En qué te Reflejas #3
—Sí, lo pintó tu madre y me lo regaló. Éramos amigas. Tu madre era una dama —dice ella, y hay una emoción en su voz extrañamente tierna—. Era… mi amiga. Era mayor que yo, pero nos queríamos. Me lo regaló para mi matrimonio. Junto con toda la fiesta, debo decir, aunque tu padre bramara.
Me alejo un poco y lo aprecio mejor. Es una bandada enorme, tridimensional casi, de pájaros blancos volando sobre espuma de mar y arena dorada. Puedo ver la sombra de los pájaros, la profundidad del agua, las burbujas de la espuma… casi puedo oír el mar.
—Era su obra maestra, siempre lo pensé —dice ella en voz baja—. No quiero que lo vendan a alguien a quien no le importe. Tu madre era una muy buena mujer, Evander. Pero, lamentablemente…
—Yo también lamento que esté muerta —digo en voz baja. No sé de dónde sale eso, pero cuando lo digo, la bruja me mira con súbita furia.
—Pues no, yo no lamento que esté muerta. Era lo mejor que podía hacer, si no quería divorciarse del desgraciado de tu padre.
—¿Perdón?
—Lo que oyes. Tu madre era una pintora exitosa, una poeta…
ya le habían roto el corazón —me dice, volviendo la silla de ruedas hacia mí.
A la luz de la lámpara de pared le brilla el metal de una prótesis en los dientes—.
Eva era una buena mujer. Pero fue a conocer a tu padre…
un mocoso trepador, mentiroso, al que vestían sus “novias”, las mujeres mayores que servía…
un gigoló, eso es lo que era. Su empresa jamás habría despegado sin el dinero de tu madre, y una vez que le quitó todo eso, le quitó la vida también, haciéndola parirte casi a los cincuenta años…
Tu madre era mucho mayor que tu padre, ¿sabías?
No que eso lo detuviera para buscarse otras…
Retrocedo. Cuando se acerca con la silla de ruedas, retrocedo de nuevo como si temiera que me atropelle, y ella emite una risa seca y burlona.
—No sabías nada sobre Eva, ¿verdad? Nunca te importó.
¡Por Dios, eres igual a tu padre, un egocéntrico al que solo le importa él mismo!
Hasta Dickie y Carla Courtland han caído bajo tu encanto ahora que volviste de quién sabe dónde.
Y yo que tenía esperanzas de ver al hijo de mi Eva…
pero eres… eres la generación Xerox de tu padre —acaba con desánimo—.
Iba a regalarte el cuadro, pero te lo venderé. Más te vale que quede a salvo.
—No lo quiero —digo con voz ronca. Nada de esta conversación me gusta.
—¡Es de tu madre, Evander!
—Me da lo mismo —digo con frialdad—. Buenas noches, señora Riordan. Permiso.
Esa conversación me deja con tanto mal sabor de boca que, mientras un chofer nos lleva a un club y me ponen una copa en la mano, no dejo de googlear, curiosamente. ¿Suena extraño decir que nunca googleé a mi madre?
Pero no hay nada, excepto unas antiguas fotos de exposición en una galería: es como si ella hubiera sido borrada, disipada .
En cambio, de mi padre —con Madeleine del brazo o con una Milly adolescente a un lado— hay montones de fotos.
Su página de wiki tiene secciones. Fotos con José Mancini, también.
Pero todo lo que hay sobre mi madre es su nombre, las fechas en que estuvo casada (hasta su muerte) y un crédito: una antología de poemas.
Las fechas sí me dicen que la señora Riordan decía la verdad: mi madre tenía cuarenta y tres años cuando se casó con un hombre de veintiséis.
El vaso de vodka que me tomé sin mirar —y que nunca debía haber tragado— me arde en el estómago.
Sé que le sonrío a los chicos, brindo y aplaudo cuando Freddie se va bebido a la pista de baile y hace show; sonrío y aplaudo cuando Charles gana una botella de licor en una competencia de pulseadas…
contra una bailarina de barra, debo decir.
Pero sé que me he disociado: estoy actuando, mientras mi cabeza sigue dando vueltas como el agua en un desagüe, intentando no llegar al centro, no correr, porque por muchos giros que dé, sigo acercándome a la misma frase que tantos me han dicho…
“Eres igual a tu padre, Evan.”
¿Soy igual al tipo que me pegó hasta que no me podía levantar? ¿Soy igual al hombre que me arrojó con lo puesto a la calle, herido tras un accidente? ¿A su propio hijo?
Me disculpo por un momento y, en el baño, me fuerzo a devolver todo el vodka. Me arde hasta la nariz. Es increíble cómo me ha pegado un solo vaso, tras tanta abstinencia. Por Dios, estoy sudando frío…
—¿Evan?
Es Charles. Salgo del cubículo para enjugarme la cara, y él —él, que está en una adicción full— me mira con lástima.
—¿Necesitas algo? Vernet tiene… bueno, tiene de todo…
—Charlie, tienes que dejar de meterte esa mierda. E incluyo a ese tipo.— Le digo tras enjugarme la cara.— En serio. No quieres acabar como yo.
—¿Acabar? ¿Volver y ser nombrado director de la Fundación? ¿Ser el rostro de la empresa en Instagram?— me dice con tanta sincera admiración, Dios mío, que lo sacudiría.
—Charlie…
—Todo el mundo decía que eras una bala perdida, y mira ahora…
— dice él, meneando la cabeza. Está transpirado, pupilas pequeñas pero manos temblorosas: tiene una mezcla dentro.
Seguro Vernet los diseña para tenerlo bien sujeto.
— Todo el mundo quiere tu atención; hasta Dickie te admira ahora, y yo…
yo soy la bala perdida ahora…— me dice tristemente.
Lo agarro de la chaqueta.
—Eres mi primo. Yo era peor. Si yo pude salir, fue con ayuda.
— Le digo, metiendo la mano en sus bolsillos, sacando el teléfono y programando mi número.
— Quiero que me llames cuando estés en líos, ¿okey?
Soy tu primo. Sea cual sea el lío en que te metas, te garantizo que yo lo habré hecho antes y sabré salir. ¿Estamos de acuerdo?
Charlie se me abraza expresivamente en un baño de hombres; ya me imagino lo que piensa la gente que nos ve.
Pero lo devuelvo a la mesa, vigilo que se hidrate y trato de olvidar la historia de esa vieja, aunque es como ignorar una abeja metida en mi cerebro.
Bailo, acompaño a Freddie cantando Burning Down the House en karaoke, incluso aplaudo a Dickie cantando —sin señales de ironía— I’m a Man.
—¡Una botella gratis para el que pueda sostenerse de la barra por dos minutos completos!— anuncian.
No es como que yo vaya a beber: he luchado por controlar esa adicción.
No es como que no pueda pagar cinco; aún me queda dinero de las drogas.
Pero nunca me he podido resistir a presumir.
Hay chillidos cuando me adelanto, tomo un poco de vuelo y me cuelgo cabeza abajo. Cuando, a los tres minutos, bajo con una espiral tras hacer un vertical-horizontal, los chicos están boquiabiertos.
—Pesas. Hago muchas pesas.— digo, intentando disimular. Hugh Dahl aplaude.
—¡Te mueves igual que una estriptisera, que una de esas chicas!— agrega, apuntándome con el dedo. Es tan nórdicamente bruto.
—Muchísimas pesas.— insisto débilmente.
A Charlie le entra la risa tonta; Dickie menea la cabeza, como diciendo que él no pondría su masculinidad en juego ni en broma. Freddie me mira asombrado, y Vernet…
Me ha puesto una mirada especulativa.
Soy bocazas incluso cuando no hablo, ¿verdad?
Volvemos al amanecer: por lo menos, Charlie y Freddie se levantan tan miserables al mediodía que mi insomnio —porque soy incapaz de pegar una pestañada— se disimula un poco entre su miseria.
Di vueltas en la cama hasta que me levanté, me di una larga ducha y, a las nueve, me asomé al cuarto del cuadro.
No había viejas exasperantes a la vista, pero sí el cuadro: y a la luz del sol, las aplicaciones de oro en los bordes de las alas de los pájaros eran cegadoras. Era un cuadro tan vivo.
Me senté enfrente y googleé un rato más. Finalmente, encontré, inesperadamente en Project Gutenberg, digitalizado un poema de mi madre en una antología. Era breve, y acababa así:
“…y rompí todos los espejos, y quemé todos los poemas
porque no mostraban más que remedo y no reflejo:
y lo busqué, busqué mi identidad, mi voz, mi rostro verdadero,
y lo hallé en tus ojos sólo, mi amor, mi condena…”
—¿Evan?
—Buenos días, Richard.
—Mi madre te estuvo dando la lata ayer, ¿verdad? No le hagas caso. Esa vieja está gagá ya —me dice, entrando. En camiseta y pantalón de buzo, con un Bloody Mary en la mano, se ve más joven, menos formal—. La verdad, quería hablar contigo.
—Me imaginé, ya que me invitaste.
—No te invité sólo por eso. La pasamos bien ayer. Eres un tipo muy divertido, ¿sabes? —me dice con sorprendente calor—. Oye…
—¿Sí?
—Ya sé que me has oído criticar a Mildred. Y sé que es… bueno, legalmente tu hermana y todo eso.
Arrugo la frente.— Si es su mano lo que quieres, dote no te voy a pagar, Dickie.
—No te hagas el tonto. Sabes lo que quiero decir. Mildred, a pesar de todo… no es mala. Mira, seguro que tiene buenas intenciones. Pero se estresa tanto, que estresa a todo el mundo, y tampoco puede ser bueno para su salud. ¿Te contaron que una vez vomitó sangre en público?
Asiento. No me hace gracia hacia dónde va esta conversación.
—Sería mucho mejor para ella, y para toda la empresa, que hiciera lo que hizo su madre y se retirara.
Podría dejarte sus acciones. Tú te has vuelto mucho más popular que ella, Evan.
Podrías convencerla, o si nosotros te apoyamos…
bueno, te prefiero a ti ocupando la oficina de tu padre.
Seguro tendrías el voto de todos los inversores. ¿Qué te parece?
—Dickie… —meneo la cabeza—. No me interesa la empresa. La Fundación es más que suficiente para mí. Milly es la indicada para el directorio
—No me gusta cómo lo hace, Evan. A nadie, la verdad. Arturo, José Mancini… todos la aguantan porque la eligió tu padre, pero ya están hartos de tantos cambios.
—¿No puedes darle un voto de confianza? Por mí.
—¿Tienes… algo con ella, Evan? —me dice Dickie, con una mirada alarmada. Supongo que pocos saben que en realidad no somos medio hermanos.
—No seas ridículo. Lo que tiene ella es como tres posgrados, eso es lo que tiene. Y si te prometo supervisarla, ¿te tranquiliza eso hasta fin de año? Puedes darme tus quejas a mí, y yo se las haré saber… con tacto. ¿Qué te parece?
Dickie sonríe al fin, recostándose, los gruesos brazos musculosos en el respaldo del sofá.
—Eso sí te lo creo. Eres tan bueno convenciendo a la gente… ¡seguro la tendrás haciendo lo que queremos en un santiamén!
Esa tarde armaron una barbacoa y empezaron a llegar amiguitas —todas escandalosamente jóvenes— de Dickie y Hugh.
Pero después de un segundo sándwich, me disculpé de quedarme a la “fiesta” de la noche con la excusa de tener que presentarme en la Fundación, y, agarrando mi bolso, dejé la casa Riordan con una última mirada al cuadro.
—¡Evaaan! —me gritó Charlie, corriendo detrás de mí para darme un abrazo.
Se lo devolví; le pedí que me llamara cuando tuviera ganas. Freddie se ofreció a ir a dejarme a la estación, pero no llovía y yo… necesitaba despejarme.
“…y rompí todos los espejos, y quemé todos los poemas…”
No podía dejar de pensar en todo. En el cuadro, en su foto en mi teléfono. En las palabras del poema.
En mi padre siendo… lo que yo he sido. Usando mujeres. Sirviendo mujeres.
Siendo… yo. Yo siendo él.
Por Dios, cómo me detesto…
“…porque no mostraban más que remedo y no reflejo…”
Pasé seis horas sin poder pensar en otra cosa. Si todas esas rehabs me enseñaron algo, fue a controlar mis adicciones, pero nunca pude aprender a controlar mis pensamientos. Era como algo abierto en mi cabeza, pudriéndose, fermentando, y me dolía honestamente al llegar a Providence.
Hubiera tomado un taxi, porque llovía, pero no encontré ninguno; y era medianoche. No quería llamar a Sebastian. Seguro tenía que estar a las siete con Milly en esta misma estación: era cruel despertarlos.
Caminé. Conozco esas calles como la palma de mi mano. Cuando llegué a casa, era más de la una, y estaba empapado.
Estaba secándome el pelo con una toalla, la ropa mojada en el piso del baño, mis propios ojos inyectados de sangre por el insomnio mirándome en el espejo, cuando oí un click y Milly entró —en esa bata horrorosa de mi padre— a mi cuarto, frotándose la cara rosada por el sueño.
—¿Evan? ¿Por qué no avisaste? Pensé que llegarías mañana… —musitó, completamente despeinada.
La miré en el espejo y no pude soportar mi propia cara. Me volví para mirarla de frente, y no sé qué vio ella, pero se adelantó con los brazos tendidos.
—Evan, ¿qué ha pasado, estás bien…?
“Y lo busqué: busqué mi identidad, mi voz, mi rostro verdadero…”
Cuando me tocó, la agarré de las solapas de la bata y se la arranqué del cuerpo, porque no podía tolerar ver esa monstruosidad en ella un minuto más. Le compraré una de seda, en esos colores feos que le quedan tan bien. Le compraré cinco, diez.
Aunque sea con su dinero.
La abracé tan apretadamente contra mí que sus pies dejaron el suelo. La inhalé, como el único antídoto que tengo contra todo: contra el mundo, y contra el mundo dentro de mi cabeza. La apreté hasta que se quejó.
Pero no luchó. Y cuando levanté la vista hacia ella, me besó tiernamente la frente mojada, la nariz, los labios…
No va a haber forma de que se levante en la mañana para ir al tren.
No hubo forma de que mi cuerpo se calmara hasta que amaneció, encima de su cuerpo entusiasta, hundido en su calor idólatra.
Me abandoné en sus brazos como sólo me he abandonado en algunas drogas, porque en su cara, en su amor por mí, podía ver… al fin podía verme…
“Y lo hallé en tus ojos sólo, mi amor, mi condena…”
—¡Milly, te quiero…!