Esclavo Tuyo Cómo salvar una Vida
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Cómo salvar una Vida

—Cierra el pico, Dickie.

Milly me puso muchísima cold cream después, pero definitivamente valió la pena: estoy mentalmente haciendo gorgoritos cuando se hace un silencio súbito y asombrado ante la frase de Milly, en la mitad de la reunión.

La verdad, su duelo (y una derrota aplastante en squash) hizo que Dickie regresara especialmente idiota, si eso era posible; pero el lunes, después de una de sus habituales intentos de diatriba, ilógica, incorrecta y sexista, Milly, en vez de empezar a explicarse, ha plantado ambas manos en la mesa y lo ha mirado directo a los ojos.

Dickie se atraganta con su botella de agua al oír a Milly responderle. Se ve incrédulo: la señora Courtland se muerde la mejilla para controlar una risita, lo veo, y Tom frunce la trompa para no sonreír, pero el resto está boquiabierto.

—Ajá, hasta que te hizo callar —exclama Hugh, que el único filtro que conoce ha de ser el de su lavadora.

—Pero… —tose Dickie; antes de que continúe, Milly le da la espalda y continúa explicando las inversiones y ganancias del último trimestre.

Al fin empiezo a entender los gráficos: tras la caída por la muerte de mi padre, las líneas tienen una suave pendiente, siempre arriba, arriba, a pesar de pequeños dips y movimientos diarios según veo que venden aquí y allá, compran aquí y allá, se arman y desarman negocios…

es como un trabajo de crotchet, paciente y tranquilo.

Pero, según Milly extiende a tres meses, a seis meses, al año que casi va ya, la pendiente es más y más pronunciada.

Con ella al mando, en vez de los dramáticos ascensos y caídas de los años anteriores bajo la guía de mi padre, hay un ascenso sereno y constante, cada vez más pronunciado, en las ganancias y expansión.

Hay una sola caída, luego recuperada, como un pinchazo de navaja: el negocio que hizo Dickie hace un mes, cuando nosotros estábamos en New Orleans, que nos hizo caer tres puntos Dow.

Incluso a mí, que no sé nada de esto, los gráficos gritan la eficiencia de Milly. Tom asiente, sonriendo de oreja a oreja; Hugh se balancea en la silla, muy satisfecho; incluso Arturo Mena, que es un quejoso, menea la cabeza con una sonrisa como diciendo “bueno, buen trabajo”.

—Es muy fácil hacer que los gráficos digan lo que quieres, dice mi contador.

Pero con los bonos que les has dado a los trabajadores y lo que estás pagando en jubilaciones, toda esa ganancia se va como agua: súmale el proyecto de la Fundación de tu hermanito y lo más probable es que perdamos dinero, y yo no me metí en esto para perder dinero.

Cuando tu padre estaba a cargo esto no pasaba, él tomaba decisiones con verdaderos riesgos y ganábamos…

Dickie está hablando antes de que Millie acabe, irritado, justo cuando ella está apagando el proyector, antes de que nadie pueda empezar a felicitarla.

Milly no le contesta inmediatamente. No: calmadamente cierra el laptop, vuelve a su silla y se acomoda en ella, apoyando las muñecas en los reposabrazos.

—No estás de acuerdo con la dirección en que llevo la empresa.

—Ya te he dicho que estás haciendo un mal trabajo. Para ser CEO hay que atreverse, no tener miedos de abuela, y esa Fundación…

—El año pasado recibiste una ganancia neta del 8,3 %. Este año vas a recibir un 11,1 % —dice Milly—. ¿Qué más quieres, Richard?

—¡Quiero ver movimientos audaces! ¡Como cuando tu padre compró Eastern!

—Cuando Lawrence compró Eastern perdimos 88 millones —dice José Mancini lentamente, acariciándose el mentón—. Y le di un puñetazo. En privado.

—Lo que quiero decir… —empieza Dickie. Normalmente Milly intentaría llegar a un acuerdo, ofrecerle más ejemplos, pero esta vez se queda en silencio, mirándolo balbucear.

Sus ojos son muy observadores. La verdad, esa expresión me pone un poco acalorado: son los mismos ojos que pone cuando estamos probando algo nuevo y está atenta a mis reacciones.

Como ese dildo con agua dentro, que apretabas afuera y se hinchaba adentro, que de verdad creí que, como en una animación, se me saltarían los ojos de las cuencas…

—Uno treinta y cuatro —dice Milly al fin, cuando acaba de balbucear—. Te compro tus shares. Cada una por 1,34. Te vas de aquí con… —hace un cálculo— cuarenta y un millones en mano.

—No tienes ese dinero, y si te crees que soy un empleado que puedas echar…

Dickie se está acalorando: no vio venir esta amenaza de Milly.

—No tienes idea de lo que tengo. Te estaría regalando diez millones que no te has ganado, que es lo que hago todos los años.

Pero estoy harta de ti, Richard. Harta de tus quejas y tus intentos de desautorizarme.

Y es inapropiado que te quejes de los contratos y regalías del personal, cuando tú mismo recibes ganancias mucho más elevadas que ellos…

haciendo bastante menos, debo decir. Por lo tanto, esta es mi oferta. Lárgate.

Dickie se pone de pie de golpe, mirando alrededor como si buscara apoyo.

Su puño cerrado da un golpe en la mesa. La forma en que parece saltar de inmediato hacia Milly, con una intención de violencia, me tensa, y no soy el único: ella no se mueve, pero veo que Tom, e incluso José y Claudio, se han enderezado.

—No sé qué te has creído o qué se te ha subido a la cabeza, pero si piensas que el directorio va a dejar que me insultes así…

—Yo diría que te ha hecho una muy buena oferta, considerando tus quejas —le dice tranquilamente José.

—¡Llevo años en este directorio!

—Cuatro. Los mismos que ella. Y no vas a comparar las contribuciones de ambos a la empresa, ¿no es así? —dice la señora Courtland—. Vamos, Dickie. O cierras la boca al fin o aceptas el pago; pero yo también estoy cansada de escucharte bitching todo el tiempo…

Dickie se vuelve a los Gustloff y al viejo Klein. Arturo Mena levanta una mano, frunciendo el ceño.

—¿Nos repartiríamos los shares o pretendes quedártelos tú, Mildred?

Porque si mis cuentas son correctas, entre los shares que te dejó Madeleine, los que heredaste y los de Dickie, tendrías un interés controlador en la empresa.

Sobre el 60 %. Y se ha acordado que nadie tendrá más del 59 %, o podría dominar al Directorio y a la empresa…

Ella asiente.

—No tendré acceso a mis acciones hasta abril, Arturo. A esa altura, traspasaría todas las acciones que superen el 59 %. No me interesa ese tipo de poder —dice humildemente.

—Eso dices, ¡pero conmigo estás actuando como una maldita dictadora! ¡Eso pasa con las mujeres, les das un poco de poder y… !

—Estoy actuando como una mujer; porque si fuera un hombre, te daría un puñetazo.

No me hagas buscar voluntarios —dice Mildred de pronto, y su voz es tan helada, tan severa, tan siniestramente igual a la de mi padre, que el silencio que sigue es más asustado que admirativo.

La verdad, yo mismo me he helado un poco.

Dickie se va con un portazo. Inapropiadamente, Hugh suelta la risa, el danés maldito.

—Este tipo de displays son bastante molestos, pero creo que algunas situaciones… —empieza Claudio, conciliador. Para mi sorpresa, el viejo Gustloff le palmea el hombro a su hijo y luego le da un codazo al viejo Klein, con una tos y una risa.

—Ya se echaba de menos… Claudito, los negocios… son así… eran así antes… José no fue el único en darle en la jeta a Lawrence cuando se ponía imbécil… una vez Klein y él… partieron una mesa pegándose…

—¡Y tú no nos detuviste!

—¿Bromeas? Yo gané dinero… de las apuestas… ¡me hacía feliz ver cómo le dabas a ese niño bonito, presumido…!

ESE JUEVES:

4.Felching, snowballing.

Tras una última succión, deposito la humedad en el vientre desnudo y palpitante de Millie, que ha estado recostada en una sábana, cubriendo el sofá frente al fuego.

Creo que su pie me ha dejado un morado de tanto clavarme el talón en el brazo mientras mi lengua y dedos buscaban profundo dentro de ella; y lo he hecho con gusto, tanto que ahora está desplomada y jadeante, pelo en la cara, aun mientras derrocho sensualidad y juego con las líneas brillantes de mi saliva en su piel.

—… no, creo que no… no me gusta en realidad… —jadea, la cabeza aún colgando atrás. Ruedo los ojos y desplomo la cara en su muslo transpirado.

—¡Pero si te has corrido al menos dos veces! ¡Y me dices ahora! —gimo.

—Por supuesto que me voy a correr (y fueron tres) si estás ahí mordiendo y revolviendo en mi labia.

Pero el kink de verte sacar tu semen y mostrármelo…

no tiene nada malo, pero no me enciende especialmente.

Después de tu lengua en mi clítoris, es como irrelevante…

—analiza ella, tomando una de las toallitas húmedas que usamos por cajas y limpiándose lo que tanto costó conseguir—.

No te ofendas, eres muy sexy, pero esto no es…

—¿Hay algo más en la lista que podamos probar aún? Son las diez recién y aún estoy caliente —anuncio, sentándome para ir a buscarle la tablet. Ella se cala los lentes, que tengo que decir que sí tienen efecto en mí cuando es lo único que tiene puesto.

—Tú siempre estás caliente —me dice ella con dulzura cuando me acomodo junto a ella y reemplazo el respaldo. Me quedo hociqueándole la oreja mientras ella desliza su dedito por el touchpad, pero la siento detenerse, pensando.

—Hay todo un proceso para poder hacer estas… cosas anales el otro jueves, pero es justo el día antes del ballet. Y la semana que sigue es la Gala de Navidad…

—Es pegging, ¿verdad? No me molesta, estoy seguro de que me lo han hecho más duro… —le digo, mordiéndole el lóbulo.

—Los dos haremos la preparación, quiero probar… black kiss, rimming… —murmura, su voz agudizándose cuando meto la lengua en su oreja—. Evan…

—¿Hmmm?