Esclavo Tuyo Cómo salvar una Vida #3
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Cómo salvar una Vida #3

—¡Le salvó la vida! —dice el bedel.

Milly está un poco más allá, hablando con tía Gertrude, que suena muy aguda en el teléfono, pero ha oído, porque echa una mirada sombría en mi dirección. Lo último que quiero es que piense en mí en la situación de Charles…

He cambiado, Milly. Te lo juro.

—Los seguiremos en un taxi; la tía viene en camino.

Esperaremos que ella llegue —dice Milly con autoridad un segundo después.

Da indicaciones a los guardias del edificio, consigue un servicio de limpieza que venga a asear el desastre a primera hora.

Mientras está ocupada en eso, yo recojo el teléfono de Charles, caído junto a su cama, y me lo echo al bolsillo.

Milly solo corta la llamada en la que estaba poniendo al tanto a Madelaine de todo esto cuando nos subimos al taxi.

Ha empezado a nevar suavemente: el taxista tiene que ir lento, los limpiaparabrisas encendidos, barriendo la nieve.

Milly se ha quedado callada y se ve muy pensativa: entristecida, creo, por el envilecimiento de Charles.

No quiero sacarla de sus pensamientos: tengo miedo de lo que podría decirme, así que reviso el teléfono de Charles entre medio.

Tiene once llamadas perdidas de tía Gertrude, tres de Freddie (mensajes con montones de memes también), una foto cándida de una secretaria enviada por Dickie, y tres mensajes del tal Vernet. V.

Más te vale que te regreses antes de que amanezca. Tus pataletas no me impresionan, Charlize.

Nos vas a meter en líos a los dos.

Tenemos que pagar antes de medianoche, contesta.

Me envío a mí mismo su número. Estoy haciendo eso rápido (le queda un 10 % de batería) cuando siento una mano suave bajo mi brazo, la caricia de su pelo en mi oreja cuando se inclina hacia mí.

—Fuiste un héroe, Evan —me dice con tanta inesperada dulzura y admiración que me quedo sin aire. Me rodea con el brazo y me aprieta con fuerza con él, hundiendo el rostro bajo mi mentón.

—Milly…

—¿Cuántas veces…? —me dice, y aprieto los dientes porque no quiero tener que responderle cuántas veces hice OD. Me da vergüenza. No quiero que piense en mí así.

—… cuántas veces… —continúa, y se le ahoga la voz—. ¿Cuántas veces te pasó algo así y tuviste que soportarlo solo? Oh, Evan… —agrega, y siento humedad en sus mejillas—. Lo siento tanto, mi amor…

Es primera vez que me llama así, fuera del dormitorio.

Una parte de mí quiere echarme en su regazo y llorar interminablemente: no sé por qué me he puesto tan idiota.

La otra parte quiere follársela ahora mismo como un toro mecánico de bar, pero el asiento trasero de un taxi camino a encontrarnos con tía Gertrude no es el lugar para lo uno ni lo otro.

Inhalo su pelo, que rápidamente se me ha vuelto aromaterapia —es un shampoo caro que huele a mandarina— y meneo la cabeza.

Todo estará bien.

Milly se ocupa de la furia de tía Gertrude, que venía en plan de entrar a la Unidad de Cuidados Intensivos a abofetear a Charlie hasta la sobriedad; yo me muevo a un pasillo y marco el número de Vernet desde mi teléfono.

Se esperan un par de timbrazos, tratando de identificar mi número, supongo. Finalmente contesta.

—Charles tuvo una OD —le digo—. ¿Estás cortando mal o fue a propósito?

—¿Dónde está? —me llega el jadeo. Vaya. Parece que sí le importa algo.

—En Northwell General —le digo. Oigo sonidos de puertas, llaves, chaquetas, carreras. Sí, realmente le importa, o al menos le importa lo que pueda decir—. Está fuera de peligro. Pero solo apenas.

—Merde, Charlie… —jadea. Me corta la llamada: oigo el rugir de una moto justo antes.

Una ojeada al teléfono de Charlie me confirma lo que temía: no solo está endeudado hasta las orejas, sino que se ha metido en líos con la mafia italiana, que no es mucho mejor que las tríadas chinas con las que me metí yo.

¿Por qué los Wexstone seremos tan estúpidos?

—Me voy a quedar un rato. Quiero verlo despierto —le digo a Milly, guardándome el teléfono. Son más de las tres: si no se va a dormir ahora, no va a estar en condiciones para trabajar mañana—. Pero ¿nos vamos juntos por la noche a Providence?

—No puedo. Mamá me ha pedido que sea dama de honor en otra boda… Es una nieta de José. Me han emparejado con su cuñado, si no te invitaría.

—¿Sebastian va a acompañarte?

Ella hace una mueca a mi obvia desconfianza, pero se interrumpe con un bostezo.

—Serás bobo…

—El jueves… ¿me mandarás instrucciones, verdad? ¿Con tiempo?

—Estás muy ansioso con esos juegos.

—Tengo mucho talento con ellos —le digo, acariciándole el mentón—. Además… me excita mucho la idea de que me sodomices.

Ahora sé que cuando se sonroja así, el sonrojo le llega hasta los pechos. Aunque está vestida, me parece extremadamente delicioso ser capaz aún de hacer que se ponga roja con todo lo que hemos hecho.

—Lo único que falta. ¿Planeas venderle drogas cuando despierte? —me dice la tía Gertrude cuando me instalo, con un café tan malo de máquina que seguro darle uno a Milly sería un asesinato, después de que ella se va en un taxi y yo me hago a la idea de esperar a Vernet.

Le dejé un mensaje a Freddie y otro (Dios me perdone) a Lily, a pesar de la hora, para que sepa que no llegaré a la Fundación temprano por la mañana: esto va para largo, me temo.

Me comí unas donas francamente plásticas mientras esperaba el café, rebuscando en el teléfono y haciendo un par de llamadas para saber efectivamente en qué líos y con quién se ha metido mi primito, pero la verdad, ni siquiera es que sea muy sutil.

Hay fotos de él con un narco que regenta dos restaurantes en el Bronx. Fotos en su Insta.

—El Narcan se lo di gratis, tía —le suelto a la vieja, que, gris y trágica en su enojo, igualmente acaricia el pelo espeso de Charlie mientras duerme, roncando un poco por la mascarilla de oxígeno—. Ahora en serio, ¿no han tratado un rehab profesional? Es necesario. Uno no sale solo de esto.

—Charlie me prometió… —musita ella, y se demuda, antes de rehacerse—. Me había prometido que no pasaría los límites, que no se arriesgaría… hoy en día todo el mundo toma algo, yo tomo pastillas para dormir…

—No es lo mismo —le digo secamente—. Charlie necesita ayuda. Si usted no quiere dársela…

—¿Quieres que lo eche de la casa? ¿A una de esas… clínicas falsas, en donde dicen que los van a ayudar y solo les sacan dinero hasta que acabas…? —su voz se carga de desprecio—. No soy Edgar, Evan. Yo no le haría eso a un hijo.

Me tengo que sentar y cruzarme de brazos unos momentos, mientras la veo poner un algodoncito húmedo en los labios resquebrajados de Charlie.

—¿Eso es lo que le dijo mi padre que había hecho conmigo, tía?

—¿Me vas a decir que el rehab te funcionó? Porque si acabaste prostituyéndote…

—Tía —digo en voz baja—. Vaya a buscarse un café. Aquí tenemos para rato.

No sé si me cree todo: tampoco fui innecesariamente gráfico.

Pero a las ocho, acepta tenderse en una segunda cama en la habitación de Charlie, y me pide el número de la clínica en donde Jean me tuvo, que no será la más cara ni la más exclusiva, pero es limpia, ordenada, y nadie te pega.

La dejo dormir, porque no creo que Charlie despierte hasta bien entrada la mañana, pero me instalo afuera en una banca bastante cómoda y me entretengo con videos de baile hasta que oigo pasos apresurados y el flaco pelirrojo de Vernet aparece a toda carrera.

Viene tan acelerado que le queda muy poco de su belleza y nada de su estilo. Cuando me ve, se frena en seco y trata de componer su expresión, pero es tarde, ya he visto su cara.

Sí, lo quiere de verdad.

—Está con su madre —le informo, manos en los bolsillos—. Hay un café espantoso y donas horrendas en la cafetería. ¿Te apetece una?

—Estaba tratando de que lo dejara —me dice tras un largo rato. Es desconfiado: Vernet (verdadero nombre Vernon Smythe, de Ohio para más señas, ex mormón) lleva diez años en New York, trafica drogas desde nueve, y está limpio desde hace ocho.

Y había logrado mantenerse sin deudas y sin mayores líos por esos diez años hasta… este, en que su primero cliente, luego amante y finalmente desastre de Charles lo ha metido en todos los líos.

—Fracasó en sus estudios y fracasó tratando de trabajar para la empresa.

Pensó que, si al menos conseguía dinero, su familia lo respetaría —dice con rencor—.

Richard y Freddie no ayudaban, comprándole suelto, animándolo…

Traté de mostrarle lo peligroso que podía ser, lo riesgoso…

pero era como tú. El mismo carisma, siempre caía parado…

se creyó que podía hacerlo mejor que yo.

—Y entremedio… adicto —digo en voz baja—. Es el truco más viejo. Vern, tenemos que sacarlo de esto: otra de estas y se muere. Pero va a necesitar rehab. Ya convencí a su madre. Ahora, indícame a quiénes tengo que ir a patear para que lo dejen en paz.

—¿Tú, Evan?

—Yo.

ESE JUEVES:

5.Rimming, black kiss, pegging.

Es un alivio saber que Milly, veterana de una docena de endoscopías, colonoscopías y demás jaleos estomacales, no necesita mucho entrenamiento para lidiar con el enema y la preparación de esto: francamente, a mí no me habría importado ayudarle, pero sospecho que le habría parecido poco romántico.

Como yo sé lo poco romántico que es una fisura infectada cuando no estás preparado y alguien se entusiasma mucho (o tiene un size kink, que sé lo que es mirar algo, decir “no hay forma de que eso entre” y que, bueno, te demuestren que sí), ciertamente soy puntilloso con esto.

Aay. Me acuerdo y me encojo.