Esclavo Tuyo Y Todos Saben Quién Eres #2
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Y Todos Saben Quién Eres #2

¿Adónde va esto? Estoy a punto de preguntarle a Tom qué le ha pasado, cuando escucho gritos y alguien deja caer una de las bandejas de mica bonita, que deja un reguero de sopa de tomates.

—¡Tiene un arma! —grita alguien. Dickie se voltea y Freddie deja escapar un gritito: efectivamente hay un hombre en la puerta. Alto, delgado, macilento, aunque bien vestido. Y tiene una pistola en la mano.

¿Qué carajos es esto?

—¡Es con esas zorras que vengo a… a enfrentarme! ¡A verlas! —exclama, yendo derecho a la mesa de las mujeres de mediana edad a nuestro lado, con sus elegantes uniformes vainilla. Una grita, pero las dos mayores se mantienen muy tranquilas.

—Señor Flaherty, no hay necesidad de todo esto. Podemos hablar en mi oficina —dice una, extendiendo la mano.

Casi me caigo de la silla cuando el hombre dispara al techo. Parece fuera de sí.

—¡Cállate, zorra! ¡Con esa misma voz me negaste la pensión! ¡La pensión de mi hija! —brama.

Oh, joder. Empleado descontento, veo.

Flaherty se ve desesperado, algo bebido y, sobre todo, maltratado: como alguien que no ha dormido ni comido bien en varios días. Su ropa no sugiere pobreza, su corte de pelo tampoco, y por cómo se coloca, bloqueando la salida y también el pasillo a los baños, conoce este lugar muy bien.

—Señor Flaherty —digo, alzando las manos y colocándome entre esas viejas sangre de horchata y él, muy, muy, pero muy despacio—. Señor Flaherty, soy Evander Wexstone. ¿Quiere contarme cómo puedo ayudarlo?

—¿Evander…? ¿Usted no estaba muerto? —dice el hombre. Se ve de unos sesenta años. Si es empleado antiguo, debería haber oído algunas de mis proezas.

—Las noticias de mi muerte fueron un poco exageradas —le digo, haciéndole un gesto a los dos guardias que llegan a la carrera, muy sofocados. Ahora no me sirven de nada, muchachos. Lo único que nos conseguirían es una balacera, que es justo lo que no necesitamos.

—Eso es de Mark Twain —dice Flaherty, parpadeando.

Asiento.

—Sí. Es un Nobel que nos robaron —murmuro, acercándome un par de centímetros—. Señor Flaherty, ¿por qué no baja esa arma y vamos a mi oficina a hablar de literatura? —agrego, y al ver que no responde, pregunto con voz más suave—. ¿Qué le leía a su hija de Mark Twain? ¿Roughing It?

Su cara se contrae. Ajá.

—El señor Flaherty trabajó aquí diecinueve años, señor Wexstone —interrumpe una de las malditas viejas a mi espalda—. Recientemente se eliminó su departamento y, como no quiso ser reasignado, fue despedido sin beneficios.

—¿Qué departamento?

—Correo físico.

La miro con incredulidad.

—¿Hasta qué año tuvimos una oficina de correo caracol?

—Hasta este año. Al señor Wexstone, su padre, le gustaban los membretes y las estampillas —me dice Flaherty con mucho orgullo.

Oh, ese viejo. Hasta muriéndose jodiendo a alguien…

—¡VAN A DARME MI PENSIÓN! ¡Mi hija la necesita, o si no, no sé…

! —estalla Flaherty, la pistola apuntando al azar, entre gritos de miedo y una estampida de gente que intenta huir de un rincón a otro.

Veo que, con ambas salidas bloqueadas, la mayoría se ha parapetado detrás del mesón de los cocineros: parecen sardinas aterrorizadas.

Solo las viejas de Recursos Humanos, el doctor Finlay y Freddie siguen a mi lado, aunque Freddie está agachado detrás de la mesa, aún con su sándwich en la mano.

—¿Pero por qué renunciaste si necesitabas el dinero, hombre? —le pregunto, acercándome un poco más con las manos levantadas.

—No sé hacer… no entiendo de otras cosas… estoy viejo, no puedo… —agrega, con la mano bastante firme para estar viejo, apuntándome.

—Flaherty, hay una docena de cosas que podrías estar haciendo… y además desvincular gente por una estupidez… —empiezo.

—¡Él… él hizo que me echaran! —ladra, girándose para apuntarle a Dickie, que se ve aterrado y, con todo descaro, se esconde detrás de su secretaria, que le chilla y le da con la cartera.

Voy a tener que preocuparme de que no la eche a ella después de esto.

—Flaherty, baja eso y hablamos. Mira, no pretendo darle el gusto a todo el mundo que me ponga una pistola en la jeta, pero de verdad que… —trato de mantener la calma.

—¿Y lo vas a premiar? ¿Claro, si ahora vamos a dejar que ELIJAN en qué quieren trabajar…? —refunfuña Tom desde atrás. Ruedo los ojos, porque la pistola que había empezado a bajar se levanta de nuevo.

—¿Qué está pasando…? —

OH, NO. ¡Milly!

La loca estúpida NUNCA viene a la cafetería; Sebastian le empaca sus comidas de avena con avena con salsa de avena. ¿Qué hace aquí?

Flaherty se gira al oír su voz y no puedo arriesgarme a que le dispare a ella: lo tacleo como un jugador de rugby, planto la mano sobre la rueda del arma y lo sujeto en el suelo. Es un hombre viejo: aunque forcejea furioso, solo logra pegarme en la nariz, pero vaya que ha dolido.

—¡Llamen a la policía! —grita Dickie inefectivamente, a lo que la mujer de Recursos Humanos, con la cara exacta de un gato gordo despectivo, levanta la mano que tenía dentro de la cartera; en la pantalla se ve una llamada al 911 en curso desde hace rato.

—¡EVAN! —Milly se apresura a mi lado—. John Flaherty, ¿qué locura has hecho?

El viejo se pone a llorar.

No lo aguanto. Le entrego el arma por el cañón a esa vieja pasota; le digo que hable con la policía cuando lleguen y alzo a Flaherty hacia la oficina más cercana, que es la del doctor Finlay. Él me abre la puerta, y Milly, y también Dickie y Tom, nos siguen.

—Nos van a llegar una docena de demandas por daño psicológico —bufa Dickie, dando un portazo; tiene la cara muy transpirada—. Deberíamos darle una paliza a este desgraciado…

—No sean ridículos. ¿Qué le pasa a tu hija, John? —pregunto.

—¿VAS A SEGUIR HABLÁNDOLE? —grita Tom—. ¡La policía debe estar al llegar, después de esta estupidez!

—Tom, cállate —dice Milly con una voz súbitamente muy firme—. John, lo que ha hecho es muy grave.

—Mi hija… le descubrimos un cáncer uterino, y sin mi pensión no hay forma… el seguro se acabó —gime el pobre viejo. Por Dios, ha arruinado su vida y la de su hija, breve como sea. Atraigo una silla para sentarme a su altura y le pongo una mano en el brazo.

—Milly, ¿no podemos hacer algo? —imploro.

—Es un tirador, un asesino; lo único que deberíamos hacer es pedir penas máximas —dice Tom con enojo. En la voz de Dickie hay algo de ese resentimiento que sienten los hombres tras haber perdido el control; en la de Tom hay una irritación que no tiene que ver con esto.

Los ignoro y miro a Milly, que se ha cruzado de brazos. El doctor Finlay elige ese momento para ponerme un pack de hielo en la nariz, que ahora comprendo se está hinchando. Si acabo con una rinoplastia por su culpa me voy a enojar de verdad; mi nariz es muy bonita.

—John, no puedo ofrecerte tu trabajo de nuevo tras esto. Nadie te toleraría en la empresa. Supongo que podemos alegar locura temporal, si te disculpas, presentar cargos mínimos. Pero no puedo ofrecerte pensión tampoco. Tu renuncia fue en toda regla; yo misma la revisé.

—Pero es que no sabía que mi hija… —gime el pobre viejo. Dickie hace un ruido de exasperación y me vuelvo a él, enojado.

—¿De verdad no podías llegar a un acuerdo con él en vez de darle ultimátums? ¡No es su culpa que eliminaran su trabajo! —exclamo—. ¡Richard, esto también es culpa tuya!

—¿Me estás gritando a mí? ¿Llegué yo agitándole un arma en la jeta a la gente? —brama Dickie.

—La policía está afuera —dice Claudio, entrando con su tranquila actitud.

Por el teléfono que lleva en dos dedos y su expresión, estoy seguro de que este relamido bastardo ya está pensando cómo torcer la noticia a nuestro favor—.

Están tomando declaraciones, pero la gente está muy alterada, como es normal.

— Diles que vamos enseguida. Mientras tanto, mandemos a la gente a casa; nadie va a tener ánimo de trabajar hoy.

—¿Mandarlos a casa? Pero si no hay nadie baleado, ¿les vas a regalar vacaciones…? —protesta Dickie.

Milly deja a Tom y Dickie discutiendo y me mira a mí y a John largamente, al que Finlay le ha alargado pañuelos de papel para limpiarse la cara.

—Milly —susurro—. Todos, alguna vez, cuando estamos desesperados, podríamos hacer una locura. No quiero… no puedes permitir esto; él trabajó para ti —le ruego. Sus ojos se suavizan, mirándome a mí.

—Déjame hablar con la policía. Ian, podríamos alegar inestabilidad, locura temporal… —dice Milly.

El doctor Finlay asiente, oprimiendo el brazo de John.

—Pero no puedo devolverle su trabajo.

—No te preocupes, tengo una idea —digo sin soltar el brazo de John.

—Le diste trabajo en la Fundación —me dice Tom al día siguiente, entrando a la oficina de Medios en donde estoy peleando con Claudio, que no sólo publicó una foto mía agarrando el arma y sosteniendo a John con el otro brazo, sino que también publicó mi discurso al personal sobre cómo, todos, bajo presiones extraordinarias, podríamos perder el control y que es el rol de la comunidad evitar que lleguemos a ese extremo—.

¡Le diste trabajo en la Fundación a ese loco!

—John es capaz de reconocer un matasellos a diez pasos, y te asombraría cuántos países tercermundistas no han digitalizado su papeleo aún —le digo, cruzándome de brazos—.

Además es buena prensa. La Fundación está para ayudar a la gente y John…

es gente —argumento. Claudio, que es un desaprensivo, suelta una risita, pero Tom aún se ve tormentoso—.

¿Se puede saber qué te pasa a ti? Dickie es el que debería estar imbécil; alguien subió su foto escondiéndose detrás de la secretaria y ya es un meme: lo han puesto escondiéndose detrás de bebés, Winnie the Pooh, John Wick, un gatito…

—Mientras que tú quedaste como un héroe y TikTok te ama. Ahora eres el niño dorado de los justicieros sociales, el “único billonario bueno”— canturrea Claudio.

—Si supieran que no tengo ni para palomitas —digo, encogiéndome de hombros—. Tom, vamos, invítame unas. Tengo que ir a quitarle planos a Hugh y eso va a requerir calorías.