Esclavo Tuyo Cómo salvar una Vida #2
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Cómo salvar una Vida #2

—Envié el informe de este mes a los abogados.

Solo quedan tres más. Quería que supieras…

los intereses de las tríadas chinas están completos.

Eres libre de ellos, ahora… —susurra, justamente cuando mis manos van a sus senos y empiezan a acariciar sus pezones, rotándolos con esa parte de mis pulgares que la barra de baile dejó callosa.

Se le entrecorta el aliento, está claro que no soy el único que sigue caliente.

Hay más cosas en la lista, que espío por entre su pelo mientras a ella se le va la cabeza atrás en mi hombro cuando añado las uñas a jugar con sus pechos.

—¿“Cuckholding”? —musito. No creo que quiera verme otra vez follando a alguien delante suyo. A no ser que quiera que alguien me folle…— No he dado mi consentimiento para que alguien te lo meta delante de mí, Millie.

—¿Qué? Oh, no. Pensaba en besos y, no sé, coquetear en un club o una fiesta…

—Ya te vi hacer eso con Tony y ese artista grasoso, y no, no me calienta en absoluto, no creo que a ti…

—musito, echándome a un lado para tratar de mirarle la cara—.

¿O quieres tú verme hacer eso? ¿Quieres que alguien me folle delante de ti?

¿Una mujer? ¿Un hombre? ¿Quieres verme de rodillas? ¿Que Sebastian me meta una porra por…

—¡No! —exclama ella, pegándome con el iPad en el brazo—. Y no metas a Sebastian en esto; él es decente, un cero en Kinsey, no pueden interesarle menos estos juegos…

—Ah, es porque él es correcto y un buen hombre; no podemos ni mencionarlo, pero al puto que recién estaba succionando semen de tu vulva, puedes torturarlo mostrándole cómo calientas al australiano y a Freddie…

—Nadie pretende torturarte, y no ando coqueteando con nadie, ni aunque fueran mi tipo, que no son —dice ella, quitándose los anteojos—. ¿Qué te pasa, Evan? ¿Tienes hambre, quizás?

—Sí, pero no tiene nada que ver con… —me froto los ojos—. No me hagas caso. ¿Seguimos, mejor?

—No voy a tratar de meterte un collar de perlas por la uretra si lo que en realidad tienes es hambre. Te sugeriría pedir algo, pero creo que me apetece salir. Hay un restaurante de esa comida italiana que tanto te gusta, que se puso recién ahí a la vuelta, y atienden toda la noche. Me contó Manuel.

—¿Quién es Manuel?

—Mi proveedor de hotdogs. No hagas un número de celos sobre mis hotdogs, por favor.

Me arrepiento un poco cuando, después de una ducha rápida y abrigarnos bien, salimos afuera: Milly se detiene a charlar con los guardias, pero el frío me pega como una bofetada.

Inspiro por la nariz hasta que me duele, las puntas de mi pelo mojado helándome bajo la gorra; pero Milly, en un largo abrigo que es casi una tienda de felpa azul, sonríe de oreja a oreja, levantando la vista.

Las calles están decoradas ya: hay luces en los árboles. Ahora entiendo por qué quiso salir: la noche es azul y clara, y aunque hay hielo en las cunetas, las veredas están limpias.

—Querías ver las lucecitas de Navidad —le digo, metiéndome las manos en los bolsillos, porque olvidé los guantes. Ella se toma de mi brazo con naturalidad, y caminamos juntos, las calles bastante desiertas. Asiente, y cuando se apoya en mi hombro al cruzar la calle, ya no me importa el frío.

Se ve tan contenta con el reflejo de unas estrellitas rojas colgadas de la farola en los ojos que quiero detenerme y besarla. Quiero hacerlo en público. Y no, no tiene nada que ver con exhibicionismo…

El pequeño restaurante, que aunque es nuevo, lo atiende gente vieja que saluda a Milly por su nombre, tiene unas mesitas de plástico dentro; y aunque pensé que compraríamos para comer en el penthouse, ella se sienta con una taza de té en un vaso de papel y un pedazo de una pizza tristísima, sin salsa, con queso blanco y lo que parecen unos espárragos estampados.

Yo me devoro un sándwich de bologna, y trato de no dejarme como una escena de crimen con la salsa, que es deliciosa.

Ella me alarga la mitad de su té y un sobre.

Yo sabía que había gato encerrado en esta salida, pero no digo nada, abriendo el sobre y leyéndolo, mientras me chupo el meñique, que ahora huele a ajo.

—Noventa y seis coma siete por ciento de no consanguineidad. Menos que el promedio de la gente. No somos hermanos de ninguna forma, relación o tipo —dice ella.

Yo me encojo de hombros.

—Como te dije, me daba lo mismo. Ahora, si quieres, jugamos al roleplay de que yo soy tu perverso hermanastro…

—Evan —dice ella, pero no se está riendo.

Sus ojos son soñadores, ahí bajo los neones de este restaurancito de medianoche, y mi mano encuentra la suya.

Si está soñando con posibilidades, con un futuro juntos, todo lo que quiero decirle es que haga sus planillas, sus Excel, sus cartas Gantt y análisis y me proponga lo que sea que desee.

Porque igual que con sus deseos sexuales, voy a cumplir todos y cada uno de esos sueños si es lo que necesito para que siga amándome así, así…

Abro la boca para tratar de decirle eso de alguna manera, y suena el teléfono. El suyo.

Milly lo contesta mientras voy y compro unas pocas empanadillas de jamón para llevar: los guardias del edificio van a apreciarlas. Pero cuando regreso, Milly aún está en el teléfono, y se ve preocupada.

—Era mi madre. La llamó tía Gertrude —dice, frunciendo el ceño—.

Quería que Sebastian, si estaba en Manhattan, fuera a chequear el apartamento de Charles.

Él no está allí, pero dice que la alertaron de que se activó la alarma, y los guardias se niegan a entrar sin permiso de Charles, que no contesta el teléfono…

Suspira.

—Mamá le dijo que no: no va a sacar a Sebastian de la cama ahora y hacerlo venir de Providence. Pero tampoco me gusta pedirle a uno de los guardias…

—Es en el Village, ¿no? Aquí al lado. Vamos nosotros —le sugiero.

Ella asiente, distraída, pero de repente tengo la absoluta seguridad de que algo anda mal.

Llámalo sexto sentido o lo que sea, pero habiendo sido un adicto…

sí, algo está pasando con mi primo. Es cierto que había pensado en hablar con él, tratar de vigilarlo, pero reconozco que los jueguitos con Milly y la Fundación me han fregado el cerebro.

Milly llama un taxi, y es una carrera de menos de veinte minutos llegar al muy exclusivo edificio en la mejor zona de Village, con vista al agua, en donde Charles vive.

No puedo menos que comparar la actitud de la tía Gertrude hacia su hijo adicto y desastre versus la que mi padre tuvo conmigo; pero soy tan feliz con Milly que puedo darme el lujo de ser generoso.

Qué bien que a él le paguen un departamento, los gustos y lo protejan. Con diez años menos que Charles, yo estaba durmiendo en plazas.

No debería sorprenderme que el guardia y el bedel del edificio conozcan a Milly: seguro que ella hizo el negocio del apartamento.

Mientras subimos, se quejan de que Charles entra a las horas más intempestivas con amigos, que pone música, beben en el balcón, arrojan botellas y latas de cerveza a la piscina desde su piso 16, estacionan mal vehículos en la calle y en el subterráneo; en una ocasión pelearon a puñetazos en el lobby…

Mientras el par de hombres se quejan y Milly trata de calmarlos, mi aprensión va en escala, al mismo tiempo que me siento absurdamente avergonzado.

No tengo nada que ver, es casi oír mi adolescencia: es como si temiera que, al oír la relación de los errores de Charles, Milly recordase que yo era exactamente igual y cambie de idea sobre nosotros.

Ya no soy así, ¿ves? He cambiado.

Y cuando la veo tan adulta, ofreciendo reparaciones a los dos hombres mientras ellos abren la puerta del apartamento con una llave maestra, tengo el súbito convencimiento de que ella es quien me ha cambiado.

El aire frío que nos da en la cara es todo el anuncio que necesito, y agarrando a Milly del abrigo, la echo atrás y entro delante, encendiendo la luz.

Es justo lo que me temía.

Charles estaba inconsciente, con la ventana del balcón abierta a tres grados bajo cero y lleva ahí al menos hora y media.

Milly se pone a llamar a una ambulancia mientras lo volteo, reviso sus pupilas. No está respirando. Tiene todos y absolutamente todos los signos de una OD por heroína: lengua blanca, cianosis, sin tono muscular, sin respiración pero un pulso bajísimo allá adentro…

Espero que el frío le haya salvado el cerebro.

Lo dejo y corro al baño y al velador de su cuarto: sí, gracias a Dios. Igual que yo, tiene una farmacia, y también media docena de drogas ilegales.

—¿Qué está haciendo…? —exclama el horrorizado guardia cuando saco dos epis de sus envoltorios, un Narcan (queda solo uno, qué mal te has portado, Charlie) y dos estuches de cristal.

—Hay que sacarlo del paro —les digo secamente, y regreso para, en rápida sucesión, empezar respiración artificial, clavar las epi en su muslo, y, tras diez bocanadas, meterle un poco de cristal bajo la lengua.

Se activa la saliva: hay un temblor bajo la piel, y cuando en tres bocanadas más vuelve a respirar, le mando el Narcan completo.

Convulsiona, respirando a gritos, pero está vivo.

—¡Dios mío, Evan! —Milly se ve boquiabierta, los ojos muy abiertos, y no sé si es horror o asco lo que siente al verme así, arrodillado encima de Charles, todas las jeringas a mi alrededor.

No sé cómo se imaginaba que era esto: cuando Charles empieza a vomitar, lo pongo de costado, pero ya está respirando mejor cuando llega la ambulancia.

—Eres un jodido idiota… —le susurro, frotándole la espalda. Charlie se pone a llorar, la frente contra mi rodilla, pero no se resiste. Cuando llega la ambulancia, les explico a los paramédicos lo que hice, lo suben a la camilla.

—Actuaste rápido —me dice uno, un hombre alto, de color; pero su compañera, cerrando las correas alrededor de Charles para asegurarlo, me echa una mirada despreciativa.

—¿Y cuántas veces te pasó para saber hacerlo tan bien, eh? ¿O eres dealer?

Me sonrojo. No sé por qué, porque es cierto, pero siento el calor de la vergüenza en la cara.