Esclavo Tuyo Y Todos Saben Quién Eres #3
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Y Todos Saben Quién Eres #3

Tom me deja seguirlo a la cafetería, donde hoy parece que nada hubiera pasado. Me compra una soda y palomitas, pero cuando me siento a su lado, al fin bufa.

—¿Sigues hablando con Charlene? —pregunta.

—La mensajeo a veces, pero está con exámenes en la universidad. ¿Qué pasa, Tom? —le digo, echándome una palomita a la boca.

Para qué decirle que no fue esperar con John y el abogado de la Fundación seis horas en el cuartel de policía lo que me agotó, sino que cuando llegamos a casa, apenas alcancé a cerrar la puerta del dormitorio antes de que una conmovida Milly me bajara los pantalones.

Soy un tipo todoterreno, sí señor, pero me duele la nariz aún.

—Entraron a robar a mi casa. Dos veces ya —confiesa Tom.

Me atraganto con la palomita y la soda solo lo hace peor. Cuando acabo de toser, John Flaherty ha desaparecido de mi cabeza y ha regresado Helena. Es cierto que lleva unos días muy callada: no hay fotos indecentes apareciendo en mi teléfono desde… vaya, el martes.

Valga decir que el martes estaba en la cama de Milly, los dos apenas recuperando el aliento tras una sesión dulce y maratónica (creo que nadar le dio esa stamina a mi tímida CEO), cuando mi teléfono hizo plin y al tomarlo del velador y mirarlo por sobre el hombro de ella, vi una foto que conmemoraba una de las primeras Pascuas de Resurrección que pasé en el club, cuando Jean estaba en la onda grand guignol.

Yo tenía el pelo largo aún en esa época; estaba vestido de Jesucristo, y el musculoso soldado romano no estaba precisamente con una lanza y no precisamente en mi costado, pero se entendía la idea.

—¿Mmm? —dijo Milly, apoyando la cabecita acurrucada contra mi bíceps—. ¿Quién te escribe a esta hora?

—Un ex colega. Me mandan fotos de sus actividades —le dije con voz muy tranquila—. Él es un poco extremo… asumo que no quieres ver dildos con sangre y un montón de soldados romanos follándose a un pobre chico…

—No —dijo ella, cerrando los ojos y hundiéndose entre las mantas. Apagué el teléfono y lo tiré al velador: está con clave, pero espero que eso evite que curiosee. Aunque juraría que le vi una chispa de interés cuando dije “dildos”, vaya. Ideas.

—¿Llamaste a la policía? —le pregunto. Tom sacude la cabeza.

—Hablé con Seguridad de la empresa: el holding tiene una división que trabaja en eso. Están averiguando, pero tengo alarmas y sensores; no tienen idea cómo diablos alguien pudo hacerlo.

—Diablos. Lo siento, Tom. ¿Algo muy importante? —pregunto.

—Solo dinero, pero francamente es la invasión lo que me enoja —dice Tom frotándose la cara—. Pero mejor ni te cuento. Capaz que si atrapamos al ladrón, le ofrezcas trabajo…

—Oh, córtala con eso.

Hugh sigue añadiéndole detalles a los planos aun mientras se los quito y voy saliendo con ellos por la puerta.

Pero son magníficos: esas comunidades ribereñas pierden todo cada vez que el maldito río sube, por lo que ahora este genio ha plantado pilotes, una barrera natural y un desagüe que debería darles piscicultura.

Cada vez me convenzo más de que no hay que ser inteligente: sólo hay que saber rodearse de gente inteligente.

—Evan —nos llama Mrs. Courtland. Ha venido con Freddie. —Va a empezar la reunión… ¿qué es eso?

—Los planos de nuestro nuevo proyecto en la Fundación. Necesito que me aprueben el gasto —digo airosamente, entrando a la sala de reuniones con los planos y Hugh detrás, llevando la cola como si yo fuera una novia. Está todo el mundo para la reunión, veo.

—Entendí que esta reunión era de emergencia por el incidente de terrorismo doméstico de ayer —me dice Áster Gustloff, que ayuda a su anciano padre a sentarse—. ¿Por qué traes planos?

—Porque Evander ha sido poseído súbitamente por el espíritu de la Madre Teresa —dice Dickie de mal modo, entrando. Está claro que la notoriedad y las burlas públicas le han echado a perder el ánimo de nuevo—. Ahora se cree director de Recursos Humanos, cuando ése es mi cargo, es…

Cuando Milly entra, se hace un silencio. Hay algo en su actitud que hace que todo el mundo se siente y, al fin, se calle, incluso Freddie. Está seria, y trae una carpeta doble en las manos, con otra más que le entrega su secretaria.

—En primer lugar, los sistemas de seguridad de ayer no funcionaron, o funcionaron demasiado tarde.

A Tom le han entrado a robar en casa, incidentalmente: está claro que la división de seguridad no está funcionando como corresponde.

Necesita una revisión completa, y quiero tener botones de pánico, cerraduras electrónicas y al menos dos salas blindadas en caso de emergencia.

Eso incluye el sistema antiincendios y antisismos.

Hugh, Richard, los dos van a ocuparse de eso.

No me importa cuánto cueste: nuestro personal tiene que sentirse a salvo.

—No puedo hacer eso y Recursos Humanos… —empieza Dickie.

—De Recursos ascenderé a la encargada por ahora. Mostró mucha presencia de ánimo ayer y lleva veinte años en la empresa. Evan, tú le ayudarás cuando haya que dirimir algo. Respecto a John…

—¡Asumo que vamos a presentar cargos! —exclama Mrs. Courtland—. ¡Tu padre jamás dejaría que alguien le agitara un arma en la cara para obligarlo a hacer algo! ¡Darles en el gusto es mostrar debilidad!

—Los tiempos han cambiado —dice Milly, aunque veo que el que le echen a mi padre en cara le duele—. Mostrar compasión por John nos ha dejado bien puestos en las redes sociales, ¿verdad, Claudio?

—Las acciones han subido en el grupo etario más joven —dice él con energía—. Es que Evander es tan vendible, qué quieres que te diga…

—¿Es cierto que le diste trabajo al tipo? —dice Arturo Mena, mirándome con asombro.

—Si fuera tu padre, le daría trabajo… y luego lo haría desaparecer calladamente —dice José Mancini riéndose—. Botas de cemento, ése era el estilo de tu padre…

—¿Qué quieren que diga? Me simpatiza la gente que toma decisiones locas —les digo, y despliego los planos—. Como ésta. ¿Oyeron todos de mi proyecto ya?

—¿De tu demencia? —me dice Mancini, recostándose en la silla—. Es botar dinero, eso es lo que es.

—Es probar que somos capaces de construir donde sea. Esa ribera está hecha de ramitas y agua —dice Hugh con orgullo—. Vamos, tienen que aprobarlo, ¡si está listo!

Dickie, más calmado tras su nuevo trabajo (que sospecho le va a encantar, porque implica jugar con armas y uniformes como un videojuego), mueve la cabeza.

—Bueno… es para eso la Fundación, supongo.

—¡Muchas gracias! —gorjeo.

—Yo creo que vas a perder todo, pero allá tú, aunque sólo lo aprobaré porque no quiero que Maddie se enoje conmigo —dice Mancini, encogiéndose de hombros—. Pero creo que va a ser un desastre. No conoces la zona, no sabes en realidad nada…

Los votos me permiten alcanzar el budget, pero sólo justo. Una vez que todo el mundo se va y Hugh vuelve a llevarse sus planos, me quedo con Milly en la sala. Se la ve cansada y desanimada: le han discutido todo, ha tenido que razonar con cada uno.

Y lo ha hecho por mí.

Cuando la veo doblar sus hojitas y guardarlas en la carpeta, con la blusa azulina arrugada por el largo día, me inunda una sensación extraña. Quiero ayudarla yo a ella ahora; quiero… asegurarme de poder seguir haciéndolo.

Quiero quedarme aquí.

Con una sensación de vértigo, voy a su espalda e inhalo su pelo, preguntándome: ¿es este el tipo de deseo por el que la gente se casa, al fin? ¿Este deseo de seguir así?

—No aquí… —me susurra ella cuando la rodeo con el brazo.

La puerta está abierta: en cualquier momento podría entrar alguien, y podría ser un escándalo.

No todo el mundo sabe que no somos hermanos consanguíneos, y ciertamente lo somos legales.

Pero me inunda ese deseo de marcarla como mía, de hacer algo que no cualquiera pudiera hacer, y deslizo mi lengua detrás de su oreja, sintiendo el estremecimiento en todo su cuerpo.

Sigue siendo absurdamente responsiva a mí.

—Oye… —susurro—. ¿Te excitó verme de héroe ayer, mmm?

—Hoy también has sido un héroe. Vas a ayudar a mucha gente con ese proyecto —musita con ternura, aunque hay un punto de jadeo en la última palabra, cuando le meto toda la lengua en la oreja y la muevo vigorosamente.

Su mano trata de detenerme, pero la meto bajo la chaqueta y masajeo su pecho descaradamente.

Se le va la cabeza atrás: es masilla en mis manos.

Apuesto a que está humedeciendo sus panties, y el deseo que siento en respuesta cada vez que me doy cuenta del dominio que tengo sobre ella me llena de perversidad.

Voy a morderle la otra oreja, deslizando mi uña por su pezón erguido bajo la tela.

—Mmm. Señorita Mildred, necesito que me apruebe una cosita más en el budget… —musito. Ella hace un ruido ahogado cuando llevo mi lengua a la raíz de su pelo en la nuca y tironeo el cuello de la blusa atrás para succionarle las primeras vértebras.

—Nnnh…

—Mancini tiene razón. No sé nada de Louisiana y hay que establecer una base de trabajo allí —murmuro, acuclillándome junto a su silla y girándola un poco hacia mí, para poder subir una mano por su pierna—.

¿Qué dice el contrato del testamento sobre que yo viaje?

Me imagino que no puedo viajar sin mi carcelera, además de que no tengo dinero para eso, pero…

¿no quiere ir a comer gumbo conmigo a Nueva Orleans, señorita Mildred? Por un día, al menos.

Oh, estaba empapada. No pude hacer mucho porque justamente oímos pasos en el pasillo, pero sospecho que “aaaahnnn” significa “sí”.