esperaba que fuera Hugh, para comentarme a su modo sobre la nominación.
Pero cuando contesto, el acento californiano me trae un montón de recuerdos, y me tengo que sentar en un escalón de la elegante escalera alfombrada en rojo.
—El señor Evan Wexstone, por favor. Espere, por favor, le van a hablar —suena una voz que me eriza el vello: es imposible que sea la misma, pero se parece a la enfermera que me inyectaba cada dos horas la vez que estuve con convulsiones por deprivación de alcohol y cocaína. Días de ejercicio, vaya.
—¿Evan?
—Hola, Charley.
—… Quería llamarte.
—Eso está muy bien. ¿Cómo te sientes?
—… Como tratando de recoger un huevo crudo roto… y yo soy el huevo.
—¿Pero no con salmonella?
—… Creo que me van a hervir un poco y ahí podrán… recogerme… —musita, su risita sin aliento áspera. La versión oral del narcan seca la boca; me acuerdo de haber bebido cinco litros de agua al día—. Me dijeron que me salvaste la vida.
—Tsk. Cualquiera te puede clavar una aguja, estás tan flaquito que…
—No. Me refiero a Mr. Sean. Vern vino a verme.
—¿Apareció?
—Se va a quedar acá, con nosotros. Mamá… mamá lo ha adoptado.
Me entra la risa tonta. Su madre ahora ha adoptado al yerno que metió a su hijo a las drogas y que falló en pagar su parte para salvar a Charles, pero a mí me sigue siseando aunque… ah, vieja chalada.
—Me alegro de que no estés solo, Charles. Por favor no te metas en más líos. Con la Fundación no me queda tiempo para jugar a EMT.
Charles se echa a llorar, muy despacito.
—No sé cómo darte las gracias… no… no te busqué cuando te fuiste, nunca fui a verte actuar al teatro, ni sabía…
—Charley, no importa, en serio.
—Si vuelves a actuar… iré a verte con flores, ¿okay? —balbucea entre un montón de moqueo.
—Me encantan los tulipanes. Son tan fálicos.
Charley se ríe al fin.
—¿Está todo bien allá, en la empresa…? Vi las noticias… lo de Milly…
—Está todo bien, Charley. Tú solo mejórate y anima a tu mamá, ¿okay?
Estoy sonriendo cuando termino, y no me doy cuenta, hasta que guardo el teléfono, de que alguien me está mirando, de pie en el escalón donde estoy sentado. Es Milly.
—¿Te aburriste de ver tutús? —le sonrío.
Ella me tiende la mano y me arrastra escaleras arriba, una escalera entera sobre nuestro palco. Se saca una llavecita de esa cartera absurda, y entramos… a otro palco.
Este está vacío, oscuro y tiene menos butacas, pero francamente no vi venir que me sentara en la butaca, ella se recogiera la falda muy modosita y se arrodillara en la alfombra.
La vista es pésima: estamos en un muy mal ángulo para ver el escenario, pero alcanzo a notar que los jabones bailarines están frenéticos, la música en crescendo.
—Mira el escenario —me dice, ojos iluminados—. La Reina de las Nieves y Rudy están consumando su amor.
—¿Eso… te ha entusiasmado? Puedo tomar clases… —murmuro, juzgando que las pantorrillas del supermaquillado Rudy no están tanto más desarrolladas que las mías—. ¿Eh… Milly?
Ella me abre los pantalones y se encoge de hombros delicadamente.
—Es jueves, todavía —me dice por toda explicación antes de darme la felada de mi vida.