Un Paseo Por El Lado Oscuro #3
(En ese sentido, Hugh Dahl, nuestro arquitecto danés, es lo contrario: con frecuencia ni siquiera da la impresión de estar pensando, sino de entrar en una etapa low energy standby, como un computador).
—Es mejor que no te aparezcas por el Holding hasta después de Año Nuevo. Quizá incluso que no asistas a la Gala. Esos abogados están revisando todo; hasta se han ido a sentar a las reuniones. Es increíble el nivel de poder que les dejó el idiota de Edgar…
—No pelearía para ir a sentarme a mirar gráficos, pero a la Gala voy a ir, José. No planeo dejar sola a Milly con esto.
—Es que ése es el punto. Está sola con esto, y si va a ser la CEO, así debe verse. Pero supongo que, igual que tu padre, no puedes perderte una oportunidad de llamar la atención.
—¿Alguna vez fueron amigos? ¿O siempre lo detestaste pero lo tolerabas porque te hacía dinero? —le suelto al fin, agarrando mi taza de eggnog sin alcohol.
José bufa. Debe haber sido un hombre atractivo alguna vez: sus ojos oscuros como los de Maddie, igualmente bellos, con largas pestañas; su estatura.
Comparado con él, Mena es tosco y poco elegante, pero me imagino que, con lo presumido que era mi padre (todavía no encuentro un closet suyo que no haya estado ATIBORRADO), probablemente José era el Amigo Menos Atractivo.
—Fuimos amigos de jóvenes. Pelear juntos por el pan diario es más fácil haciendo equipo.
Pero lo que me hizo dejar de confiar en él fue la jugada con tu madre, Evan.
Era una mujer artista, mucho mayor que él, neurodivergente, seguro, como dicen ahora.
Y tu padre le embolinó la perdiz tan asquerosamente como…
Anna Nicole Smith y ese viejo. Fue literalmente algo que debería ser ilegal.
Cuando se casaron, tu madre le entregó TODO: su fortuna, sus casas, sus acciones, la empresa en Clayton, el control sobre sus derechos de autor y su arte…
todo. Ella lo idolatraba y, para él, ella era su banco.
La quería como eso. Yo no tenía el estómago de tu padre.
—¿Y por qué me dices eso ahora? ¿Es para alegrarme la Navidad? ¿Es tu versión de ponerme carbón en la calceta por ser un niño malo? —le digo, acabándome el vaso—. José, te conozco desde enano. Y nunca te he gustado.
—Te pareces demasiado a él. Y te lo digo porque no quiero ver la misma historia de nuevo, Evan —me dice secamente.
Me toma un minuto.
—¿Piensas que estoy embaucando a Milly? —le largo, y mi voz suena tan ofendida que hasta yo me sorprendo de mí mismo. Bueno. Era lo que originalmente estaba haciendo, pero todo ha cambiado.
—No. Milly es demasiado lista para ti —me dice, acercándose—. Pero si intentas algo con Madelaine, te juro por Dios…
Lo miro con total disgusto.
—Estás totalmente demente. Madelaine está siendo una madre para mí.
—Manténlo así esta vez —me dice, pero hay un rencor en sus ojos.
Me quedo observándolo ir a hacerse el lindo con Maddie, mientras me caliento el trasero en la chimenea (se me ha helado un poco con la historia).
Tras un rato de observación, acabo por entender que José lleva años colado por Maddie (y no puedo culparlo), y Maddie…
lo mantiene cerca, pero claramente tiene algo con Mena.
Por algo la hija la mira como si prefiriera trincharla a ella antes que al pavo.
El look de la chica es más grunge que punketo, pero he perdido un poco mi street cred de tribus urbanas. Cuando me acerco, veo que está echada en un sofá, Martens sobre el tapiz, bebiendo con pocas ganas una bebida de soya de dieta.
—¿Te cambio eso por eggnog sin alcohol?
—Sólo si después me haces quemar las calorías —me suelta. Tendrá dieciséis, pero lleva más delineador que una drag queen—. Papacito.
—Podemos hacer burpees después en la nieve —le digo flemáticamente, llenándole un vaso.
Hace una mueca, pero mi encanto y mis pectorales han derretido a mujeres mucho más difíciles que esta niña. Me echa otra larga, larga ojeada (y no la culpo, porque me vestí para seducir a Milly y animar a Maddie). Casi puedo ver sus hormonas adolescentes fluyendo.
—Es apestoso venir a fiestas en donde no conoces a nadie, no hay nadie de tu edad y encima se espera que seas deferente con todo el mundo.
Me pasaba todo el tiempo cuando tenía tu edad.
Y todo el mundo viene y te da consejos que no vienen al caso…
—me encojo de hombros—. Al menos te prometo que la comida compensará.
Miriam preparó un festín que va a tener a todo el mundo callado.
Aunque aléjate del puré de papas: ése no va a estar muy bueno.
—¿Creciste acá? Nunca oí de ti hasta que apareciste de repente y mi padre empezó a alegar —bufa, echándose atrás y metiendo las manos en las mangas de la gruesa camisa de leñador que lleva—.
No sé cómo aguantas vivir con esa… —agrega, señalando con el mentón a Maddie, que está riéndose por algo mientras Arturo, el padre de la chica, pone un jazz navideño realmente baboso en el reproductor.
—¿Qué te molesta de Maddie? —le pregunto muy neutralmente—. A mí me da besitos y comida y techo, no le encuentro nada malo…
—Es porque eres hombre —me dice secamente—.
A las mujeres ni las registra, si no es para criticar.
Con esa voz melosita suya que pone… es tan odiosa.
“Queridita, serías tanto más bonita si te pusieras un buen rímel”.
“Queridita, las mujeres tienen que preocuparse de que los zapatos les combinen con la cartera”…
¡arrrgh! En serio, no creí que quedara gente así afuera de Reddit.
No tengo idea de cómo su hija no se ha suicidado todavía.
Si ni le presta atención, excepto para exigirle cosas.
¡Vieja cínica! Lo único que sabe hacer es ponerle sonrisitas de miel y sobarle los bíceps a todo hombre que se le cruza, y todos babeando…
—En verdad un buen rímel hace cosas por uno —le digo, ignorando el resto de sus quejas—. Y con los de retinol te crecen más pestañas.
—Ay no, eres fleto.
—No, pero he usado rímel —le digo, y le abanico las pestañas—. Y con un poco de crema de cacao tintada no te dolería sonreír, que apuesto te duele. ¿Tus papás están divorciados o…?
—Mi madre está en la escena punk en Frisco.
—Nooo —exclamo fascinado—. ¿Y no te dan ganas de ir? Yo iría, qué fascinante…
Connie (se llama Constanza) se suaviza bastante hablando de bandas.
Me la gano contándole que una vez actué en el mismo escenario que Awolnation y brindé con ellos luego (no hay necesidad de explicarle qué NO tenía puesto durante mi actuación), y nos entusiasmamos hablando de Bleached hasta que nos llaman a la mesa.
Maddie le pide a José que diga la gracia, y observo de reojo a Milly, que se ha sentado última y ha ayudado a Miriam toda la tarde. Las palabras de Connie sobre cómo la trata Maddie me quedan dando vueltas: es cierto, y yo nunca lo había notado.
Bueno, qué diablos. Si Milly necesita afecto extra, para eso estoy; es la descripción de mi trabajo.
La cena es tranquila, con Sebastián y Miriam sentados con nosotros, algo que parece hacer que Arturo y José levanten las cejas.
Pero, en verdad, hubo tanto eggnog y tantas golosinas antes que no pasamos mucho rato en la mesa: varios terminan viendo un partido, Aster y Freddie se ponen a jugar cartas con Connie, y yo atrapo a Milly en el pasillo cuando regresa de servir el último platito de pastel.
—Ven, mira, ha parado un poco la tormenta —digo, arrinconándola en el descansillo de la escalera, donde hay una ventana redonda que muestra el muelle.
En verdad el viento y el oleaje se han calmado: nieva despacio, los copos casi flotando en el aire, y hay una gran quietud afuera.
Milly se apoya en la ventana con un suspiro, y cuando la abrazo por detrás puedo sentir cómo reposa su cuerpo en mí, con tanta confianza, y con un dejo de cansancio que me dice lo duro que ha sido lo de la auditoría.
Hundo la cara en su nuca, inhalándola, y aunque quiero apoyarla, es de ese aroma del que saco fuerzas.
—¿No quieres escaparte un rato al faro a hacer maldades? —le sugiero.
Le vuelve la sonrisa, pero me da un codazo.
—Hay menos cuatro grados, ¿cómo se te ocurre…?
—Yo te mantengo caliente.
La pausa me dice que está tentada, pero luego sacude la cabeza.
—No. Guarda energías para el jueves; he pasado tanto frío esta semana que quiero probar lo del aceite caliente…
—¿Planeas freírme el penecito? —pregunto. Ella bufa por la nariz.
—No. Es un aceite que se entibia y se frota; es perfumado y tiene propiedades excitantes… se supone.
—¿Tú crees que nos hace falta? ¿Realmente quieres que nos rompamos un hueso antes de la Gala? O sea, bailaré con yeso y todo, pero…
—Mamá quiere hablarte de eso. Está llena de ideas para la Gala, pero la dejé coordinándola con Claudio y Tom; francamente, no tengo energía para…
—Quiero que abras el baile conmigo —le digo al oído.
Ella asiente, pero cuando me quedo quieto, lo piensa.
—¿Quieres…?
—Hablaré con Maddy. Quiero hacerlo público.
—No, Evan. No con los albaceas investigándome. Si la toman contigo…
—Milly —digo secamente—. Si los malditos abogados deciden que ninguno de los dos merece la rejodida herencia, pues que se la den toda a Maddy, que igualmente va a heredártela, y sin las estupideces de mi padre por medio.
Y si Maddy decide que no quiere, pues trabajamos.
Y si no quieres trabajar, encontraré cómo mantenerte.
Esto es mucho más importante que cualquier montón de acciones.
Puedo sentir cómo se envara, por un segundo enojándose: comprendo que la idea de abandonar el trabajo por el que tanto se ha esforzado, por mis manías, le parezca ofensiva. Luego siento cómo se pausa, cómo piensa en lo que digo, y su postura se suaviza, encogiéndose de hombros.
—Supongo que cualquier firma de equidad podría aceptarme como consultora. ¿Y tú en qué pensarías trabajar?
—¿Sabes que por tres años yo fui el que más ganaba en el club, verdad?
—EVAN —bufa—. ¡Ni de chiste!