Un Arreglo Privado
John me dejó justo en la puerta, a pesar de la amenaza de una multa, porque la lluvia era brutal.
Extraño la Costa Oeste por justo cinco minutos, hasta que registro que la cafetería en donde Milly me dio cita huele increíblemente a masitas tibias, canela, chocolate y aceite.
Era mucho más fácil mantener mi figura cuando dormía todo el día y bailaba (y follaba) toda la noche, pero lo que pienso, apilando pretzels de almendra en un platito y pagándolos con la boca haciéndoseme agua, es que muy probable que Milly me haga hacer una cantidad de ejercicio que justifique un montón de masitas.
Tengo que tener energía para no fallarle. Quizás no esté de más revisar dónde está el distribuidor de cocaína más cercano. Solo para emergencias, por supuesto.
Cuando llega puntual como siempre, ya voy por mi segundo platito, pero le dejé uno con chocolate y sin nada especiado en el puesto de enfrente.
Las mesitas son muy pequeñas e íntimas, pero cada booth tiene viejos asientos de cuerina roja gastada, y el piso de linóleo grita que esto no se actualiza desde los años cincuenta. Tiene su encanto.
—¡Enseguida le llevo su té, señorita! —le dice el mesero, que a mí ni me ha saludado.
Milly deja su elegante abrigo mojado en una silla, se quita los lentes y se desabrocha el apretado moño que llevaba en la nuca mientras se desliza frente a mí.
—¿Largo día? —le digo con simpatía.
Lleva tres días sin ir a Providence: se ha quedado en el penthouse, y excepto para pasar a dejarle una leche, he mantenido la distancia.
No solo porque necesite largar el hilo si quiero que el pececito pique, sino porque Sebastian me mira como si quisiera partirme como una naranja cada vez que recuerda que le mentí; los Gustloff hicieron no sé qué despelote con Dickie que tiene a todo el board histérico, y yo estoy pasando un montón de horas tratando de averiguar si los cimientos que Hugh está construyendo en Plansingville son de billetes remojados en algo, porque ¿cómo puede salir tan caro un poco de fierro y cemento?
—Te agradezco que vinieras —me dice muy formal, dejando su celular en la cartera y asintiendo cuando el mesero le pone delante un té color agua—. Gracias, Manuel.
—Hay donas blancas de arroz, si quiere, señorita Milly. Están muy fresquitas. Y pan de huevo.
—Una de cada una, Manuel, por favor. ¿Evan?
—Solo más espresso. Este es mi quequito número catorce.
—Tráeme un café con helado, Manuel, por favor, también —dice ella tras una pausa.
El tipo se ve contento de recibir la orden, pero a mí me hace sonreír. Indulgencias, eh, Milly? Y yo también soy una, sospecho.
Ella se bebe ese té aguado de cortesía con una sonrisa de alivio; creo que necesita unos momentos para descomprimirse. Cuando al fin su postura se relaja y yo me he acabado la última miga, encuentro su mirada en este silencio tranquilo y agradable.
—Si me hiciste venir solo para presentarme los pretzels, valió la pena —le digo, a lo que me esboza una sonrisa real.
—No fue solo para eso, Evan. He estado pensando.
—Te he extrañado —murmuro. Es verdad. He extrañado sus suspiros de gatita en mi almohada, el modo en que adormilada busca mi calor como si yo fuera la bolsa de agua caliente más deliciosa del mundo.
—Fue inconsciente… acostumbrarnos —dice, con una severidad que me inquieta—. Pero pensé en todo lo que me propusiste.
—¿Este piso estará muy pegajoso para que me arrodille? Estos pantalones son de T.E. White…
—Evan… —suspira ella, y se interrumpe para recibir sus masitas y un vaso alto coronado de crema decorada—. Si todo eso lo dijiste en serio, pues… sí, me gustaría explorar.
Supongo que estoy sonriendo como un tiburón, porque ella baja la mirada, se sonroja y afecta sorber la bombilla de la leche, tan señorita ella.
—¿Para eso me trajiste aquí? —le susurro—. ¿Vamos a empezar con exhibicionismo? La cuerina se pega, te aviso…
Su carcajada y tos me hacen muy feliz. Pero cuando al fin se calma, sacude la cabeza y saca su tablet del bolso.
—Solo te traje porque quiero que estemos… en la misma página —dice, abriendo un documento.
Por un segundo pienso que quiere hablar de sexo mientras trabaja en algún proyecto (tan trabajólica que es), pero cuando veo el título del documento encriptado —Evan.conditions(05)— soy yo el asombrado.
No debería asombrarme ya. Es tan terriblemente eficiente.
—Creo que el lugar correcto para esto es el penthouse, un día de semana. ¿Los jueves te parece bien? Así pasamos los fines de semana con mamá, que te extraña.
—Está bien para mí —musito encantado—. ¿Qué más dice ahí?
—Estuve… leyendo y documentándome. Necesitamos varias cosas…
—Conozco un sex shop excelente que hace envíos. Tenía sucursal en Anaheim…
—No hablo de… bueno, sí, también —dice ella, parpadeando pero recuperándose con decisión—. Hablo de una palabra de seguridad, hard limits, y todo eso. Yo… armé una lista de cosas que se sugieren que no estoy interesada en hacer, y quería que la revisaras. Respecto a nuestra palabra de seguridad…
Tomo la tablet. Seguro mis cejas me llegan al pelo; la verdad, la lista es bastante corta. Significa que todo lo demás…
—Tampoco estoy interesado en coprofagia, perforaciones ni… ¿esto es genital torture?
—¡Shh!
—Tu palabra de seguridad es “Justine”. Cerdita. Qué apropiado —digo, metiendo un dedo en la crema que queda en su vaso y lamiéndomelo—. Entonces la mía será “Juliette”. Ésa era la hermana puta, ¿no?
—Evan… —me dice, y hay ternura en su voz—. Kink de humillación también está en la lista de lo que no me interesa.
—¿Humillación? Soy realista —digo, entrecerrando los ojos—.
Mira el fondo de tu vaso. Debajo de toda esa crema y heladito está el mismo espresso que en la mía, Milly.
Somos lo mismo, solo que tú te fuerzas a diluirte más.
Y yo quiero lamer el fondo —le digo, tomando ese vaso y empinándome lo que quedaba.
Cuando me relamo los labios, ella está muy quietita, con los ojos como dos pozos de espresso, de tan negros.
Seguro que hay algo en ella que está tan caliente y húmedo como mi café.
¿Por Dios, cómo puede ser que sólo verle la cara cuando sé que está deseándome me ponga inmediatamente caliente?
Ni un microondas… soy fácil, lo sé, pero esto es ridículo.
—Sí, bueno… ése es uno de los puntos —dice bajando la vista e inspirando muy hondo—. Quiero una prueba de paternidad.
¿Eh?
—No puedo haberte embarazado… —empiezo, a lo que ella frunce las cejas.
—De nosotros. Mi madre siempre le ha dado largas al tema de qué edad tenía yo cuando conoció a tu padre. Necesito saber… —musita, con una ansiedad que me hace echarme a reír—. ¿No te preocupa?
—Milly, me daría exactamente lo mismo si resulta que somos hermanos gemelos conjuntados separados al nacer —exclamo separando la mano—. Sabes que es un kink, ¿verdad?
—Un… —cómo adoro cuando pone esas caritas de horror—. ¡Evan!
—Diga lo que diga el DNA, voy a seguir con ganas de revolcarme contigo —le digo encogiéndome de hombros—.
Estoy bastante seguro de que no lo somos, simplemente porque no hay forma de que haya tanta decencia en mi DNA, pero haz como prefieras.
Te deseo, y respecto a esto… —agrego devolviéndole la tablet—.
Respetaré todos tus límites, por supuesto.
Éstos. Voy a seguir comiéndome tu comida cuando tenga ganas…
—¿Y tus hard limits, Evan? —me dice, abriendo el teclado táctil y poniéndose los lentes como si fuera una buena secretaria, lista para tomar nota de su jefe. Hmmm. Ahí hay un escenario…
—No tengo —le digo con una sonrisa beatífica.
Oprime los labios. Ya la exasperé.
—Hablo en serio. Tiene que haber algo que…
—Milly, si hay algo que se puede hacer, me lo han hecho. Viste esas fotos, ¿verdad? Lo que se te antoje explorar, ahí estaré yo, muy dispuesto y esponjosito.
—Evan, no voy a abusarte… —sí, la exasperé. Vuelve a quitarse los lentes—. Esas fotos…
—¿Sexies, verdad? ¿Las guardaste para tu uso personal, cerdita? —le digo, a lo que ella al fin aparta la vista y sonríe un poco.
—Puede… puede que las haya mirado más de una vez, sí… —musita—. ¿Todas son consensuales, verdad?
—Mayormente. A veces había accedido a un dildo y acababa con tres, pero…
—¡Evan, por Dios!
Me echo adelante en la mesa y le tomo las manos.
—Milly, lo que quieras hacer, lo intentaremos. Y seguro me gustará muchísimo.
—Bueno… —agrega, volviendo a tomar su tablet—. Sobre eso… —dice abriendo otro documento.
Se acabó. Espero que no seamos hermanos, porque me caso. Esta mujer no solo heredó toda la visión de futuro que yo no tengo, también el sentido del orden.
Tomo la lista de kinks y prácticas sexuales, organizadas alfabéticamente en un Excel, y suelto la carcajada. Ella se ve un poco mortificada.
—Ya sé que es poco… espontáneo, pero lo que leí dice que este tipo de cosas hay que planearlas con tiempo, y a veces, mmm, tienes que prepararte físicamente para…
—Sé hacerme un lavado de colon, Milly. Pero… ¿altocalcifilia? ¿Acomoclitismo? ¿Qué es esto? ¿Qué planeas hacerme, mujer?
—Eso es pasión por los tacones. Lo otro, depilación brasileña —dice ella, y está sonriendo, la muy golosa—. Es una lista muy completa. Solo marca lo que no te interese o no te guste nada, y lo saco de la lista…
—Hay 117 ítems. Pídeme más pretzels —le digo, abriendo Google en mi teléfono—. Mira, fratrilagnia es incesto. ¿Lo dejo en la lista?
Ella rueda los ojos.
—Solo marca lo que no y ya. Luego agendamos.
—Cómo me gusta cuando me dices cosas tan sucias, Milly —guiño el ojo—. Voy a tachar formicofilia, pero deja lo de los tacones. Espera a verme bailando Bad Romance en ellos y luego opinas.