Esclavo Tuyo Flotar en La Corriente
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Flotar en La Corriente

Parada de Halloween, New York, aire frío y hojas secas.

Madelaine bebiendo un pumpkin latte. Sebastian vigilando, un poco inquieto, la multitud: había estado allí durante el Boston Bombing, y desde entonces no le gustaban las aglomeraciones.

Milly y yo, codo con codo, con sendas bebidas calientes, asombrados junto a Claudio y Tom al ver pasar a un Garfield gigante y flotante por sobre nuestras cabezas. Y eso, a pesar de que no estábamos a ras de calle, sino en el balcón del Edificio, rodeados del resto de empleados del Holding.

Yo había insistido en que les diera una hora libre, y también lattes libres, para venir a disfrutar la Parada de Halloween. Después de todo, si estábamos directamente mirando a Greenwich Village, que valiera la pena.

¿Y quién iba a concentrarse además en el trabajo, con unos Muppets del porte de autos pasando por las ventanas? Madelaine había venido especialmente, y también los viejos Gustloff y Klein: por una vez, todo el Directorio disfrutaba juntos como niños.

—Te dije que era buena idea —le susurré a Milly, mientras Claudio les tomaba fotos a todos los inversores con el fondo de ese Garfield gigante.

—No entiendo qué tiene que ver un gato naranjo con Halloween —se quejó la señora Courtland, que parecía pensar que todo era de una vulgaridad emérita, pero ya llevaba tres lattes.

—Un gato, nada. Un gato de ese tamaño… —dijo Hugh con su voz pasota habitual, y todos soltamos la carcajada. Maldito danés.

ESE JUEVES

1) Shibari.

—Hubiera sabido lo bueno que era… —dije jadeando, colgando cabeza abajo—. Lo habría hecho antes. Es más, habría estudiado para columpio. ¿Me bajas, sí? Ese último orgasmo fue tan fuerte que estoy mareado y creo que voy a vomitar si sigo así mucho rato más.

—En un segundito —suspira Milly, rebuscando en su iPad con cierto nerviosismo—. Es que hay un montón de tutoriales de cómo atarte, pero no hay nada sobre cómo desatar las cuerdas, y si lo hago mal…

—Son sólo nudos, no será tan difícil, tira de ese lado… ¡AAAY, MILLY!

—¡Lo siento!

—¡Milly, eres malísima haciendo nudos…! ¡AY!

—¡Deja de patalear como gato, lo aprietas más! Espera, quizás si lo tiro desde aquí…

—¡AY!

—¿Y cómo fue que te torciste la muñeca?

—Caí sobre ella desde cierta altura —le digo a Lily, mientras John hace ruidos de conmiseración y me trae un analgésico con el café.

La reunión ya ha tomado varias horas, pero hemos revisado el perfil de setenta y ocho empleados que han aplicado para los veintiún puestos de la sucursal en Plansingville.

Sí, está el peligro de otro Katrina y de inundaciones, pero también está el clima, New Orleans, y un montón de comida creole.

No los culpo por pelearse los puestos para ir a almorzar gumbo oyendo jazz, porque en el paso del tren al Edificio, que no son ni tres cuadras, se me congela la nariz hasta detrás de los ojos. Maldito clima.

A veces extraño un poco mi vida en Los Ángeles. Pero no cuando estoy en la Fundación, que ahora, adornada con los cuadros de mi madre y llena de caras familiares que me saludan con afecto y hasta respeto. C uando llego con John, es en donde mis años en la barra bajo el neón parecen un sueño.

Ahora, a veces me quedo aquí, algunas noches, si hay mucho trabajo. La gran mansión ya no me disgusta: ese cuadrito de mí, imaginado por mi madre, está colgado en el dormitorio que uso del tercer piso.

¿Ves, señora madre? Me imaginaste guapo, pero seguro que ni tú pensabas que iba a ser tan guapo.

—La pregunta es quién va a ir a evitar que Doug y Charlie se maten —me dice Lily, reuniendo las carpetas con fichas en papel de personal.

Habla de nuestro experto en suministros y del tercer médico coordinador que tenemos: los dos han firmado para relocarse al solcito de Louisiana hechos unas pascuas, pero se detestan cordialm ente y opinan que el otro es un reglamentarista bastardo.

—Acá tú los mantienes a raya, pero allá van a ser dos gatos y una chuleta.

—Contaba con John para eso. Los conoce desde que empezaron —digo, rascándome el vendaje en la muñeca.

John ya ha alargado la mano para detenerme (como lleva dos días haciendo, porque estoy que masco el vendaje como un perro, lo detesto) antes de parpadear y mirarnos.

—¿John, yo?

—John, tú. Tu hija está convaleciente, y le hará mucho mejor el sol y la buena comida que este frío maldito. Y si Doug y Charlie se ponen idiotas, los amenazas con tu pistola…

—¡EVAN!

—¡Lily, no te hagas!

John se emociona con la idea de la mudanza a lugares cálidos, con su hija incluida, lo que de paso la sacará de las cercanías de un malviviente que se le ha estado acercando.

(Me entero de toda la chismografía en el auto, porque como aún no puedo manejar, John ha estado haciendo de mi chofer)

Lo voy a extrañar, pero será mucho mejor para él: acá la gente del Edificio en Manhattan aún lo mira raro, y sus articulaciones necesitan sol.

Ha sido bueno conmigo. Lo voy a extrañar sólo un poco después de todo, porque Dios sabe que estoy tan entretenido con el proyecto que llamo todos los días por Zoom a Louisiana y planeo llevar a Milly pronto a corretear cosas a allá y de paso comer gumbo.

He conseguido que uno de los chicos del club allá, amigo del hermano de Jean, se una como capataz: él conoce a la gente local, y ha evitado que nos roben.

Además de medir dos metros diez y ser del ancho de un refrigerador industrial.

Es que—hay tanto que hacer, es inconcebible lo vago que era ese distrito; había niños de diez años que no sabían leer— que le he perdido un poco el interés a lo que pase en Manhattan, y me paso en Clayton buena parte de la semana.

Los fines de semana pongo al tanto a Maddy de las novedades, la dejo mimarme, y es a ella y a Sebastian a quienes sonsaco sobre la semana de Milly, porque ella se queja muy poco de la Directiva si no estoy allí.

—Es notable lo mucho mejor que se portan los Gustloff cuando Dickie no está —me dice Maddy—. Además, con Tony para ayudarla…

¿Ese australiano anda aquí?

Supongo que hago una cara, porque Sebastian, que se está poniendo el abrigo para ir a buscar a Milly a la estación de tren, me responde con una mueca. Tampoco parece que le guste mucho ese brioche con piernas.

Entretengo a Maddy hasta medianoche: le fascinan las redecoraciones y está encantada con los cambios que he hecho a la mansión de la Fundación.

—Era un poco… no sé, Du Maurier darme cuenta de que era la casa de tu madre la que era la central de mi Fundación, pero cuando tu padre me la entregó, seguro que ni lo pensó…

tú sabes que no era un hombre de muchas sutilezas —agrega con una pausa delicada—.

Pero me hizo feliz ayudar a todos esos profesionales a convertirla en lo que es.

No conocí a tu madre, Evan, pero estoy segura de que no habría objetado.

—Ciertamente no —le digo, besándole la mano.

Siempre se ríe como colegiala cuando lo hago, se recuesta en mi hombro para ver películas como si yo de verdad fuera su hijo mayor.

Y le agradezco tanto su amor, que a veces casi deseo que fuese mi madre.

Pero siempre puedo ser su yerno.

Se siente un poco así, sí.

Milly llega tarde y muy cansada el martes, a beber un poco de sopa y acostarse.

A las once y media le doy un beso de buenas noches a Maddy y subo con ella las escaleras para entregársela a Miriam.

A las once y cuarenta y dos (paré a lavarme los dientes) estoy metido en la cama de Milly, encontrándomela ya dormida y gruñendo algunas quejas hasta que la abrazo bien y se aquieta con ronquiditos contra mi brazo.

Duermo tanto mejor en su cama.

—Dijimos que nada… fuera de agenda… —farfulla dormida, el pelo en la cara.

—No te estoy metiendo nada en ninguna parte; tienes el sexo en el cerebro, ninfómana. Duérmete, estos son besitos y abracitos hermanables, nada más… —susurro, besándole bajo la oreja. Huele a ese perfume tan suyo…

—El jueves… quiero probar… un masajeador… de próstata… —balbucea, bosteza como gatito y vuelve a dormirse.

Yo sé que estoy sonriendo como el gato Cheshire.

Ese jueves pasamos el día entero metidos en una de las movidas publicitarias de Claudio.

Por una vez, Milly participaba en un espectacular vestido de un gris/champaña/color sucio indefinible; Tom posando junto a Mrs. Courtland y Freddie de traje, ella con una chaqueta con hojas otoñales muy artísticas

Yo me permití una audaz corbata naranja, porque la sesión de fotos publicitarias era en el festival de calabazas de Halloween, que cae este fin de semana en el Parque Williams.

Yo poso con Claudio, con quien nos hemos vuelto los poster boys de la empresa, pero por el rabillo del ojo veo a Milly posando con Tony, que a una indicación del fotógrafo no tiene ningún empacho en tomarla de la cintura sin decir agua va y plantarla de pie en una mesa.

Yo podría haberle dicho lo que iba a pasar. Al sentir manos desconocidas, Milly se encabrita como un caballo, se tambalea (y encima le pusieron unos tacones enormes… ¡qué diablos! Si es CEO, no modelo; a mí me costaría bailar con ellos), y pisa una de las calabazas en exhibición.

Tony aletea como un inútil, y aunque Tom se lanza a tratar de agarrarla, paso bajo su brazo, giro y la recibo en mis brazos como el bailarín que soy: ella sabe que soy yo, instintivamente, y me echa los brazos al cuello.

—¡Pagaré por esa calabaza, lo siento tanto! —gime ella, el tacón aún todo naranjo—. ¡Lo siento de verdad!

—¡La culpa es mía, yo te solté muy brusco! —exclama Tony, intentando limpiarle el zapato—. Evan, perdóneme por casi matar a su hermana…

—Lo que matamos fue esa calabaza tan bonita. Voy a ir a disculparme con el artista —dice ella, al fin enderezándose cuando la pongo en el suelo—. Claudio, ¿puedes presentármelo?

Claudio se la lleva, aunque me cierra un ojo de modo que me deja algo desconcertado, pero no tengo tiempo para pensar en ello: Tony me agarra del codo y me lleva a un rincón, donde Tom y Freddie también parecen esperar para hablar conmigo.