Esclavo Tuyo Un Paseo Por El Lado Oscuro
74%

Un Paseo Por El Lado Oscuro

“—Por supuesto que podemos conseguirte unos minutos en el matinal, Evan, ¿pero y tu encargado de prensa? ¿Y tu asistente? ¿No prefieres hacerlo el viernes? Tengo entendido que pretendían invitarte al late show la próxima semana, que es de más alto perfil… ”

Las objeciones de Stuart Carr, jefe del matinal, contrastaban con el entusiasta “sí” de Kitti, pero fue la aceptación de Sandra, la periodista, la que me permitió estar a las siete de la mañana siguiente entrando al estudio para grabar.

(No, no era en vivo: la mayoría de los matinales se graban con media hora a una hora de adelanto, para no terminar aireando sus mayores desastres).

Yo llevaba mi mejor trajecito nuevo azul de T. E. White, maquillado como en los viejos tiempos, estrechando la mano de ellos tres y de una actriz mayor —pero más estirada que condón de la NBA— que estaba promocionando su obra de teatro.

Me instalaron en un set con una mesa rodeada por esas sillas de bar en las que sólo te cabe medio trasero. ¡Y pensar que los sillones de la vez anterior habían sido tan cómodos!

—¡Estamos preparándonos para la fiesta de Navidad! Vamos a transmitir en vivo desde este set la caída de la esfera de Times Square y la celebración… —me anuncia Kitti, encantada, mientras Sandra parpadea.

—Eso es en Año Nuevo. Lo que vamos a transmitir el lunes es un especial prenavideño —la corrige pacientemente Stuart—. Evan, ¿no tienen la Gala de Navidad el próximo sábado?

Sí. Y además tengo la “fiesta” de Navidad de la Fundación el viernes anterior, pero eso no es asunto suyo, viejo.

Con Claudio y Tom he armado un auténtico tour de force de relaciones públicas.

Me conviene empezar a insinuar desde hoy que tengo algo planeado, pero estoy demasiado enojado para aprovechar la prensa gratis, maldita sea.

—Ya saben que están invitados a la Gala, Stuart… —empiezo con mi mejor sonrisa. Luego separo las manos en un gesto de impotencia—. Yo venía lleno de espíritu navideño, listo para ponerme gorrito y repartir bastoncitos de dulce, cuando me arruinan el humor con esta tontera…

—Supongo que estás hablando del artículo en The New Yorker y en HuffPo, ¿no es así? Sobre el liderazgo del Holding Wexstone… —empieza Stuart delicadamente, pero Kitti suelta una risita.

—¡Y la foto es tan bonita! Te ves tan lindo cargando a tu hermanita en brazos, tan apuesto…

—El artículo es bastante agresivo, sí —afirma Sandra, su voz volviéndose especulativa, como toda buena periodista—. ¿Quieres contarnos tu versión, Evan?

—No hay una “versión”, Sandra. La realidad no tiene “versiones”.

Y, disculpando mi lenguaje, les sugiero ir preparando el efecto de beep para lo que voy a decirles.

En resumen: ese artículo es una mierda absoluta, el pedazo de texto más resentido que he visto, dictado por (y déjame decirlo con todas sus letras) un hombre ofendido porque una mujer hace el trabajo diez veces mejor de lo que él jamás podría.

No llevo ni un año en la empresa. Lo que me interesa es la Fundación, donde lo que hago es animar al fantástico equipo que tienen. Pero el Holding… Stuart, hay un motivo por el cual yo me fui a estudiar actuación y Mildred tiene un montón de posgrados. Para mí las altas finanzas son chino avanzado.

La que lleva la empresa (y con ganancias ascendiendo) es ella. No tienes que preguntarme a mí. Pregúntale a cualquiera del personal que trata con ella día a día.

—Vaya, Evan —dice Stuart sonriendo, mientras Sandra parece sorprendida y Kitti hace un puchero.

—¿No estarás siendo demasiado modesto, Evan? —me dice, dándome palmaditas en el bíceps, como si mis músculos fueran imanes para sus dedos.

—Si me conocieras mejor, sabrías que NADIE usa la palabra “modesto” para describirme.

Fui actor —le digo, guiñando el ojo a la actriz, que se sonroja—.

Digámoslo fuerte y claro: Mildred dirige la empresa y el Directorio, exitosamente.

Si alguien quiere prestar atención al Dow, ahí están los números. Yo soy decorativo.

—Aprecio que vinieras a defenderla y a aclarar esto, Evan. Es muy caballeroso de tu parte —dice Stuart con calidez.

—¡Siempre es un gusto tenerte aquí! —gorjea Kitti.

—¿Pero por qué no la trajiste? Seguro una CEO importante puede defenderse sola, sin esconderse detrás de ti —me dice Sandra, aguda. Me muerdo el labio.

Sabía que iban a decir eso.

—El motivo es muy simple, Sandra. Y es este: la gente que mueve el mundo… la gente que trabaja duro de verdad, no tiene tiempo para venir a charlar sobre ello. Probablemente apenas tiene tiempo para ver este matinal —agrego, volviéndome a la cámara—.

La gente que nos ve ahora, esforzándose en su casa, en su oficina, donde sea que esté… esa es la gente que echa a andar este país mientras gente como yo habla y habla al respecto. Mildred es así.

Te garantizo que ahora mismo va bajándose del tren para ir a la oficina, donde la esperan dos secretarias, una docena de correos, un par de reuniones, y páginas y páginas de gráficos y problemas. Lo único agradable que tiene ahí para alegrarse la mañana es un tecito.

Y aun así encuentra tiempo para ayudarme con la Fundación y atender a sus empleados lo mejor que puede, en ese holding inmenso.

Esa es la mujer que The New Yorker y HuffPo eligieron ofender. Y si la conozco bien, no va a dedicarle a su honor ni un pensamiento mientras se preocupa de cómo esta estupidez afecta los números de la empresa.

Pero para eso me tiene a mí. Y por eso estoy aquí, para decir que ningún coyote persiguiendo un correcaminos recibió su merecido tan abundante, absoluta y yunquemente como lo van a recibir esos medios, sus periodistas y el tipo que dictó el artículo… en la jeta.

ESE JUEVES

6.Scarification. Masoquismo.

—¿Y quién te dio permiso a ti para ir a defenderme en el matinal como un superhéroe, hm? —

Muevo el trasero para acomodarme en la silla al revés donde estoy atado, las manos a la espalda.

Milly traza con la aguja de tatuaje el trébol de la buena suerte que acordamos poner en el reverso de mi muñeca.

Eso, sumado a que llevo puesto un anillo de pene, me obliga a tragar saliva y concentrarme antes de contestar.

—No lo pensé mucho. Estaba muy enojado.

—Tú sabes que para hacer ese trabajo tenemos a Claudio, Evan. No puedes salir corriendo como pollo alocado cada vez que algo no te guste para dar conferencias de prensa.

—Es que esto no admitía réplica. No había nada que discutir: estaba equivocado, era un insulto y punto.

—Los abogados le han puesto una demanda a Richard.

La retirarán si hay una retractación pública; seguro va a intentar defenderse con que estaba afectado por la muerte de su madre y eso…

. pero como sea, parte del daño está hecho.

Hay suficientes hombres ansiosos por creer que cualquier mujer competente tiene algún truco, algo que justifique sus fracasos —dice ella pensativamente, acariciando mi piel alrededor del diseño— Tuvimos una caída en la Bolsa.

No tan importante, pero anuló mis avances del mes.

Y los abogados de nuestro padre, la gente de Croydon no lo hagas de nuevo, estuvo muy mal, pero… —su suspiro me derrite. Deja la aguja a un lado y empieza a besarme el cuello, la espalda, mis manos atadas—. Evan… Dios mío, quisiera ser como tú. No le tienes miedo a nada…

—Lo que no tengo es vergüenza, y eso lo sabes —le digo, sintiendo sus manos en mi cintura, mis muslos— Y estoy orgulloso de esto, de lo nuestro. Quiero gritarlo desde los techos, ponerlo a la vista de todos. Te quiero, y no me importa quién lo sepa.

—¿Por eso dijiste…?

—No voy a irme a ninguna parte cuando tenga la herencia —digo, girando la cabeza para mirarla. Tiene los ojos húmedos, aunque el sonrojo delata lo que le provoca tenerme atado y a su merced—. No me eches de tu lado. Déjame quedarme para siempre, mi amor.

—Evan…

Sus besos se vuelven profundos y me desata para llevarme a la cama.

Me arde un poco la muñeca, pero nada importa cuando me tiendo entre sus piernas.

Nos movemos hasta que el anillo se vuelve tortura.

Ella me libera mucho después de que ya no puedo hablar con coherencia, pero hay aceptación silenciosa en la forma en que me acoge luego en sus brazos.

No hay marcha atrás.

—La gente de la casa Riordan se está yendo.

De pronto todos han conseguido mejores ofertas en otros sitios, y no sólo le han cancelado su membresía en varios country clubs: su nueva startup de Finanzas Riordan no va a despegar en absoluto.

Los periodistas del WaPo, que no cayeron en su supuesta “filtración de información” (la gente del WaPo no es tonta, y los del Wall Street Journal ni siquiera quisieron oírlo), ya han esparcido por todas partes la historia.

Y la gente del New Yorker y HuffPo no se toma bien que les tomen el pelo —me cuenta Sebastian ese viernes, mientras vamos a toda velocidad de Clayrton a la costa.

Maddie y Milly ya se han ido a la casa de Nantucket, donde han planeado una minifiesta para celebrar abiertamente el último domingo de Adviento antes de Navidad; y aunque me atrasé un poco con John en la Fundación, Sebastian vino a buscarme personalmente.