Esclavo Tuyo En qué te Reflejas #2
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En qué te Reflejas #2

—Lo noto tenso, señor Wexstone —me dice con una sonrisita que me basta para adivinar de qué se trata.

¿De verdad yo caía por imbéciles como éste cuando tenía dieciséis años?

—No necesito tus “relajantes” en gragea, Vernet, pero gracias —digo, bebiéndome la soda.

Está tan claro que es el dealer del grupo. Lo miro con los ojos entrecerrados; por el aire levemente celoso y resentido que luce Charles, no sólo la caída en las drogas de mi primito tiene que ver con este tipo, sino que además se está acostando con él.

El tipo levanta las manos, como señalando que era solo un comentario amistoso, pero lo dejo y me siento junto a Freddie, que habla con una voz forzadamente animada sobre lo perfecto de estar todos juntos, las muchas cosas que haremos y lo claramente que recuerda (¡Santo Dios!) su cumpleaños número ocho, en que estaban Dickie; Charles en andador; Millie en un moisés; y yo, quitándole todos los dulces.

Hay algo en su voz que tiñe esas memorias de rosa: cuando me palmea el brazo, casi podría creerle que fueron tan buenas como sugiere.

Yo lo recuerdo como el deseo de patearlos a todos, aunque mientras Dickie discute que la tarta que le eché encima era su favorita de fresa y no de piña, me viene la memoria súbita de que mi enojo fue porque mi padre me había prohibido ir al estreno de mi obra del colegio.

Era Peter Pan. En ese colegio estaba arriesgando la expulsión, pero luchaba por quedarme para seguir compitiendo. ¡Me iba muy bien en el club de teatro!

Pero el día del estreno para el que tanto había ensayado a mi seductor Peter Pan, mi padre decidió de repente que me había portado tan mal con mi madrastra, Maddie, que no merecía ir, y me arrastró en cambio al cumpleaños del primo Charlie. Yo estaba lívido.

Después de perder mi puesto en el club, me aseguré de que me expulsaran, ampliamente.

Esa extraña y gratuita crueldad de mi padre, que creí haber olvidado, me arruina la soda, y la dejo de lado mientras los chicos deciden cancelar el tenis: se ha puesto a lloviznar.

Pero, tras discutir algo con Charles, Dickie nos guía por pasillos y escaleras —Dios mío, no recuerdo nada de esta casa por dentro—, y cuando creo que vamos a salir a una de esas salas de billar anticuadas, lo que veo…

iluminado por los bordes de neón… es una sala de videojuegos.

Por Dios, es completísima: sillas ergonómicas movibles, una pared de pantallas, un monitor maestro táctil encendido, headsets, todo…

¿Es mal momento para mencionar que nunca jugué videojuegos?

Mi padre se negó a comprármelos; solo los veía en casa de mis amigos.

Y cuando tuve dinero y edad para comprarlos yo…

pues estaba más interesado en drogas, prostitutas, clubes y autos que en pantallitas.

¿Qué sentido tenía jugar en una pantalla a chocar un Bentley cuando podía reventar el real de mi padre contra un patrullero de la policía?

…Dos veces.

Hago gestos de disculpa cuando Freddie, Dickie, Hugh Dahl y Charlie se plantan los headsets y se despliegan… como un grupo de pilotos en un avión, a través de las pantallas.

Me asombra la eficiencia con la que se manejan: eligen sus personajes, eligen armas, y empiezan una campaña con una facilidad que solo puedo envidiar.

Me impresiona ver a Freddie actuar como un escurridizo ladrón; el enclenque Hugh Dahl es el carismático bardo, y Charles, el nervioso Charles, es un elegante príncipe paladín lleno de honor y promesas.

Vernet se acomoda a mi lado a ver cómo se desarrolla la partida, pero quien más me sorprende es Dickie: del idiota que suele ser surge un líder enano lleno de buen sentido y paciencia, que los guía, hace consensos, comenta mordazmente… ¿dónde está ese prepotente odioso que conozco?

—Evan y yo comentaremos —dice Vernet, sentándose a mi lado en un cómodo sofá al fondo, que nos deja ver perfectamente la pantalla principal.

Me desagrada un poco el modo en que se apoya en el codo para hablarme más al oído, acercándose innecesariamente.

Tiene aliento a alcohol, pero no está bebido—.

¿No son tan encantadoramente niños chicos?

Usted tampoco es hombre de jueguecitos, ¿no?

—Estoy bien aquí, gracias —solté con rencor y algunos celos: las manos de Hugh volaban por los teclados, y el controlador en su mano hacía que su personaje se moviera entre momias que lo atacaban como un luchador consumado.

Me inundó cierta amargura al pensar que mientras yo tiritaba de frío en las calles (y de abstinencia, también), ellos estaban en sus high schools y colleges aprendiendo a jugar videojuegos.

Pero su alegría es innegable. Y la historia, interesante: con sus combates, el defender una aldea, el grupo disímil… acabo tan interesado como en una película, aunque Vernet hace comentarios sarcásticos a mi lado. En especial cuando Charles se enfrenta solo al dragón…

—Oh, Charlie, ¡piensa que el dragón es la bruja de tu madre! —exclama con una risa, pero su sarcasmo me irrita.

—¡La tía Gertrude estaría orgullosa de que le lleves una alfombra de piel de dragón, paladín!

—lo animo, y Charles me dirige una sonrisa.

Combate y triunfa con asombrosas visuales; los demás lo celebran como a un héroe, máxime cuando aparece una princesa pelirroja y se le echa al cuello entre risas y silbidos de los demás.

—“Oh, mi héroe, has salvado mi reino, has ganado el derecho a mi mano” —leo yo con voz aflautada. Hay más carcajadas, que se agudizan cuando continúo—: “aunque necesito tu documentación de salud sexual, tus documentos bancarios, tu hoja de vida de impuestos pagados…”

—¡Haz callar a esa mujer, dóblala sobre el dragón! —exclama Dickie.

Ya veo. Su buena onda se acaba en cuanto hay una mujer cerca, aunque sea de mentira. Por Dios, es un perfecto incel.

—Es la princesa del reino, tú quieres acabar en un calabozo… dórale la píldora, dile lo linda que es… —exclama Freddie con una entonación picaresca que nunca le había oído.

Charles se ve incómodo y le echa una ojeada a Vernet tan obvia, pidiéndole permiso para seguir con la broma, que tengo que intervenir.

—”¿Y ésa es una espada o solo estás feliz de verme?” —continúo con la voz femenina. Hay ladridos de risa, incluso Charles, porque su personaje carga un mandoble gigantesco.

—Si te casas con ella, eres el rey, ¿no es así? —dice Hugh Dahl, que está guardando el avance del juego—. Vale la pena hacerse el lindo.

—Claro, es como el que se case con Mildred —dice Charles, con una risa al quitarse el headset. Pero Dickie no se ríe; Freddie y yo tampoco.

Siempre hay uno que larga la verdad sin pensar, supongo.

—Te apuesto que podrías matar un dragón por ella y encontraría qué criticar, la desgraciada. Es la mujer más complicada que conozco. Tu padre nos dejó jodidos con ella a cargo —gruñe Dickie, enderezándose.

—Lo que te disgusta es que no quiere nada contigo —le suelta Hugh Dahl, no con acritud, sino como quien simplemente expresa una verdad con esa nórdica pachorra. Por un momento pienso que Dickie sacará el hacha del enano y le pegará con ella, pero se encoge de hombros.

—Frígida. Totalmente frígida, qué quieren que les diga. Lo intenté todo, tres veces, pero a ésa no hay quien la descongele. Seguro es lesbiana.

—Bueno… yo también traté. Hasta Tom. Y no le hizo caso ni a ese australiano… Quiero mucho a Mildred, pero creo que tiene razón. Seguro sería más feliz si encuentra una chica y pueden hacer… cosas de chicas. Ahora que se pueden casar y todo… —agrega Freddie con su mejor cara estúpida.

Yo no puedo evitarlo: me levanto.

—¿Adónde va, Wexstone? —me pregunta Vernet.

Tengo que pasarme la mano por la cara para disimular—. Acabo de recordar que tu madre me pidió que la visitara, Richard. Voy a darme una vuelta a verla y regreso…

Frígida las pelotas.

O simplemente soy así de bueno. Subo las escalinatas de regreso a la casa de dos en dos, con un gorgorito de autosatisfacción.

Así que a ustedes les escupió en la cara y, para mí, se volvió un rollito de canela mojado, ¿eh?

No sé por qué me produce tanta satisfacción saber que no es tan fácil con todos, solo conmigo. Supongo que aún tengo una sonrisa de oreja a oreja cuando veo la luz en una sala al otro lado del salón donde estuve con los chicos.

Ya veo por qué no salió a buscarme: está en silla de ruedas. Es una mujer muy mayor, mayor que mi tía Gertrude; debe tener más o menos la edad de mi padre. Había olvidado lo mucho mayor que era la madre de Dickie.

Me adelanto con la mano tendida, casi agradecido por su interés en verme, pero su rostro, cuando se vuelve hacia mí, no es cálido ni afectuoso. En realidad, me mira de pies a cabeza con notable frialdad, no muy distinto del desdén que Dickie suele tener en la cara.

—¿Señora Riordan, quería verme? —musito, pero ella suspira, como si estuviera muy decepcionada, y se vuelve hacia la pared.

—Lo que me habían dicho. Es lógico que no te acuerdes, Evander, pero una vez fui tu madrina —dice con acidez—. Pila bautismal y todo eso. Claramente no funcionó.

—¿Perdón? —murmuro, dejándome caer en un mullido sillón enfrente, estampado de florecitas campestres—. ¿Prefiere que me vaya? No pretendía disgustarla…

—Oh, guárdate las melosidades, Evander. Suenas igual a tu padre —dice con aspereza, señalando con la mano—.

Te hice venir para hablar de negocios. Notarás que mi salud no es la mejor, y tanto Richard como sus hermanos son unos filisteos ignorantes.

Ya puedo ver que el día que me caiga muerta van a vender hasta mis calzones.

—¿Quiere que compre sus calzones?

—Este cuadro, mocoso ignorante —dice, y enciende una lucecita empotrada en la pared, iluminando un cuadro enorme al óleo. Me acerco, un poco intrigado por los colores. Veo varios tonos de beige, dorado, algo como ocre…

Antes de que ella hable, sé. He visto el mismo tipo de pinceladas en el cuadro de la nieve barrosa de mi madre, en la sala de mi casa, por más de una década.