Algo Inconfesable #2
—No creo que haya nada que decir —me responde suavemente, y cuando extiende la mano, es como si estuviera disculpándose ella—.
Pensé que Sebastian te diría… no tienes que preocuparte más del chantaje, y nada de esto repercute en mi informe de ti a los albaceas.
El con quién te acuestes o con quién no, no tiene nada que ver con el excelente trabajo que estás haciendo en la Fundación.
No le diré a nadie tampoco. Puedes… puedes seguir como gustes, solo necesito un poco de espacio…
—¡Pero no quiero espacio! —exclamo, y sé que sueno como un niño mimado—. Te quiero a ti, Milly.
—Tienes un modo curioso de demostrarlo —retruca ella, y su voz se ha endurecido.
Cierra los ojos, inspira hondo y luego continúa con voz mucho más dulce—.
Pero ahora necesito que te vayas. A un hotel, si quieres, o te pido un auto a casa, pero…
no puedes quedarte. Necesito calmarme un poco más, y tampoco es justo para ti.
Nunca hablamos de exclusividad ni nada por el estilo, así que, técnicamente…
—¿Me estás pidiendo disculpas por enojarte? —digo completamente desarmado—. No me muevo de aquí hasta que me escuches —insisto, y me tiembla la voz—. Nunca quise herirte. He sido más feliz contigo que nunca en toda mi vida…
—Evan, no puedo escucharte. No me hagas esto —dice ella, y le tiembla el labio, apartando la vista, cerrando los ojos—. Por favor, vete. De verdad que no puedo hacer esto. No soy capaz.
—Entonces… no me escuches. Pero mírame, Milly.
—Evan…
—Sólo mírame —susurro, endureciéndome por dentro—. No voy a perderte.
Aunque tenga que obligarte, seducirte, mentirte de nuevo… no puedo perderte, Milly.
Ella me mira, creo que lista para discutir un poco más, pero antes de que lo haga o decida llamar a seguridad, la guitarra eléctrica de Learn to Crawl la interrumpe y yo hago el giro en el suelo que hacía que un salón completo de mujeres borrachas se olvidara de que existía algo más que yo.
—Siéntate, Milly —ordeno, levantándome del split con la sola fuerza de mis pantorrillas.
—¿Qué crees que estás haciendo…? —dice ella sin voz, los ojos desolados.
Voy a borrar esa tristeza de su cara aunque sea lo último que haga.
—Lo que sé hacer. Mírame, y luego me voy —ordeno.
Ella se sienta en la banquita del pasillo, muy despacio, como si no pudiera creer lo que estoy haciendo.
Hago un giro hacia atrás que exhibe todo mi cuerpo, me abro la camisa y dejo que la música me lleve.
Esta coreografía es perfecta: es una súplica de lujuria descontrolada, una petición con todo el cuerpo de piedad, un canto del hambriento.
Cuando giro en el suelo antes de en derezarme y caminar para acercarme, veo cómo se le están dilatando las pupilas.
Afuera llueve. La luz del escritorio es la perfecta luz oblicua que necesito para arquearme hacia atrás y dejar que las sombras delineen mis abdominales, mi pecho, mi entrepierna.
Me lamo los labios, me distiendo, abultando mis músculos, moviéndome de un modo que la haga recordar lo que se siente tocarme, amarme, tenerme dentro…
Oh, Milly. Somos tan felices juntos. Olvida todo lo demás… sólo mírame a mí. A mí…
Con una sensación de triunfo que me hace sonreír, ensoberbecido, me doy cuenta de que está funcionando.
Se le han dilatado las pupilas; me mira fijo, los labios entreabiertos, las manos empuñadas en el regazo.
Está recordando tocarme, y fricciono mi cuerpo delante de sus ojos sin timidez; me muevo, me arrastro por el suelo, dejo que el paroxismo de la música me lleve a sus pies…
—Haz lo que quieras conmigo, pero no me abandones… —susurro sinceramente, frotando mi cara en su rodilla—. Castígame, me lo merezco, pero te quiero, Milly…
—¿Por qué tenías que hacer algo así…? —murmura ella, los ojos húmedos, la cara arrebolada, su mano yendo a mi sien—. Evan… mi Evan…
—Soy tuyo, Milly… —agrego, acomodándome entre sus pies, sus rodillas, apoyando la mejilla en su muslo—. Soy tuyo. Me equivoqué. Ella me estaba chantajeando, y como aún me deseaba, pensé que si le daba lo que quería no iba a exponer esas fotos… no quería que las vieras…
—Ya las vi —dice ella, y hay algo oscuro en su voz, de repente—. Ya las han recuperado para mí. Y ella no va a molestarte más.
—¿Cómo?
—La va a tener difícil para postear nada desde la celda en el correccional femenino de Panley. Es su tercera ofensa. Tiene para diez años, por lo bajo —dice ella en voz baja y terrible.
—¡Milly!
—Te coaccionó para sexo. Eso es violación. Voy a hacer que se seque en la cárcel —musita, y sus dedos aferran mi pelo de un modo extrañamente semejante a como lo hizo Helena ayer—. Nadie abusa a alguien que amo, Evan. Sebastian regó suficientes pruebas… se la llevaron hoy.
Dios. El alivio que me inunda es tanto que me siento mareado por un segundo, pero ella inclina la cabeza y tira de mí, y su boca toma la mía de un modo posesivo, ansioso. Sabe a brandy.
—¿Estuviste bebiendo? Pero tu estómago…
—No era el estómago lo que me dolía más —dice ella, sus manos en mi cuello ahora.
—¿Viste… las fotos…?
—Sabía lo que eras, Evan —dice ella, ahora en mi oído—. Sabía lo que eras y te quería igual…
—No dejes de quererme. Soy un idiota —suplico de rodillas, aferrándome a su cintura—. Milly, te juro que no quería… nunca quise que vieras eso, era sólo que ella me reclamó y yo…
PAF.
JODER. La bofetada que me pegó una vez en el estudio era NADA. Ésta… ¡supongo que cuando nadaba lo hacía estilo mariposa, porque vaya fuerza que tiene!
Me ha tomado tan de sorpresa que estoy de culo en el suelo, y miro con asombro incrédulo a Milly ponerse de pie y avanzar hacia mí, viéndose como… viéndose muy no-Milly.
Viéndose muy… Kaiju-Milly.
Dios mío, ¿qué he hecho?, ¿qué he soltado?
—Te he querido por quince años —dice ella en voz baja, áspera, y se arrodilla para montarse sobre mis piernas, mis muslos—.
Nunca pude olvidarte. Cuando era niña, te admiraba tanto.
Eras… el bad boy de mis sueños, el chico más guapo, más sexy, más mal portado del mundo.
Eras tanto más cool que cualquier cantante o actor, y cuando eras amable conmigo yo…
yo me derretía. Te comparaba con mis amiguitos, y eras tan rebelde, tan diferente a todos…
—Tenías diez años —gimo alarmado—. Nunca te miré de… esa forma, jamás te hice grooming ni nada…
—Trece cuando te fuiste. A esa edad las niñas ya sienten cosas, Evan.
Y sí, era obvio que ni siquiera sabías que existía.
Pero nunca te olvidé, y según iba a la secundaria, a la universidad…
ningún chico podía compararse contigo. Traté, pero al final los rechazaba a todos…
no podía dejar de pensar en ti… soñaba contigo por las noches…
—susurra en mi boca, sus manos posesivas acariciando mis pectorales codiciosamente.
—Aeghr… —balbuceo sin sentido, anonadado—. ¿Qué pasó… Milly, qué pasó en la universidad?
Ella se detiene, se muerde el labio. Sus ojos se ven tan negros.
—Una tarde estaba cambiándome sola en el vestidor de natación y uno de mis compañeros de nado se metió y cerró la puerta. Me encontró desnuda… me atacó.
Ahora soy yo quien se hiela.
—Milly…
—Cuando tenía sus dedos en mí, le partí la cabeza —continúa ella—.
Le rompí diecisiete huesos con una banca y la ducha teléfono.
Tu padre tuvo que soltar una cantidad de dinero increíble para que no me acusaran de intento de asesinato —continúa.
Se ha acomodado de modo de poder friccionarse contra mi sexo, y cierra los ojos, disfrutándolo—.
Tengo… un problema de manejo de la ira. Me he tratado, pero…
lo mejor es no ponerme en situaciones que me enfurezcan…
—agrega. Está excitada, puedo sentirlo, pero también puedo ver el reborde de lágrimas en sus ojos. Oh, mi Milly.
—Cuando volviste… todo era demasiado bueno para ser cierto. Pero me hiciste tan feliz… reventaba de tanta felicidad… —continúa, y se le caen las lágrimas por las mejillas—. Eras mi príncipe encantado, pero en realidad no eres más que un prostituto, Evan…
—Puedo ser ambas cosas —susurro sin voz—. Soy tuyo, Milly. Hazme lo que quieras… pero no me dejes…
—Lo estás haciendo por el dinero y la herencia —la voz de ella se endurece de nuevo—. Lo sé, lo sabía, pero quería soñar…
—No, no es…—
PAF.
A este paso voy a necesitar un dentista.
— ¡NO ME MIENTAS MÁS, EVAN!
Tengo sangre en el labio. La lamo, y se siente como una expiación tan dulce. Es como si me limpiara un poco, como una hostia en mi boca.
— Castígame, hazme tuyo…— gimo, buscando su boca, pero ella se aparta bruscamente de mí.
Se mueve como si huyera, tropezándose, y la sigo tan torpe como ella, porque mi deseo ha regresado en una oleada insoportable.
Fue cuando sentí el sabor de mi sangre… ese alivio, quiero ese alivio, esa expiación…
— Milly…
— ¡Ándate! ¡Vete ya! ¡Vete, o te vas a arrepentir! ¡Evan, por Dios!
— ¡No quiero irme!- gimo.- ¡Milly por favor…!
— ¡No puedo confiar en ti!
— ¡No confíes en mí entonces, pero no me dejes!
- le grito. Se me han llenado los ojos de lágrimas a mí también, no sé qué me pasa.
Ella está apoyada en el rincón entre el closet y el velador, en el dormitorio oscuro: un relámpago nos ilumina, y yo me arrodillo junto al umbral, sin tocarla, sin más que mis manos en el suelo en un gesto de súplica. — Por favor… te necesito…
Hay un largo silencio. Luego ella avanza, toma algo del closet, y cuando se vuelve a mí, se quita el sweater.
Sólo lleva un sostén oscuro debajo muy funcional, y sus chinelas han desaparecido por ahí: en las sombras sólo veo el brillo satinado de la piel de su mejilla, su hombro, su costado, la lycra de sus leggins.
La seda de las corbatas de mi padre que tiene en las manos. Saber que eran de él es como hielo en mi espalda.