Un Arreglo Privado #3
—Por supuesto que estaríamos felices de tenerlos en la gala para Navidad; seguro tendré anuncios sobre el proyecto para celebrar… —deslizo, rodeando a Kitti con el brazo, que gorgoritea de gusto.
Cuando hacen el cierre con musiquita y aplausos, Kitti se aprovecha de estamparme un beso que bordea lo correcto y de deslizarme, en el bolsillo del pantalón, con una sobada nada correcta, su número de teléfono.
—Cuando la gente te halaga, dejas que te halaguen —me dice Claudio en el interludio que nos dan antes de la entrevista personalizada que me harán luego.
Una maquillista del canal me peina y arregla; apenas alcanzo a beberme una botella de agua cuando me llevan a un estudio privado, en donde casi temo encontrarme a Kitti en négligée, pero no: es Stuart Carr el que está sentado esperándome bajo unos focos inmisericordes.
Aún están acomodando cámaras, y me dejo caer en un sofá que enseguida entiendo es de cuero de utilería: es muy duro.
—Como te decía, conocí a tu madre —me dice Carr, mientras me fijan un micrófono—. Una gran artista, tu madre. Nada práctica, pero…
—No tengo memorias de ella, lo siento —confieso, porque quiero cortar este tema de raíz, pero el hombre se recuesta y continúa, aunque por ahí alguien ya baila con la claqueta, esperando que empecemos.
—Oh, las tienes. Sus cuadros, sus escritos… era una verdadera artista, un espíritu libre. Pero se enamoró de tu padre —agrega con rencor—. Tu padre tenía… una bien merecida reputación.
—¿Me está diciendo que estoy decepcionando a mi madre, trabajando para el holding Wexstone? —le digo con algo de humor, aunque ya estoy un poco harto del tema. Pero él sonríe, dando la señal de que empecemos.
—Al contrario. Usar el dinero de tu padre para ayudar a indigentes y artistas… eso es muy de tu madre. ¿Tras escaparte a Europa a hacer lo que querías? —agrega, echándome una larga y especulativa mirada—. Eso suena tan exactamente a ella…
El lunes acabé tan harto y exhausto —Stuart Carr preguntó tanto sobre mi relación con mi padre en la entrevista que se me acabaron las mentiras piadosas y le dije que “no siempre estábamos de acuerdo en el rumbo de mi vida”— que me dormí en el tren de regreso y tuve que correr como un demente para bajarme en Providence.
No sé cómo llegué a mi cama, pero me dormí con el traje puesto.
Milly, probablemente —aunque quizás Sebastian o Maddy— me quitaron los zapatos, la corbata y me arroparon.
Pero Claudio parece pensar que lo hice brillantemente.
Lo que no es tan brillante, el miércoles, es una reunión de directorio en que, cuando Milly explica cómo logró revertir las malas decisiones de Dickie y del viejo Gustloff con su hijo, los dos arman tal escándalo que el volver a deshacer el arreglo —que tiene que ver con montos de distribución aérea, no entiendo un carajo— se va a votación en el Directorio.
Es humillante para ambos. No están el viejo Klein, supongo que por el clima.
La votación es: Dickie y Gustloff padre e hijo; José Mancini y Arturo Mena votan en contra de Milly; la señora Courtland, Claudio, Hugh, Tom y yo votamos a favor, a lo que se suma Tony, con una llamada de Zoom.
Hay refunfuños y malas caras, y cuando nos levantamos, Dickie me increpa:
—¡¿No se suponía que ibas a estar de mi lado ahora, Evan?! ¡¿No quedamos en eso, contra ésta…?!
—¡Richard! —explotó la señora Courtland, furiosa, pero entonces entró de sopetón un asistente, trayéndole un teléfono a Dickie.
Por su cara, supe que no eran buenas noticias.
El miércoles estaba discutiendo con Lily sobre los detalles de un envío a Bangladesh, con Tom en el teléfono (el tipo es un experto en aduanas, y ya parece haberse olvidado de Helena; sale con una morena llamada Chantal ahora), cuando se asomó John y me susurró que Milly me esperaba.
Salí a encontrarla con un deje de suspenso muy adecuado para el sub de una relación S/M (¡quizás le había entendido mal y era hoy? ¡No me había dado un buen baño!).
Pero me la encontré vestida de negro, de pie en un pasillo, estudiando uno de los cuadros de mi madre, una cosa violenta con amapolas rojas.
—Milly, si me dijiste algo y se me olvidó, lo…
—La madre de Richard ha muerto —me dice suavemente—. Richard va a tomarse un mes de descanso. Pero la señora Riordan encargó a uno de sus asistentes que, antes de que Dickie les pusiera las manos encima, enviara los tres cuadros de tu madre que poseía a una subasta especializada.
—Gracias por avisarme, pero no me interesan. Ven a mi oficina y podemos pedirle café a Lily…
—Los compré —dice ella despacio—. Pensé que era bueno que los tuvieras aquí, o en tu oficina, o donde quieras. Son tuyos —me dice, mirándome a los ojos.
Los cuadros me importan un carajo, pero su gesto me conmueve.
—No tenías que…
—Son algo tuyo —murmura, y se gira para dejar pasar a dos trabajadores que entran cuidadosamente, trayendo envueltos en plástico tres canvas a mi oficina—. Y no dejaré que nada tuyo vuelva a venderse, Evan.
Quiero besarla. Quiero comérmela ahí mismo, en el pasillo. Pero ella me da un besito todo casto en la frente, me anuncia que me espera mañana a las nueve en el penthouse, se va, y yo me quedo ahí como un idiota.
Después de que se va, voy a desenvolver los cuadros. Dos enormes: uno, el de las aves marinas; el otro, un jardín de flores amarillas y abejas que me parece vagamente familiar. Pero el tercero, más pequeño, me deja boquiabierto.
Es más simple y realista que los demás: un niño, casi un bebé, sentado en el suelo junto a una ventana, jugando con un caballo de peluche. Me apoyo en el escritorio; es mareante. Mi mismo pelo, la cabezota… sí, soy yo. Pero es imposible, porque mi madre se murió antes de que yo cumpliera seis días.
¿Me imaginó? ¿Me imaginó sentado en una sala de esta casa —creo que reconozco la ventana—, jugando con el peluche que ya me había comprado, porque lo recuerdo de mi infancia?
¿Tanto me deseaba?
¿Lo suficiente como para morir?
Me quedo sentado en el suelo hasta que John viene a preguntarme qué estoy haciendo. Pero no tengo palabras. De todas las mujeres que me han querido, nunca había pensado en ella, y ahora…
—¿Puedes hacer que cuelguen esos cuadros en mi oficina? —le digo a John—. Me gustaría verlos.
Cuando llego al penthouse a las nueve justas, sacudiéndome la lluvia, me quedo parado en el umbral con pocas ganas de entrar y ensuciar con mi trench goteante y mis botines mojados. Huele a limpiador en cada rincón; el piso brilla como un espejo.
—Hola —me dice Milly, radiante, usando un enterizo que no le conocía, muy flojo y cómodo, color ocre. Cómo esos colores tan feos le quedan tan bonitos a ella… En mí parecería vómito; en ella, parece oro viejo.
—¿Por qué desinfectaste todo? —pregunto, tirando mi trench al suelo en un rincón—. ¡No me digas que vamos a jugar a los médicos y me vas a cortar! —exclamo, imitando a Macaulay Culkin. Ella se ríe.
—Limpio cuando estoy nerviosa. Y lo sugerían como un modo de mostrar, como Dom, mi respeto a mi sub…
—¡Pero si quiero que me faltes el respeto! ¡Lo has prometido!
—Ven al dormitorio, Evan —dice, y su voz ha cambiado sutilmente. Es más densa, más dominante.
Ya estoy listo. Me cuesta un poco caminar elegantemente y no trotar saltando como un idiota, pero estoy sonriendo.
La cama ha sido cambiada por una más baja, con postes y cabecera de hierro, y cubierta con un edredón hospitalario impermeable. En una mesita hay paños, lubricantes y algunos juguetes; a los pies, unas cuerdas de algodón de la mejor calidad, de paño trenzado.
Voy directo a patear mis zapatos y empezar a desabrocharme la camisa, pero ella me detiene con un gesto y se sienta.
—Leí detalladamente todo esto, Evan. Necesito tu consentimiento para todo.
Tu palabra de seguridad es “Juliette”. Te prometo que no usaré nada que te humille, te haga sangrar, deje marcas o interfiera con tu respiración sin tu permiso.
Si quieres detenerte, tu gesto de seguridad es cruzar las piernas firmemente.
—¿Gesto de seguridad? —pregunto, curioso.
Ella se voltea y toma algo de la mesa. Es una mordaza profesional, de goma, con ball gag.
Oh, joder. Esto va en serio.
Me mira, preguntándome, y yo asiento, aunque esto no es algo que haya hecho nunca. Perder mi voz me hiela un poco. He salido de la mayoría de los problemas de mi vida hablando.
Pero acepto, inclino la cabeza, y ella la fija firmemente. Cuando me mira a los ojos, sus pupilas ya están dilatadas y excitadas. Trato de sonreírle, pero la goma se tensa en mis mejillas.
Telegrafiándome cada movimiento, me lleva hasta la ventana que mira al horizonte de edificios de Manhattan.
Apoya mis manos en el vidrio, y me deja allí, musitándome que me quede quieto.
La oigo cambiarse de ropa: no sé qué se ha puesto, los vidrios son antirreflejo.
Pero luego siento pasos con tacones, sus manos suben por mi espalda, masajeándome, acariciándome con algo que es dulce y propietario a la vez.
Me relajo tanto bajo esas manos suaves.
— Ahora voy a desvestirte— me susurra— No te muevas, Evan.
Asiento, quizás con demasiado entusiasmo.
Ella desliza sus manos, se inclina para quitarme zapatos, calcetines, desbrochar mi corbata, tirar de la chaqueta.
Devuelve mis manos al vidrio después: sigue esperando que me quede quieto y la complazco, aunque tengo el vello erizado.
Tras tantos años moviéndome siempre, estar inmóvil se siente como el colmo del lujo…
— Eres el hombre más hermoso que conozco, ¿sabes?
Y una vez conocí en un fundraiser a Ethan Hawke—susurra.
Hago un ruidito, porque ciertamente soy más guapo que él, pero ella acaba con mi cinturón y mis pantalones, y me deja desnudo como un recién nacido excepto por la mordaza: se ha llevado hasta mi reloj.
Hay más caricias y sobadas, y por un minuto pienso que si esto es todo lo que vamos a hacer me va a dar un aneurisma, pero luego siento manos en mi pene.