Y Todos Saben Quién Eres
—Es de Des Moines —dice Sebastian, quitándose los lentes de sol y acelerando.
Milly insistió en irse sola en el tren y dejarme a Sebastian con el auto para llegar a la Fundación, los dos escandalosamente tarde.
Cuando el gruñón no protestó, supe que algo tenía que decirme.
Afortunadamente, esta vez no incluía puñetazos.
— Segunda hija de una familia con una boutique.
No terminó la secundaria, niña problema.
Se fue a Los Ángeles a tratar de conseguir papeles de actriz: fue parte de una pequeña troupe de canto y baile que trabajaba en restaurantes y cafés.
Los dejó cuando se consiguió un amante mayor, y estuvo dos años con él manteniéndola antes de que se volviera su pimp.
Se hizo conocida en el circuito de yacht girls básicamente porque no había nada que no estuviera dispuesta a hacer, pero sí se negó a trabajar en la industria del porno.
Hay rumores de pequeños robos y latrocinios, escalando hasta que alguien investigó y se dio cuenta de que, poco después de sus visitas, las mansiones de los hombres con los que se acostaba siempre eran desvalijadas.
Creo que le dieron algún aparatejo para copiar sistemas de seguridad.
Con eso, California se le puso muy caliente, se vino acá y sedujo a Tom Redford.
—¿Cómo averiguaste todo eso? —le digo, asombrado. Él se relaja con una sonrisita.
—Tengo mis contactos. Trabajé para el IRS, un tiempo.
—¿De verdad? ¿Y por qué te saliste? Pensé que esos trabajos gubernamentales eran codiciados.
—No tengo temperamento de oficinista —me dice, pasándose el límite de velocidad como si fueran una sugerencia.
—¿Crees que vaya a robar la casa de Tom?
—No ahora; eres un premio más grande. No dudo que considera que tus…
encantos… son un excelente colateral, Evan.
Pero, por sus acciones, sospecho que,—al igual que tú lo estuviste, está cazada con deudas a gente no muy recomendable.
Ella no robaba solita esas casas, y el escape transcontinental no le habrá salido barato.
Casarse contigo le solucionaría la vida.
A ella, y a cualquiera, cuando heredes lo que te corresponde.
—¿No quieres casarte tú conmigo? Es tan agradable cómo resuelves las cosas. Puedo ser una trad wife, porque Milly ni esperanzas que te hornee…
Lo hice sonreír, aunque sólo veo la arruguita junto a su ojo en el retrovisor.
—A pesar de lo bonito que eres, paso. Me gustan las mujeres decentes.
Y respecto a Helena Avanova —verdadero nombre, Elena Arnovitz—, vamos a tener que darle un poco de cuerda para que se ahorque sola.
Mientras tenga semejante caché de fotos y videos tuyos, nos tiene sujetos.
Podríamos tratar de intimidarla, pero tarde o temprano volvería por la leche. Eres un premio demasiado gordo.
—Si estás hablando de mi trasero, es todo músculo. La barra te lo pone así, deberías probar.
—Lo que te dijo era cierto: los medios podrían perdonar a una chica, fotos explícitas mediante, con suficientes lloros y “me obligaron”.
Pero a un hombre es mucho más difícil. Si hubieras nacido en el arroyo y tuvieras una cara menos sobradora, quizás.
Pero siendo el proverbial niño rico mal portado…
esas fotos tuyas, sobre todo esas en las que apareces sodomizado, te enterrarían para cualquier rol público.
Es absurdo y completamente injusto, pero así es la sociedad —dice, y siento un poco de agradecimiento al ver su enojo.
Enojo por mí—. Pero no vamos a dejar que se salga con la suya.
Tú sigue manteniéndola quietita; yo voy a encontrar el modo de cerrarle la boca para siempre.
—Sebastian —le digo, porque no me gustan las áreas grises—. ¿Has matado?
—Sí.
—¿Lo harías si Milly te lo pidiera?
—Matar está muy abajo en la lista de cosas que haría si Milly se lo pidiera. Es la persona más decente que conozco.
—No sé si quiero que la mates.
—¿No has matado nunca?
—¿Directamente? No. No sé. Cuando empecé a mover droga y relacionarme con las tríadas, a veces fui parte de grupos enviados a “dar una lección”.
Siempre que acabé de patear a alguien revisé que aún respirara, pero no sé cuánto rato más…
Y supongo que colaboré con bastantes sobredosis, vaya.
También defendí mi espacio y mis cositas en un campamento homeless un par de veces, con cuchillo.
Así que no, no lo sé, pero nunca con intención.
Ahora, sí es posible que alguna chica haya tenido un aneurisma cerebral después de una noche conmigo…
—Evan —me dice, su voz baja—. Sé bueno con Milly.
Me callo. Sebastian sabe. Y es tan obvio que la quiere.
—¿Me estás diciendo que no te ha presumido lo bueno que soy? Yo pensé que ya había compuesto una oda a mi…
—Mientras la hagas feliz, yo te mantendré a salvo —me dice secamente. Enfrento su mirada en el espejo: estamos llegando a Clayrton.
—Mira, yo que pensé que había cambiado de vida, de ganarme mi seguridad con el pene, pero alas, plus ça change?
—…Eres tan impresentable.
La mañana en la Fundación incluyó que ordenara pizza para todo el team de traslados, porque estamos metidos en un lío bastante exasperante.
Me siento con ellos a revisar los documentos y me preocupo de que todos tengan un buen café, porque se han topado con un cuello de botella irritante: podemos mandar nuestras vacunas y alimentos enriquecidos a Serbia, a Uganda y a Tasmania sin problemas, pero lograr meterlas en Louisiana —en Louisiana, pues— es una batalla.
Literalmente es el triángulo de las Bermudas: todo se pierde, todo desaparece y acaba en el mercado negro.
Stephen, mi secretario, casi llora de la frustración.
Las caridades de la zona se han cansado de pedirnos recursos, porque nunca logramos llegar.
Poder llegar a China y no poder llegar a tu propio país…
y sí, tenemos la concesión de analgésicos no adictivos más baratos del mercado.
En una zona con problema de opiáceos, seríamos perfectos si sólo…
—Vamos a tener que abandonar esa zona —suspira Lily, la más práctica del grupo—. No veo que haya mucho más que hacer. No podemos pagar guardias extra, los servicios de traslado no quieren llevarnos porque los asaltan, encima hay inundaciones… es un caos. No podemos seguir derrochando recursos ahí.
Los demás asienten tristemente. Pero yo… miren, hay un motivo por el que tengo debilidad por las causas perdidas, creo.
—Pues yo creo que es el momento de intensificar el derroche —digo, aflojándome la corbata y empujando la caja de pizza hacia Lily, que se ha comido un solo trocito—. Es más, creo que vamos a ponernos a gastar como locos.
—¿Señor Wexstone?
—Si no hay servicios de traslado, compren un par de camiones.
Pagaremos guardias de tiempo completo. Pero lo que vamos a hacer…
—digo, revisando no la documentación, sino las páginas y páginas de artículos de los periódicos de Louisiana sobre su crisis habitacional— es construir nuestro propio centro allí.
Medicina, psicología, mediación, apoyo legal, todo.
Con nuestra propia casita y albergue. Y además, casitas.
Vamos a construir casitas; déjenme llamar a Hugh Dahl.
Si éste no es el momento de mostrar lo fantástico de sus casitas modulares, no sé cuándo.
La gente con un techo sobre sus cabezas está mucho menos desesperada —acabo, con cierta amarga seguridad. Sí, lo recuerdo bien.
—Pero señor Wexstone… ¿usted cree que van a aprobar ese gasto desde el Directorio?
Bueno, ciertamente consigo el apoyo de Milly, su espalda contra mi pecho esa noche mientras la hago chillar como Steven Tyler en Dream On.
A Hugh le entusiasma tanto la idea que tiene los planos al día siguiente; Claudio casi me besa pensando en el ángulo mediático del asunto, el cerdito.
Y Freddie, Tom y hasta Dickie aceptan en principio cuando lo sugiero como un modo de evadir impuestos, promover nuestras casitas modulares y entrar en el mercado sureño con buen pie.
Es la primera idea que no tengo que robarle a nadie, y aunque cuando veo la cantidad de ceros metidos en el proyecto casi me mareo, todos están creyendo en mí. Sólo falta que aprueben los planos, y estamos.
—Hugh ha entrado en una total demencia —me comenta Dickie cuando me aparezco por la empresa el jueves—.
No ha acabado de ver el dossier: ha sacado un marcador y se ha puesto a dibujar en las ventanas.
Han tenido que comprarle pizarras blancas extra.
¿De verdad esas comunidades se inundan todos los años?
Después de Katrina yo habría salido de ahí corriendo ni bien se hubiera secado la carretera…
—Esa gente ha vivido toda su vida allí. No tienen muchas oportunidades —digo con convencimiento.
—¿Los conoces? —se burla Tom, que se ha sentado con nosotros en la cafetería de la empresa.
Freddie está demoliendo un sándwich enorme, y los demás tenemos bandejitas de almuerzo, aunque Tom lo ignora, tragando bebidas energéticas como agua.
Claudio ha abandonado su plato de guiso vegano para ponerse a tomarnos fotos.
—No, pero… Claudio, ¡córtala de tomarnos fotos con la cara llena de comida!
¡Tómales fotos a las chicas de Recursos, ellas sí son bonitas!
—le ladro, a lo que las señoras de la mesa del lado sueltan la carcajada y hacen poses.
—No, no conozco la zona, pero vi algunas cosas en mis viajes…
—empiezo, apropiadamente sombrío, pero antes de que continúe con la actuación, Tom se ríe en mi cara.
—¿Qué vas a saber tú de pobreza y desesperación, niño privilegiado? Esa gente se va a robar todo, van a escupirte en la cara, van a considerar un deber estafarte…
—Estás de un ánimo primoroso —comenta Freddie—. Cómete la comida, a lo mejor es eso…
—No confío en la gente pobre. No pueden evitarlo, quizás —dice Tom sombríamente—. El que puede, te roba…
Momento.