Esclavo Tuyo En qué te Reflejas
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En qué te Reflejas

He tomado el tren a Manhattan y de ahí, un Cannonball a Southampton.

Sebastian estaba ocupado con Milly y no le habría pedido que condujera seis horas para traerme; por Dios que detesto no poder conducir yo.

Tras tantos años sin dinero para un auto, manejando autos prestados, robados o encargados, la primera cosa que haré será comprarme uno y salir tranquilo y con documentos cuando me entreguen mi herencia.

Con mi suerte, seguro me estampo en un camión.

Estoy de un humor primoroso cuando me bajo en la estación de Meadow Lane, un sol de mediodía de invierno cegándome.

No sólo la comida del tren fue francamente poco inspiradora.

Han sido unos días bastante exasperantes: la Fundación se encontró con un nudo burocrático en Nepal por el que tuve que pedirle ayuda a Tom, y a pesar de todos nuestros esfuerzos, perdimos un contenedor de vacunas. Me dio una rabieta, la verdad.

Añadiendo el inri, Milly estuvo desaparecida todo el día siguiente y llegó a cenar con el australiano a la cola.

Tony, como lo llama, estuvo encantador con Maddie y dominó la conversación con historias sobre tener que sacar culebras de su horno para poder cocinar y escorpiones de su cama para poder acostarse, hacer fitness corriendo entre dingos y surfear para relajarse entre reuniones.

Sebastian tiene mejor cara de palo que yo, pero seguro los dos masticábamos con la misma irritación cuando el maldito egocéntrico fue a quitarse el polerón que llevaba, salió con la camiseta y se dio unos minutos para separarlos y estirarla antes de volver a cubrirse.

A Milly se le cayó la cuchara de postre al suelo: la cantidad de abs que tiene desafían la anatomía humana.

El tipo se quedó a dormir, decentemente, en el cuarto de invitados, y en cuanto asumí que todo el mundo estaba en su cuarto, me colé en el de Milly. Ella levantó la cabeza, sorprendida, del tablet que leía, con una toalla en la cabeza y toda la cara encremada, las cejas untadas de algo azul.

—¿Harta de ser host ya? —pregunto, yendo a sentarme en su cama y olfateando un té en su velador. Manzanilla. —¿Ya se te arruinó el estómago? ¿Te llevó a beber? ¿O comer tanto bife australiano te cayó mal al estómago?

Milly se gira para mirarme. Tiene crema hasta en las pestañas. —Es un asociado. Es una gran oportunidad de crecimiento para la empresa, y una buena chance para él también.—

—¿Y es necesario tanto aspaviento? Si ha lidiado con arañas gigantes, no se perderá andando solo por New York, supongo.

—Evan… —dice ella, unos hoyuelos entre toda la crema—. ¿Estás celoso, de verdad?—

Creo que esperaba que le dijera que no, que lo negara y me pusiera todo áspero y masculino, como si no me hubieran repetido toda la vida que soy un desvergonzado.

—Sí. Desde que apareció, casi ni te veo —digo tan ancho, estirándome en su cama. Ella se levanta y se arrodilla en la cama para acariciarme el pelo.

—Lo siento. Es un momento tan importante para la empresa, de verdad creo que esto levantará las acciones que perdimos…

—¿Te gusta él? —pregunto a quemarropa. Ella se sienta en los talones; no lleva más que su bata, muy púdicamente cerrada, sobre el camisón.

—Sí, pero… —al fin, verdadera sonrisa—. Me gusta un poco ser host. Cuando era pequeña, soñaba con ser azafata.

—¿De verdad? ¿Con faldita y todo eso? —digo sonriendo, imaginándomela con un gorrito de esos diminutos—. Lindo.

Ella amplía su sonrisa, pero se retrae cuando me enderezo y me acerco a ella.

—Evan, no… dijimos que…

—Shh.—

—Estoy llena de crema —gime cuando mi mano va a su cuello, abriendo un poco el cuello de la bata, mi pulgar rozando la línea encremada en su mentón.

—Sólo tu cara está llena de crema —digo con un mohín.

Incluso bajo la crema veo el sonrojo cuando la empujo al colchón y abro la bata.

Oh, Milly. No sé qué me pasa con ella que me pone tan…

la palabra no es caliente. Es… vindicativo.

Como si quisiera clavarle una banderita que dijera: «PROPIEDAD DE EVAN, LOS TRANSGRESORES SERÁN DESTRIPADOS».

Y es tan fácil, Dios mío. ¿Cómo es que no se la ha follado todo el mundo? La toco, y sus pezones ya están erectos y ansiosos casi atravesando el camisón delgado, su respiración agitada.

¿Cómo abriéndose de piernas con tanto gusto no se la han cogido Freddie o Dickie?

No tiene sentido. ¿Tan eunucos son?

Porque la verdad, su gemido de gusto cuando deslizo una mano por sus muslos hasta poder hundir mi pulgar dentro de ella, el arco de mi palma masajeando todo su monte de venus desnudo, y tomando crema de su cara descubro su pecho para convertir sus pezones en pequeños botones resbalosos entre mis dedos, no es nada sutil.

Me divierte ver cómo trata de contener el retorcerse para no acabar llenando el edredón con crema, pero basta un par de fricciones de mi mano con su vagina devorándose mi pulgar con hambre, una pasada de dientes por su pezón con el sabor de esa crema en mi lengua, y se corre tan explosivamente como un pez en el anzuelo.

Hundo la nariz entre sus pechos, sintiendo su corazón golpear enloquecido contra mi frente, y por Dios, cómo me gusta esto; es una maldita adicción.

—Evan… Evan… —gime tiernamente. La ayudo a acostarse: creo que está dormida antes de que la cubra. Le arreglo el camisón, sin poder evitar una sonrisa de oreja a oreja.

—Me alegra que te gusten mis cuentitos para dormir, Milly. ¡Siempre tienen un final feliz! —anuncio, a lo que ella hace un gorgorito medio dormido.

Tsk. Con lo apretada que estaba, seguro que no ha estado rebotando felizmente en ese canguro mutante. Me acosté mucho más tranquilo.

Mildred sigue siendo mía.

Pero después de ese dulcecito nocturno, no la he visto en dos días, y al tomar el tren hacia los Hamptons el sábado temprano, Maddie me dijo que Milly tenía una reunión con unas amigas y que no la veríamos en todo el finde.

Ella misma iría a un concierto con José Mancini, así que, en verdad, nadie me había considerado para nada durante todo el fin de semana.

—Ve y diviértete con los muchachos, mi amor —me dijo, pasándome como a un muchachito unos billetes. Es humillante.

Pero tierno.

La sumatoria de todo eso me puso de mal humor. Sin contar que un idiota venía viendo una y otra vez en su teléfono el video de Don’t Cha en el tren, con audífonos, pero lo suficientemente cerca para que lo oyera.

Cuando recién estaba empezando el club, con los chicos hacíamos cuadros plásticos y coreografías más explícitas y risqué, y Don’t Cha fue la primera canción que tuve que bailar con tacones y flecos en los shorts.

Nos costó. Mattie se puso a llorar de la humillación en un ensayo.

La primera vez que lo hicimos, recuerdo haberme disociado mientras sacudía el trasero con las manos en los tobillos, preguntándome, como en las películas, cómo había llegado yo a esto.

La adoración de las clientas me calmó: ganamos dinero como locos. Pronto pude ponerme más… discerniente… con lo que quería hacer. Pero esa canción me recuerda el largo camino, cómo se sentía agacharme bajo las luces, ofreciéndome al mundo…

No más de eso. Voy a conseguir mi herencia aunque tenga que tirar a Helena de una ventana y satisfacer a Milly hasta que se muera de amor por mí, y se acabó.

La mansión de los Riordan es ridículamente ostentosa; no esperaba otra cosa.

Hay una docena de autos estacionados frente a un camino de grava, pero son tan ostentosos que la verja está abierta y cualquiera podría entrar y valsar hasta la puerta.

Una empleada latina me recibe el bolso y la casaca y me dirige a un salón con chimenea que huele a alcohol aunque apenas ha pasado mediodía.

Antes de que entre, la empleada me detiene.

—¿El señor Wexstone, verdad? La señora está en la terraza. Cuando tenga un minuto, dijo que le gustaría hablar con usted.

Apenas recuerdo a la madre de Richard, aunque sé que más de una vez me sacó a empujones de encima de su hijo mientras intentaba meterle un autito por la garganta.

Asiento, algo desconcertado, pero soy recibido con bramidos de gusto de los chicos, que están bebiendo whisky, viendo algo en una pantalla y comiendo lo que parece comida china.

Está Dickie, su aspecto militar exacerbado por un polo verde y pantalones oscuros; Freddie, con un sweater argyle y pantalones de vestir; Hugh Dahl, el arquitecto nórdico de la empresa, con sus pestañas rubio mantequilla y las mangas de la camisa remangadas; y Charles, mi primo, el hijo de la tía Gertrude: muy pálido y delgado, rigurosamente vestido de negro.

Hay otro tipo que no conozco, pelirrojo y muy atildado, con camisa y pantalones de traje y la corbata aflojada.

En cuanto a mí, asumí que habría paseos por la playa y vine en jeans y suéter gris.

—Vernet: éste es el Evander Wexstone del que te hablábamos. Es capaz de venderle hielo a los pingüinos —dice Dickie, expansivo.

Asiento hacia el pelirrojo, que no parece interesado en presentarse más que eso, pero Charles se levanta y me abraza.

—Primo —dice, con cierta emoción—. ¡No te había visto en años!

—Hola, Charles. Hola a todos. ¿Vernet es nombre o apellido? —pregunto a quemarropa; no me gusta que me ignoren.

—Sirve bien para ambas cosas —me dice el tipo, muy relajadamente y con una sonrisa que no cuadra con sus ojos pequeñitos y penetrantes—. Es un gusto conocerlo, Wexstone.

—Dile Evan, que aquí somos todos amigos —dice Freddie alegremente—. ¿Soda con whisky, alguien?

—Solo soda; el tren me dejó nauseado —respondo, acomodándome en un gran sofá de cuero—. ¿Cuál es el plan para hoy?

Supongo que trabajar en la industria de complacer gente te da una cara especial: algo que hace que la gente te elija inmediatamente como árbitro. Hay planes sobre tenis, que no me motivan mucho porque no he jugado en una década; y planes sobre una salida nocturna que me motivan menos todavía.

Estoy sirviéndome otra soda y aparentando que la cargo con whisky cuando Vernet se detiene a mi lado.