Esclavo Tuyo Algo Inconfesable #3
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Algo Inconfesable #3

Avanzo, y le ofrezco las muñecas. Sus ojos están dilatados cuando me ata las manos y me arrastra a la cama, atándome a la cabecera con movimientos eficientes. Le beso un pecho mientras se estira para fijar los nudos.

Está jadeando. Está… loca de excitación.

Al fin siento que piso terreno firme. Esto sí lo sé manejar, y me estiro tanto como puedo, flexionando una pierna para que aprecie cómo se tensan mis pantalones en mi sexo, el movimiento de mis músculos, el pelo que me cae en los ojos.

— Son pantalones con velcro, sólo tienes que darles un tirón, mira lo fácil de desenvolver que soy…— le susurro, pero los ojos de ella siguen serios e intensos.

— No sé si vamos a necesitar eso.- murmura, trepándose sobre mí como un gato. ¡Por Dios, cómo quiero tocarla! Su rostro es especulativo, ilegible, mientras desliza el pulgar por mi clavícula, la uña por mi pezón.— ¿Puedo hacerte todo lo que yo quiera, Evan?

— Soy tu esclavo.— digo teatralmente.— Milly, en diez años estoy bastante seguro que lo he intentado todo, y francamente soy tan puto que la gran mayoría me gusta. Tomaría mucha imaginación sorprenderme. Así que si tienes ganas de explorar algo… como esa rabia tuya…

— No quiero hacerte daño.

— Oh, sí quieres, y lo más probable es que me guste…— le ronroneo.

Cómo le brillan los ojos.

Me equivoqué. No es que no le guste el sadomaso, al contrario, vaya que le encanta. Sólo se trata de que lo que le gusta es empuñar el látigo ella.

Hay algo absurdamente pervertido en estar atado con las corbatas de mi padre mientras ella se frota vestida encima de mí, pero ver su dominio, su deseo, el modo en que apoya manos voraces en mis bíceps…

¡por Dios, estoy hirviendo! Nunca me había sentido tan deseado, y a la vez, nunca se había sentido tan… limpio.

Soy suyo. Estoy feliz de serlo. Cuando me muerde el cuello y se prende de la cabecera para continuar friccionándose hasta el orgasmo, planto los talones en la cama para darle más apoyo, más presión, más soporte.

Se va con un jadeo que casi suena un sollozo, y se desploma sobre mi pecho gimiendo, palpitando.

Yo estoy ardiendo, pero no es primera ni última vez que me aguanto.

Volver a oír sus gemidos, sentir su calor juntos, a solas, su mejilla contra la mía… es toda la bendición que necesito.

Me despierta el teléfono; es John, y oh, joder y todos los ángeles, estoy solo en el penthouse, y vaya que por supuesto que lo estoy: son casi las diez.

Alguien —sin premios por adivinar quién— me lavó y me arropó, y dejó mi ropita (y unas corbatas deformadas) en el cesto de la ropa sucia, junto con su pijama.

Me puso un pantalón de pijama de mi padre, lo que me horroriza: no me encontrarías con algodón gris y verde a rayas ni en un cajón de pino.

Me doy una ducha rápida, supero mi asco y me meto en pantalones, camisa y corbata de mi padre, que me quedan remarcablemente bien: el maldito viejo se mantenía en forma, y es una pena dejar que se apolille ahí toda esta lana fina de T.

E. White. Hay como una casa de dos pisos, en dinero, colgadita en ese clóset.

Me planto una veste sin mangas azul sobre pantalones negros y corbata gris y violeta —lo más luminoso que tiene— y, tan peinado como mi pelo se deja, me doy una pasada por la cafetería.

Reparto piropos, saco en limpio una bandeja de cartón con una latte que es bíblicamente leche y un café para mí, y valseo hasta la oficina de Milly, donde ella está ocupada con las viejas brujas de sus asistentes, que juro por Dios que un día espero que me miren y me siseen, con colmillos de gato.

—Evan —dice ella, muy tiesa en su elegante silla.

Yo coloco la bandeja sobre sus papeles y el teclado, y estaciono la cadera en su escritorio, asegurándome de quedar bajo una luz favorecedora.

—Permiso, señoritas. Milly y yo tenemos una reunión íntima de hermanos urgente, para discutir cosas de familia —les digo airosamente, justo cuando Milly le da un sorbo a su leche y hago que la saque por la nariz.

Las dos viejas me estudiaban con tanta desconfianza como si…

bueno, como si supieran exactamente lo que tengo en la cabeza para hacerle a Milly ni bien tenga tiempo.

¡Como si fuera Satanás listo para atacarla sobre el escritorio!

Ganas me dan de explicarles quién palmoteó y tuvo atado a quién anoche, pero me contengo y sólo pongo mi mejor sonrisa, aunque Milly tiene toda la servilleta en la cara.

—Te quedó leche en los anteojos —le digo, a lo que ella se los quita y trata de limpiarlos, para ponerlos peor—. ¿Por qué no me despertaste?

—No sabía qué decir —me dice ella al fin, dejando la pegajosidad por imposible—. No quería… no sabía qué cara ponerte. Consigo que metan presa a Helena por abusarte, y luego voy y te hago algo peor…

—¡MILLY! —exclamo, plantando la mano entera delante de ella sobre el escritorio—. El que te siguió suplicando al dormitorio fui yo. No es lo mismo, no es lo mismo bajo ninguna circunstancia —le insisto tan convincente como puedo—. Ahora, ¿de verdad Helena está presa?

—Trabajaba con una banda en California: desvalijaron a once de sus clientes.

Pero cuando trató de guardarse cosas y traicionarlos, la pillaron y por eso se vino a la Costa Este dispuesta a todo.

Usó chantaje para tener sexo contigo, además de todo lo que planeaba obtener a través tuyo —dice.

Hay un deje de sombra en sus ojos cuando se cruza de brazos; la mandíbula apretada. —Zorra.

Voy a tratar de fingir que no me esponjo como una doncella medieval viendo a su caballero romper lanzas por ella, pero qué carajos.

Excepto Jean, y quizás Maddie, nunca he tenido a nadie que me defienda.

Me siento… creo que es como la primera vez que me inyecté metadona: ese calor mágico, pero en el corazón en vez de las venas.

—Quiero seguir con lo nuestro —le digo a quemarropa. Sus ojos se dilatan y empieza a retorcer los puños de su camisa.

—Evan… no creo que sea una buena idea. Después de lo que te dije, creo que entenderás que me cuesta controlarme contigo. Te abofeteé, por Dios. Te até…

Me abanico con la mano, parpadeando. Milly rueda los ojos y se echa atrás en su silla de CEO.

—¿Se puede hablar contigo en serio?

—¿Después de todas las endorfinas de anoche?

Voy a estar drogado hasta el almuerzo —le digo, y puedo ver su alarma cuando paso las piernas por sobre su escritorio; hop, acabo sentado frente a ella, mis piernas sujetando su silla por los lados, rodándola hacia mí—.

Milly, me alegro con todo mi corazón de que le hayas partido la jeta al tipo que intentó violarte.

Dicho eso, y considerando que ayer te frotaste como una gatita en celo y estabas tan mojada que llegaste hasta la cama estando encima de mí…

Milly hace un sonido de animalito y se tapa la cara como una niña; le bajo las manos, y compruebo que se ha puesto como una remolacha.

—…lo que me hizo sentir sumamente sexy, Milly, pero creo que es obvio que lo que más te excitó fue tenerme atado.

Está claro que hay un componente D/s en tus gustos, y vengo a proponerte que lo exploremos. Juntos.

—¿Harías eso por mí? —me dice con un hilo de voz—. ¿Es por el dinero, Evan?

Agarro sus manos. —No. Ponerme corbata, ir a la Fundación y tolerar tus horribles reuniones con gráficos y al intragable de Mena, eso es por el dinero.

Esto es por ti —digo, y me echo atrás, levantando el talón al escritorio y asumiendo una pose de modelo centerfold, ahí echado frente a ella—.

Y te costaría mucho encontrar a alguien más experimentado, dispuesto, entusiasta y, seamos honestos, tan jodidamente atractivo como yo…

—Modesto. No te olvides de modesto.

—Psé. Detalles —me burlo, dejando colgar la cabeza—. Míralo como un modo de desestresarte. Exploras lo que te gusta, yo lo disfruto muchísimo, los dos andamos por la vida llenos de endorfinas, somos más amables con todo el mundo; hazlo por el personal…

—No puedo tener una relación contigo mientras ese contrato y la herencia penden sobre nuestras cabezas.

No está bien. Es… coerción —dice ella, testarudamente.

Quizás espera que le discuta, románticamente, pero lo que hago es sentarme bruscamente, bajar de la mesa e ir al ventanal a observar la ciudad mojada por la tormenta de anoche.

—Muy bien. No tengamos una relación hasta el día que se acabe el maldito contrato y nos suelten el dinero.

¡Libres como el aire! —accedo, agitando las manos como jazz—.

Pero hazme un contrato sexual. Estoy a tu servicio, después de todo: se supone que me pagas, ¿no?

Pues entonces aprovecha mis talentos, Milly. Te firmo un documento, si quieres.

—¿De verdad quieres hacer esto? —me dice en voz baja. Asiento vigorosamente, y me muerdo el labio, un poco avergonzado de soltar melosidades.

—No voy a aguantar seis meses sin meterme en tu cama. No tengo autocontrol. Y tú tampoco cuando se trata de mí —digo, orgulloso—. Entonces… hagámoslo con reglas. Hagámoslo útil… pero por favor, hagámoslo —le suplico.

Milly se ve a punto de caramelo, pero sospecho que el estar en la oficina le devuelve la cordura y, en vez de arrojarse a mis brazos para que acabáramos con un encore sobre el escritorio y su sofá mullidito, se resiste y retrocede, yendo a buscar una botella de agua helada que agarra como si fuera ajo y yo un vampiro.

—Lo pensaré.

—¿Lo prometes? —le ruego.

—Lo pensaré; ahora vete a la Fundación, ya voy tarde a una reunión…

—Piénsalo largo y detenidamente —le digo, retrocediendo hacia la puerta—. Piensa en mí haciendo esto… —le digo, tironeándome la corbata y mirándola a los ojos.

—¡Sal de mi oficina, sátiro!