Esclavo Tuyo Flotar en La Corriente #3
67%

Flotar en La Corriente #3

- Tú nunca fuiste tan maleducada.- bufa la señora Courtland, volviéndose a Milly, pero Maddie solo menea la cabeza con paciencia, tan dulce que es.

La multitud se mueve, tratando de ver mejor, y la verdad hay tanta gente que agradezco el corpachón de Sebastian detrás de nosotros, pero igualmente aprieto a Milly contra mi costado mientras siguen pasando barcas iluminadas.

Algunos sólo se toman selfies o charlan, pero yo estoy fascinado por tanta belleza, incluyendo el reflejo del fuego en el pelo de Milly.

—…Y Dickie vuelve el lunes. Dice que no soporta el aburrimiento —está diciendo Freddie, en voz muy alta, también ignorando el display.— Y el viernes nos invitó a un partido de squash, no puedes decir que no; jugaremos dobles, y si no vas, ¿quién va a jugar conmigo?

—Sólo quieres que Evan te salve de la absoluta vergüenza porque eres pésimo —le dice su madre.

Freddie se pone a discutirle en voz plañidera, pero Milly, que parecía absorbida en las barcas iluminadas hasta ahora, de pronto ha fruncido el ceño.

Lo comprendo: este par de semanas sin las peleas habituales con Dickie había avanzado tan tranquila, y ese comentario le ha echado a perder el disfrute de la noche.

Muy, muy despacio, deslizo una mano bajo su chaqueta a cuadros. Parecerá que solamente la abrazo contra el empuje de la multitud, pero meto la mano en los anchos bolsillos del jean flojo que lleva y tomo un puñado de la tela, forzando tensión contra su entrepierna.

Un estremecimiento en su mano le derrama té en el sweater.

Me echa una mirada desconcertada, pero también excitada; y colocándome tras suyo, la mantengo bien abrazada, manteniendo natural nuestro aspecto, aun mientras tironeo la tela rítmicamente, la dejo sentir mi aliento en su oreja, presiono mi excitación contra su cadera…

—…Y hay que pensar en al menos una ida pública al ballet; el holding ha esponsoreado la troupe desde 1978… Milly, ¿a cuál preferirías ir?

—¿Cuáles hay este año? —dice Milly con voz sólo un poco más áspera que lo habitual.

Será el frío, pienso malvadamente; muevo mis caderas milimétricamente, sólo para que su mente recuerde cómo las muevo cuando estamos solos…

—Manon, Bella Durmiente y, por supuesto, Cascanueces para Navidad. Algo habían dicho sobre Quijote, pero no lo vi en la página…

—Freddie, búscalo en la página —ordena la señora Courtland.

Freddie le pone el teléfono frente a los ojos a Milly.

—Yo no leo nada sobre ballet; aquí sólo dice Verdi…

Yo acelero los tirones: hay una mezcla de euforia y perversidad que no debe ser muy diferente a cuando ella juguetea conmigo hasta que me quedo sin voz.

Pero yo no necesito juguetitos caros para ponerla en llamas: ni siquiera la he tocado, todo el trabajo haciéndolo el roce de la tela y el que sabe que soy yo.

A Milly le está empezando a temblar una pierna, y cuando uso mi otra mano para ir gentilmente a sostenerla por la cintura y meto rudamente el pulgar en la cinturilla de sus jeans, mis dedos van a friccionar, bajo la chaqueta, la carne tibia de su vientre; mi índice se clava en su ombligo, y su mano tiembla al ir al teléfono.

—Es porque… tienes… es la página de la ópera —gime desmayadamente—. Ballet está al lado… ahí donde dice “ballet”, Freddie…

—Mi padre tenía un palco, ¿verdad? —digo yo, muy tranquilamente.— ¿Qué número era, Milly?

—Palco trescientos… veinte… veintidós… —gime Milly.— Yo iría a ver Manon…

—¿No me acuerdo de qué trata; tú te acuerdas, Milly? —pregunta Maddie, mirándola con atención.— ¿Estás temblando? ¿Tienes mucho frío, hija? Deja que te toque la frente; no tendrás fiebre…

— ¡Miren todos, qué barca tan… bonita…!— jadea Milly, alzando una mano torpe.

Todos se voltean a mirar una barca bastante sencilla con una margarita de luces pasar bajo el puente, y mientras todos miran, yo bajo la mano y le doy un solo firme y decidido apretón a su entrepierna.

Milly se tambalea, ahoga un jadeo, y hunde la cara en mi pecho, mordiendo mi sweater en una bocanada de lana para ahogar su gemido, sus brazos agarrándose desesperadamente de mi cintura mientras tiene un orgasmo de pie.

Yo hundo la cara en su pelo, la inhalo, y le susurro:

— Ahora puedes borrar “ exhibicionismo” de la lista…

— Evan va a llevar a Milly a casa, está mareada de frío.- anuncia Sebastian de repente, y me sobresalta lo cerca que está.— Nosotros los alcanzaremos después de los fuegos artificiales…— agrega, y cuando nuestros ojos se encuentran, puedo ver que se dio cuenta de todo.

Él menea la cabeza y me bufa como si todo fuera cosa mía, y aunque quiero saber si se ha enojado por el display, Milly tira de mi brazo y me arrastra como un perro a un trineo, el pelo en la cara y las mejillas rojo sangre.

Me la habría follado en el lobby de la casa Corliss cuando entramos sacudiéndonos nieve, pero aprendí la lección de las malditas cámaras, y la sigo fraternalmente atento hasta su cuarto, en donde apenas alcanzo a cerrar la puerta cuando ella ya está luchando con mis jeans.

Está enloquecida de deseo, y mi orgullo solfea cantos gregorianos cuando acepta con entusiasmo que la empuje contra la pared, apenas le baje los jeans a las rodillas y de un tirón la penetre.

Es incómodo, demente, hambriento: está tan empapada que me deslizo como en seda, y mientras los fuegos artificiales a una calle de distancia inundan los ventanales y sus explosiones suenan como disparos follamos furiosamente, sin elegancia, sin delicadeza, sin más que la animal, primal fricción de un pene abriendo una vagina con toda las fuerzas que posee.

Con ella empujándose contra mí con tanta energía como yo, me corrí con un gemido descontrolado en su mismo fondo, su humedad mojando mis testículos que se vaciaban dentro suyo con un alivio más inmenso e invalidante que ninguna droga que haya sentido.

— Te amo… te amo…— jadeo, su pelo en mi cara, mi cuello traspirado, dentro de mi boca. Acabamos de rodillas, medio echados en la alfombra en una confusión de jeans manchados y carne hirviente, y nos besamos, torpe y estúpidamente, hasta que ella se aparta de golpe y lleva una mano a sus muslos.

— No usaste… protección…— murmura, y puedo ver cómo la cordura le vuelve a los ojos.— Evan…

— … no pensé en nada…

— Evan, mañana.— me dice, y su voz, incluso en la penumbra, incluso aún jadeante, suena de nuevo lúcida.— Mañana. El test de DNA.

ESE JUEVES

3. Padding

—Mira, y yo que cuando lo vi pensé que tenía que ver con el osito…

—comento, después de la primera ronda de azotes en mi desprotegido trasero, el cual ya estará color cereza por la palmeta.

Siempre se me olvida la fuerza de nadador de los brazos de Milly—.

¿Esto es por el exhibicionismo del festival?

¿Porque me olvidé del profiláctico y me corrí dentro tuyo? ¿Son los nervios del test de DNA?

—Resultados el lunes —dice Milly. Ha cambiado la palmeta de mano y asume una posición que me recuerda mucho al squash que tengo que jugar mañana. Si mi trasero aún existe.

PLAF. PLAF. PLAF. PLAAF.

—Ay —jadeo. No es primera vez que me hacen padding, y sinceramente tengo que reconocer que no hace mucho por mí, supongo que porque nunca me palmotearon de pequeño en el trasero. Cuando mi padre estaba enojado, eran bofetones; cuando llegué a su estatura, directamente puñetazos.

Y si no me equivoco, Milly tampoco lo está disfrutando sexualmente, sino más bien como un modo de castigar mi descuido, creo. Me quedo ahí colgado, como ropa puesta a secar, un rato más, hasta que me empieza a arder el trasero de verdad.

—¿Lo estás disfrutando? —musito.

Ella deja la palmeta y se sienta a mi lado, frotándose las muñecas.

—Un poco, al comienzo, pero ahora sólo parece abuso. Creo que no es para mí.

—¿Te tomó treinta y cuatro azotes darte cuenta?

—Te pondré cold cream, lo prometo —me dice, apoyando la cabeza en mi hombro—. Y quería estar segura. Pensé que quizás era una buena salida a mi ira, pero…

—Lo que sería una buena salida a tu ira sería que al fin le digas a Dickie todo lo que llevas años queriendo escupirle. Acumular la rabia no es sano; sólo te hace descontrolarte cuando se rebasa. Si le das un par de buenos “soségate” con frecuencia…

—Nunca he querido empezar; no sé adónde iría a parar… —murmura ella.

Me estiro y le alargo la palmeta.

—Ensaya conmigo —le digo, volviendo a acomodarme en manos y rodillas—. Vamos, para eso estoy…