Esclavo Tuyo Expuestos en la Noche #2
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Expuestos en la Noche #2

—Sebastian no se va a irritar. Él fue quien me dijo que no te has tomado una vacación desde que saliste de la universidad.

Su rostro se suaviza.

—Mamá estaba enferma. Luego padre… y luego, la pandemia.

—Bueno, considera esto una precuela… un teaser… de tus futuras vacaciones cuando heredemos al fin. ¡El Caribe! ¡Europa! ¿Adónde te gustaría que fuéramos?

Milly baja la vista, juega con el sombrerito que trajo.

—¿Quieres tomarte unas vacaciones… conmigo?

—Por supuesto, no pretendo ir solo. ¿O pretendes dejarme e irte de paseo sin mí? ¡Italia! Siempre quise comer gelato italiano…

—Mi mamá y padre pasaron su luna de miel en Italia. En Florencia —dice ella con dulzura—. Pero… yo siempre he querido conocer el L’Hermitage.

—¿Qué es eso?

Milly está acabando de explicarme cuando la siento frente a una mesa forrada en plástico rojo, entre el ruido de un restaurante atiborrado, jazz en vivo y el caos de una banda en cada cuadra, voces mezcladas en créole, el entrechocar de vasos.

Tras pedir la comida con la pronunciación correcta —sí, tuve professeurs du français—, ella mira alrededor, y al fin veo una mezcla de humor e incredulidad en sus ojos.

—¿De verdad tu plan era salir una noche de parranda? ¿Invitar a salir a tu carcelera con tal de poder escapar?

—No eres mi carcelera —le digo, tomando el tenedor con entusiasmo cuando nos traen los bowls de gumbo humeantes—. A no ser que esa idea te excite, vaya…

—Esto es…

—Cómelo con toda confianza. No tiene picantes, ni pimienta, nada. Es especial —le digo con dulzura—. Y quería una noche tranquilos, sin riesgo de que nos oigan, sin que nadie nos conozca… quiero poder besarte en mitad de la calle si quiero.

—¿Qué estamos haciendo, Evan? —me dice ella, sus bellos ojos oscuros en los míos, dejando la cuchara de lado.

—Comiendo gumbo. Vamos, antes de que se enfríe…

KISS está sonando a todo volumen en la calle cuando, tras el gumbo y media botella de vino, la saco a la calle antes de que todo el marisco le dé sueño.

Puedo ver que le echa una mirada soñadora al extremo más classy del French Quarter, donde suena jazz tradicional, pero la arrastro de la mano a la zona más escandalosa, y no se resiste.

Las calles no son sino una extensión de la fiesta: no es Mardi Gras, pero uno podría pensarlo.

Un grupo callejero está yendo bastante down and dirty con música en vivo; chicas jamaiquinas con figuras de infarto ondulan sus cuerpos en vestidos bodycon de mil rayas.

Milly se detiene a echar moneditas en su cesto mientras las chicas rapean, agitando sus trenzas y moviéndose, pero ellas chillan de gusto cuando doy un paso a su lado: twerkeamos un poco, les muestro mis abs.

—Hey, cher, montre-nous c’que t’as dans les hanches, fais-mourrir! —me gritan, pero me río y agarro a Milly de la mano, que está más sonrojada de lo que el vino amerita.

—¿Adónde vamos? —me pregunta mientras la valseo por la vereda, alzándola al atravesar un charco entre los suspiros de damas que hacen fila para un club.

—¡Spoilers! —canturreo, porque sí, puedo haber pasado los últimos años encerrado en una vida nocturna, pero al menos veía televisión.

Ella confía en mí: mientras atravesamos callejuelas estrechas, nos abrimos paso entre apaches, pimps y algunos dealers bien vestidos que me ofrecen merca en créole, ella sigue confiando cuando me meto en una callejuela secundaria, chequeo mi ubicación, encuentro una escalerita de cemento bordeada de reja sin carteles ni señales, y toco la puerta de un subterráneo.

La farola sobre nosotros es anticuada y naranja; la calle está salpicada de charcos y basura.

—Jean mencionó que eras un bicho impuntual, putain —me dice el gigantesco hombretón de color con trenzas y un incongruente tatuaje de mariposa en el bícep, dándome un abrazo.

Adentro, las mismas paredes parecen retemblar bajo el poder de la música.

Milly se ve asombrada mientras nos guían en la semioscuridad, calurosa y vibrante, entre bambalinas y por detrás de un gran escenario hasta un balcón con barandas de metal.

Bang a Gong suena a todo volumen, y hay colegas en jeans pintados a la piel moviéndose de pie en columnas, en jaulas metalizadas, en el escenario.

Pero es la pista donde el público, mayormente mujeres, baila desatadamente, salpicando las copas, celebrando, sacudiéndose.

—Esto es…

—Es del hermano de Jean. Aquí nadie va a conocernos —le digo, abrazándola por detrás.

Su perfume es intenso bajo la oreja: el calor, el caminar por las callejuelas, quizás el vino, la han agitado. No sé por qué eso me gusta tanto, pero la oprimo contra mi cuerpo, inhalando su nuca, saboreando su oreja, sintiéndola estremecerse.

—Estás conmigo, Milly… puedes hacer la locura que se te antoje… soy sólo yo…

Ella se echa atrás en mis brazos un momento, mis manos masajean su vientre mientras admiramos el juego de luces sobre la pista. La música cambia a un pulsante Prince, y Cream parece llamarnos a bailar, aunque soltarla es justo lo contrario de lo que quiero hacer.

Cuando se suelta el pelo y desabotona los dos primeros botones de su blusa, sin embargo, sé que esto está funcionando.

¿Es cruel mencionar que definitivamente no debemos compartir ningún gen, porque tiene menos ritmo que un alemán drogado?

No es que importe, porque está disfrutando mucho.

Le consigo un vaso de champaña suave: asumo que esta noche amerita alocarnos un poco.

No es ni la mitad de audaz o sexy que la mayoría de las chicas en la pista, y aún lleva su faldita de CEO, arrugada por el día de trabajo. El rímel se le ha corrido un poco.

Pero no importa.

Súbitamente no quiero bailar con nadie más. La verdad, estoy bastante seguro de que, tras tantas molestias en traerla aquí para que se aloque en paz, ahora no es justo bailar lo que quiero.

Pero tengo paciencia, y me muevo con ella, la sostengo en mis brazos para que se eche atrás, intente ondular como el resto, alce los brazos en la noche, sacuda su melena.

Sí. Esa expresión salvaje y libre que adquieren las mujeres cuando bailan y beben en un lugar que sienten seguro ha aparecido: la he visto en muchas antes, y estoy feliz de finalmente verla en ella, en mi contenida Milly.

Los bailarines y los pocos hombres en la pista retroceden cuando empieza a sonar American Woman.

Por un rato somos nosotros los espectadores mientras las mujeres en la pista —blancas o de color, curvilíneas, delgadas, gruesas, altas o bajas— se mezclan en una sola troupe bailando juntas ese himno.

Es algo poderoso y libre: alguien activa un rocío perfumado sobre la pista, confeti plateado, y en medio de la confusión y las luces, Milly parece otra mujer…

Se le ha acabado la champaña. Consigo una soda y la atraigo hacia mí cuando empieza a sonar Love in This Club y la luz se vuelve estroboscópica. Me besa con el sabor de esa soda; tiene las pupilas dilatadas, la boca tan caliente, sabiendo a fresa.

—Esto ha sido maravilloso… —susurra, y sus manos van a mi cintura, buscan mi piel bajo la camisa, me clava las uñas al atraerme a ella posesivamente.

Mordisqueo su cuello sintiendo su deseo, aferro sus muslos, muy listo para montarla en mi cadera y buscar un rincón oscuro, pero entonces oigo mi nombre.

—¡No lo puedo creer!

—¿¡Mattie!? —exclamo, y el chico salta a mi cuello.

Lo conocí adolescente, otro rescate de Jean de los pozos de prostitución chinos: tras ser básicamente un candidato a acabar en una snuff movie, Mattie ahora es un hombretón robusto, sanote, de ancha sonrisa, aunque aún tiene esos ojos verdes de niñito acólito que no quiebra un huevo y por los que las mujeres se perecen.

Lleva unos shorts brillantes y una veste completamente ridícula y decorativa, enseñando más abdominales que dientes tiene.

—Cuando me dijeron que andabas por aquí… —me dice, palmeándome el hombro, besándome el pelo, apretujándome los hombros. Pero entonces nota a Milly—. Oh, perdón. ¿Ésta es la señorita que te compró? ¿Cómo te va la vida de mantenido? ¿Cómo se porta el poodle, señorita?

—Muy bien, ya no muerde —suelta Milly con total relajo.

¿Quién es esta mujer y dónde está mi pollita tímida?

—Estoy de coreógrafo. ¿No quieres mostrarle a la dueña lo que puedes hacer, mmm?

La miro haciendo el show de pedirle permiso, pero ella está mirando al escenario, donde un bellísimo y sumamente musculoso créole que se parece un poco a Remy LeBeau se está frotando con la barra hasta casi sacar chispas. Mmm.

Quiero que me mire a mí.

El tipo gatea en cuatro patas, frota su speedo contra el suelo y se lame los labios mirándola a los ojos. Se acabó.

—Voy, Mattie —digo, agarrando a Milly y sentándola en el bar, alargándole mi billetera para que la cuide—. Ya vengo…

Mattie es un dramático, presentándome como “el creador de tsunamis vaginales”. Idiota.

Los demás bailarines me reciben con palmadas y saludos; me hacen espacio sin drama, con chistes, mucho más gentiles que los tipos que compartieron escenario conmigo en el club de Jean. ¿Será la amabilidad sureña? Incluso me empujan adelante.

Suena Bad Guy, de Billie Eilish.

Conozco esta coreografía como la palma de mi mano; es una de las últimas que aprendí.

Hay gritos y aplausos cuando aparecemos, un grupo irregular, sin más en común que torsos desnudos y posturas engreídas.

Pero de los ocho bailarines, los otros dos más acrobáticos me flanquean mientras aferramos las barras, nos colgamos, giramos; los tres las trepamos entre gritos apreciativos del público a la fuerza de nuestros brazos, y más cuando nos frotamos contra el metal como si pudiéramos vencerlo montándolo…

La música se eleva sincopada, y volver a verme en un coro de baile es… invigorante. Mis brazos y piernas recuerdan la coreografía como si nunca hubiera dejado esto: nos movemos como un solo cuerpo, como una unidad, en los movimientos breves y marcados que son incitantes y elegantes a la vez.