Un Arreglo Privado #2
Tenía su gracia, lo reconozco, ese fin de semana ver a Milly pasearse en sweater y jeans, atendiendo a Maddie, sentándose conmigo a ver una película y jugar un jueguito de Scrabble luego, sabiendo lo que íbamos a hacer el jueves.
Me contuve viernes y sábado de ir a meterme a su cama —el sábado Maddie tuvo de visita a la vieja Courtland con Freddie, y comimos tanto roast que casi me quedé dormido en la escalera—, pero el domingo no pude más y me colé en pijama en su cuarto.
—Evan… —dice ella en protesta cuando me metí entre las sábanas calientes, que olían al cielo—. Dijimos…
—Solo dormir, un ratito, lo prometo, lo necesito —protesté, metiéndome tan profundo como para poder plantar mi cara en la mitad de su espalda y abrazarla bien.
En la oscuridad entre las mantas, todo era cálido.
Y seguro. Milly iba a protegerme, armada con sus Excels y cartas Gantt, y yo no tenía que preocuparme más de nada.
—Te ves diferente —me dijo Freddie el día del roast. Me había entretenido, mientras las mujeres charlaban junto a la chimenea, espiando a Sebastian, que comía con el servicio y aún estaba enojado conmigo por ignorar sus órdenes.
El hombre, al que veía a través de dos ventanales desde el pasillo frente a la cocina, era capaz de demoler una pieza de asado en su plato de dos kilos al menos; no era él el fan de la avena, pero la preparaba por Milly.
Mi admiración por lo que se contenía a fin de cuidar a Milly me hizo sonreír; al menos ya sabía con qué reconquistar su apreciación y hacerme perdonar.
Dejé de espiar al sujeto y me volví a Freddie, que estaba extendido en una silla de reposo a mi lado, en el pasillo acristalado de la casa Corliss.
Una sonrisa asomaba en su cara al mirarme; su sweatercito celeste bebé hacía imaginar que, sobre los rizos y sus mejillas redondas y sonrosadas, sólo hacía falta una capelina y un chupete.
—Te ves más contento. Me imagino que estás muy orgulloso de ese proyecto en Louisiana. José y Arturo siguen en contra, pero incluso los viejos Hummel y Gustloff opinan que es un golpe de genio. Claudio dice que la prensa te está canonizando.
—Y Hugh tiene un orgasmo cada vez que le ponen algún otro problema delante. Creo que mecanizó aprovechar no sé cuántos litros de agua de lluvia; vamos a usar esa tecnología en Camerún también, una vez que la patente esté lista y la vendamos —le digo, estirando las piernas.
—Pero tú y Hugh están trabajando tanto que da cosa interrumpirlos. Dickie está organizando una cena en La Maison el jueves; a mí me encargaron convencerte, y él secuestrará a Hugh. Tom y Charles también están invitados, y…
—No puedo el jueves.
—¿Pero por qué? ¡Si le pedí a mi secretaria que le preguntara a tu secretaria si tenías algo esa noche!
Maldigo al darme cuenta de que Lily no tiene por qué negar esa información. Voy a tener que hablarle.
—Es algo personal.
—¿Personal? ¿En qué minuto has tenido tiempo de buscarte algo?
—exclama—. ¡Si no llevas ni seis meses en Manhattan!
Consigues más pussy que yo en todo el año —baja la voz, intentando conseguir confidencias—.
¿O es que te vas de putas? Si es así, el amigo de Charles conoce un lugar en donde una vez…
bueno, creí que los ojos me quedaban vueltos atrás permanentemente. Y no es tan caro.
—¿Y seguro las chicas no hablan inglés y se ven temblorosas?
—gruño. El dealer de Charles (tu dealer no es tu amigo, lo siento mucho, Pineapple Express) tenía un aire de pimp de tráfico humano que, por desesperado que estuviera, yo no dejaría ficharme para nada.
Jamás. Vernet se llamaba, ese pelirrojo indecente.
—Dile a Dickie que puedo martes o miércoles. No el lunes, porque voy a estar planchado tras levantarme a las cinco de la mañana… —
—Debería en verdad llevar la música a todo volumen; creo que tengo un disco de Iron Maiden en alguna parte…
—refunfuña Sebastian cuando salimos, yo cayéndome de sueño, el lunes al amanecer, rumbo a mi aparición en el matinal.
Él se ofreció a conducirme, ya que el primer tren sale a las seis, pero claramente no lo hace de muy buena gana, vaya.
—Sebastian —suspiro desde el asiento trasero, donde trato de acomodarme para dormir un poco más, porque Dios no permita que salga ojeroso en cámara; no puedo salir feo, qué idea más horrorosa—.
Milly está mejor que nunca ahora y me ha perdonado.
Te estoy sumamente agradecido por sacar a Helena de mi vida…
—Ése no fui yo. Yo tenía todo un plan más sutil, pero cuando supo que ella te amenazaba,y, honestamente, también a la empresa, Milly entró en su faceta nuclear.
No te confundas con lo gentil que es cuando están los viejos delante.
Cuando está sola con sus asistentes, Milly es un tiburón.
Tu padre, con sus manías anticuadas, había metido la empresa en varios líos económicos y algunos no muy legales en sus últimos años.
Milly no sólo saneó ese desastre, sino que ha mantenido la empresa sostenidamente subiendo profits cada año.
Y eso, a pesar de que José Mancini, Arturo Mena y Dickie Riordan le atornillan al revés.
Afortunadamente, el resto de los viejos y Hugh Dahl la apoyan; si no… —suspira.
—Yo no puedo ayudarla en eso. Pero puedo desestresarla, al menos —le digo en voz baja. Él asiente, y tras echarme una ojeada, se pone un AirPod y me asiente, secamente.
Yo me duermo.
—… Y hablando de fenómenos mediáticos, hoy tenemos con nosotros a dos de los tan famosos chicos Wexstone: Evander Wexstone, el heredero del imperio, y su encargado de redes, ¡Claudio Varela!
Averigüé sobre los presentadores. Una mujer de color, joven y profesional; una mujer blanca y rubia de mediana edad, y un hombre viejo que aún posa de sexy, canoso y con unos dientes de funda enormes para enfatizar su sonrisa. En orden: periodista, influencer y ex actor.
Estrecho la mano de la periodista, beso a la influencer en ambas mejillas y me inclino ante el viejo, antes de un firme apretón de manos, ambas. Cuando me siento, ya les caigo mejor que Claudio, que se ha limitado a sacudir una manito.
—¡Su empresa ha estado en muchos titulares recientemente! —me dice la periodista, Sandra—. ¡Ha llamado mucho la atención!
—Todo se lo debo a nuestro encargado. Claudio es realmente un artista en su trabajo —digo con calor. Él asiente con modestia, y la influencer, Kitti (con i, posa de semilatinx), se vuelve a mí.
—Pero el proyecto en Louisiana es todo cosa de tu Fundación, ¿no? Y todas esas fotos… lo que están haciendo es muy bonito. ¡Muy, muy bonito! Y tú te ves muy bonito —repite, palmeándome el brazo de un modo coqueto.
—La Fundación ya hacía un trabajo increíble cuando llegué. Madelaine Carinne , que, como sabrán, es la viuda de mi padre, ya había dejado todo enrielado. Pero no voy a negar lo mucho que me emociona contribuir —me dirijo al viejo, Stuart Carr—. ¿Conoce a Madelaine, verdad?
—No tengo ese gusto —me dice él, y de repente me mira fijo, fijo a los ojos—. Pero conocí mucho a tu madre, Evander.
Oh, fuck.
Creo que se me ha congelado la sonrisa en cámara.
Claudio, bendito sea con su sexto sentido, empieza a bromear sobre cómo nuestra foto con Dickie y Tom casi rompió récords y disparó nuestras acciones, mientras Kitti sigue leyendo las estadísticas de los posts y algunos de los comentarios más soeces.
Supongo que Sandra malinterpreta mi cara seria de repente, porque la corta, extendiendo una mano.
—Pero dejemos que Evander nos cuente sobre cómo ha sido regresar de… ¿Europa, me han dicho? ¿Estabas actuando en Europa, en teatro?
¿Quién le habrá dicho? Kitti está oprimiéndome el bíceps y balbuceando sobre cómo tengo looks de actor romántico, pero inspiro, miro la cámara y desentierro mis clases dramáticas, meneando la cabeza con una sonrisa modesta.
—Ahora estoy concentrado a full en la Fundación, amiga mía. Toda mi energía está puesta en coordinar a los magníficos profesionales de nuestro equipo en el trabajo que hacen…
—Pero estarás en el directorio de la empresa, ¿no?
El holding Wexstone ha sacado ganancias récord los últimos dos trimestres.
Tu regreso ha tenido efecto en las acciones; no puede negarse ese impacto.
Así que, ¿has pensado en tomar control de la empresa como hacía tu padre?
Porque te la heredó, ¿no? —me ataca el viejo Carr.
Oh, diablos. Claudio se ve alarmado, pero yo me esfuerzo en verme despreocupado.
—Tú sabes cómo son las herencias de acciones y esas cosas: ese papeleo tiene para cinco años.
Mi padre dejó en su puesto a Mildred, su hija, que tiene más talento que yo para ocuparse de los negocios.
Tiene un montón de estudios —digo con orgullo—.
Yo tengo más de lo que puedo manejar con la Fundación: el Directorio es cosa de Mildred…
—continúo, pero Claudio, de espaldas a la cámara que me enfoca, musita “no”, con alarma en la cara. ¿Qué diablos? Es la verdad.
—Pero tú eres el mayor, el hijo de tu padre, y la prensa te ha recibido con tanto gusto…
—Sandra se ve de verdad desconcertada y algo curiosa, como si su instinto de periodista le dijera que hay algo jugoso detrás.
Me pondría a transpirar si estuviera solo con ella, pero la influencer se ríe como si todo fuera muy divertido y Claudio la secunda, agitando una mano como si lo mío fuera sólo modestia.
Él se pone a largar de inmediato unas frases muy preparadas sobre la preocupación del holding por la ecología y el bienestar de su personal, pero yo me siento inquieto, y cuando casi acaba el segmento, Kitti, que no me ha soltado el brazo, hace el teatro de preguntarme, pretendiendo hacerlo en secreto:
—¿Y podemos esperar alguna boda pronto en la familia, Evander? ¡No le deben faltar voluntarias! ¿Algún anuncio feliz para la gala de Navidad del holding? —me dice en un susurro exagerado, diseñado para que lo capte su micrófono. Yo me esfuerzo en sonreír.