Flotar en La Corriente #2
Si quieren ofrecerse de nuevo a empatarme con una de sus amigas, les voy a decir que no en cinco idiomas.
—… De verdad lamento lo de tu hermana. Si alguien fuera tan bruto con mis primas, juro que le daría un puñetazo; así que, si quieres darme uno, bueno…
—Tony, que mide dos metros, hace un amago de agacharse, como si yo no midiera uno ochenta y pudiera ciertamente darle un mangazo decente si quisiera—.
Mildred es tan amable, y, oh, bueno, pensaba ofrecerme a pagar por sus zapatos…
—Anthony, por favor, no te preocupes más; fue un accidente.
—¿Puedo comprarle los zapatos? Si me dices cuánto calza.
En números australianos. No entiendo los números americanos.
Aunque, como los compraría aquí… —Tony se rasca la melena rubia, viéndose muy confundido, y luego me toma de los hombros con unas manotas como para sostener una bola de boliche en la palma—.
¿Tengo tu permiso para invitarla a salir, entonces?
¿Perdón? ¿Cómo pasamos de zapatos a saliditas?
—Ehm… ¿Anthony? —balbuceo, tratando de calmar una sensación desagradable en el pecho que sospecho que las pastillas de Milly para la acidez no mejorarían—. ¿A ti te gusta Milly?
Él hace un gesto expresivo de “pero por supuesto”, y yo abro la boca pensando en decir algo, aunque tengo la mente en blanco, y siento que lo único que expresaría bien lo que siento sería escupirle bilis ácida en los ojos como una cobra, francamente.
—Perdón por meterme donde no me llaman, pero hay reglas sobre la confraternización en la empresa. Ya sé que nadie hace caso, pero siendo Mildred la CEO, y con lo correcta que es… vas a ponerla en una posición incómoda, Tony —dice Tom, acercándose.
Veo que sus palabras parecen entrar en la dura cabeza del australiano, y Freddie, que viene detrás, se ilumina.
—¡Entonces es por eso que no me hace caso! ¡No lo había pensado!
—Freddie… —empiezo, mi irritación empezando a abrir sucursales, pero Tony asiente, frunciendo los labios.
—No, claro… no lo había pensado. No quisiera ponerla en una mala posición.
¿Como arriba de una mesa con calabazas? quiero gruñir, pero me contengo, porque Freddie hace un sonido de molestia y nos volteamos para ver a Milly riendo y poniéndose el pelo tras la oreja.
Conversando con un tipo de coleta que parece una parodia de artista callejero, que está sonriendo y entregándole una calabacita que dice “Mildred”. En cursiva.
Oh, se la voy a poner de sombrero…
ESE JUEVES:
2) Prostate Massager.
—Me asusté cuando se te fueron los ojos atrás, pero pensé que en verdad estabas disfrutándolo, o habrías usado tu palabra clave —me dice ella, mientras yo jadeo casi a gritos, desplomado como una lagartija en la cama, transpirado y aún estremeciéndome en aftershocks.
A Milly le vendieron un auténtico modelo de alien que se instaló en mi próstata y procedió a bailar la samba, y yo sentí que se me derretía el cerebro.
Aun mientras me retorcía, ver a Milly mirándome tan cerca, sentir su mano en mi pecho, el modo como sus ojos se entrecerraban al verme abandonado a su merced, era aún más excitante que esa succión.
A ella le excita mirar; a mí, sentirme mirado.
Ella nunca quiere dejar de servir, y yo… yo necesito atención como aire.
Somos tan perfectos el uno para el otro…
No es el momento para tener epifanías cuando te estás quitando un masajeador de adentro en la ducha —que deja tu interior como si hubiera peleado diez asaltos de box—, pero aunque ella me ronda, me las arreglo para caminar casi normal y sentarme en la cama que ya ha arreglado, guardando los juguetes en su caja tras asearlos.
El penthouse ya no me recuerda a mi padre en absoluto: se ha vuelto nuestro nido de pasión de los jueves, con frecuencia la habitación personal de Milly, que quiere evitarle lo más posible a Sebastian el conducir ida y vuelta a Providence, y que se queda a menudo con él aquí.
Ya no siento ningún celo por Sebastian, sino sólo agradecimiento de que la cuide.
Aún no sé cómo le explica Milly que los jueves nos deje solos, pero nuestro SWAT personal pasa bastante tiempo en Providence con Maddie, aunque no hemos tenido más de esos ataques infantiles de pedradas y anónimos.
Sé que el que cuide a Maddie tiene a Milly más tranquila, y además, me tiene a mí.
Sospecho que la falta de más amenazas tiene que ver con que ahora paro muy poco en Providence, pero sinceramente ha dejado de preocuparme.
No logro pensar en nada más que en nosotros, y esta noche, tras ese placer fulgurante, con las ventanas empapadas de lluvia hasta parecer dos espejos… digamos que siento que somos los dos únicos seres humanos en el mundo, por un ratito.
—¿Milly?
—¿Hmm? —después del sexo, o al menos después de mis ratos románticos con sus ideas, con frecuencia se queda echada con una cara tan satisfecha como un gato que se hubiera comido una docena de canarios y además un pavo—. ¿Tienes hambre? Porque me ha dado hambre.
—No es de pizza que tengo hambre —le digo, aunque creo que suena más quejoso que sugerente—. Quería preguntarte por ese tipo. El que te dio la calabaza.
—¿Qué pasa con Emmanuel?
—¿Se llama como estrella de porno setentera, en serio?
—Voy a pedir muffins.
—Ya sé que dijimos que esto no es una relación, y no lo será hasta junio. Pero quería saber…
—¿Quieres algo con los muffins?
—Quiero saber si podríamos ser exclusivos.
—Es a ti al que se le da mal la exclusividad —me retrueca, con el teléfono en la oreja, alzándome una ceja.
Mastico el golpe, porque me lo merezco, mientras ella ordena una docena de golosinas, y cuando corta la llamada y se vuelve, estoy echado en el sillón, con una toalla blanca en la cintura y nada más.
Ella aún está vestida de pies a cabeza, excepto por los zapatos.
Sé que ha notado mi silencio irritado en respuesta a su pinchazo, pero cuando va y me acaricia el pelo, no puedo sino apegarme a esa mano que quiero tanto.
—¿Me estás diciendo…? —me susurra, su pulgar en mi sien—. ¿…que quieres que esto, que no es una relación, incluya sexo, dormir en mi cama, sea exclusiva y además… qué? ¿Quieres tomarme la mano en las reuniones de la Directiva?
No respondo. No amerita respuesta.
No hay ninguna que pueda darle, pero siento su frustración, y la atraigo para besarla: un beso muy distinto a su experimentación sexual.
No soy un poeta, no sabría explicarlo, pero hay un mundo de diferencia entre ella tachando cosas de la lista que hizo de “cosas que suenan interesantes” y que disfruta hacerme, y este beso.
Este beso que yo domino, atrayéndola a mi regazo.
La lluvia afuera se vuelve aguanieve y luego nieve mientras seguimos besándonos, sus brazos en mi cuello, sus dedos en mi pelo húmedo, y cuando la tiendo en la cama, alzándola sin esfuerzo, hace unos sonidos de protesta, pero no se mueve en consonancia con ellos.
—Van a llegar los muffins… —jadea mientras le quito los pantalones de traje que lleva—… y no puedo ir a recogerlos en tanga…
—Tienes razón —le digo, quitándosela también—. Sería muy indecente.
— Pero quiero muffins.— protesta ella, y es lo último que dice por un rato, porque tengo dos dedos dentro suyo y luego sigue mi lengua.
Milly se arquea y retuerce bajo mi impulso, y soy implacable con el sedoso molusco de su clítoris, que parece pedir piedad, hinchado y palpitante bajo mi pulgar: pero no le doy tregua hasta que los muslos de Milly cuelgan inertes por los costados de la cama, exhaustos de estremecerse, y su voz suena aguda cuando intenta hablarme y no puede.
Soy yo quien se pone bata para ir a buscar los muffins que nos traen a la puerta.
Cuando me siento a su lado y me mira con ojos un poco estrábicos de placer cómo me como uno llenándome toda la cara de crema de un modo no muy diferente a como me la comí a ella, se endereza y en vez de ir por la masita, es de mi cara de donde se come toda la crema.
Es de mí de quien tiene apetito, y amanece antes de que acabe de montarme, moviéndose furiosamente sobre mí hasta los brazos le tiemblan de tanto sujetarse.
Ninguno de los dos puede hablar cuando el sol de un día nevado nos ilumina, pegajosos de sexo, transpirados y completamente exhaustos, derrumbados en la cama desnudos como dos animales, su cabeza apoyada en mi vientre, mi mano en su pelo, su pecho aún subiendo y bajando en jadeos.
Ella no puede cerrar las piernas, yo no me siento capaz de sentarme siquiera, y ninguno de los dos tiene voz.
Y creo que es mejor así. Ninguno de los dos tiene ganas de discutir como este round no ha tenido nada que ver con “ experimentación sexual”. Pero no soy yo quien se queje.
El Festival de WaterFire, Providence, nieve y fuegos artificiales.
La atracción de invierno es ganizado por unas amigas de Maddie, y nos consiguió entradas de regalo. Sin contar que Claudio amenazó con cortarme un testículo si no nos lucíamos allí, habría sido impensable no acompañar a Maddie.
Los dos cancelamos parte de nuestras obligaciones para ir el sábado por la noche, y en verdad las fogatas y adornos ardientes en el río helado son muy hermosos.
Sebastian va con nosotros, y se nos unen Mrs. Courtland y Freddie: se pueden comprar unos vasos de vino tibio especiado, también té.
—No será bueno para tu estómago, pero dale un sorbo al menos; está delicioso —le insiste Maddie.
Es cierto que las bebidas calientes huelen fascinantes. Son ideales en medio de toda este nieve y hielo, que cuelga incluso de los balcones de los edificios. La forma en que las llamas y antorchas de reflejan en el hielo es realmente muy hermosa.
Se ha reunido una multitud en las calles que bordean el río.
Arturo Mena, que no vive tan lejos, también ha venido con su hija, una adolescente morena y torva que no levanta la vista del teléfono, ni siquiera cuando una barca pasa con arcos de luces chispeantes, sacándoles ohs y ahs a la gente.
Él se detiene a hablar con Maddie ( a mí siempre me ignora, la verdad) pero cuando su hija sigue caminando ignorándonos, tiene que dejarnos para seguirla.