Esclavo Tuyo Expuestos en la Noche #3
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Expuestos en la Noche #3

Probablemente la mayoría de la gente se reiría, pero a más de uno y más de dos hombres, justamente los que no soportarían sentarse en la misma banca con un estriptisero, les vendría muy bien tomar algunas lecciones de seducción.

Las chicas estriptiseras tienen que mostrar todo, extenderse en acrobacia lo más posible, llamar la atención de un modo que haga sentir a los hombres que cuando acaban de verlas actuar, han tenido una sesión íntima con ellos.

En cambio, para las chicas… nosotros somos un escaparate para poblar sus sueños y fantasías.

Cuando nos movemos, tiene que haber alguna contención, alguna promesa: es un juego de miradas, de exhibir nuestra fuerza- y su control.

Nuestro equilibrio- y su control. Nuestra intensidad, nuestro fuego…

y la posible conflagración. Sí: nos ofrecemos, mostramos, nos insinuamos…

pero incluso mientras nos arrancamos pantalones con velcro, incluso mientras movemos las caderas contra el suelo mostrándote lo que podríamos hacerte en vez de al cemento, es la imaginación de las chicas lo que hace el resto.

No quieren algo que se venda y se regale para todas: las mujeres inventaron la exclusividad como aspiracional.

Quieren soñar que ése, el elegido entre todos, ése que promete tanto con los ojos en los suyos, puede ser seleccionado, y cuando lo sea, le dará todo lo que aquí sólo ha insinuado.

Ellas quieren rasgar ese control, que exhibimos con gestos marcados al ritmo de la música. Quieren ver cargar al tigre que ahora sólo camina y las mira—

Por eso, cuando arrojo la camisa a un lado y me uno a la exhibición de pie entre Mattie y una majestuoso chico de color que no conozco, mantengo mi mirada en Milly aún entre el público histérico, los bramidos, las luces, los movimientos alocados, el arco que hago con mi cuerpo hacia atrás, en pies y manos, las rodillas separadas mientras empujo contra el aire…

Ella me mira con las pupilas dilatadas, las manos en las mejillas, y es posible que me haya equivocado.

Esta noche, el tigre es ella.

Y es con un sentimiento de euforia cuando entre gritos y vítores, mientras nos cae encima la lluvia de confetti y glitter del final de la noche, la música rugiendo, me doy cuenta que por una vez, esta noche, voy a cumplir las promesas que mi cuerpo hizo en el escenario porque quiero hacerlo, no porque me estén pagando.

Qué estoy diciendo.

Por supuesto que Milly me está pagando: es el boleto a mi herencia. Pero está bien, de todas formas, lo hago con gusto. No vamos a fingir que me cuesta, vamos.

Son más de las tres cuando salimos al fin, besándonos y riendo, cayéndonos por los callejones: Milly suelta la carcajada cuando por ir besándonos casi acabamos en el capó de un auto estacionado.

Parecemos unos adolescentes ebrios, eso es lo que parecemos, aunque yo estoy sobrio como un juez: y aunque podríamos tomar un taxi, el hotel que ella eligió no queda a más de diez calles y caminamos de la mano, besándonos bajo cada farola.

Siento su hambre en cada beso, sus ganas de tenerme, y estoy listo desde que la vi bailar en el club, más listo aún desde que me observó bailar a mí con esos ojos ferales…

— Quiero… más…— digo comiéndole el cuello detenido esperando que una luz roja cambie para cruzar: esos segundos me son preciosos, con sus brazos en mi cuello.- Quiero más…-

— Todo lo que quieras…— gime ella, sus manos posesivas en mi cintura. Cruzamos tropezando con tantas pocas ganas de soltarnos, y me detengo al cruzar una plazoleta con árboles. Aún faltan cuatro calles para el hotel, pero no soporto más.

— ¡Evan…!— exclama ella, derritiéndose contra mi mano cuando presiono su sexo, ondulo mi palma contra su monte de Venus ansioso.

— No puedo esperar más…— musito, mordiéndole el labio inferior.

No recuerdo haber ardido así antes, ni siquiera en éxtasis.

Las arrastro a una banca en sombra: sus manos están completamente bipolares, una sujetando mi muñeca sin detener mi caricia entre sus piernas, la otra hundida en mi pelo para besarme más. — … te necesito ahora…

Ella gime mi nombre de nuevo cuando deslizo mi mano bajo su falda, busco el camino a su humedad, deslizo un dedo dentro: su aliento se entrecorta, pero justo cuando estoy usando mi otra mano para desabrochar mis jeans, oímos pasos y una risa justo al otro lado del seto.

— No, no…— dice ella, enderezándose, ahora sí sujetando mi muñeca.— ¡No, nos van ver…!

— ¡Y que nos vean, no me importa!— jadeo, mordiéndole el hombro, un segundo dedo friccionando su interior, mi otra mano subiéndole la falda y agarrando su muñeca rebelde para sacarla del camino.

Milly se hiela. Es increíble cómo todo su cuerpo se pone rígido en el mismo momento en que sujeto su muñeca con fuerza.

Oh, maldita sea.

La suelto. La suelto inmediatamente, doy dos pasos atrás.

—Milly…

—No pasa nada —jadea ella. Se ha puesto tan pálida que lo veo incluso en las sombras—. Vámonos… ¿vamos al hotel?

—Por supuesto. Lo siento. Lo siento mucho, Milly.

—No pasa… nada —repite ella, pero toda embriaguez y deseo han desaparecido de su voz. Camino junto a ella, sin tocarla.

Oh, maldita sea. Desde el fondo de mi alma, maldita sea.

Supongo que eventualmente me iba a tropezar con algo que no le gustara. Pero no me gustan nada las implicancias de esto.

Cuando llegamos, el hotel tiene tetera y cafetera en el cuarto, incluso galletas de cortesía. Milly me pregunta si quiero usar el baño, y cuando niego, se mete a darse un baño. Siento que, al hacerlo, se lava toda la locura y libertad de esta noche.

La espero con té, sentado junto al ventanal. La noche de New Orleans es tan naranja y neón, tan caliente. Abro un poco la ventana, y ese aroma floral permea la habitación.

—¿Necesitas que mate a alguien? —le pregunto tras un silencio, cuando se sienta a peinarse el pelo mojado.

—No —me dice ella dulcemente—. Lo siento, Evan. Arruiné toda la noche.

—Me acuesto contigo. Tengo que saber esas cosas. No arruinaste nada —le digo con ternura—. ¿Es… por eso, Sebastian?

Ella asiente.

—Por eso, Sebastian.

—Se debe estar trepando por las paredes de saberte aquí, sola, a mi merced.

—Sebastian confía en ti. Y tenía cosas que hacer, me dijo.

Ella se bebe el té. Cuando se acuesta con la bata, de costado en la cama, me acomodo a su lado muy, muy despacio.

—¿Puedo? —sugiero, rodeándola con el brazo. Ella asiente y se acurruca de buena gana en mis brazos.

—Perdóname —musita.

—Lo único que me debes es otra noche de parranda, pronto, para continuar sin que yo meta la pata —digo, besándole la sien—. ¿Prometido?

—Prometido —dice, volviéndose, mirándome con ojos muy grandes y líquidos—. Gracias, mi amor.

Lo dijo. Lo dijo, finalmente. Asiento, y cuando vuelvo a besarla, es tan tierno como soy capaz. Es como si cada beso me dejara ver a lo lejos, como un paisaje entre la niebla, desvelándose de a poco… nuestro futuro

No es solo resaca: su estómago amanece igualmente hecho una furia.

No bebe sino té de hierbas mientras yo devoro un buffet de desayuno, y duerme pálida y ojerosa en el viaje de regreso, hasta que bajamos en LaGuardia antes del mediodía.

Predeciblemente, Sebastian nos espera con el BMW y un paraguas: después del calor de New Orleans, el frío seco y penetrante nos pega de tal forma que, aunque mi chaqueta necesita una lavada, igualmente envuelvo a Milly con ella.

—Vi tu mensaje —dice ella, sentándose en el auto; Sebastian busca en la cajuela y le alarga una cosa espantosa en caja que tiene etiquetas de “soja” y “avena”, pero se supone que es líquida—. ¿Mamá está asustada?

—Mucho —dice Sebastian, echando a andar el auto en camino a Manhattan.

—¿Qué pasó? —pregunto yo—. ¿Y si Milly está mal del estómago, no vamos a casa? Necesitas reposo…

—Hay cosas que solucionar primero en la empresa. Dickie ha hecho una estupidez —me dice ella, la vista en su teléfono—. Pero tú tienes una conferencia con el Consejo de Plansingville y su municipalidad para ver permisos; Tom la dejó lista. Es mejor que vayas a la Fundación.

—Le pediré un chofer a Evan. Su madre ha ido a casa de José Mancini, entretanto —continúa Sebastian—.

Anoche alguien apedreó el ventanal de la sala.

No robaron nada, sólo parece vandalismo, pero hasta que no acabe de instalar el nuevo sistema de seguridad es mejor que se queden en el penthouse en Manhattan.

—No me asusta un vidrio roto, Sebastian —gruño.

Mi humor cae en picada. No sólo están, quizás, asustando a Madeleine por mi culpa, sino que…

es tan notable la diferencia. En New Orleans, en el club, Milly era seda en mis manos, al menos hasta que metí la pata; ahora ella y Sebastian deciden todo y yo… de regreso a ser un bulto. Argh.

Tal vez sólo es vandalismo; tal vez no tenga nada que ver con mi Chantajista Número 2.

¿Y qué será de Helena? No tengo mensajes suyos.

Sebastian me echa una mirada envenenada cuando Milly se baja en el estacionamiento del edificio, una mano sobre su pancita. Parece que va a irse sin despedirse siquiera, así que delicadamente aferro su manga. Ella tiene la vista en su teléfono.

—¿Quieres que venga esta noche a acompañarte? —sugiero, pero ella menea la cabeza sin mirarme.

No sé si aún no supera mi error anoche o realmente está en modo CEO y eso es todo.

—No quiero que me veas enferma. No es nada atractivo —dice con un bufidito. Me echo a reír, aliviado.

—No seas boba…

—Llama a mi madre más tarde, si puedes. Le gustará oírte. No le digas nada de mi estómago —me pide, y enfila hacia el ascensor. La aferro y le doy un beso en la sien antes de que se vaya.

Al menos cuando se vuelve en el ascensor, con Sebastian a su lado, está rosada de nuevo y sonríe.

Es un día muy largo en la Fundación, sobre todo porque mi único trabajo es evitar que Hugh, los inspectores municipales y mi gente se escupan mutuamente. Me siento como guardia de zoológico, pero cuando al fin aprueban los permisos para empezar a edificar, la alegría de mi team es conmovedora.