Esclavo Tuyo La Dama de Los Hielos
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La Dama de Los Hielos

ESE JUEVES:

—Éste va a ser mi favorito. Es mi nuevo kink.

No he visto esa Nutella blanca desde que era niño…

—digo, sentado en calzoncillos y rebotando en la cama mientras Milly coloca a un lado la bandeja que ha traído para el día de Foodplay.

— ¿Creerás que éste sí nunca lo he hecho?

Tenía la idea de que era como que te metieran una pata de pavo completa por…

—Empieza por beber esto. No quiero que mezclas raras afecten tu estómago tampoco —me dice, dándome un vaso de agua de hierbas que detecto lleva algún medicamento disuelto. No sabe a nada, pero reconozco el regusto: lo bebí en rehab.— Tal vez debimos cancelar hoy, con el ballet más tarde…

Sí, diferente a lo habitual: nos hemos tomado la tarde del jueves para nuestros escarceos porque, con Maddie como conocida mecenas y la empresa siempre apoyándolo, se espera que vayamos.

Esta semana es un poco estresante: ballet hoy, mi actividad con la Fundación mañana, el sábado la Gala, y el domingo por la noche una cena con Maddie.

Milly y yo tendremos la casa vacía: incluso Sebastian viajará para pasarla con su hermana.

Le pedí que me trajera fotos. Considerando los hombros y pectorales de Sebastian, su hermana debe tener pechugas épicas. Voy a esperar a que esté bebiendo algo para mencionárselas.

Hugh —que no tiene vida, y cada vez sospecho más que cuando no está trabajando duerme en un clóset, como un robot— empacó un sombrero y se fue a New Orleans a brindar con John y evaluar la construcción hasta ahora.

Ya tiene cimientos y cemento listos: solo falta cableado y techo.

Sí, en Navidad, y prefiere eso a la Gala.

Nórdicos.

—¿Esto es como cuando una chica japonesa se tiende desnuda y la usan de bandeja? Siempre quise probar eso, pero aunque no soy muy peludo pensé que había que depilarse entero para eso, y aunque lo he hecho no es súper agradable que te *waxeen* el perineo… aunque a un colega le gustaba… ¡aaay, frío!

—¿Voy a tener que amarrarte? —me dice, con la cuchara a medio camino mientras ha puesto un copo de helado color rosa en mi pecho.

—Tú buscas cualquier excusa para eso. Te gusta tanto… —le digo, desplegándome como un águila en la cama; aunque, en verdad, está muy helado.

Ella se recoge el pelo antes de arrodillarse a mi lado y empezar a perseguir el helado con su lengüita roja. A pesar de que la mezcla de temperaturas en mis pezones es excitante, verla tan modosita con una caja llena de sex toys en la cabecera siempre me da risa.

Me deja probar el helado a cucharadas: debe ser caro, tiene deje a champaña y nueces.

Nos besamos con lenguas heladas, y sus manos en mi pecho, el tacto de la seda fría de su camisola, también me excitan.

Estar aquí a media tarde, con luz natural, me produce una emoción extraña: no incomodidad, sino la sensación de…

no sé explicarlo. Como si el sexo prohibido por las noches fuera algo que puedes llamar casual o menos serio; pero sexo planeado a las cuatro de la tarde tiene algo… matrimonial.

No he dejado de pensar en eso, incluso mientras ella hace unas líneas de caramelo en mi vientre y luego sigue más abajo. Cuando su boca empieza a trabajar, no logro quedarme quieto: está voraz, más húmeda que de costumbre, tan deliciosa…

—Milly… déjame hacerlo yo también… —gimo, pero lo que hace es tomar un poco de pasta de maní en los dedos y ponerlos en mi boca.

Los lamo y succiono con la misma energía con la que ella se mueve, pero lo está haciendo tan bien que la aprieto con mis rodillas sin poder controlarme, solo sus dedos en mi boca evitando que grite al sentir su lengüita atacando la entrada de mi uretra con vigor—. Milly, no puedo… ¡no puedo…!

Ella se endereza bruscamente y, tal como amenazó, me ata las muñecas juntas a la cabecera de la cama.

Luego se acomoda en mi regazo, me monta empalándose sin compasión, tan brusca que siento mi pene abriendo sus tejidos por la fuerza.

Eso la hace gemir y removerse golosamente.

Luego empieza a mecerse encima mientras toma un bombón de chocolate.

Me hace comérmelo de su mano aun mientras se mueve.

Luego viene un trozo de caramelo y un pedazo de plátano untado en crema.

Cuando inmediatamente después me mete un pedacito de waffle con helado, entiendo al fin de qué va este kink: me va a obligar a seguir comiendo aun cuando llegue al orgasmo.

Y… o trago, o me asfixio. Sin contar todo el movimiento en mi cadera, la presión en mi estómago… ése es el kink.

Y por el brillo en sus ojos cuando el helado me corre por el mentón y ella se agacha a limpiármelo con la lengua, este kink sí está funcionando para ella.

Mientras me esfuerzo por tragar la Nutella, sus ojos no abandonan mi cara.

La excitación en sus pupilas, su obvia lujuria, me encienden insoportablemente.

Se mueve con más fuerza mientras muerdo un marrasquino, y ella bebe el jugo de mi comisura, dulce e intoxicante, mientras su vagina sigue estrujándome con tanta hambre… cómo goza el bombón al licor que compartimos, jugoso y explosivo en un beso…

Milly tiene un orgasmo salvaje, moviéndose sobre mí con tal energía que sus pechos —que no son nada excesivos— se sacuden como en una porno.

Me muero por morderlos, pero están fuera de mi alcance, y ella se echa atrás, ondulando la cadera, exprimiendo hasta la última gota de placer.

La visual que me da de mi propio pene tan profundamente dentro de ella, la forma en que los labios enrojecidos y extendidos me rodean, me hace gruñir de deseo.

Ver esos labios húmedos palpitar y contraerse como una flor carnívora me estalla la cabeza: quiero seguir moviéndome, seguir follándola para que haga esos ruidos, diga mi nombre…

Pero no me esperaba que se pusiera en manos y rodillas, untara mi sexo húmedo con sirope mezclado con el suyo propio, y, mirándome a los ojos, hiciera lo mismo con un dildo enorme y curvado, antes de mostrármelo mientras lo introducía en ella misma entre quejiditos.

Está enajenada de lujuria: esto ha gatillado algo en ella, lo veo. Pero yo no estoy mejor.

Cuando se monta sobre mí al revés para ofrecerme lamer su pussy extendido alrededor del dildo mientras me fela con una succión feroz, pierdo totalmente la cabeza y me adhiero a saborearla con un deseo oscuro y pervertido.

La vaga sensación —casi una fantasía turbia— de lamer a Milly mientras es poseída por “otro” me hace jadear y bufar de un modo que no me reconozco, y la salvaje estimulación que me da es demencial.

Claro que no duro mucho… pero ella tampoco, especialmente cuando le clavo los dientes en un ataque de celos incoherente…

—¿Qué estás…? —susurra ella media hora después, cuando regresa la conciencia: se durmió tan bruscamente tras el orgasmo que tuve que retirarle el dildo yo. Se había lastimado un poco con su entusiasmo, pero ya la aseé y la acomodé bajo la manta con una toallita.

Yo estoy acabándome el helado, tras comerme toda la Nutella y unas galletas. Me ha dado un hambre voraz.

—Cinco estrellitas a este kink, pero si lo hacemos muy seguido nos vamos a poner como pelotas.

Ella se ríe y repta en la cama para que le dé un poco de una confitura que hay. Al verla ahí, con un aspecto tan inocente, chupando una cuchara y envuelta en una manta como un croissant, toda sonriente tras lo que hicimos, creo que una de mis neuronas tiene un ataque de algo y barboto:

—Cásate conmigo.

—¿Tanto te gustó ese helado?

—Es en serio.

Ella me mira largamente, pero cuando empieza a tratar de desenvolverse —porque la hice un burrito— veo que ha decidido echarlo a broma.

—Juro que no le puse ningún tipo de droga al chocolate, pero espera que se te pasen los efectos antes de nada…

—No me creo que me estés diciendo que no después de… ¡esto!

—Nadie ha dicho que no —me dice, dejando la cuchara de lado. Pero le ha vuelto toda la lucidez a los ojos—. Pero esa decisión la podemos discutir… después de que te entreguen tu fortuna.

—No estarás pensando que me quiero casar contigo por tu dinero después de que me ordeñaras hasta dejarme en cero.

—Evan… —dice ella, con una nueva dulzura, y acaricia mi mejilla como si yo fuera un gatito—.

No nos apresuremos. No se trata de que dude de ti ni de que quiera a alguien más.

¡Nunca he querido a nadie más! Pero explorar todo esto me ha hecho darme cuenta de que hay muchas cosas en mí que desconocía, y creo que tú también necesitas…

—¿Qué?

—Acostumbrarte a estar a salvo. Saber que nada de esto pueden quitártelo. Casarte conmigo no es una forma de asegurarlo…

—¿Piensas que quiero casarme contigo por eso? —exclamo, enojado. Pero cuando voy a enderezarme, me sujeta del pelo.

—Sí. En parte.

Es cierto que ella ha cambiado con todo esto.

No lo veo tanto porque no me acerco tanto al Edificio como antes —más que suficientemente ocupado en Clayton—, pero oigo comentarios.

Y Tom y Freddie, que a veces salen a beber un trago conmigo, se ríen al respecto, aunque nadie es tan directo como Hugh, por supuesto.

—¡Milly ha sacado la vagina a la vista! ¡Dura y resistente! —dice un día, golpeando la mesa y haciendo que nosotros nos atragantemos con nuestras cervezas—. Muy firme, sí señor.

—Hugh… —toso—. Dime que es una metáfora, no un malfuncionamiento de su ropa…

—Lo que quiere decir es que, tras que ni una visita del IRS encontrara nada cuestionable en toda la empresa, Milly está imparable.

Ya no anda pidiendo permiso, ha despedido a dos managers abusivos, y literalmente les dijo al viejo Klein que equidad en la oficina iba a haber aunque tuviera que despedir a dos más. Está hecha una leona.

Para el ballet le regalé mi pareja de entradas de cortesía a Lily, que arrastró a su pobre marido embutido en un tuxedo y se puso un sueño de seda crema, con hilos morados y flores en el escote.