Cómo salvar una Vida #4
Pero al menos sé que Milly no tiene interés en tratar de meterme un balde de helado, y estoy bastante seguro de que la excitan mucho más la idea de las cosas que las cosas en sí: siempre está más entusiasmada de empezar con algo en su lista que de efectivamente llevarlo a cabo.
Pero quizá este sea el kink que la enloquezca: sé de varias mujeres que no están acostumbradas a pensar en sus anos como un lugar erógeno (no el clítoris, no hay próstata) y no han probado lo increíblemente sensitivo que es ese tejido…
Y yo soy un experto.
Cuando subo, tengo cuidado de dejarme puesta una camisa color berenjena que me regaló y le gusta mucho: es ligera y sedosa, y aunque me tardé un poco en darme cuenta de que es en estas situaciones que quiere vérmela puesta, la complazco y me arreglo lo más posible, me afeito hasta que mi mentón es suave como el de una mujer.
Sí, la quiero tan confortable como sea posible.
Ella se ha dejado un flojo vestido de un rosa muy triste, descolorido y más cercano al café que al magenta.
—¿Algún día te veré vestida de rojo? —le susurro, mientras ella pone botellas de agua a mano, lubricante, unos bombones de miel—. Estos colores tan deprimentes que usas…
—Los eligió un especialista en color que mi madre contrató.
A ella le recomendó unos tonos gemas preciosos, pero a mí fue enfático en una batería terciaria muy apagada.
Habían motivos, pero ahora no recuerdo… —dice con un suspiro cuando la tomo de la cintura y empiezo a besarle el cuello—.
Supe que tía Gertrude se llevó a Charles a una clínica en California. ¿Fue cosa tuya?
—Noo. Jean les consiguió cupo. Dios sabe que ya le hacen descuento —digo, ocupándome de sus orejas, que son absolutamente deliciosas. Empieza a irse de lado como gato cuando hago eso.
— Pero estaba preocupada por si tenía deudas o algo, a la tía no le queda dinero ya, puse a Sebastian a averiguar…
—No, no tiene —le miento a sus vértebras dorsales mientras las beso de a una—. Su amigo Vernet se ocupó. No hagas trabajar de más al pobre Sebastian…
—Ha estado muy contento últimamente —me dice volviéndose con un guiño.
Puedo ver que mis besos, mi camisa abierta y mis pants desabrochados ya la han puesto de humor.
—¿Cómo empezamos con esto, mm…?
—Permíteme que te muestre… —susurro, llevándola a la cama.
Milly me ayuda quitándose el vestido y recogiéndose el cabello, pero me mira interrogante cuando apilo las almohadas.
—¿Y ahora?
—Ahora —digo yo, tomando un poco de sirope de miel, mi favorito—. Te abrazas bien a eso con las rodillas separadas y te haces bolita. Y por el amor de Dios, concéntrate en no patearme.
Ella asiente con entusiasmo, pero hay un nerviosismo cuando empiezo a masajear sus suaves nalgas rosadas, a deslizar mis dedos.
Puedo sentir el atavismo de querer cubrir su intimidad, a pesar de todo lo que hemos hecho: una timidez vieja como la humanidad.
Pero la sostengo de los muslos y dejo caer gota a gota el sirope, que la hace contraerse en sorpresa.
Hago bien en sujetar sus muslos: a la primera lamida me habría pateado, si no.
Ya dije que soy un experto: cuando al fin la sujeto bien y me apodero de esa carne tibia, sus jadeos son explosivos, incontrolables.
Ah, mi amor. No tenías idea de esto, ¿verdad…?
Dejo caer unas gotas más de sirope y espero, hasta que gira la cabeza para tratar de mirarme: está temblando.
—¿No vas a… seguir?
—Eres mi Dom —susurro, haciéndola sentir mi aliento—. Ordénamelo.
—… Sigue lamiéndome, Evan, por favor… —susurra ella, hundiendo la cara en las almohadas; tiene hasta los hombros rojos.
La complazco hasta acabarme el sirope y lograr que su sexo literalmente gotee de deseo en mi mano: lo estimulo con el pulgar, arrancándole auténticos gemidos, pero por la forma en que trata de empujarse contra mi cara… sí, está lista.
—¿Algo que desees, amor mío? —susurro. Su gemidito es tan dulce.
—… Quiero… que me metas… algo… ahí… —gime, loca de deseo.
Mi triunfo me inunda de orgullo: primero mis dedos, luego un plug que había lubricado. Cuando se empuja contra él en manos y rodillas, el deseo que siento casi me hace perder la cabeza.
El plug tiene ondas de silicona, y cuando la penetro hasta el fondo de un envión, puedo sentir a través de la delicada pared de carne…
Sí. Follamos furiosamente, como dementes.
Tal vez no necesitaba ocuparme yo, pero no importa: es demasiado el placer que siento para preocuparme de ello.
La tomo hasta que la falta de comida y el cansancio me derrotan, pero eso es mucho después de que ella se retuerza con auténticos sollozos y pegue su espalda transpirada a mi pecho, dejándome sentir cada uno de sus estremecimientos como si fuera mi propia carne…
Aaah, Milly…
—Evan.
Debo haberme quedado dormido. Aún no amanece, pero debe faltar muy poco. Ella suena totalmente despierta. Estaba sentada en la cama, mirando su teléfono, que deja de lado.
—¿Mmm?
—¿Estás muy cansado o… podemos seguir?
Me giro para mirarla con incredulidad. Pensé que los dos éramos una mopa estrujada, pero está ahí de pie, con una blusa encima y, en la mano, el doble dildo que había elegido.
No es pequeño, pero tampoco grande: tiene un tope por ambos lados, gracias a Dios, pero no correas ni arreos. Voy a tener que quedarme muy quietito.
—Claro que podemos —le digo de buena gana.
No podría intentar otra sesión atlética, pero quedarme quieto mientras ella juega a follarme suena bastante bien.
Pero hay algo en su silencio. Hay una tensión en sus manos… ¿esto le calienta tanto? ¿O hice algo mal? Quiero preguntarle cuando, de repente, veo que saca la mordaza, que no había sacado desde la primera vez que hicimos esto.
Creo que es posible que yo haya dicho alguna cosa demás…
—¿Recuerdas tu gesto de seguridad?
Asiento, cruzo las piernas.
—¿Está todo bien, Milly?
Ella asiente, pero hay una brusquedad, una ansiedad al ponerme la mordaza. Sus manos no tienen la misma calidez de siempre al acomodarme. Pero imito su posición al comienzo de la noche dócilmente, espero con paciencia mientras ella busca el ángulo, arrodillándose tras de mí…
Sé que nunca ha hecho esto, y quizá debí guiarla un poco más, pero me desconcertó tanto su silencio y aún estoy medio dormido, sin contar la mordaza.
Separo las rodillas y arqueo la espalda, ofreciéndome, sintiendo sus manos aferrando mis pectorales para atraerme a ella. Pero entonces siento la cabeza del dildo, y sé que esto no va a ir bien. Al menos para mí.
Eso no es, ni de cerca, lubricante suficiente.
No amerita mi gesto de seguridad: no voy a romper su fantasía por un poco de ardor. Pero cierro los ojos con fuerza y muerdo la mordaza cuando lo que parece una porra interminable se entierra en mis entrañas. Y ahí queda, porque no hay aún suficiente humedad para que se mueva fácilmente.
Ella sí se mueve: puedo sentirla, y la conozco lo suficiente para sentir cómo el placer está inundándola. Está disfrutando. Aguanto. Arde, pero aguanto.
Sus gruñidos y movimientos son tan claramente de disfrute… hay una ansiedad en ella que está satisfaciéndose, gozando tanto que no la detendría aunque en vez de un dildo fuera un cuchillo.
Mi Milly, al fin exorcizando sus demonios en mí… Mi Milly.
La vuelvo tan loca, Dios, pienso sonriendo mientras muerdo la goma de la mordaza.
Tras correrse, se desploma a mi lado, se envuelve en las sábanas. No hay el exquisito aftercare al que me tiene malacostumbrado, pero es mejor: me arreglo y me aseo sin ver más que unas mini gotitas de sangre.
No ha sido nada: una vez estuve una semana con tampones…
—¿Milly…? —susurro.
Nada. Se apagó como una luz, está durmiendo como un tronco. Oh, mi preciosa.
La arropo y, a las siete y media, me ducho y me inclino a besarle la frente.
—Me voy a la Fundación… —le susurro.
Ella abre los ojos y me mira, pero hay una extraña distancia en ellos. Quizá solo está muy dormida aún.
—Es mejor… —susurra—. Te llamaré… ¿estás bien?
Le doy mi mejor sonrisa y otro beso. Me voy: estoy seguro de que está dormida antes de que cierre la puerta.
No es hasta que me siento en el tren a Clayton que veo un mensaje de Claudio, suplicándome que lo llame en cuanto pueda. RE: HuffPo, NYorker.
Curioso, abro los enlaces que me envía.
La señora a mi lado, que dormitaba, me lanza una mirada de odio cuando mi grito despierta a medio vagón.
OH, JODER. NO.
“Desde su regreso, Evan Wexstone ha sido la presencia firme que Wexstone Enterprises llevaba meses implorando sin admitirlo.
Mientras la compañía se hundía en informes incompletos y decisiones impulsivas, él volvió a ponerse al mando con la seguridad que sólo la experiencia y la capacidad pueden dar.
Por contraste, Mildred Wexstone —demasiado joven, demasiado nerviosa y, francamente, demasiado perdida— parecía más una interna improvisada que una directora capaz de sostener una empresa en crisis.
Para cuando Wexstone empezó a recuperarse, ya nadie dudaba de quién había hecho el trabajo. La compañía volvió a levantarse tras la muerte de Lawrence Wexstone, sí, pero con Evan al frente, mientras Mildred quedaba reducida a una figura decorativa que asentía en silencio.”
“Los tabloides lo dijeron sin piedad: No es que Mildred Wexstone haya fallado, es simplemente que nunca estuvo a la altura.”
Es la foto de la calabaza. En todas partes. Yo sosteniéndola en brazos, su zapato con la calabaza, ella echada hacia atrás…
EVAN WEXSTONE CARGANDO EL PESO DE LA DIRECTIVA.
(Y esa foto era tan hermosa…)
Esto sólo puede haber salido de…
RICHARD. MALDITO SEAS.