Un Paseo Por El Lado Oscuro #4
Después de todo el puré y esa conversación, Milly durmió tan cansada esa noche y al día siguiente en el ferry de regreso, que me convencí no mencionarle nada de lo de Charles hasta tenerlo resuelto: no tenía sentido ponerla más nerviosa.
Maddie me entretuvo todo el viaje con planes para la Gala y para el show que pienso hacer.
Cuando esperábamos a que Sebastián bajara el auto del ferry, y Maddie se paseaba cogida de mi brazo por el muellecito, cubrí su mano con la mía.
—…y quiero que todos admiren lo que has hecho con la Fundación y con el proyecto en New Orleans, porque yo no podría estar más orgullosa de un hijo mío, y…
—Maddie —susurré—. Lo que quiero ser es tu yerno.
Ella hizo una pausa antes de fruncir los labios pintados en algo como una sonrisa contenida.
—Así que Mildred hizo su movida, ¿uhm?
—Maddie… la quiero de verdad.
—No tengo dudas sobre tus sentimientos, Evan.
Ya empezaba a notarlo, vaya. Pero Mildred…
—sacude la cabeza—. No quisiera que te lleves un disgusto.
Aunque no es hija de tu padre, siempre tuvo más en común con él que conmigo.
Ese genio vivo, esa dureza, esa forma en que se cierra cuando le fallas…
lo aprendió de Edgar. Pero si es lo que quieres…
—Milly ha sido maravillosa conmigo —la defiendo, algo sorprendido por la duda en los ojos de Maddie.
Ella asiente y acepta mi idea para la Gala. Pero la aprensión en sus ojos aumenta mis preocupaciones.
El lunes me encierro con Lily, mi asistente, y con Hugh, cuyo estoicismo danés se ha transformado en un torrente de quejas enojadas mientras revisamos los informes de John sobre New Orleans y los avances en la construcción (porque allá claramente no está nevando, aunque ha llovido algo).
—Esos abogados son unos imbéciles. ¡Toska!
Preguntando cosas y poniendo a todo el mundo nervioso.
Cuestionaron a Mildred por el café, el agua y los pretzels gratis de la cafetería.
Traté de decirles que en Dinamarca eso es lo normal; las neuronas funcionan mejor con agua, sal y azúcar, pero no quisieron escucharme…
idiotas. Al final Mildred se enojó, decidió mantener todo descontado de su sueldo y los mandó al siguiente tema…
se enojó, Mildred… —Hugh hace unas muecas de tigre que dudo mucho que Milly haya hecho, pero cómo detesto que esté pasando todos estos disgustos.
Cuando acabamos con el trabajo de la Fundación y Sebastián llega a buscarme, soy yo quien se viste para pasar disgustos: hoodie, botas, el abrigo de cuero que me regaló Maddie, y hasta unas manoplas y navajas en los bolsillos.
Sebastián, en su traje habitual, me levanta una ceja como si el teatro le divirtiera, pero lo que no entiende es que a los narcos les importa el estilo y la clase. Les impresiona tanto como el dinero.
Vernet se reunirá con nosotros y ha organizado un encuentro en el metro de Utica.
El monto final, con descuentos, ha bajado de once millones dos a siete (y eso no es nada: yo llegué a deber veinticuatro a los chinos).
Con Sebastián poniendo uno, tía Gertrude tres, Vernet uno y medio y yo lo mismo, completamos el monto.
No hice nada cuestionable para conseguir el dinero: es lo que he ido guardando de viáticos, las donaciones de Maddie a mis salidas y los depósitos que me ha hecho Milly semanalmente como parte de nuestro acuerdo. Voy a quedar quebrado, pero no importa.
Charles no pasará por lo que yo tuve que pasar. Y si algo me convenció esa fiestita de Maddie, es de que ya tengo una familia, y vale la pena pelear por ella.
Utica está en peor estado de lo que recordaba antes de la pandemia: hasta las ratas parecen sospechosas.
No está desierto a las once de la noche, como debería: hay vagos durmiendo en bancas, algunas mujeres exhaustas esperando el último tren.
Pero en la última entrada hay un grupo de seis hombres esperando de pie, muy vestidos con chaquetas puff y jeans anchos, rodeando a un tipo uniformado de pies a cabeza con Adidas rojo.
Le echo una ojeada a Sebastián, que si lo juzgara más duro estaría canalizando a Tim Gunn. ¿Ves que yo tenía razón?
—Buenas noches, caballeros. Esta reunión podría haber sido una transferencia —digo abriendo los brazos—. ¿El señor Sean, verdad?
—Así que tú eres el famoso puto de Jean —me dice Sean, enderezándose, dándome una mirada de arriba abajo. No va a estrecharme la mano, está claro: la opinión latina de los prostitutos masculinos es conocida.
—Yo soy el puto. ¿Saldamos la deuda de Charles, entonces?
—digo, sacando mi teléfono y el burner que compré.
Sebastián se tensa porque nos están rodeando, pero es lo habitual.
De aquí no salimos sin pagarles. Los narcos se manejan con cierto código de honor, o más bien por la reputación: es todo lo que se tienen. — ¿Vernet no ha llegado?
—Creo que el mormón no va a llegar, Wexie —me dice el tipo, haciendo una inspiración ansiosa entre los dientes, mirándome.
A pesar del grupo de latinos que lo rodea, él se ve pequeño y caucásico—.
Se metió en líos con los venezolanos. Parece que estaba tratando de sacar dinero rápido… —agrega con una risita.
Oh, joder, Vernet, imbécil.
—Podemos dejar un pequeño saldo y completarlo en cuanto lo contacte…
—No can do, my friend. Son ocho palos, el acuerdo.
—Pero eran… —empieza Sebastián.
Maldita sea. Estamos perdiendo su confianza. La tontera de Vernet nos ha dejado malparados. Creí que ya tenía el dinero.
Hay una sola cosa que puedo hacer: sacarlo de la Fundación y reponerlo cuanto antes. He estado moviendo dinero de las cuentas de la Fundación a las del proyecto en New Orleans: nadie lo notará entre los millones que hemos movido. Pero me remuerde la conciencia.
Es mi familia. Nadie tiene que enterarse.
Sebastián y tía Gertrude ya me han transferido. Hago la transferencia y se la copio a Sean. El tipo asiente, sonriendo, y luego me echa una mirada inteligente.
—Esto cubre a Carlitos hasta ahora. Si se vuelve a meter, lo volvemos a tomar; es mal vendedor pero fiel cliente…
—Medio millón del extra que me cobraste como comisión para ti si, cuando eso pase, me avisas —digo, frustrado. Es cierto que la primera rehabilitación nunca funciona. Pero diablos. Haremos que funcione.
Miro a los tipos a la cara: están inquietos y curiosos. Les sostengo la vista, pero se ven más entretenidos que otra cosa.
Sebastián hace un ruido a mis espaldas y entiendo por qué.
El grupo de Sean se retira con mucho arrastrar de pies y sonrisas burlonas. Ellos han mantenido su honor en recibir el dinero, vernos la cara e irse sin tocarnos.
Un segundo grupo, probablemente avisados de quién soy y de cuánto “dinero” supuestamente tengo, bloquean la escalera. Ahora sí está desierto el andén: se ha ido el último tren.
—Evan —dice Sebastián, poniéndose protectoramente delante de mí.
Son cinco, ridículamente musculosos y tatuados, claramente de la banda de Los Reyes, sus chaquetas y diseños delatándolos.
—En serio no queremos problemas, chicos —digo con toda la tranquilidad que puedo—. En serio. Estoy viejo y quiero mi camita. Déjenme pasar. Sean me dejó seco; no tengo para hacer cantar a un ciego.
—Puedes pagar con lo que tanto te gusta. ¿Es cierto que pagaban ocho mil dólares por metértelo? Si te ponemos en arriendo hasta que tu familia pague…
Sebastián se indigna, pero yo sacudo la cabeza.
—Lo siento, chicos, no son mi tipo. Con tanto esteroide van a tener que usar deditos…
—Lo que te vamos a meter… —empieza irritado el más grande, sacando un arma.
Cuando viene hacia mí, le hago un gesto a Sebastián para que lo deje.
En peleas, por algún motivo, hay una especie de acuerdo tácito en que los hombres no se pegan en las pelotas. Bajo los puentes y débil de hambre, tuve que aprender que el primer puñetazo mejor sea el último.
Mi golpe en los huevos lo toma totalmente por sorpresa: su alarido y el crujido de su cuerpo cavernoso son muy satisfactorios.
Los demás se hielan, y cuando se arrojan sobre nosotros, Sebastián también se pone creativo: en vez de apalear, hace un giro que parece de tai chi, extrañamente gracioso en un hombre tan grande, y lo manda directo a las vías.
Ya pasó el último tren, pero no han cortado la electricidad. BZZZT.
Los tres que quedan dan un paso atrás, y luego otro, cuando Sebastián y yo avanzamos. Cuando al fin saca el arma que ha llevado todo este rato, dan media vuelta y huyen.
—¿Podrías hacerme un favor, Sebastián?
—¿Otro más?
—Convence a Milly de no vestirse color lodo para la Gala.
Que se ponga algo bonito, brillante —digo mientras saltamos al desgraciado que aún se retuerce.
Me robo su arma y salimos por la salida de emergencia.
No debería asombrarme que las cámaras no funcionen, pero la salida sí: los narcos son eficientes.
—No quieres que desentone contigo cuando hagas tu show, ¿no es así?
—Quiero que se olvide de esos abogados malditos y se sienta bonita, sí —le digo, sacando las balas del arma que recogí—. Las mujeres que se sienten especialmente bonitas una noche se alocan más.
—¿Y quieres que se aloque más contigo? ¿Qué planeas hacer con ella en tus “jueves aventureros”? —Sebastián apoya un codo en el techo del auto mientras lo abro y entramos.
—Quiero que se aloque en la Gala lo suficiente para decirme que sí. No tengo un anillo, pero… —gorjeo— …all I want for Christmas it’s her.