Esclavo Tuyo Un Paseo Por El Lado Oscuro #2
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Un Paseo Por El Lado Oscuro #2

—No me vengas con que no has tenido nada que ver con que el personal de Richard lo abandone.

—No diré eso. Pero sí tuve que ver con cancelar todos sus contratos de seguridad.

Para alguien que nunca ha vivido sin alarmas, sin sirvientes y sin guardias, debe de estar muriéndose de miedo —dice con una sonrisa malvada.

Si a mí casi me dio un ataque, no quiero imaginar cómo bramó Sebastian al leer esas burradas sobre Milly—.

Supe que le salvaste la vida al joven Charles.

—El Narcan lo sacó del paro; yo le salvé la vida convenciendo a la tía de mandarlo a un rehab decente —gruño—.

Al menos le aclaré esa idea absurda de que mi padre me había metido en rehab y de que yo me había escapado a ahí rumbo a una vida superpecaminosa de drogas y mujerzuelas.

Yo siendo la mujerzuela del título —suspiro—.

Pero hablé con su dealer, y hay deudas y otros problemas… pienso darle una vuelta a eso el lunes.

—¿Milly sabe eso?

—No necesita más problemas. Vernet me ayudará a solucionarlo. No quiero que vayan a pescarla mezclada en asuntos de drogas, Sebastian. La están auditando.

—¿Pero tú necesitas meterte en líos?

—Es mi primo —digo, mirando por la ventana—. Y viendo su trayectoria, lo que le está pasando… es un poco yo. Si lo salvo, quizá me sienta mejor.

—¿Por qué… exactamente… fue que tu padre te echó a la calle, Evan?

—me pregunta tras una pausa, deteniéndose en una luz roja aunque las calles nevadas están desiertas.

Nieva tan fuerte que incluso la salida del puente está vacía, a las siete de la tarde de un viernes—.

Milly no está segura, y la señora Madelaine nunca me ha respondido esa pregunta.

Pero no puedo imaginar ninguna razón por la que yo echaría a un hijo a la calle.

—¿Sí? —le digo, alzando una ceja—. Es porque tú no eras Edgar Lawrence Wexstone. ¿Qué pensabas que hice?

—Pensé que tal vez le habías hecho algo a Milly niña.

Bufo.

—Debería indignarme por tu comentario, pero considerando dónde dormí anoche, quizá no debería. Es tan complejo esto. ¿Crees que cuando hagamos pública nuestra relación, alguien va a creer eso de mí? ¿Que la groomeé? ¿O algo peor?

—¿Van a hacerse públicos, en serio? —pregunta en voz baja.

—Es en serio —musito—. Es lo más serio que he hecho en la vida —termino.

Tomamos el ferry con el auto, ya que Milly y Maddie se han ido en el helicóptero de Mena.

Estiro las piernas a pesar del frío intenso: estuve tantas horas en la oficina mirando pantallas que me arden los ojos y la frente; el aire frío se siente bien cuando me quito la corbata y desabotono la camisa.

Sebastian regresa tras ir por dos vasos de café bastante decente, y los bebemos un rato en silencio, mirando el atardecer volverse una noche azul muy clara. Las estrellas trazan un camino perfecto entre los muelles.

—Ya teníamos una docena de peleas por llegar tarde, llegar drogado, ser expulsado de tres colegios diferentes, y que un tutor le dijera a mi padre que la cantidad de ceros necesaria para tolerarme no cabía en un cheque.

Básicamente, mi padre no me hablaba, y Maddie era la única que se asomaba ocasionalmente a ver si seguía vivo.

Una mañana, su chofer se enfermó y ella tenía que ir a recoger un vestido para la gala del cumpleaños de mi padre.

Me pidió que la llevara y, como siempre había sido amable conmigo, acepté aunque había llegado hacía dos horas a casa, tenía la resaca del infierno y había fiesteado toda la noche.

Insistió en que comiera algo, y fuimos y volvimos rápido al centro por su vestido y por unos milkshakes que se me habían antojado.

Todo iba bien hasta que estaba entrando el auto en la avenida de la casa y…

no sé qué pasó. Perdí totalmente el control: fue como si de pronto me durmiera.

Sentí que el arce de la entrada me había chocado a mí, la verdad.

Sólo recuerdo los gritos de Maddie luego, el sonido de una sirena, la sierra cuando estaban cortando la puerta del auto para sacarme, mucho después de sacar a Maddie de entre los fierros.

Ella estaba más asustada que herida, pero tenía sangre en su sweater blanco; yo estaba drogadísimo, pero sólo tenía un golpe en la cabeza.

Recuerdo a Maddie gritando y llorando cuando mi padre se arrojó encima de mí y empezó a pegarme con algo metálico…

una herramienta o algo… gritándome que si había tratado de matarla como había matado a mi madre.

Me partió la clavícula. La policía y los bomberos nos separaron y me metieron en la ambulancia.

Cuando desperté en el hospital, casi dos días después, había un abogado con una orden de alejamiento, quinientos dólares en metálico y un pasaje de avión en blanco, sin retorno —suspiro—.

Y aunque no lo creas, en ese momento me alegré tanto de ser libre y dejar atrás el peso de ser el heredero del Holding Wexstone.

Me bebí cien dólares esa noche, contacté amigos, me fui a Los Ángeles, intenté estudiar actuación, trabajar de extra, de modelo, de promotor, de lo que fuera…

no podría haberme ido peor. En tres meses estaba moviendo droga para sobrevivir; en seis, ya estaba haciendo porno.

Ninguna de las dos cosas te enriquece como en las películas —le digo con una sonrisa amarga.

Pero la honesta compasión en la ancha cara de Sebastian me descoloca, y me alejo de él, mordiéndome el labio, sintiendo el pecho alarmantemente apretado

No esperaba su empatía. Soy el típico niño rico malcriado que arruinó su vida y ahora un milagro y un ángel del cielo (al que le gusta meterme pelotitas vibratorias, sí) me han devuelto todo lo perdido, todo lo que no me merezco. Ciertamente no merezco la compasión de este hombre honesto.

Mi respiración toma un minuto en calmarse: por suerte el rumor de las olas enmascara mis ruiditos ridículos.

—Casi maté a Madelaine, no me mires así.

—Tenías dieciséis años —dice Sebastian duramente, y su mano oprime mi hombro—. ¿Y ahora quieres salvar a Charles por eso?

Asiento.

—Conseguí que Vernet averiguara cuánto debe y cómo sacarlo del lío. Entre los dos podemos hacer cerca del monto; tía Gertrude pondrá otro poco, pero no quiero molestar a Milly con esto. Ya la están investigando por mi culpa.

—No fue técnicamente tu culpa —dice Sebastian—. Yo puedo aportar un millón y algo.

—¿Tienes ese dinero? —digo, asombrado. Hay humor en su cara.

—Es que en realidad no es mío. Revendí baratas las cosas que le robé al señor Tom para inculpar a Helena; las dejé en el circuito de casas de empeño, encontrará la mayoría.

Pero no puedo depositarle el dinero sin levantar sospechas, no es como que él lo necesite, y no me gusta tener dinero que no es mío.

Iba a donarlo a la Fundación, pero si le sirve al señor Charles…

Me echo a reír.

—Es una sucesión de buenas obras —le digo, palmeándole el hombro, pero él sigue serio.

—Te acompañaré. Milly no necesita el disgusto de que te pase algo.

—¿Reconocerás algún día que te caigo bien, Sebastian?

—Haría lo mismo si Milly tuviera un poodle que llevar en cestito, Evan.

—Eso sí que no: al menos tendría que ser un afgano. ¡Mi pelo es FABULOSO!

La casa se llenó temprano de gente: aunque había un tiempo de perros, con aguanieve y el oleaje golpeando el muelle, dentro de casa había decoraciones navideñas, aroma a canela, naranja y anís, bombones en platitos por todas partes, eggnog y, por lo que oigo, Miriam ha preparado un festín en la cocina.

Me echa una mirada de advertencia cuando me acerco al bol de ensalada de patatas, pero no es eso lo que vengo a rondar: es a Milly, que con un sweater navideño que mataría a Versace de nuevo y el pelo recogido está toda sonrojada, moliendo más patatas para el puré.

—Nunca te había visto cocinar —le comento, antes de acercarme y susurrarle al oído—. Le pones tanta energía… y yo sé cómo se siente cuando usas esa fuerza…

A Milly se le va la mano y un sacudón al bol hace que le salpique patata en el pecho.

—¡EVAN!

—¡No hice nada! —me defiendo, pero deslizo una mano por su pecho ostensiblemente para limpiarla de patata molida, que me como. Está espantosamente desabrida, pero asumo que es como puede comerla.

Y pensar en todo el spice que se come los jueves…

Están los Mena, padre e hija; José Mancini y dos de sus hijos; Aster Gustloff; y Freddie con su madre.

La señora Courtland trajo una botella completa de un ponche muy suave de frutas que Milly me dice no le hace nada.

Pero hay eggnog sin alcohol, y Freddie, Aster y yo seguimos las indicaciones de Maddie para terminar de colgar guirnaldas y decoraciones.

Hay unas pelotas de vidrio de Tiffany rojas que deben ser carísimas, pero mis favoritas son unas lunetas pintadas con paisajes navideños y renos que la misma Maddie ha hecho.

Cuando cuelgo la última, con ella sosteniéndome la escalera como si su cuerpito frágil fuera a contrapesar el mío, bajo el escalón directo a sus brazos.

—Mi Evan. No sabes cómo me alegra que estés en casa este año —me dice con tanta dulzura que me derrito y la abrazo, inhalando ese perfume maravilloso, escondiendo la cara en su hombro delicado, cubierto con cachemira lila.

Estoy meciéndola cuando siento una mirada como sentiría una puerta abierta al frío y, por sobre su hombro, veo la cara fea de José Mancini mirándome con su taza de eggnog e, incongruentemente, con un sweater de Santas bailarines.

Lo único que me falta… que el Directorio me odie ahora.

—¿Más eggnog? —le sugiero, tras un rato, paseándome con la botella.

Aster acepta con entusiasmo y Freddie va en su tercer vaso, aunque recién empezó a oler a pavo desde la cocina.

Pero cuando me acerco a José, que hojea un libro antiguo de una estantería, su mirada se detiene en mí, y sé que va a hablar.

Es latino (Mena es español). Un latino nunca se guarda mucho rato lo que piensa, sobre todo si sus pensamientos no son halagüeños.