Esclavo Tuyo Expuestos en la Noche #4
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Expuestos en la Noche #4

—¡Lo vamos a lograr, señor Evan! —exclama John, nuestro intento fallido (y algo torpe) de “shooter”.

El vejete está radiante desde que la Fundación cubre el tratamiento de su hija, y me persigue con tazas de café con una persistencia conmovedora.

Mi asistente Lily está encantada de que John haya tomado con tanto entusiasmo el trabajo de atender los snacks y el orden en las reuniones, dejándola libre para cosas más importantes; y John se ve feliz de trabajar en algo con más alma que el holding Wexstone, organizando el correo de papel extranjero con habilidad.

Mi equipo de documentación, que odiaba hacer ese trabajo, lo ama.

Y como son todos unos comunistas, todos opinan que ojalá hubiera baleado a uno o dos inversores.

Considerando mi historial, simpatizo un poquitín.

John es quien me persigue con un paraguas cuando llamo al chofer de nuevo, discutiendo sobre el mal clima, carreteras mojadas y seguridad, protestando sobre cómo la casa de la Fundación también tiene dormitorios para emergencias.

Pero, de algún modo, esa vieja casa con sus rejas, aunque haya sido alguna vez la casa de mi madre, me da mala espina: sus árboles oscuros me inquietan.

“…y rompí todos los espejos, y quemé todos los poemas

porque no mostraban más que remedo y no reflejo:

y lo busqué, busqué mi identidad, mi voz, mi rostro verdadero,

y lo hallé en tus ojos sólo, mi amor, mi condena…”

No, no tengo ganas de quedarme. En los pasillos hay dos cuadros más con capas y capas de óleo que ahora reconozco a la vista. No tengo ganas de levantarme en la noche solo en esa casa inmensa y quedarme mirándolos. Me da la sensación de que se moverían.

Maldigo mis supersticiones y me despido de John, que se ha mudado a Clayton. El viaje se me hace breve mientras dormito: no regreso sólo por un antojo. De alguna forma siento que tengo que ver ese ventanal roto; seguro es culpa mía. Le mandé unos mensajes a Maddie, pero no me ha contestado.

Milly tampoco. Espero que no esté vomitando por mi culpa.

La casa está silenciosa cuando llego: es una muestra de lo popular que me he vuelto con el personal que el chofer, un joven llamado Carl, insista en esperar a que abra la puerta y encienda las luces, a pesar de que llueve a mares y ya es tarde.

La casa está vacía: supongo que Sebastian envió a sus casas a todo el personal.

Pero nunca le he tenido miedo a una casa vacía.

Hay una caja de fibra óptica en el suelo del vestíbulo, cableado aquí y allá, y el ventanal, aunque ha sido reemplazado, aún no ha sido repintado: han cambiado el marco de madera por uno de metal atornillado.

Me quedo un momento allí, mirando llover, inhalando el pegamento y el olor a lluvia que se cuela.

Mi padre nunca quiso instalar cámaras ni modernizar esta casa; bueno, que rse retuerza en la tumba.

Es absurdo considerando mi situación, pero que hayan atacado, aunque fuera con una piedra, la casa de Maddie y Milly me indigna de un modo…

primal, masculino. Asustaron a las mujeres a mi cargo.

Mis mujeres. Eso me emascula, de alguna forma.

Tiene gracia que piense eso después de las cosas que he hecho y de las que Helena tiene tanta amorosa, gráfica documentación: es absurdo que piense que esa piedra en un vidrio afecta mi masculinidad, cuando tantos dildos como es humanamente posible contener —algunos penes también— en mí no me parecían más que un jueves de incómodo trabajo.

Pero los sentimientos no son lógicos.

No sé nada de Helena hace días. Estoy empezando a pensar que Sebastian le ha metido un balazo.

Y en ese momento es cuando mi masculinidad y todas mis consideraciones se van al carajo, porque casi me da un infarto al ver al objeto de mis pensamientos, mojada por la lluvia, emerger del patio interno y pegarse al ventanal de la cocina.

Cuando abro la puerta, casi no la reconozco: la siempre perfectamente arreglada Helena tiene hojas en el pelo, un sweater y jeans empapados de lluvia, y está completamente histérica.

—¡Has sido tú! —me grita—. ¡Has sido tú y te voy a matar, hijo de puta traidor, desgraciado…!

—¡Helena, no sé de qué carajos hablas! ¿Qué haces aquí? —respondo.

Me toma una toalla y un vaso de whisky que al fin deje de gritar y de intentar golpearme. La fue a ver la policía. Sospechan de ella por los robos en casa de Tom.

—¡Y no he sido yo! ¡Ni siquiera tengo al grupo ya; ellos eran de Los Ángeles, me cambié de costa precisamente para dejar de hacer eso!

—exclama—. ¡Alguien desenterró todo eso, y seguro fuiste tú!

¡Si me vuelven a interrogar voy a poner todas tus fotos en la red y nos vamos LOS DOS al infierno!

¡Tienes que protegerme! ¡Soy tu prometida! ¡VOY A HACERLO!

—Helena, no me amenaces, y no veo qué ganarías con exponerme. Los dos perderíamos todo; en cambio, aun si te acusan, si tengo mi dinero podría ayudarte… —intento calmarla.

—¡No lo harás, conozco a los bastardos como tú! ¡No, tienes que protegerme con tu nombre o algo, que se sepa que soy tu prometida; la policía respetará tu apellido, tenemos que CASARNOS ya, Tom está como loco y no toma mis llamadas…!

No, no, NO. Hay una sola mujer con la que he considerado la absoluta idiotez de los anillitos, y no es ella ni de chiste.

Pero está en total pánico. Tengo que calmarla y no se me ocurren muchas maneras: dos vasos más de whisky y una revolcada en la alfombra de la sala me vienen bien de todas formas.

Mi adoración por Milly no precluye que tuviera las pelotas azules desde el club.

—Cálmate —susurro, tras su segundo orgasmo. Me ha dejado la espalda sangrando—. La policía no volverá, y no tuve nada que ver. Son tus antecedentes, pero si no fuiste tú no hallarán pruebas… Cálmate y apégate al plan, o perderemos todo.

—No puedo más con todo esto. Necesito más dinero —me exige, aun mientras bajo la cabeza para continuar mordisqueándole el clítoris hasta que se le acaben los nervios.

Asiento, pero su mano sujetando mi cabeza y mi espalda arañada (que ahora pienso, ¿cómo se lo explico a Milly?) me hacen sentir…

no me detengo en la sensación; es desagradable.

Sus dedos tirándome del pelo en su último orgasmo me hacen desear tanto simplemente mandarla al infierno, y sin embargo, aún con su sabor en la boca y sintiéndome tan usado, mi voluntad de seguir con esto y ganar mi herencia —y a Milly— se mantiene.

Puedo hacerlo. Aguantaré lo que sea. Son sólo unos meses más.

Helena se va al amanecer: le pido un taxi.

Me baño con furia en la casa solitaria, me pongo crema en la espalda y, tras un par de horas de sueño incómodo (sí, considero ir a buscar la almohada de Milly para al menos tener su aroma, pero ni yo soy tan patético), me visto para llamar al chofer y regresar a Clayton.

Hoy tengo que ver los currículos de la gente que trasladaremos a la base en Plansingville.

Es a las ocho que le mando un mensaje a Milly, pero sigue sin respuesta. Sé que me preocupo de más, pero finalmente me harto y llamo a Sebastian: se tarda en contestar.

—Apenas fue medio vaso de champaña, y el gumbo que le di se lo dan a bebés —saludo—. No puede estar enferma todavía.

—Creo que te mencioné que habíamos mejorado la seguridad de la casa —me dice Sebastian. Su voz suena extraña.

—Estoy hablando de Milly. Dame con ella. ¿Por qué no me contesta el teléfono? Estoy…

—Ayer pusimos cámaras, no sólo afuera, sino también en las habitaciones con puertas al exterior. Milly te vio anoche con Helena cuando probábamos las cámaras —dice Sebastian tranquilamente, y antes de cortar, agrega—: No quiere verte hoy.