Expuestos en la Noche
::¿Jean?
::Ya te he dicho que no te voy a dar dinero para drogas, mocoso de mierda.
::No te llamo por eso. ¡Por Dios, me voy y te pones tan bruto! ¿Es porque me extrañas? ¿Eh? ¿Te hace falta tu Evan?
::¿Qué quieres, ser cargante?
::Sé que tú eres de New Orleans y, bueno… mira, te vas a enterar por las noticias. Deja de mirar porno buscando ideas (¿sabes lo patético que es eso?) y ve noticias, como los adultos de verdad.
::¿Qué se te fue a perder a ti en New Orleans, se puede saber?
::Gumbo.
::¿Eh?
::Gumbo. Necesito un lugar donde sirvan un gumbo que pueda comer un bebé, Jean. No picantes, nada raro…
Sé perfectamente que mis planes se han ido al carajo, pero no me hallo con fuerzas de solucionarlo. (No creo que necesite enfatizar que el autocontrol no es lo mío).
Pero aunque mantenemos las apariencias lo mejor posible —cuando no se me van las manos, porque por Dios que me gusta ver cómo a Milly se le borran los gráficos de la cabeza en cuanto sonrío—, no he dormido en mi cama desde mi visita con Dickie.
No, en verdad lo intenté una noche, pero a las doce sentí pasitos descalzos en el pasillo y cierta figurita se metió en mi cama, con su propia almohada, sí.
No puedo evitarlo. Es como un hechizo. Cada día pienso que hoy no iré a buscarla, que hoy me controlaré y la dejaré dormir (porque ya se perdió una llamada por Zoom con el maldito australiano el otro día por cabecear en su oficina), pero me meto a la cama y…
no. No puedo. No es sólo el sexo —que sigue siendo tan indecentemente bueno (básicamente porque hasta hoy aún no encuentro algo que no le guste, y muchísimo)—, que no sólo satisface mi cuerpo, sino también mi ego a mares.
Y si creyera en esas cosas, me pondría a hablar de amor y de almas, porque cuando a veces me despierto de amanecida y la miro dormida como un gatito, me siento…
no sé cómo explicarlo. Como si nada más existiera.
Como si pudiera dispararle a alguien que trate de despertarla o de quitármela, aunque está ahí tan dulce con la nariz contra mi pecho.
Casi como si esas noches tiritando de frío en alguna estación y viviendo de crack y pan hubieran valido un poco la pena. Casi.
Me imagino que estas ganas de asegurarse de tener a alguien, a una persona específica al lado para siempre, es lo que hace que los idiotas compren anillos y den el show. Porque zipties y huincha de rapto son ilegales, claro.
Creo que esas horas son lo más cercano que he estado a querer quedarme quieto… quieto, por fin.
Le dije que la quiero: fue un exabrupto. No es mentira, aunque claro que no es amor romántico, por supuesto que no. Es lo que debe sentir un gato cuando le dan atún. Gratitud, aprecio. Ella es la llave de mi futuro, y además me da cariño, buen sexo, ayuda. ¿Qué más se podría pedir, verdad?
Por eso decido hacer algo extra lindo por ella en el viaje a New Orleans.
No vamos solos, al menos no de ida, así que tendré que tratar de ser circunspecto.
Irán Tom, Claudio y Hugh. Hugh no quería ir al comienzo, pero ese danés es como un pájaro: le agitaron la posibilidad de rediseñar no sé qué cosa para que fuera antisísmica, y allá partió a diseñarlo, olvidándose de mis proyectos.
Salí a perseguirlo, le agité fotos de las inundaciones y dejó botadas las placas antisísmicas, siguiéndome como un corderito parloteando sobre “racimos de pilotes buyantes”, sea lo que sea eso.
Ese nórdico es tan savant, pero tan útil; vino todo el viaje entusiasmado con la idea de sus pilotes móviles para la comunidad ribereña.
Al menos está claro que se va a divertir a mares. Pero he preparado una sorpresita para Milly…
El avión es silencioso, porque salimos antes de las seis de la mañana, pero tras ronquidos y unos cafés poco inspirados descendemos en el Louis Armstrong en una mañana soleada, ventosa y luminosa, con aroma a hibiscos en el aire.
Incluso Tom se aligera y sonríe al ver nubes blancas pasar tan rápido, el perfume de la vegetación envolviéndonos.
Aunque el aeropuerto es un poco caótico, cuando salimos a la calle —a pesar de que no son ni las once de la mañana—, ya se oye música.
Es tan radicalmente diferente a New York.
Las casas son tan bellas, anticuadas y semiocultas tras la vegetación salvaje; flores grandes como cabezas se asoman por las verjas, tratando de escapar coloridas entre volutas de hierro.
Hay rascacielos, sí, pero el paisaje se aplana notablemente en cuanto nos alejamos del centro y cruzamos el casco histórico hacia la ciudad, en dos vehículos rentados.
Sebastian no ha venido, a última hora; nos guía un asistente de Claudio, que es de la zona.
—Todos esos árboles estaban bajo el agua durante Katrina —me señala.
En interés de dejarme las manos para mí mismo y no molestar a Milly, voy en el asiento delantero junto a él, que me indica unos robles enormes.
La idea de todo eso bajo el agua… no, no me sorprende que no hayan podido levantarse totalmente aún.
El hermano de Jean aún vive acá. Durante esos años, Jean literalmente enviaba todo lo que ganaba para su extendida familia aquí, incluso mientras sacaba adelante el club, fundaba otro acá y me sacaba a mí de la metadona. No sé cómo logró todas esas metas a la vez.
Es uno de los motivos por los que me interesó tanto ayudar a esta zona. Pero claro, el clima es un plus, y poder salir de paseo a airearme un poco —no he viajado en una década, la verdad, hasta que Milly me raptó de regreso a la Costa Este— me hace sonreír. El sol se siente bien.
Cuando bajamos del automóvil tras una hora, el aroma a vegetación intensa, mezclado con un rumor de agua, es tan diferente y exótico como podrías pedir.
El mismo césped se siente jugoso bajo mis pies cuando abandono el camino engravillado y me asomo a una planicie salvaje que baja hacia Plansingville, la comunidad que pretendemos ayudar, directamente en el delta entre el río y el brazo de mar que se encuentran en marjales.
—¡Tierra porosa! —me dice Hugh. Está en cuatro patas, palpando—. ¡Porosa! ¡Anclajes!
Asiento a su entusiasmo. Veo que Tom se ha encaramado en una roca y me señala. El viento es fuerte: me toma dos tirones de su mano encaramarme, y me quito la chaqueta, porque el sol está pegando fuerte.
En la costa llena de altos pastos, justo antes de unas dunas, se ven cimientos barridos por el agua. Allí estaba el pueblo original.
Claudio está fotografiando el lugar con su asistente. Me vuelvo para buscar a Milly, que se ha quitado la chaqueta también, y con su blusita rosa agitada por el viento, el pelo deshecho, mira fascinada las colinas cercanas, blancas de flores.
Casi me caigo de la roca por estarla mirando quitarse las gafas y sombrearse la cara con el brazo para mirar las nubes. Su pelo tiene un brillo casi metálico a tanto sol…
Tengo que disimular. Milly se concentra tanto en su trabajo, generalmente, que nada menos que mi mano por dentro de su ropa la hace perder la compostura.
Pero reconozco que a veces a mí se me va la cabecita a ciertos sitios, mientras más árida y profesional es la conversación, más ganas me dan de despeinarla.
Soy un niño muy malo, vaya.
Pero tenemos que disimular, porque la mayoría no sólo no sabe que no somos hermanos, y lo último que necesita Milly es que la cuestionen más como heredera de mi padre.
Algún día tendremos que revelarlo —tentado estoy de pedir un test de paternidad, para tener pruebas en mano—, pero no ahora, no en medio de todo este caos.
Así que tengo permiso de abrazarla, pero no sobarla; de besarla, pero no besarla. Es una línea fina y yo soy muy malo en ser circunspecto.
Reunirnos con la comunidad toma el resto del día.
La gente de la Fundación ya me había hecho parte del trabajo, pero no culpo a la población por el escepticismo. No son nada tontos: preguntan varias veces si nuestra meta es lavar dinero, esquivar impuestos o testear medicamentos en ellos, lo que en realidad no puedo culparlos por sospechar.
Pero nuestros planes de una guardería, dispensario y servicio comunitario en un edificio anclado a las colinas los entusiasman al fin, ya que aparentemente todo el mundo había puesto como condición desalojarlos de la zona antes de cualquier ayuda gubernamental.
—Construir mejor, no rendirnos —dice un anciano, asintiendo a los diseños de Hugh.
Es una tarde esperanzadora, y cuando al fin empiezan a creernos y acceden a compartir una merienda que Claudio encarga, Hugh pasa un largo rato con ellos revisando las ruinas.
Tom se sienta con otros a ver papeles, y yo me repantingo junto a Milly, que se ha sentado con una carpeta de deudas que le han traído.
—No podemos quedarnos mucho más; el avión tiene que despegar antes de que anochezca —me dice, apartando los documentos—. Contrataré un abogado que les dé una mirada: no me parece que las contribuciones que les cobran tengan sentido.
—¿Qué quieres decir?
—¡Les están cobrando por terreno que está bajo el agua en este momento!
—Oh.
—Déjame devolverles esto y hacer unas llamadas; ve si puedes despegar a Hugh…
—En realidad hay algo que quería pedirte.
Tom es quien se ve más escéptico cuando declaro, ya en el vehículo de regreso, que Milly y yo nos quedaremos por la noche en New Orleans para visitar a un pariente de nuestro padre, y tomaremos un vuelo comercial por la mañana.
Pero no es que nos presten mucha atención: el calor ha agotado a Hugh, y Claudio está demasiado entretenido con sus fotos y planes publicitarios para escucharnos.
Ha subido una foto muy linda de Milly y mía: ella con un sombrero velándola y el cabello suelto, descalza en la orilla del agua; yo de pie en una roca contra el cielo azul.
La he guardado.
—Sebastian se va a irritar mucho —me dice ella, mirando su teléfono, cuando, tras una carrerita en taxi, descendemos en el French Quarter—. ¿Me vas a decir qué estamos haciendo aquí?